sábado, 20 de enero de 2018

LUZ PARA EL OLVIDO



LUZ PARA EL OLVIDO

De Melilla a Paracuellos 1922 – 1936

Itinerario del capitán médico Luis María Alonso Alonso

Autora: María Luisa Alonso Montalbán, (Madrid 1935), es Diplomada en Enfermería por la Universidad Complutense de Madrid y ha ejercido su labor profesional como enfermera y trabajadora social tanto en el ámbito privado como en el público, especialmente en la atención a la marginación de la juventud femenina en lo que fue la Consejería de la Mujer, Familia y Juventud de la Comunidad de Madrid. HA publicado varios escritos al respecto en la Revista Trabajo Social.


FOTO 1 Portada del libro Luz para el Olvido. María Luisa Alonso Montalbán. Momento de izar la bandera española en el Gurugú

Terminada su vida activa y libre de responsabilidades familiares, ha podido dar paso a una antigua inquietud: descubrir la personalidad y la obra de su padre, y dejar así a sus descendientes un relato de su intensa y fructífera vida y trágica muerte.

Nota del editor
El Desastre de Anual en el trágico verano de 1921, sus antecedentes y consecuencias, constituyen la trama de la cual se sirve María Luisa Alonso para rescatar del olvido la figura de su padre, el capitán médico Luis María Alonso Alonso. Y también la de todos los sanitarios españoles, que dieron lo mejor de sí mismos antes y después de aquel magno descalabro en la Guerra de África: diez mil muertos.

Destinado inicialmente en el Hospital Docker de Melilla, donde fue uno de los pioneros de nuestra Psiquiatría experimental, el capitán Alonso participó en la ingente labor de los médicos militares en una incesante labor sanitaria, la más exitosa e incuestionada tarea de la obra civilizadora de España en el Protectorado.

Con documentación hasta ahora inédita, la autora reconstruye también en Luz para el olvido los escenarios de los trágicos sucesos ocurridos en Madrid los días 18,19 y 20 de julio de 1936: el estallido de la Guerra Civil, que acabará con la fecunda y prometedora vida del doctor Alonso en las fosas de Paracuellos.


FOTO 2 Hospital Docker de Melilla

El libro consta de 537 páginas distribuidas en: Prólogo de Agustín Muñoz-Grandes Galilea, índice, capítulo primero: Su mundo familiar en el principio del siglo XX, en el segundo: Antecedentes históricos de nuestra presencia en África, en el tercero: El Rif: el territorio y sus habitantes. En el cuarto: El Protectorado, sus inicios. E el quinto: Civiles y militares, conflictos. La familia ABD-EL KRIM. En el sexto: De la ruptura a la guerra. La estrella del general. En el séptimo: Abarrán y el principio del fin. En el octavo: La llegada de Berenguer. En el noveno: La situación sanitaria. Los médicos de 1921.

En el décimo: La Reconquista. En el undécimo: Nuevo escenario político. Los mismos problemas. En el duodécimo: El Hospital Docker. LA Clínica de presos y dementes. Héroes en Axdir. En el decimotercero: Las Responsabilidades. En el decimocuarto: La dictadura. Tensión en Ben Tieb. Franco y Pareja. En el decimoquinto: Influencias en los comienzos de la moderna psiquiatría española. En el decimosexto: La zona occidental. Hacia la paz. En el decimoséptimo: La Sanidad Española en Marruecos. Sus inicios. El doloroso final de una etapa. En el decimoctavo: La vuelta a Madrid. En el decimonoveno: El prólogo de la Guerra Civil. La Revolución de Octubre. En el vigésimo: El frente popular. Las elecciones de 1936. En el vigésimo primero: El fracaso de la sublevación en Madrid. El cuartel de la montaña. En el vigésimo segundo: Los psiquiatras del 36. Conclusiones, condecoraciones, bibliografía, glosario de términos e índice onomástico.


FOTO 3 Promoción de médicos 1919 y Doña Victoria Eugenia de Battemberg

En el prólogo Agustín Muñoz-Grandes Galilea, nos contaba que a Pío Baroja no gustaba de prólogos para sus libros. Valoraba al lector y quería que fuera él quien fuese descubriendo los mensajes que transmitía, sin que precisase de ayuda externa. Le voy a hacer en parte caso, pero no me resisto a hacer algunos apuntes sobre aspectos para mí relevantes de cada una de las tres unidades temáticas del libro, hábilmente enlazadas: la Guerra de Marruecos, la Sanidad Militar en campaña, y la España desde el Directorio de Primo de Rivera hasta el Alzamiento de 1936 contra el Gobierno del Frente Popular de nuestra II República. Y en todas, María Luisa tiene esa privilegiada capacidad de interrumpir de pronto el relato, retrotrayéndose en algunos momentos al pasado para enseguida volver al punto donde lo dejó, sin que el lector tenga que hacer esfuerzos para no quedar confundido ni perder el hilo del texto que siempre es claro y con continuidad en el estilo literario. Es un libro que se lee muy bien.

La Guerra de Marruecos nunca se entendería bien si se ignorasen (y desde luego María Luisa no lo hace) los antecedentes históricos de nuestra presencia en África, y si se obviasen hechos tan importantes como la «Guerra Romántica» de 1860, de O’Donnell y Prim, con las brillantes victorias de Castillejos (¡qué poco se airea la valerosa actuación de los voluntarios catalanes!), Wad Ras, y un rosario de combates hasta la «Entrada en Tetuán» y la aceptación de la paz que impone España al sultán. Todo ello pudo llevar a un triunfalismo y a un menosprecio del enemigo que habríamos de pagar caro en el futuro, ratificado en la I Guerra del Rif en los Tratados de Paz de 1894 con el sultán y el de 1902 impulsado por Francia, que nos ofrece una engañosa extensión de nuestro dominio hacia el sur, llegando hasta el Sahara.

Y nunca se entenderá el «Barranco del Lobo» y ese largo etcétera de desacertadas decisiones (Abarran, Ygueriben, Monte Arruit...) hasta el Desastre de Anual sin el previo análisis que hace la autora de la triste «Semana Trágica» de Barcelona, de la primera huelga general efecto de la Gran Guerra, en la que España mantiene una impuesta neutralidad que confirma nuestro aislamiento, del injusto sistema de reclutamiento que admite la inadmisible «redención a metálico» del soldado de cuota que quiebra a la sociedad, y del pobre adiestramiento de la tropa que se embarca hacia África sin una mínima capacidad de combate.

La parte central del libro se centra en el desarrollo de la Sanidad Militar, tanto en el campo de batalla como en el difícil ambiente de una población indígena que tiene fe ciega en sus amuletos, que carece de higiene y que no quiere admitir las medidas que propugnan nuestros médicos militares que tendrán que enfrentar las muy graves epidemias de paludismo y sífilis, entre otras muchas. A pesar de ello, España organiza una Sanidad moderna (Hospital Docker, hospitales mixtos, enfermerías del Majzen, dispensarios municipales, consultas rurales...), en lo que interviene de forma importante el padre de María Luisa, que muestra su orgullo por la continua petición de su padre de incrustarse en las banderas de La Legión y por esa extraordinaria labor de todos los elementos sanitarios que curan heridas en la primera línea de combate, que amputan miembros, que salvan vidas y que saben morir.

El doctor Luis María Alonso Alonso fue consciente de que el estrés de batalla condujo a la locura a bastantes combatientes, y fue promotor del primer manicomio en el protectorado, anticipándose a Francia. Ya en la península desarrolló su vocación hacia la Psiquiatría, labor que prolonga hasta su infame fusilamiento.

En sus páginas finales, esta gran escritora, María Luisa Alonso Montalbán, muestra la dulzura de su carácter, mostrando su gratitud a todos los que le prestaron ayuda, aunque fuera mínima, en su larga fase en el Patronato de Huérfanos de Guerra y, sobre todo a los que le dieron amor. María Luisa, nos dejas un libro importante. Sigue, por favor, cultivando tu pasión y vocación de escritora.


FOTO 4 Promoción de tenientes médicos de 1920

La Labor Sanitaria en África
La labor sanitaria en África no se inicia a la vez que lo hacen los tratados y se crean las Oficinas de Asuntos Indígenas, sino en el fragor de los combates. Es posible que de haber acompañado los médicos a nuestros empresarios y obreros de las minas, los combates no hubieran sido tan frecuentes y tan duros. La realidad hizo que correspondiera a nuestros oficiales médicos de Sanidad Militar, incorporados a nuestro Ejército Expedicionario y a las unidades de Policía Indígena, la iniciación de la labor sanitaria en el protectorado español en las campañas militares.

Las deficiencias sanitarias antes del Desastre ya se habían hecho patentes. En 1920 Berenguer había escrito al ministro La Cierva, y se las había puesto de manifiesto, de tal manera que el ministro había viajado a Melilla, y las había constatado. Los hospitales de Melilla, especialmente el Docker, estaban necesitados de remodelación, y además eran insuficientes para atender el número de enfermos, que por este motivo tenían que ser trasladados a la península.

En el inesperado momento del Desastre no se habían acometido las reformas, ni cubierto las necesidades. No había hospitales de campaña. Los heridos había que llevarlos a los hospitales de Melilla, y los transportes se hacían en artolas a lomos de mulas, por caminos difíciles que alargaban el tiempo de llegada, y en el habilitados como ambulancias y que esperaban a estar llenos, para marchar hacia Melilla. Avanzaban entre barrancos y terrenos irregulares, lo que hacía que los camiones fueran dando tumbos, en una atmósfera pestilente que hacía enfermar a los sanos. Aunque la situación mejoró, fue de manera paulatina, y las carencias estaban presentes. Llegaron ambulancias, pero no las necesarias. El ferrocarril llegaba a muy pocas posiciones, lo que dificultaba la evacuación de heridos.

Las enfermerías eran insuficientes y carecían de medios y de higiene. Uno de los médicos que llegó destinado a la de Dar-Drius, el teniente médico José Salarrullana, en informe que envía al inspector médico, «la considera inhabitable, tanto para los enfermos como para los sanos, siendo urgente el traslado de la misma a otro punto en el que el agua no penetre en su interior, y el suelo sea firme y no fangoso como el actual».

Los médicos destinados en los regimientos prestaban la atención médica más inmediata a la tropa, y atendían a los componentes de las guarniciones existentes en los recorridos, así como al personal nativo, ya que en los puestos pequeños no había personal sanitario. En estas unidades dispersas había una carencia de medios de vida de las que los médicos informaban constantemente a la superioridad. Iban así superando las limitaciones de reglamentos anticuados, e imponiendo la puesta al día de la Sanidad Militar y su modernización.


FOTO 5 S. M. La Reina junto a la cama de uno de los heridos que procedentes de África, han sido traídos a Madrid el día 4 de octubre de 1921, en el Hospital de San José y Santa Adela. Mundo Gráfico, 12 de octubre de 1921, página 6

En esta exposición no voy a olvidar a los enfermeros, sanitarios y voluntarios que trabajaban en condiciones tan precarias de medios, como de reconocimiento a su trabajo y a la importancia de su función. Carecían de reglamentos y normativa que los amparara.

Si la situación era tan precaria, la avalancha de heridos, y el desplome de todo lo poco que existía como tejido sanitario dejó sólo a los hospitales de Melilla, para hacer frente a este trágico imprevisto. Además muchos médicos murieron también, los heridos quedaron a su suerte y murieron sin atención médica.

En el momento de los sucesos de julio de 1921, trece tenientes médicos de los treinta y tres que habían obtenido su despacho de tenientes en la primera promoción de las dos que hubo en 1920, estaban destinados en la Comandancia de Melilla. De estos trece, tres murieron en estos trágicos sucesos. Además de estos oficiales médicos, murieron dieciséis de los que también estaban ya destinados en Melilla, y otros fueron los que sin medios tuvieron que arrastrar en condiciones casi imposibles la asistencia a los heridos. Todos tuvieron un comportamiento admirable por su abnegación y su entrega. Los compañeros de promoción de mi padre que murieron son Enrique Videgain, Juan Bercial Esteban y Fernando González Gamonal.

Enrique Videgain. El 22 de julio se hallaba en Anual, quedó junto a las tropas que mandaba el general Navarro, y llegó a Monte Arruit donde se desvivió y multiplicó por atender sin medios y en condiciones atroces a los heridos. Murió al lado de ellos al abandonar la posición el 9 de agosto, al salir del fuerte tras la rendición.

Juan Bercial Esteban, del que se sabe que tuvo un comportamiento ejemplar, murió atendiendo a un sargento herido. Fernando González Gamonal, destinado en la enfermería de Zeluán donde hubo una mortalidad altísima, como ya hemos visto, murió también. Su cadáver fue encontrado y reconocido por su hermano entre los esqueletos que había de aquella espantosa exterminación, y fue el primer oficial muerto en combate que recibió digna sepultura en el cementerio de Melilla, donde descansa junto a sus compañeros en el Panteón de los Héroes.

Antonio Vázquez Bernabeu, el 16 de junio en la Loma de los Árboles, pistola en mano, había defendido a sus heridos, contribuyendo a que los áskaris de la Policía Indígena no desertaran y estuvieran en sus puestos, por lo que fue condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando. Los rifeños admiraron su valor y su condición de médico y respetaron su vida, que además podía serles muy útil.

Federico Arteaga Pastor es otro laureado de esta promoción. Su actuación ejemplar y heroica fue posterior. Atendió en la misma línea de guerrillas a las bajas que se produjeron en el zoco Telatza el 13 de diciembre de 1924, y no se separó de los heridos a pesar del certero fuego enemigo, hasta que eran curados y evacuados. Al acudir en auxilio de un soldado aislado y al parecer herido, fue rodeado por un grupo de doce moros, apresado y conducido al blocao de Tuila, intimidándole el enemigo a que subiese a la alambrada y dijese al jefe de esta posición que era el capitán encargado de su evacuación, a lo que se negó, aun cuando lo maltrataron y amenazaron de muerte. Lo llevaron prisionero a la cabila de Anyera, hasta el 28 de enero en que lo liberaron.

En esta promoción hubo dos laureados, Antonio Vázquez Bernabeu y Federico Arteaga Pastor, y dos condecorados con Medalla Militar Individual, Luis Alonso Alonso, mi padre y protagonista de esta historia, que se distinguirá más tarde en los duros combates de Tizzi-Assa, y Juan Pereiro Courtier, que lo fue en 1936 en el frente de Asturias, donde participó en la liberación de Oviedo.

Pero otros sin estar en posesión de estas altas distinciones, tuvieron una intervención destacada en el auxilio a los heridos. El teniente médico Salarrullana preparó la evacuación de sus pacientes después de haberse dado la orden de retirada de la posición de Anual. Derribado de su caballo por una herida de bala en el cuello, fue colocado de nuevo sobre éste, ayudando a su asistente también herido a subir a la grupa. Fue evacuado a Monte Arruit y de ahí llegó a Melilla.


FOTO 6 Enfermeras, médicos y personal sanitario

Felipe Peña Martínez, de la siguiente promoción, pero del mismo año 1920,  ya que en este año hubo dos convocatorias, fue el único oficial médico superviviente de Monte Arruit. Siguió a la columna Navarro, fue herido en la cabeza. En un aduar al que llegó, y gracias a su carácter abierto, y a su condición de médico, curando y asistiendo a los indígenas pudo negociar su libertad y apareció en Melilla, cuando todos le creían muerto. Estudió la carrera de Medicina en la Universidad de San Carlos, y fue compañero de mi padre.

Modesto García Martínez, murió con su hermano Víctor también médico en la retirada de Tistutin a Monte Arruit. El médico responsable de la enfermería de Monte Arruit, Teófilo Rebollar también murió, fue el que amputó el brazo sin anestesia al teniente coronel Fernando Primo de Rivera. A principio de julio la relación de material sanitario existente en la posición era la propia de una enfermería situada en retaguardia, por lo que la llegada masiva de hombres el 29 de julio situó a los medios sanitarios en el colapso más absoluto por falta de medios.

Estos médicos que demostraron su temple en combates frente a los rifeños, unos enemigos nada desdeñables, y en unas condiciones de trabajo extremas, que afectaban tanto a los que defendían las posiciones como a ellos mismos, resultaron unos profesionales muy capacitados y experimentados, que llevaron a la Sanidad Militar a su modernización y a altas cotas de prestigio y que en estas trágicas circunstancias, demostraron su valor y su espíritu de sacrificio, en la entrega y atención a los heridos. Contribuyeron a un notable avance de la Cirugía, Higiene y Psiquiatría de guerra entre otras especialidades.

Hospitales Voluntarios
Estos trágicos acontecimientos pusieron a prueba la capacidad de Melilla para resolver los múltiples problemas sanitarios derivados de la retirada de las tropas de la Comandancia General de Melilla, que la rebeldía y levantamiento del Rif provocó y de las incidencias producidas por la llamada «reconquista del territorio perdido».

Las necesidades sanitarias colapsaron los servicios existentes, las bajas fueron tan numerosas, que fue necesario habilitar cuarteles como hospitales, por lo que estos se clasificaron en cuatros grupos:

Primer Grupo: Cuartel de Alfonso XIII y Pabellón Mixto de Artillería. Director: Coronel médico Victoriano Delgado Piris.

Segundo Grupo: Hospital Docker. Centro Hispano Marroquí y Casino Militar. Director: Coronel García Julián.

Tercer Grupo: Cuartel de Santiago. Cruz Roja y Grupo Escolar. Director: Francisco Alverico Almagro.

Cuarto Grupo: Hospital Gómez Jordana. Hospital Central y Enfermería Indígena. Director: Comandante médico Roldán.

El Cuartel de Santiago, que había quedado prácticamente vacío porque la mayoría de la tropa había muerto en los campos del Rif, se habilitó como hospital provisional, lo mismo que el resto de los cuarteles de Infantería, a la vista de que el Docker era insuficiente para atender tantos enfermos y heridos. Por ello el jefe de Sanidad de la zona se vio obligado a ampliar el Hospital Alfonso XIII, que llegó a tener capacidad para 1.650 enfermos y heridos. Completamente lleno, se habilitaron tiendas de campaña, en las que se agrupaban en tremenda e inevitable confusión, enfermos y heridos, españoles y rifeños, obligando a los médicos a un trabajo fuera de toda medida.

El Hospital Alfonso XIII desapareció en 1928, llevándose a los enfermos que quedaron al Hospital Pagés, nombre que recibió el Docker, desde mayo de 1926, en recuerdo del excepcional cirujano militar, Dr. Fidel Pagés Miravé.

En las Cortes, el capitán Arsenio Martínez Campos denunció las malas condiciones de los hospitales militares de la plaza, sobre todo del Docker, en el que los heridos no querían ser ingresados, y en el que pese a haber excelentes profesionales, carecían de los medios necesarios para una función que exigía más recursos. También el ministro La Cierva había tomado conciencia del mal estado de los hospitales, y al visitar de nuevo Melilla sin honores, tomó medidas para su abastecimiento y mejora, adquiriendo remesas sobrantes de material de la Gran Guerra y mucha quinina para combatir el paludismo.


FOTO 7 Jinete Rifeño

Además de los hospitales militares estaba el Hospital de la Cruz Roja, que tuvo un lujo de medios tanto materiales como personales que contrastaba fuertemente con la penuria de los militares, carentes de lo imprescindible, y en el que destacó el celo y eficacísima gestión de estos medios de Carmen Angoloti y Mesa, Duquesa de la Victoria, que marchó a Melilla al conocer la tragedia de Anual y suponer sus requerimientos sanitarios, animada y empujada por la Reina que sabía lo necesario que era en esos momentos el servicio de las Damas Enfermeras de la Cruz Roja. La acompañaron dos voluntarias, una era la hija del dramaturgo Jacinto Benavente, otra era una aristócrata madrileña. Empezaron a trabajar en el Colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana habilitado para hospital. La seriedad y la entrega con la que trabajaron hizo que el Ayuntamiento cediera un Grupo Escolar a la Cruz Roja, haciéndose cargo desde 1921 de la dirección y administración del hospital.

En 1922 la nación le rinde homenaje por la labor realizada en la campaña de Marruecos, tributo al que contribuyó el diputado socialista Indalecio Prieto, que visitó la zona, alabó su abnegación y admirable eficacia en el cuidado de los heridos y enfermos y dejó en una de sus crónicas estas impresiones.

Desde Málaga
He regresado a España en el Alicante, el barco del dolor, entre enfermos y heridos de guerra. He venido con la Duquesa de la Victoria, única heroína de esta guerra, mujer admirable, que curó y consoló a los heridos, amortajó cadáveres, clavó ataúdes. Ella y media docena de Damas más, son las únicas de entre toda la aristocracia española que luchan en Melilla con el dolor, en jornadas interminables. Las restantes se quedaron para lucir el uniforme de enfermeras en las solemnidades, para aparecer retratadas en las revistas gráficas. Viene por horas, para volver a continuar esta noche su humanitaria labor; a realizar el milagro de que sus heridos, atendidos solícitamente, alimentados con esmero y descansados en camas limpias y con ropas nuevas, costasen menos de la mitad de lo que cuestan los atendidos en los hospitales del Estado.

Este mismo mes, y ya en el Parlamento, Indalecio Prieto diría en uno de sus discursos, en el que habló sobre el valor y la cobardía entre otras cosas, lo siguiente y referido a la duquesa de la Victoria:
Conozco en esta guerra un heroísmo ante el cual me hincaría de rodillas, y es el de unas Damas Enfermeras, que sea cual fuere su alcurnia, una conciencia honrada como la mía no puede pasar en silencio. Me refiero a ese grupo diminuto, pequeño, ínfimo, capitaneado por esa heroína que se llama Duquesa de la Victoria [aplausos]. Es el único heroísmo español del que he sido testigo, el único que me siento con valor para exaltar aquí; pero con la exaltación tiene que ir la honda lamentación de que sea un puñado tan escaso, cinco, seis u ocho mujeres, las que andan atendiendo a los heridos, clavando los féretros, amortajando los cadáveres.


FOTO 8 Enfermeras en la Guerra del Rif, con la Duquesa de la Victoria

En este discurso alude ya al Hospital Docker de Melilla, del que dice lo mismo que en su crónica desde Málaga, y añade que en este hospital «los marinos compañeros del infortunado Sr. Lazaga no pudieron estar velándole sentados en las sillas que rodeaban aquel lecho de dolor, porque las chinches en tropel cubrían los blancos pantalones de sus uniformes».

Carmen Angoloti, Duquesa de la Victoria, también prestaba sus servicios en el frente, donde organizó buques hospitales y tuvo una participación fundamental en la organización del Hospital de la Cruz Roja de Alhucemas (Villa Sanjurjo).

Además poseía una gran capacidad para gestionar los recursos, y como diríamos hoy, optimizarlos. Supo dotar de profesionalidad al personal sanitario, organizando cursos que lo capacitasen para la mejor atención a los heridos, y llegó a ser inspectora general de los hospitales de la zona de Marruecos.


FOTO 9 Practicante indígena

La labor de las Damas y Enfermeras dirigidas por ella es digna de resaltar. En este hospital hacían todos los trabajos haciendo con el mismo agrado las curas, arreglo de las camas, cosido de ropas, operación ésta de verdadera prueba por el estado de miseria y la escasez de agua.

Fueron innumerables las penalidades que sufrieron, por carecer de lo más preciso, incluso de agua potable, llegando a utilizar agua salobre para cocinar, para reservar aquella para los heridos y enfermos en caso de apuro, coronando el sinfín de sacrificios con el de la separación de la familia, renunciando a la comunicación regular con ella desde el momento de embarcar.

En la Sanidad Militar a las Damas Voluntarias, con más voluntarismo que profesionalidad, se les exigían estas durísimas condiciones, para un también durísimo y urgente trabajo, en el que los conocimientos y la preparación trataban de suplirse con la sumisión, total entrega y olvido de las exigencias personales.

Instrucciones para los Servicios en Campaña
Los servicios que las Damas Enfermeras presten fuera del hospital son completamente voluntarios, y ninguna Dama está obligada a aceptarlos, lo harán aquellas que se ofrezcan voluntariamente. Al ofrecerse a prestar estos servicios se obligan a aceptar las siguientes condiciones:
Las Damas Enfermeras ofrecen sus servicios a la Sanidad Militar, por tanto no harán más que cumplir las órdenes que reciban del jefe del Puesto del tren de ambulancia a cuyo servicio estén, sin discutir jamás lo que se les ordene, ni encontrar ocasión de crítica para nada, ni quejarse de nada.

La Dama Enfermera se conformará con dormir si es preciso en el suelo, sin exigir comodidad de ninguna clase. La Dama enfermera no hará por sí, bajo ningún pretexto ninguna cura ni modificación de vendaje, ni pondrá ninguna inyección sin consultarlo con el médico que está de jefe de Puesto.


FOTO 10 Enfermeras y personal sanitario en el quirófano haciendo una cura

La Dama Enfermera se comportará en el campamento como si fuera una religiosa, no saliendo para nada de los barracones hospitales ni sosteniendo conversaciones con personas ajenas al hospital.

La Dama Enfermera sabe que expone su salud y tal vez su vida en esos servicios, por lo tanto no dará ninguna queja ni demostrará disgusto o contrariedad si llegan momentos difíciles o apurados en una posición o campamento, o en los caminos que se verá precisada a atravesar, ni en la falta de agua, luz, etc.

Si puede remediará con medios propios las dificultades, pero jamás hará nada que pueda hacer resaltar que las Damas, exigiendo comodidades resultan una perturbación en un campamento, en lugar de ser un elemento de auxilio para el enfermo o el herido.

Si por condiciones especiales de lugar y medios de transporte no pudieran las Damas Enfermeras regresar en la hora y día que les convenga, tendrán que permanecer en el campamento hasta que haya un medio hábil conveniente al servicio para el regreso, sin que por ello tengan derecho a reclamaciones.


FOTO 11 Hospital Docker y la Clínica de Presos y Dementes

La Dama Enfermera debe considerar que su misión es muy noble y hermosa, si la lleva a cabo en condiciones de prestar verdaderos servicios al herido, ayudando a hacer camas, fregar cacharros, cuidar los alimentos, cambiar de postura al que sufre, alentarle con palabras dulces, velarle de noche; todos estos servicios humildes y sin lucimiento pero que son los que verdaderamente alivian y confortan al que padece en hospitales, que forzosamente han de carecer de mil cosas necesarias.

La Dama Enfermera debe ser el consuelo del herido y el auxiliar modesto y obediente del jefe de Puesto en que preste sus servicios, sin discutir jamás sus órdenes ni criticar sus actos, ni mucho menos tomar iniciativas propias, que han de molestar a quien por su derecho es responsable de ellas.

Con este espíritu que hoy nos admira y asombra iban aquellas voluntarias a su anónima y meritoria labor. Sin estatuto del voluntario, sólo con una inmensa generosidad, deseos de aliviar el sufrimiento humano, impulsadas por su fe, esperanza y caridad cristianas.

El Hospital Docker. La Clínica de presos y dementes. Héroes en Axdir

Ya en la guerra de 1909 contra los rifeños se pusieron de relieve lo muy insuficiente que era el hospital entonces existente en la plaza de Melilla para las necesidades de la campaña. El aumento de heridos que al poco tiempo de empezada tuvo el ejército de operaciones, motivó el que se habilitaran para hospitales algunos barracones particulares, y que la Comandancia de Ingenieros construyera otros destinados a hospitales. Todos estos aumentos no bastaban y era necesario evacuar a los heridos a la península. Los hospitales de Granada, Cartagena, Málaga e incluso Cádiz, fueron los que más heridos recibieron. En estas circunstancias, en 1910 la Comandancia de Ingenieros elabora un anteproyecto que se aprueba por R.O. de 26 de julio de 1910 de montaje e instalación de pabellones Docker, con un presupuesto de 65.650 pesetas. Doroteo Castañón y Reguera del Cuerpo de Ingenieros fue el autor del anteproyecto de hospital que se consideró provisional.


FOTO 12 El teniente coronel Sr González Tablas, Jefe de los Regulares de Ceuta que tan bravamente están batiéndose, al ser conducido al hospital, acompañado de la Duquesa de la Victoria, después de caer herido en combate. M. G. 14 septiembre 1921

El terreno estaba a 10 metros sobre el nivel del mar, hacia el que descendía en una suave pendiente. Por su inmediación pasaba la vía férrea de la Compañía Española de Minas del Rif, la carretera que une la plaza con la posada de cabo Moreno y varios caminos, por lo que puede decirse que tenía fáciles comunicaciones, condición que es primordial e interesante. Además el emplazamiento estaba perfectamente ventilado, las aguas de lluvia tenían fácil salida, sin que hubiera temor a encharcamientos, y a una profundidad entre 6 y 10 metros se encontró agua que analizada resultó potable.

Los barracones pudieron colocarse a favor de la mayor o menor dirección los vientos que en esta zona son impetuosos. Se instalaron 14 barracones, de los que 10 son clínicas y 4 dependencias. El tiempo pasó, y en 1920 el centro ya se había quedado viejo. El 9 de enero de este año, el Dr. Rogelio Vigil de Quiñones, el héroe de Baler (Filipinas), llega a Melilla y se incorpora al Docker. A su llegada el hospital que de provisional había pasado a ser semipermanente, gozaba ya de una merecida mala fama, puesto que los barracones de madera no reunían las condiciones mínimas para cumplir su misión, y la frecuente limpieza y saneamiento era un trabajo inútil. Pero la mano discreta y eficaz del comandante médico Vigil de Quiñones pudo apreciarse enseguida. El general Fernández Silvestre, que había llegado a la plaza en la misma fecha, pudo apreciar el cambio y felicitó al director del 2º Grupo de Hospitales en la Orden de la plaza. Como ya hemos dicho anteriormente, el Hospital Docker sufrió un cambio importante después de la visita del ministro La Cierva.

Tras estos sucesos y debido a los terribles traumatismos que la virulencia y ferocidad de los combates habían producido y seguían produciendo, en septiembre de 1921 llegan a Melilla insignes figuras de la Cirugía, entre los que se encuentran los comandantes médicos Pagés, Nogueras y Gómez Ulla como importantísimo refuerzo para estas necesidades sanitarias.

Se organizan 18 equipos de Cirugía, el director es el Dr. Gómez Ulla, cuya más importante aportación fue la implantación de hospitales móviles que acompañaran a las tropas. Estudió antes la situación y escabrosidad de terreno, que hacía imposible su evacuación en periodos prudenciales de tiempo, para que pudieran ser intervenidos con garantías. Estos centros se desplegaban en 10 horas, tenían autonomía para 200 intervenciones y eran transportados a lomos de 60 mulos. Esta medida hizo subir la moral de la tropa porque veían en los campamentos los hospitales de campaña.

El Dr. Pagés es destinado, como cirujano jefe del 2º Grupo de Hospitales, en especial al Hospital Docker, donde su actividad fue incesante, llegando a permanecer en el quirófano hasta veinticuatro horas seguidas en los combates de Segangan y Atlaten. Pero Pagés, lo mismo que Gómez Ulla, no espera solamente en el hospital la llegada de heridos, sino que con el avance de las tropas se incorpora con su equipo quirúrgico a las zonas de combate. Pagés consideraba que la suerte de los heridos dependía de ser intervenidos prontamente.

En Tistutin, Dar Drius y Batel, el Dr. Pagés se adelanta así treinta años a las modernas instalaciones de los equipos quirúrgicos avanzados de la Sanidad de Campaña. Sabía que el éxito de las intervenciones quirúrgicas radicaba en su rapidez, y así estadísticamente tenía mayor índice de éxitos en los equipos quirúrgicos que en el Docker.

Pero no sólo se producían traumatismos físicos. Los mentales también requerían atención médica, y ya desde 1916, y siendo comandante general de Melilla el general Aizpuru, se intenta dar una solución a la atención de los dementes, y evitar la promiscuidad en la que se encontraban con el resto de los enfermos comunes y en perjuicio de estos, que eran molestados y perturbados por los que entonces se decía atacados de «locuras furiosas», según la denominación que los primeros psiquiatras franceses del siglo XIX, Pinel y Esquirol, daban a estos trastornos mentales, y que en esta época en España y al menos entre los profanos todavía perduraba.


FOTO 13 Visitando en Granada y Sevilla a los soldados heridos en África. Mundo Gráfico, 21 de diciembre de 1921, páginas 9 y 16

La construcción de un local separado ya se consideraba de urgencia, pero los fondos destinados al entretenimiento del hospital no permitían sufragar esta obra, ni se podía tampoco, por la importancia que el coste tenía, hacer una transferencia de créditos. Se opta por una solución intermedia, un local que pueda utilizarse y cuya cuantía consienta su realización. Se formula una propuesta por valor de 1.140 pesetas que circunstancialmente permita la separación de los dementes en un momento de paz.

Por otra parte, el Reglamento de Dementes aprobado en 1907 establecía que «en todos los hospitales militares habrá uno o más locales acondicionados debidamente para la observación y clasificación de este tipo de enfermos».

Los sucesos de julio aumentaron los trastornos mentales y se carecía de medios para su atención. Melilla era una explosión de conflictos humanos. La catástrofe de Anual hizo y seguía haciendo estragos en la vida de las gentes.

El comandante Franco, que llegó en auxilio de la ciudad el 23 de julio, describe en su libro Diario de una bandera el horror que encontró, y la desesperación de las tropas supervivientes en desbandada: «Los fugitivos nos relatan los tristes momentos de la retirada; las tropas en huida, las cobardías, los hechos heroicos, todo lo que constituye la dolorosa tragedia... soldados que llegan sin armas a la plaza. Son las noticias que nos llegan de estos hombres en los que el terror ha dilatado las pupilas, y que nos hablan con espanto de carreras de moros que les persiguen, de moras que rematan a los heridos. Llegan desnudos inconscientes, como pobres locos.

El director del Hospital Docker ve la necesidad y obligatoriedad de acuerdo a la normativa legal de poner al frente de la Clínica de Presos y Dementes a un facultativo especialista en Psiquiatría. Llega a su conocimiento que uno de los oficiales médicos recientemente llegados a la plaza, además de la formación teórica, que todos han recibido en la Academia de Sanidad Militar, ha demostrado un especial interés y vocación hacia ella. Una vez que le identifica, le propone la jefatura de esta clínica, que acepta con entusiasmo. Es el teniente médico Luis Alonso Alonso, que al hacerse cargo de ella encuentra un cuadro pavoroso. Los medios eran primitivos e insuficientes, pero tiene entusiasmo, voluntad y vocación; intenta en aquel caos de miserias aportar algo de lo que los nuevos adelantos en esta ciencia prometen para aliviar el sufrimiento que la guerra, esta guerra, ha ocasionado en estos seres humanos que ahora la padecen.

Los hospitales militares de la época no contaban con medios para atender a estos enfermos, y menos con los métodos que la Psiquiatría del momento ya preconizaba, que desterraba el castigo físico y el encerramiento. Por cuyo motivo sólo quedaban ingresados los enfermos que curaban en poco tiempo y los que incurrían en delitos militares; estos últimos eran internados en las clínicas de presos, pendientes de la decisión de la autoridad judicial.

El motivo por el que se llamó a estas clínicas de «Presos y Dementes» fue precisamente esta carencia de salas especiales que entonces había en los hospitales militares, en las que sólo quedaban ingresados los enfermos mentales cuya mejoría era previsible. Los que llegaban en estado de agitación eran ingresados en las salas de presos. Así se las denominó de «Presos y Dementes». Corresponderían a lo que décadas más tarde serían los llamados “Centros de Observación y Clasificación”.

El Dr. Alonso, que acaba de tomar posesión de su puesto como jefe de la Clínica de Presos y Dementes, sabe que su padre es el jefe del Detall de la Comandancia de Ingenieros, y por lo tanto el gestor de los recursos y de la liberación de créditos que ha conseguido en su viaje a Tetuán, por lo que intuye que es el momento propicio para que parte de esos recursos puedan invertirse en el acondicionamiento de la clínica. Elabora un informe sobre la caótica situación de las instalaciones que ha encontrado y tiene la suerte (o la atención que su padre pone en el informe de su hijo) de que el Mando apruebe los créditos necesarios para atender entre otros proyectos las mejoras que había propuesto.

Dado que los presuntos dementes, unos por serlo y otros por fingirlo para huir de los frentes de combate, han destrozado el pabellón, de forma que no se encuentra en condiciones de seguridad ni de higiene para esta clase de hospitalizados, que la mayoría de ellos proceden de cuerpos, como la Brigada Disciplinaria o el Tercio de Extranjeros, provisionalmente, y mientras se construía la clínica, los afectados por trastornos mentales fueron trasladados al Fuerte de San Lorenzo donde su violenta conducta puso de manifiesto que era preciso reformar el proyecto que se había hecho, en el sentido de reforzar las paredes que se habían conservado del edificio anterior, como las puertas que había que hacer nuevas. Durante su estancia en San Lorenzo rompieron las paredes de mampostería y quemaron casi todas las puertas, por lo que en el nuevo edificio había que recubrir las paredes existentes con una capa de hormigón armado que por su homogeneidad impidiera su desintegración, y revestir todas las puertas con planchas de palastro, e incluso construir celdas de castigo, que teniendo todo un paramento de verja de hierro, permitiera la vigilancia de los allí recluidos.


FOTO 14 El médico Luis Alonso (1) y la Duquesa de la Victoria (2). Familia Alonso. Castellón, Damas Enfermeras y soldados en la gran becerrada para recaudar fondos para las tropas de África. Damas Enfermeras de Villanueva de Castellón. M. G. 1921

La ampliación del local que había sido solicitada por el director del 2º Grupo de Hospitales, (a instancias de este oficial médico) en oficio que se traslada al inspector de Sanidad por conducto del comandante general, y con el informe del jefe de Ingenieros de las citadas obras, llega a buen fin. El coronel jefe de la comandancia ordena la ejecución del proyecto, que responde a las necesidades del momento y está incluido en el plan de remodelación del hospital. Y así en 1923 se aprueba por un R. O. de 8 de mayo la habilitación para Clínica de Dementes en el Hospital Docker, por no reunir condiciones el local actual.

En la nueva clínica, en el territorio de Melilla, inicia la Psiquiatría Militar el teniente médico Luis María Alonso Alonso. Las necesidades de la campaña le reclamarán también en la jefatura de la 5ª Clínica, destinada a Cirugía, en el mismo hospital, especialidad en la que él tanto ha destacado en su formación académica y donde podrá ejercerla con grandes maestros como el Dr. Pagés, y que compaginará con la Psiquiatría.

Sus proyectos inmediatos, profesionales, personales y familiares se han visto frustrados; pero se encuentra ante un hecho imprevisto que le va a permitir la realización de una vocación que no ha podido todavía madurar. La Psiquiatría.

La formación recibida en esta disciplina ha sido incompleta. En España no existían cátedras en las facultades de Medicina. Será un discípulo muy aventajado de los pioneros y maestros que la inicien, y como ellos, aprenderá estudiando las enseñanzas de las primeras figuras que destacan en Europa, y en su propia experiencia, y también como ellos será un autodidacta.

En el Hospital Docker de Melilla, y un año después del Desastre de Anual, tuvo la responsabilidad profesional de diagnosticar y tratar las patologías propias de las situaciones límite que la guerra produce en los seres humanos, y con seguir dar respuestas acertadas a los terribles desafíos que se le plantearon, pero no sólo en el espacio físico y seguro de un hospital, sino en el frente de batalla, porque también asistió a los rudos combates que en esa zona ocurrieron, y en los que pudo observar el comportamiento de los combatientes, controlar reacciones de pánico colectivo, estudiar sus conducta ante las privaciones y sufrimientos inimaginables que ocurrieron, y asistir a los heridos en los lugares de mayor peligro, poniendo a prueba su entrega y valor personal, que siempre fue calificado por sus jefes como distinguido o muy distinguido.

Su bagaje principal fue la vocación, que al incorporarse al Ejército como médico ya la tiene de una forma decidida por la Psiquiatría, la formación teórica recibida en la Academia de Sanidad Militar, y los conocimientos adquiridos en el estudio de los autores alemanes, que en la época dominaban en este campo, y que citará más tarde, cuando como fruto de su experiencia clínica que le ha permitido formular sus propios juicios, publique sus primeros trabajos, que estarán avalados por esta experiencia tan temprana.

De esta manera se inicia, se impulsa y se hace la Psiquiatría Militar. Por la vocación decidida, por el trabajo, entusiasmo y la entrega a una tarea, de los primeros médicos militares, entre los que figura, no como pionero, pero sí como la primera figura que hace la historia de esta especialidad en el Hospital Militar de Melilla, el entonces teniente médico Luis Alonso Alonso.

Allí, en un lugar maldito por tantos errores, abandono, corrupción y con tanta miseria y sufrimiento añadido, en ese infierno que era el Hospital Docker, y que podemos imaginarnos contemplando los cuadros que Goya nos pinta de los manicomios de un siglo atrás, llegó con su ciencia y su humanidad. Introdujo en aquel caos las bases de la atención médica a aquellos que entonces se llamaban «presos y dementes».

Es el momento, la época privilegiada de las reformas sociales y psiquiátricas y de la aparición de instituciones, de las publicaciones que darán cauce a las nuevas ideas e inquietudes, de estos nuevos psiquiatras del primer tercio de siglo XX que van a dar un vuelco en el tratamiento a estos enfermos. El devenir de esta disciplina se estudiará más adelante. Ahora los combates imponen otros desvelos, que vamos a seguir.

Nadie como los médicos militares de las unidades que tenían soldados indígenas, y muy especialmente los destinados en las mehal-las Jalifianas, conocían el estado en que se encontraba la Sanidad del territorio marroquí y la población de nuestro protectorado.

Otro de los personajes que ha destacado la importancia de la labor sanitaria realizada por España en Marruecos ha sido el historiador marroquí Mohammad Ibn Azzuz Hakim, que en su trabajo titulado Una visión realista del protectorado ejercido por España en Marruecos trata de salir al paso de los errores que muchos investigadores han cometido sobre la acción protectora de España. En este trabajo en el que enumera y se detiene en todos los aspectos de su obra civilizadora, en cuanto a la Sanidad, dice:
España organizó la Sanidad moderna, construyó hospitales, enfermerías, dispensarios, consultorios médicos, laboratorios, farmacias, en todas las ciudades. El Sanatorio Antituberculoso de Ben Karrich era el único existente en todo Marruecos. La asistencia médica y hospitalaria era gratuita para todas las clases sociales marroquíes [...]. Creó las Escuelas para la formación de Comadronas, Enfermeras y Enfermeros.


FOTO 15 Damas Enfermeras de la Cruz Roja con la Duquesa de la Victoria

Los Psiquiatras del 36
Al comenzar la guerra civil en España (1936 - 1939), la Sanidad Militar española había conseguido tener un servicio de Psiquiatría aceptable. Los médicos militares que se habían especializado en la Escuela de Ciempozuelos, y los que se preparaban en la Academia de Sanidad, que recibían una formación de carácter general de influencia alemana, impartida por el comandante médico Vallejo Nágera, tenían un nivel alto. La convulsión provocada por la guerra acabó con todos estos avances, realidades y proyectos, y dispersó a los psiquiatras, que según el lugar geográfico en el que se encontraron en el momento de la contienda, se adaptaron a la nueva situación, o tuvieron que optar por uno u otro lado según sus convicciones e ideales.

El director, Federico González Deleito, murió en la Cárcel Modelo en agosto fusilado por los milicianos del Frente Popular. Ningún recuerdo se le dedicó.

Pedro Álvarez Nouvilas, jefe clínico durante el curso, discípulo del Dr. Santos Rubiano Herrera, fue con mi padre uno de los estudiosos de la introducción de la Psicología científica en el Ejército, y formó parte de la Liga de Higiene Mental. Al inicio de la guerra era director del Hospital Psiquiátrico Militar de Málaga, en poder del Frente Popular. En la Escalilla de 1941 consta en activo. Prefirió exiliarse a México.

De los cinco alumnos que habían obtenido el diploma de especialista en Psiquiatría en 1934 solamente ejerció como tal Vicente Buitrón Fernández, en el Arma de Aviación, a la que después de la guerra se pasó. Se distinguió en las operaciones del Frente de Teruel como jefe del Grupo de Sanidad en la perfecta organización de la evacuación de los heridos en los combates habidos, donde se puso a prueba su celo e inteligencia. Antonio Román Durán se exilió a Guatemala.

José Velasco Escassi salió de la Cárcel Modelo al firmar su colaboración con el Gobierno del Frente Popular. Separado del Ejército al final de la guerra. Amnistiado en 1947. Evitó el exilio seguramente porque su pertenencia al Cuerpo de Médicos de Prisiones, en el que hizo una brillante carrera profesional, le proporcionaba un porvenir seguro. Perteneció al Cuerpo Nacional de Médicos Forenses (B.O.E., 13 de enero de 1960) y fue director del Hospital Psiquiátrico Penitenciario. Profesor de la Escuela de Medicina Legal. El catedrático de la Escuela, el Dr. José Delfín Villalaín, en la Revista de la Escuela Legal de Sanidad, le nombra junto a otros eminentes profesores como su maestro.

Por orden de 28 de junio de 1974 se le nombra inspector de los Servicios de Sanidad Penitenciaria a José Velasco Escassi, funcionario del Cuerpo Técnico de Instituciones Penitenciarias, especialidad Psiquiatría. Como es lógico, conservará esa sociedad médica que inició con su compañero Luis Alonso, y dará a su viuda la parte que en el escaso tiempo que juntos tuvieron esa sociedad le corresponda. Después nada más hemos sabido de él. Jamás nadie le recordó su colaboración con el Frente Popular.El 12 de febrero de 1979, el ABC publica la esquela de su fallecimiento en Madrid.

La Clínica de Ciempozuelos quedó en pleno frente de batalla. El 28 y 30 noviembre de 1936, veintiún Hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, que tenían a su cargo el cuidado y atención a los internados, fueron asesinados en Paracuellos del Jarama. El nuevo director del centro trasladó a los enfermos al Manicomio del Dr. Esquerdo. Al frente de los Servicios de Psiquiatría quedó en la zona nacional el comandante médico Antonio Vallejo Nágera, y en la zona del Ejército Popular de la República el Dr. Mira i López, profesor de Psiquiatría en la Universidad de Barcelona y miembro del Partido Socialista Unificado de Catañuña (PSUC).

Conclusiones
No pude imaginar cuando, respondiendo a una antigua inquietud, inicié lo que pretendía como una breve biografía sobre los hechos más significativos de la vida de mi padre con el fin de que su memoria no quedara en el olvido para la familia, que iniciaba una aventura que ha resultado ser apasionante.

Dos cartas dirigidas a mi madre desde la Cárcel Modelo días antes de su muerte, y las fotos que de sus campañas en Marruecos se han conservado, así como las fotos familiares, relatos fragmentados de mi madre, de mi tía Pilar Baquer, y el hermano de su primera esposa, su cuñado el Sr. Gumucio, es el bagaje con el que empecé.


FOTO 16 Luis María Alonso Alonso, capitán médico

En este bagaje es justo que añada la relación que con los hermanos de mi padre, mis tíos, los que vestían uniforme y también mi abuelo, han contribuido a que yo pudiera formarme una imagen de mi padre. El contacto con ellos me ha permitido saber cómo era. Pero lo que ellos no me pudieron transmitir fue su faceta como médico. Ésta es la que he encontrado en los documentos y en sus escritos.

Mi padre fue, antes que militar, médico, su auténtica vocación que pudo desarrollar en el hostil territorio marroquí.

Con estos pocos datos, sin ningún recuerdo, su itinerario vital ha ido apareciendo a través de escritos y valiosos documentos, entre los que se encuentra como el más importante su Hoja de Servicios, y otros que investigando he encontrado, o me han sido facilitados. El estudio de su época, y el contexto que vivió, ha sido la herramienta que he utilizado para conocerle. Así he podido descubrir su personalidad, sus ideales y sus ilusiones, los hechos en los que demostró su inteligencia, generosidad e integridad.

Un legado que de manera misteriosa, pero real, he recibido, y en el que puedo reconocerme. He ido descubriéndole a él, pero también me he descubierto a mí misma. No sería completa la visión, o mejor dicho, la idea que como hija he ido formando de la personalidad de mi padre, si no hubiera comprendido también y no expresara cómo fue la clase y forma de relación que tuvo con sus familias políticas, con los Gumucio (la de Lola), y los Montalbán (mi madre).

Empezando con la de Lola. Su padre era director de una sucursal de un banco de Madrid, su madre, como hemos visto, la esposa que sufre en silencio la infidelidad del marido. Debió ser una persona bondadosa. Su hijo, el hermano de Lola, pronto hizo «buenas migas» con su futuro cuñado. Su arrolladora personalidad, su cultura y su carácter le debieron impresionar desde el primer encuentro. La relación con su hermana anudó una amistad entre ambos cuñados.

Conocí al Sr. Gumucio cuando le visité en su casa de la calle Moratín, Barrio de las Letras, con motivo de recoger el regalo que me hizo del retrato al óleo que él (pintor con firma acreditada) había hecho de mi padre, y que días antes yo le había pedido. En esta ocasión pude confirmar su aprecio, admiración y cariño por él. En su casa conservaba los cuadros que en sus estancias en Tetuán había hecho de esta ciudad, de sus paisajes y sus habitantes. Me habló con entusiasmo del espíritu de iniciativa que mi padre tenía, y también de su afición a la música clásica.

Vivía con su única hija, y con delicadeza tocó el espinoso asunto del rechazo de Lola por parte de la familia Alonso, de la que yo con este motivo venía a avivar tan doloroso recuerdo, y simplemente dijo: «Mi padre tuvo la desgracia de enamorarse de otra mujer, lo que amargó la vida de mi madre». Nada más. Ahí quedaba la explicación de tanto sufrimientos y humillaciones, que algunas mujeres de entonces padecieron, y del rechazo de su hermana para formar parte de la familia de su marido.

La relación con la familia Montalbán también fue muy cordial. La estancia juntos en la Cárcel Modelo les hizo sentirse unidos en una tragedia común, en la que mi padre, estoy segura, actuaría como apoyo debido a su temple y formación. En las cartas que escribe a sus cuñadas, que eran unas niñas, Teresa tenía 16 años, y Adela 11, trasluce su afecto.

He llegado al final de un camino en el que no he estado sola. Adolfo, mi marido, lo ha hecho también conmigo. Su contribución y ayuda ha sido inapreciable y definitiva, tanto en la interpretación y conservación de documentos, como su Hoja de Servicios, o búsqueda de otros, datación y ubicación de fotografías con mucha aproximación. Pero sobre todo su confianza en el trabajo que emprendí, y la admiración por mi padre, que compartimos juntos. También fue él quien que me animó a recuperar la memoria de mi abuelo paterno.


FOTO 17 La Duquesa de la Victoria en un homenaje por su heroico trabajo. M. G. 1921

También con su Hoja de Servicios he conocido toda su trayectoria militar, para mí totalmente desconocida, y poder establecer la relación con la de mi padre. No puedo olvidar a Javier Sánchez Regaña, con su magnífico blog, al que considero un gigante de la investigación sobre los sucesos de Anual.


FOTO 18 El alto comisario en Madrid Damaso Berenguer, visitando a los heridos de África. Mundo Gráfico 12 de abril de 1922, página 15

Él me ha identificado a personas que posan en fotografías junto a mi padre, por ejemplo al teniente médico Vázquez Bernabeu, y a la Duquesa de la Victoria, y ha encontrado en la revista África, la heredera de aquella Revista de Tropas Coloniales fundada por Franco, el interesante artículo de mi padre sobre su labor sanitaria en el centro del Rif, como un auténtico «misionero de la civilización».

Espero que no quede en el olvido para los suyos la memoria de lo que hizo, y de lo que fue su persona, su vida y su muerte. Será también una enseñanza para todos nosotros. Los que al leer estas páginas le conozcan podrán sacar conclusiones de carácter moral, por su entrega a su vocación como médico psiquiatra y como médico militar. Por la firmeza de sus convicciones y fidelidad a sus ideales.

Y nosotros, su familia, y especialmente sus hijos, conservaremos el legítimo orgullo de serlo, y la obligación de mantener su memoria.

Agradecimiento
María Luisa Alonso Montalbán, autora del libro, por haberme enviado su libro.

Fotografías extraídas de la revista Mundo Gráfico de la Biblioteca Nacional de España y del propio libro “Luz para el Olvido”.

Manuel Solórzano Sánchez
Graduado en Enfermería. Servicio de Traumatología. Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. OSI- Donostialdea. Osakidetza- Servicio Vasco de Salud
Insignia de Oro de la Sociedad Española de Enfermería Oftalmológica 2010. SEEOF
Miembro de Enfermería Avanza
Miembro de Eusko Ikaskuntza / Sociedad de Estudios Vascos
Miembro de la Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro de la Red Cubana de Historia de la Enfermería
Miembro Consultivo de la Asociación Histórico Filosófica del Cuidado y la Enfermería en México AHFICEN, A.C.
Miembro no numerario de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País. (RSBAP)