viernes, 4 de mayo de 2012

TERAPIAS APLICADAS A PERSONAS CON TRASTORNOS MENTALES


Siglo xix hasta el último tercio del siglo xx

Resumen
El objetivo de este artículo es describir algunos métodos aplicados a las personas que padecían trastornos mentales o sociales desde el siglo XIX hasta mediados del siglo XX en España y varios países europeos. Existe poca información sobre los ensayos de tratamiento que recibían los pacientes recluidos en manicomios bien fuesen públicos o privados concertados, no obstante podemos presentar una breve recopilación. Mi interés por este tema es debido a que tuve un hermano afectado de crisis epilépticas y estuvo ingresado en una institución psiquiátrica.

AUTORA: Rosa M. Masana Ribas, enfermera (DUI), especialista en salud comunitaria, salud mental, salud laboral, radiodiagnóstico y gestión hospitalaria.


FOTO 001 San Valentín, sanando a un enfermo. Alberto Durero, melancolía

Breve comentario histórico
Las manifestaciones de índole mental no consideradas dentro del ámbito de la normalidad han tenido distintas interpretaciones a lo largo de la historia. Hipócrates ya había definido la epilepsia con el nombre de pequeño y gran mal, términos aún utilizados en nuestros días. Durante la Edad Media se creía que la mayoría de los “locos” estaban poseídos por el demonio. Se les practicaban exorcismos para expulsar al maligno del interior de sus cuerpos y se perseguían a las mujeres, acusadas de brujas, algunas de las cuales incluso terminaron en la hoguera. Se consideraba a las personas con perturbaciones mentales que eran débiles de carácter, perversas, endemoniadas o alcohólicas.

La psiquiatría española contemporánea se ha nutrido en buena parte de los conceptos y técnicas de tratamiento de las escuelas francesas, alemanas y holandesas. El primer hospital para epilépticos que se construyó en Europa fue en Alsacia, durante el siglo XV, cuando Santa Bibiana y San Valentín eran los patronos de estos enfermos.

Durante el siglo XIX, Alemania disponía de 111 instituciones psiquiátricas y, en el año 1903, con una población de 113.964 habitantes, decían tener un “loco” por cada 293 personas (Revista frenopática española, 1904, nº 13. Biblioteca Nacional de España).

En España, el primer centro se construyó en Valencia, data del año 1404 y se le denomina “Los Santos Mártires Inocentes”, también se abrieron centros en Sevilla; Valladolid; Toledo; Granada; Mallorca; Zaragoza (1846); en Barcelona existían Torre Lunática (1852), el psiquiátrico de Sant Boi de Llobregat (1953), Nova Betlem (1857. En relación al manicomio de Bedlam, en Inglaterra. La historia cuenta que, durante el período de 1676 a 1880, se mantenían a los enfermos atados con cadenas, y los domingos, el público, por diversión, los podía visitar pagando previamente una entrada).

En Madrid, Santa Isabel de Leganés (1873. Conseglieri, Ana y Villasante, Olga “Neuropsiquiatría de posguerra: una aproximación a la población manicomial de Leganés”. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2007, vol. 27, nº 1, pp. 119-141. ISSN 0211-5735. http://dx.doi.org/10.4321/S0211-57352007000100012. Referencia para conocer las características del centro). Y Ciempozuelos; en Reus (Tarragona. El año 1896 se crea la sociedad anónima Manicomio de Reus y en 1900 se inaugura el centro. El mes de marzo de 1900, cuarenta reclusos de la prisión correccional Ca l’Agulla de Reus dependientes de la sanidad pública fueron ingresados en el citado centro. Su director era Pedro Mata, médico forense, no revistaba a los enfermos. Creó la revista titulada “La Facultad”) el centro Pedro Mata (1900); Santa Águeda, en Guipúzcoa y Algeciras, y otros en algunas colonias españolas.

El apogeo sobre la demandas de camas psiquiátricas se vio favorecida en momentos socialmente adversos como pudieron ser las crisis económicas, conflictos bélicos, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en que España, aunque neutral, fue una gran exportadora de productos básicos que produjo en consecuencia el encarecimiento de los productos y que afectó a la nutrición de los ciudadanos más pobres. Otro factor que motivó la apertura de centros de esta índole fue el decreto del año 1875, que obligaba a los psiquiátricos privados a admitir pacientes procedentes de otros centros públicos mediante la bonificación de un pago concertado. Fueron varias las órdenes religiosas que, en aquellos momentos, apostaron por proporcionar este tipo de asistencia. Durante la posguerra, especialmente las familias no adictas al nuevo régimen dictatorial, sufrieron represalias, acotamiento intelectual de algunos niños, depuraciones y encarcelamientos.

Los psiquiatras Simón Lorda y Luis Ferrer (“Asistencia psiquiátrica en el primer franquismo: Ourense (1939-1959)”. Anales de Psiquiatría, 1999, vol. 15, nº 5, pp. 202-222) hacen referencia a Cascos Solís, el cual dijo: “tras el franquismo se produce una identificación de la higiene mental con la moral católica”. Thomas Szasz, natural de Hungría y residente en EE UU, en el año 1963, ponía sobre la mesa los riegos que podían comportar la unión de la psiquiatría y el Estado (La fabricación de la locura: estudio comparativo de la Inquisición y el movimiento en defensa de la salud mental, Editorial Kairós, Barcelona, 2006. Cada persona tiene jurisdicción sobre su propio cuerpo y su mente y cuestiona los regímenes autoritarios y los estados policiales. Hace referencia al psiquiatra Ewen Cameron, como colaborador de la CIA, y al que se conoció como padre de la tortura).

TIPOS DE TRATAMIENTOS

Clasificación de los enfermos
En primer lugar, cabría decir que los pacientes podían ocupar recintos distintos según fuesen catalogados como pensionistas de primera clase o de segunda, con o sin recursos económicos: las dependencias se destinaban a clases sociales pudientes y se dividían en secciones: sección de hombres, sección de mujeres, enfermos tranquilos, enfermos agitados o peligrosos, sucios, turbulentos, furiosos, epilépticos (Algunos personajes históricos que padecieron epilepsia: Pablo de Tarso, Julio César, Fiódor Dostoievski, Pedro I de Rusia, Vincent van Gogh, Napoleón Bonaparte, Juana de Arco, Alejandro Magno, Santa Teresa de Jesús y Lord Byron), infecciosos y también los denominados imbéciles, que posiblemente se referían a enfermos psíquicos profundos. Un estudio realizado mediante la revisión de historias clínicas constató que también existió algún error de ingreso.


FOTO 002 Sistema antiguo de sujeción del enfermo mental, imagen extraida de la Enciclopedia Monitor, celda de aislamiento, y dos celdas del manicomio provincial de Granada

Inmovilización física
Un sistema primitivo empleado hasta el año 1800 para contener a un enfermo agitado eran los grilletes y las cadenas. Se le ubicaba en una habitación de aislamiento con o sin paredes acolchadas, se le vestía una camisa de fuerza o se le enrollaba el cuerpo con sábanas y mantas. Según el médico P. Meunier (“Sobre los efectos fisiológicos de la permanencia en cama como terapéutica en los enajenados”. Gaz. Hebd. De Mèd. et de Chir, núm. 2, 1901 del libro Anuario internacional de medicina y cirugía, Editorial De Bailly-Baillière e Hijos. Madrid, 1901, tomo XXXIII, colección Rosa M. Masana), los enajenados podían permanecer en cama corta durante un período de quince días o en cama prolongada de entre uno a dos meses. Durante la aplicación de este proceso se podían estudiar los cambios físicos y psíquicos que experimentaban los pacientes, técnica también conocida como clinoterapia. A medida que la farmacología fue avanzando, se ensayó el método de la hibernación, que consistía en administrar un compuesto de drogas tipo “cóctel” que sumía al paciente en un estado letárgico que permitía observar los efectos de la farmacocinética en el organismo humano. En ocasiones se aplicaba a varios enfermos a la vez y en una misma sala de hospitalización, tal vez por comodidad de supervisión del personal que los atendía o por contrastar manifestaciones entre los diversos pacientes. Debido a su potencial iatrogénico esta práctica se desechó, aunque hoy en día, y más perfeccionada, se utiliza para sedar a los enfermos paliativos.

Choques cardiazólicos e insulínicos
La “cura alcanforosa” fue iniciada por J. Von Meduna (1896-1964) en el año 1934 con el objetivo de provocar crisis epilépticas a los enfermos esquizofrénicos, la primera sustancia que se suministró fue el aceite de alcanfor, pero tardaba en actuar y no siempre producía las convulsiones, por lo que pasó a emplearse el metrazol administrado por vía intravenosa para producir un choque convulsivo pero sin pérdida de conocimiento, en especial para los enfermos esquizofrénicos, cuyo criterio terapéutico era que la enfermedad epiléptica y la esquizofrenia eran antagónicas. El tratamiento administraba en sesiones: dos veces por semana durante cinco semanas. La fórmula artificial del metrazol contenía ácido sulfúrico y trementina, sustancia también conocida como aguarrás. Su administración parenteral producía abscesos de fijación en la zona inyectada, efecto en sí, deseado.

La insulinoterapia fue promovida por Manfred Joshua Sakel (1900-1957), la aplicó por primera vez el año 1932 con el fin de provocar en el paciente un coma hipoglucémico que tuviese, en términos medios, un efecto de media hora. El tratamiento podía alcanzar una o dos semanas en sesiones diarias excepto algunos días. Para que el tratamiento fuese completo se necesitaban de entre 50 a 60 sesiones. Se vio que el coma aparecía cuando la glicemia se situaba en el valor de 0,30 mg/dl, cabría recordar que las cifras normales son de entre 80 mg/dl y 120 mg/dl. Los síntomas iban desde lasitud, obnubilación, hambre, sed, sensación de malestar, ansiedad, en ocasiones agitaciones, gritos inarticulados, sueño ligero seguido de sueño profundo, no reflejo ocular y coma. Debían de administrarle, posteriormente, glucosa endovenosa para que recuperase la conciencia y, al hacerlo, decían sentir una gran necesidad de afecto (Ey, Henri, Bernand, Paul y Brisset, Charles, Tratado de Psiquiatría, Editorial Toray Masson, Barcelona, 1971).

Electrochoque o terapia electroconvulsivante (TEC)
Investigaron y aplicaron esta técnica (TEC) Lucio Bini (1908-1964) y Ugo Cerletti (1877-1963) con la finalidad de hallar una alternativa al choque cardiazólico, productor de convulsiones epileptiformes o tónico clónicas como tratamiento de la esquizofrenia. Encontraron la solución mediante la aplicación de electricidad en el cerebro. La técnica consistía en el empleo de unos aparatos generadores de descargas eléctricas que, provistos de electrodos, se situaban en las regiones frontoparietales previamente bañados de una solución salina conductora, al activarlos producían un electrochoque cerebral. La intensidad, el voltaje y el tiempo del paso de la corriente por los intersticios neuronales dependían del tipo de aparato y criterios terapéuticos o de la destreza del manipulador.

Los receptores del procedimiento eran y son enfermos esquizofrénicos, o con estados depresivos, de delirio y manía. El tratamiento fue utilizado también en enfermos epilépticos, entre los diversos efectos no deseados se incluye la amnesia. En su inicio, el procedimiento se hacía sin previa preparación del paciente, con lo que, en ocasiones, le producían roturas musculares, luxaciones y fracturas. Actualmente se administran drogas narcóticas y curarizantes para sedar y relajar la musculatura del paciente y evitarle las citadas lesiones. A partir del año 2005, y por indicación de la OMS, por escrito, debe solicitársele permiso al paciente antes de aplicarle este tipo de tratamiento. Otra variedad con intervención electrifica fue el baño electromonódico que consistía en poner al enfermo en una habitación provista de una bobina generadora de chispas cuya longitud no podía ser inferior a 20 cm o 25 cm.


FOTO 003 Aparatos eléctricos para TEC y otros fines. Manicomio Mallorca

Incluimos en este apartado el sistema ideado por el hijo de Charles Darwin, Erasmo Darwin que consistía en un aparato provisto de un eje rotativo que permitía hacerle alcanzar distintas revoluciones. El alineado se colocaba atado firmemente al eje bien fuese boca arriba o boca abajo, se le aplicaba la rotación o centrifugación, acción que le provocaba vértigo acompañado de náuseas y vómitos como efecto iatrogénico. (Desde un punto de vista sociológico hay tres tipos de iatrogenia: la clínica, la social y la cultural).

Malarioterapia o piretoterapia
Fue introducida por Julius Wagner von Jauregg (1857-1940), la aplicó el año 1917, consistía en inocular intravenosamente al paciente el germen patógeno Plasmodium Falciparum obtenido de la sangre de un paciente enfermo de paludismo. En las zonas próximas a los deltas de ríos se decía que este procedimiento era más usado por la facilidad de obtener sangre de donantes infectados. Durante la puesta en práctica del llamado paludismo experimental se observó que el período de incubación de este Falciparum era de unos 10 días, tras los cuales, el enfermo padecía un acceso de 39 grados de temperatura, con síntomas de malestar general, cefaleas y sudoraciones profusas. La hipertermia se presentaba en picos febriles que coincidían con el crecimiento y la descarga de gérmenes al torrente circulatorio. El ensayo completo debía de producir de entre 8 a 12 crisis febriles altas. Posteriormente se le administraba al paciente clorhidrato de quinina que paliaba los efectos de la infección, como la anemia secundaria y caquexia (Según Klein, contra la anemia palúdica había que tomar dos cucharadas diarias del siguiente preparado: Clorhidrato de quinina, tintura de cuasia amara, quina, licor de Fowler, jarabe de azahar y agua). El autor de este ensayo, junto con otras experimentaciones, fue galardonado el año 1917 con un Premio Nobel de Medicina. Cada año mueren en el mundo 1,3 millones de personas a causa del paludismo: http://es.wikipedia.org/wiki/Malaria

La impaludización fue usada también como tratamiento de la parálisis general progresiva (PGP), enfermedad descrita dentro de las manifestaciones tardías producidas por el germen Treponema Pallidum, causante de la sífilis, enfermedad descubierta por S. Hoffmann el año 1905. Se considera que un 30% de los enfermos ingresados en manicomios estaban afectados de esta enfermedad. En ocasiones, la malarioterapia se aplicaba juntamente con el electrochoque para incrementar sus efectos. Los delirios que aparecían después del tratamiento, así como otras manifestaciones no deseadas y difíciles de curar, hicieron disminuir la aplicación de esta práctica experimental. Otra variedad de la piretoterapia fue la administración de vacunas antitíficas.

Hidroterapia
La palabra hidroterapia es sugerente de balneario, pero nada más lejos estaban los manicomios de proporcionar el efecto beneficioso de las cálidas aguas termales. Los baños o duchas de contraste que se aplicaban era otro método de choque que consistía en lanzar, con la ayuda de una manguera a presión, un chorro de agua caliente y fría de forma alterna, que podía alcanzar, según algunos tratados de psiquiatría, una temperatura máxima de 36 grados y una mínima de entre 8 y 10 grados; aunque algunos artículos de índole más divulgativa señalan que el agua podía alcanzar los 100 grados centígrados, acción que producía quemaduras. El chorro se proyectaba haciendo un movimiento en espiral posiblemente para buscar algún fin determinado que desconozco. Se consideraba que el cuerpo respondía mejor cuando la diferencia de temperatura del agua era más acentuada.

Otro sistema para sedar al enfermo era la aplicación de sábanas mojadas con agua fría sobre el cuerpo y después friccionarlo con una tela seca o envolviéndolo con sábanas mojadas y posteriormente enrollarlo con una manta. Otra variedad distinta era lanzar con la manguera un chorro de agua a la cabeza o dirigido a la columna vertebral a una temperatura de entre 32 y 36 grados y durante 3 u 8 minutos. Fueron utilizados los baños permanentes en bañera durante todo el día hasta la hora de acostarse. La película Historia de una monja muestra este tipo de tratamiento. En algunos casos se procedía a hacer correr un hilo de agua fría de forma continua sobre la cabeza del paciente durante un período de entre 5 y 9 horas, también eran usadas las duchas sorpresa. A partir de que James Watt (1736-1819) inventara la máquina de vapor para uso industrial, el ingenio se aplicó también para los baños de vapor vaginales, para curar la lúes y otras infecciones, no cito la temperatura del vapor por ser esta ya conocida.


FOTO 004 Departamento de hidroterapia. Arriba a la derecha: electroterapia

Se administraban, en algunas situaciones, enemas de cafeína para paliar los efectos del bromuro administrado a los enfermos epilépticos. Otra variedad eran las duchas ascendentes rectales de diferentes profundidades intestinales. (Givanell, Claudia, enfermera del centro de salud mental de Aprilia en Italia. “Historia de los cuidados psiquiátricos en Italia”, Enfermería Global, nº 4, mayo de 2004 (revista electrónica). Establece una relación de las tentativas terapéuticas empleadas por el fisiólogo Charles Édouard Brown-Séquard (1817-1894) en el sótano del edificio de la facultad de medicina de Virginia que trabajó también en el Reino Unido y París, sus ensayos son indignos).

Administraciones parenterales
Consistían en la administración de varias sustancias bien fuesen por vía intravenosa bien intramuscular como el ya citado cardiazol o sustancias piretógenas, extractos de glándulas reproductoras de algunos animales e inyecciones hipodérmicas con componentes de éter y de cafeína.

Lobotomías o leucotomía
Consiste en efectuar una trepanación quirúrgica para seccionar los lóbulos frontales del paciente, el impulsor fue Egas Moniz (1874-1955) cuyo fin era curar la epilepsia. Los lóbulos frontales se consideran el asiento de la inteligencia pero, para los defensores del tratamiento quirúrgico, la inteligencia se localizaba en la totalidad de la corteza cerebral. También se practicó la leucotomía focal a los enfermos con trastornos obsesivos, se procedió asimismo a la extirpación de los lóbulos parietales para paliar otro tipo de síntomas.


FOTO 005 Trabajos en el Lavadero y la cocina. Obras de artistas recluidos

Trabajos generales
Consistía en instigar a los enfermos para que trabajasen realizando labores en la cocina, el lavadero, la costura, la limpieza, el huerto, los corrales, etc. para así tenerlos ocupados. En algunas ocasiones, los internos trabajaron también en campos de cultivo ajenos a los del centro, por cuyo servicio el sanatorio recibía una compensación económica. Esta labor en ocasiones no estaba libre de apremio. En el año 1968 se acuñó en EE UU la expresión terapia ocupacional (La terapia ocupacional (TO) es definida por la Asociación Americana de Terapia Ocupacional en 1968 como “El arte y la ciencia de dirigir la respuesta del hombre a la actividad seleccionada para favorecer y mantener la salud, para prevenir la incapacidad, para valorar la conducta y para tratar o adiestrar a los pacientes con disfunciones físicas o psicosociales”) para referirse a los trabajos de está índole, aunque el concepto incluía también la dedicación a quehaceres de tipo más artesanal o artístico.

Bastantes artistas innatos se hallaban recluidos en manicomios, como fue el caso, por citar a algunos, de Martín Ramírez; Adolf Wölfli (1864-1930), interno del hospital psiquiátrico Waldau de Berna; Madge Gill (1882-1961) que de pequeña vivió en un orfanato; Henry Darger (1892-1973), quedó sin madre y fue a un orfanato, uno de sus diagnósticos era el de auto-abuso. Estos artistas, para soportar su dolor y tristeza, apostaron por poner color sobre cualquier objeto que encontraran utilizando los materiales más inverosímiles. Cuando fueron detectadas las dotes artísticas de algunos reclusos, hubo centros que los aprovecharon y acuñaron la expresión arte marginal, aunque el arte no puede ser marginal, posiblemente el calificativo se refiere a la persona recluida y de bajo nivel social. Más modernamente apareció la palabra ergoterapia (del griego ‘trabajo’ y ‘terapia’) cuyo objetivo es promover que los enfermos sean más independientes en sus quehaceres diarios. Alice Miller, filósofa, psicóloga y socióloga escribió un libro titulado El drama del niño dotado (1979) en el que alude al hecho de que poseer un coeficiente intelectual por encima de la media tampoco ha sido bien comprendido. Opina también sobre el electrochoque.

Alimentación e higiene
Existía una diferencia significativa entre la alimentación que recibían los enfermos distinguidos y los pobres o beneficiarios. Cocinar para casi unas mil personas no debía de ser tarea fácil. En general, la dieta era muy precaria, con predominio de hidratos de carbono, pocas proteínas y hortalizas. A las siete de la mañana desayunaban casi siempre un plato de sopa y a las seis de la tarde cenaban. A los enfermos anoréxicos se les administraba la alimentación por sonda nasogástrica y, en algunos casos, se había procurado conseguir un engorde rápido e involuntario del paciente denominado gavage. Citamos a la autora Claudia Givanell que publicó un artículo descriptivo de técnicas empleadas en enfermos mentales en el que se incluye esta. Antes y después de algunos tratamientos, los pacientes seguían una dieta de famis o sea absoluta, que se podía prolongar dependiendo de su estado de sedación o bien por otros criterios de estudio. Se habla de que debía ingerirse diariamente una ingente cantidad, varios litros de agua. Se han observado fotografías donde el enfermo permanecía desnudo, no sabemos si a la espera de recibir su higiene personal o como medio de intimidación.

La higiene era escasa, no se disponía de suficiente personal, y aún menos cualificado, que pudiese atender las mínimas demandas de aseo para el gran número de pacientes ingresados en situación de acusada dependencia. Lejos se hallaban estos enfermos de poder disfrutar de la cobertura de una gran parte de necesidades humanas y de recibir un mínimo de afecto o del innato respeto que, como persona, deberían de tener.

En el artículo de Eduarda Ancheta Niebla titulado “La Orden de San Juan de Dios y el hospital de San Felipe y Santiago” publicado en Nueva Enfermería (19-4-2012) aparecen unas citas referidas a prisiones y casas de locos de la Habana, donde se refleja la falta de higiene y la precaria alimentación que se daba a los enfermos.

“La Orden de San Juan de Dios y el Hospital de San Felipe y Santiago”. Eduarda Ancheta Niebla; Raúl Expósito González; Jesús Rubio Pilarte y Manuel Solórzano Sánchez. Publicado el jueves día 19 de abril de 2012

Terapéutica medicamentosa
Durante el siglo xix se ensayó la terapia mediante componentes de plata y cinc pero se retiró a causa del argirismo incorregible, también se administraron bromuros para producir sedación (cura de Gilles de la Tourette), barbitúricos, psicotrópicos, más modernamente benzodiazepinas (1949), medicamentos cuyo nombre termina en -pam y -pan, o bien -lam o -lan, también en -tin, nuevas fórmulas de medicamentos anticonvulsivos, inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO), hipnóticos y amnésicos. Los reservorios humanos siempre han sido empleados para estudiar la farmacocinética, las interacciones medicamentosas y la iatrogenia general. Los enfermos valetudinarios (Valetudinario, adjetivo que se refiere al paciente delicado, enfermizo, caduco), por su propia condición y estado social, eran propiamente susceptibles de estudio. Las fricciones de sustancias irritantes sobre la piel eran también empleadas.


FOTO 006 Un dormitorio de enfermos colectivo

Algunas de las normativas legales referentes a la asistencia psiquiátrica
La legislación es muy amplia, citaremos solamente algunas como el Reglamento general de beneficencia pública de 6 de febrero de 1822, revisado en el año 1849 y 1875, restablecido nuevamente con fecha 8 de septiembre de 1836, las normativas incluían a las Juntas Municipales de Beneficencia. El día 30 de junio de 1938 apareció una nueva ley, en la que se explicaba que fue motivada para recluir al enfermo mental con el propósito de separarlo del resto de ciudadanos. Una nueva legislación fue el Reglamento general de beneficencia pública del año 1849 que no fue ejecutada hasta el año 1852. El decreto del año 1931 sobre asistencia a los enfermos mentales estuvo vigente hasta el año 1983.

Desde el punto de vista ético, cabría decir que existió el Código de Hammurabi, grabado hace casi cuatro mil años en la antigua Mesopotamia, donde en dos de sus apartados se hacía referencia al deber de proteger a los ciudadanos de las posibles negligencias o errores de los médicos. Hipócrates, mil quinientos años después, señaló “primum non nocere” (ante todo no hacer daño) refiriéndose a cualquier práctica médica que se hubiera de aplicar. Uno de los modelos que tiene la disciplina de enfermería es ha Florence Nightingale, que asistió a les heridos de la guerra de Crimea; el hecho de procurar a los enfermos higiene, alimentación, reposo y curación de heridas, efectuado con respeto, en consideración al soldado herido, su afectuoso hálito presencial en momentos críticos y el interés por la pronta recuperación hicieron que disminuyeran las muertes en un 40 %. Uno de sus lemas era: “Se debe de colocar al enfermo en las mejores condiciones posibles, para que la naturaleza actué sobre él”. Las enfermeras perseguimos ideales en esta línea, intentamos, mediante nuestros conocimientos, destrezas y actitudes movilizar los recursos orgánicos y psíquicos del paciente para que pueda salir fortalecido de su pérdida temporal de salud.

La epilepsia de Isidro
Mi hermano Isidro nació el año 1932, era un niño cordial, guapo, inteligente, con facilidad para los estudios. Le gustaba plantearse aspectos relacionados con la física y la electricidad. Cuando tenía nueve años y estaba en la escuela recibió un fuerte golpe en la cabeza y quedó semiinconsciente. A mis padres les dijeron que había sido con el pomo de una puerta, cuando otra persona la abría. Pasados algunos meses del incidente, tuvo un ataque epiléptico. Era el período de la posguerra (de la guerra civil española) y los recursos económicos de mis padres eran escasos, pero hicieron lo posible por pagar a especialistas privados para intentar curarlo. Llegó el momento en que un prestigioso médico del hospital, incluyo al de diagnóstico de epilepsia el de “desengaño” que era equivalente a decir que “no tenía cura”. Mis padres, bajo el efecto de las palabras de un catedrático académico, perdieron las esperanzas de curación.

El año 1950, con sólo dieciocho años, ingresó en un manicomio de distinta provincia a la nuestra, fue desolador. Si bien yo sólo tenía cinco años empecé a tener consciencia de este hecho y se despertaron en mí unas intensas ganas de hacer algo que lo pudiese curar. Tal vez por eso soy enfermera y también crítica de nuestro quehacer.

Llegar al frenopático para visitar a Isidro era una odisea, salíamos a las tres de la madrugada y, después de varios transportes, llegábamos a media mañana. Mi madre siempre me llevó con ella, por lo que viví de cerca el entorno de un centro de reclusos mentales, aunque de puertas hacia afuera. Más de una vez intenté espiar por algún rincón mientras esperábamos, pero sin éxito.

Durante varios años, mi hermano realizó trabajos agrícolas en el centro y siempre pedía volver a casa. Es difícil de expresar la alegría que mostraba cuando íbamos a verlo y mientras comíamos en los alrededores del centro la comida que mi madre había preparado antes de partir. Tenía un gran apetito no satisfecho de días, pues su delgadez excesiva lo evidenciaba, era enternecedor ver cómo saciaba su apetito y sus ojos de gozo por estar con nosotras. Sus encías estaban hinchadas y me llamaba la atención, ahora sé que se trataba de una hiperplasia (Conybeare, John y Mann, W.N. Compendio de patología médica para estudiantes. Editorial Labor, Barcelona, 1960. En el apartado “Enfermedades del sistema nervioso por Denis Brinton” se expone que, en principio, para el tratamiento comicial se utilizaba bromuro sódico y potásico, más tarde el fenobarbital (Luminal), que se podía emplear de forma combinada con epanutina, tenía el inconveniente de que producía hiperplasia de las encías, somnolencia, confusión e inseguridad. En relación al bromuro potásico hay autores que postulan que fue empleado entre los años 1934 y 1945 en niños que no cumplían la morfología aria estándar y el fenobarbital es considerado medicamento esencial según la OMS).


FOTO 007 Isidro a los diez y a los veinte años con su hermana

Al rememorar la situación siento entumecer mis ojos, era su hermana menor y nos queríamos mucho.

Íbamos a verlo dos veces al año y también tuvo algún permiso para las fiestas de Navidad, pero su estado empezó a empeorar, en ocasiones, teníamos que esperar largo tiempo a que saliera de entre aquellas intrigantes puertas. Su carácter era menos afectivo y ya no nos preguntaba cuándo podría volver a casa, tampoco se interesaba por el contenido del “paquete” de alimentos que, con tanto esfuerzo económico, preparaba mi madre para llevárselo. Siempre recogió esos apreciados alimentos el portero y no supimos nunca si llegó a comerlos algún día. Tal vez le prohibieran decirlo.

En una ocasión, pasamos mucho tiempo esperando a que saliera, más tarde nos dijeron que el retraso era debido a que le tenían que arreglar. Apareció en una silla de ruedas y su estado era deplorable, no podía articular palabra, pero nos pareció que quería decirnos algo. Fue terrible ¡Mi madre sólo usaba el pañuelo! y yo, trece años más pequeña que él, experimentaba una sensación muy rara, mezcla de pena, impotencia e injusticia tal vez. El hombre que llevaba a mi hermano a la sala de espera era obeso, vestía una bata que de origen debía de haber sido blanca, andaba arrastrando los pies e iba provisto de un manojo de llaves muy grandes. Ese vigilante o portero adocenado me causaba miedo, que se intensificaba aún más por el ruido de sus pasos, el del golpe sordo de la puerta y cerraduras que emitían una especie de rac rac tétrico, perenne, esclavizado al mover la llave en su interior. Pero, la más brutal de las sensaciones era su despedida cuando estaba lúcido; andaba medio arrastrado cogido del vigilante y con la mirada vuelta hacia atrás buscando un último contacto con nosotras y diciendo ¡no tardéis en venir! ¡Era terrible! Esta dramática estampa la he recordado siempre.

No voy a explicar más detalles, solamente decir que, cuando tenía treinta y ocho años, nos llamaron del manicomio diciendo que le fuésemos a buscar porque estaba muy grave. Llegó a casa en estado comatoso, llamamos al médico y le pusimos un suero porque no ingería agua. Sorprendentemente salió de ese estado comatoso, tal vez al sentirse de regreso a casa, con los suyos y las sábanas limpias. Su estado, si bien era de total demencia, parecía indicar que no quería tirar la toalla y prefería seguir viviendo. En su estado de completo anquilosamiento, sin poder estirar las piernas y los brazos, con la cabeza caída sobre el tórax e incapaz de deglutir su propia saliva, tuvimos que llevarlo a un hospital de la ciudad que atendían a enfermos dependientes. Allí vivió en ese estado vegetativo hasta los cuarenta y un años de edad, recibía nuestras visitas pero no supimos si alguna vez fue consciente de estas.

Quiero recordar a Isidro con su lucidez e inteligencia y desearía que su sufrimiento, como el de miles de personas como él, no cayese en el olvido sino que sirviese para mejorar la asistencia que debemos de seguir proporcionando a los enfermos y tratarlos con el máximo respeto y dignidad.

Quiero también dar las gracias a “Nueva Enfermería” y a “Enfermería Avanza” por su labor y permitir, en este caso, expresar una parcela personal enmarcada en el ámbito de la profesión de enfermera.

CONCLUSIÓN
Seguro que otros profesionales podrán añadir o completar este repaso por las diferentes formas que se han empleado para tratar a las personas con una enfermedad mental, y no podíamos dejar en el tintero al máximo exponente de la enfermería en España en la atención de estas personas: San Juan de Dios, especialmente porque este santo es el patrono de la enfermería y además tiene una relación especial con Gipuzkoa, ya que llega a luchar junto a San Ignacio de Loyola en Fuenterrabía (Hondarribia).

Como es conocido, el propio Juan Ciudad Duarte, durante un periodo, mantuvo un comportamiento que podría catalogarse como indicativo de una enfermedad mental. Sin embargo, fue el impulsor de una orden religiosa dedicada a la atención de las personas enfermas, dedicando el propio San Juan de Dios gran parte de sus esfuerzos a la atención directa y protección de las personas afectadas por la enfermedad mental, las más desfavorecidas y desprotegidas de su época.

Al igual que San Juan de Dios, Rosa M. Masana asocia su pasión por la enfermería, y su especial sensibilidad a su vivencia personal con la enfermedad mental de su hermano, y a la percepción de que, si no era maltratado, era desde luego muy mal cuidado.

Hace ya unos cuantos años, un paciente mayor, interno durante muchos años en el antiguo hospital psiquiátrico de Bétera en Valencia, describía de una forma escalofriante los tratamientos padecidos, si padecidos, porque eran vividos como sesiones continuadas de tortura. Contaba que las inyecciones… como les ataban, pegaban, denigraban.... las inyecciones de trementina, que contaba que se las ponían para que no puedieran moverse: provocaban un dolor insoportable durante muchos días, se producían unos abscesos terribles y no movías ni las pestañas para que te doliera menos... y antes de que comenzaran a desaparecer los efectos de una inyección, te ponían la siguiente.


FOTO 008 Monumento a San Juan de Dios en Fuenterrabía, Gipuzkoa

También contaba con terror el uso de los electrochock, que percibía como una sistemática de castigo para controlar y dominar a las personas internas. Cuando decían que te portabas mal, o no hacías lo que querían que hicieras, te venían a buscar y te llevaban a una habitación, te ataban y te aplicaban descargas. Sentías un dolor muy fuerte cuando penetraba la electricidad en tu cuerpo. Cuando te aplicaban descargas estabas unos días como un muerto viviente, no podías ni moverte....

Por eso, no debemos olvidar nunca los principios bioéticos que deben regir nuestra actividad como profesionales de la enfermería. Ante personas con una enfermedad mental; en muchas ocasiones es muy complicado preservar el principio de autonomía, porque puede que no sean capaces de decidir por sí mismas, pero en ese caso debemos ser garantes de todos sus derechos.

Sin embargo, todas nuestras actuaciones deben estar presididas, además de por la justicia, por los principios de beneficencia y no maleficencia, principios que parece que se olvidaron en los dos ejemplos presentados.

Así pues, aprendamos de nuestros errores, y recordando el modelo de San Juan de Dios prestemos los mejores cuidados basados en la evidencia científica actual, enmarcados en los principios bioéticos que recoge nuestro código deontológico y sin olvidar, como en el caso de Isidro, el respeto de los derechos humanos.

AGRADECIMIENTOS
Rosa M. Masana Ribas
Eduarda Ancheta Niebla

AUTORES - COLABORADORES
Raúl Expósito González
Enfermero. Servicio de Anestesia y Reanimación. Hospital “Santa Bárbara” de Puertollano. Ciudad Real. Experto en Barberos, Ministrantes y Sangradores

Jesús Rubio Pilarte
Enfermero y sociólogo. Profesor de la E. U. de Enfermería de Donostia. EHU/UPV
Miembro no numerario de La RSBAP

Manuel Solórzano Sánchez
Enfermero Servicio de Oftalmología
Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. Osakidetza /SVS
Vocal del País Vasco de la SEEOF. Insignia de Oro de la SEEOF
Miembro de Eusko Ikaskuntza
Miembro de la Sociedad Vasca de Cuidados Paliativos
Miembro Comité de Redacción de la Revista Ética de los Cuidados
M. Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro no numerario de La RSBAP