viernes, 20 de mayo de 2016

SIERVAS DE MARIA. CUIDADORAS DE ENFERMOS Y DOCENTES EN LANZAROTE


Autores: Fika Hernando, María Luz.; Alonso Gutierrez, S.; Gutierrez Fernández, Y.; Bravo Martínez, José.; Fernández Vallhonrat, Blanca. y Martín Ferrer, Juan Manuel.

Dirección de contacto: María Luz Fika Hernando

FOTO 1 Siervas de María

A principios del siglo XIX, la isla de Lanzarote contaba con un médico y nueve barberos sangradores para atender a los enfermos, estando la salud de la población en manos de la medicina popular y de personas sin reconocimiento académico. A mediados de siglo comienza a incrementarse el número de profesionales de la salud, lo que amplía el panorama sanitario de la isla. En la misma época se habilita una casa particular y se crea en ella el segundo hospital, dedicado a San Rafael. Este hospital no llegó a consolidarse, y tendremos que esperar a la creación de un nuevo centro, al que se le denominaría Hospital de Nuestra Señora de los Dolores, pero a pesar de la domiciliación de médicos acreditados, éstos eran escasos y no se encuentran referencias de la presencia de practicantes y/o enfermeros.

En Arrecife, a medida que avanzaba la centuria, se fueron domiciliando profesionales médicos acreditados, que por término medio fueron dos. La oferta cualificada privada no será suficiente como para paliar, al menos, las causas de la mortalidad ordinaria.

El Puerto del Arrecife debe la fundación del Hospital de Dolores, la Cuna para Niños Expósitos y el asilo, a un hombre que permaneció entre los vecinos de Arrecife treinta años, el sacerdote don Manuel Miranda Naranjo, que llegó al Puerto en junio de 1873, desde Tetir en Fuerteventura, para suceder a don Juan Guerra Herrera.

Lanzarote sufría la llamada crisis de la barrilla, por lo que este mecenas de la capital isleña multiplicó sus actividades para poder paliar las necesidades de los habitantes de su ciudad que comían tuneras, raíces de plantas silvestres, muriendo algunos de hambre.

FOTO 2 Recibo de limosna de 1896 en Valencia

En la sesión del 19 de mayo de 1869 de la Diputación Provincial, el diputado por Arrecife, Elías Martinón, solicita la creación de un hospital en Arrecife. La Diputación encarga al Ayuntamiento de Arrecife que solicite informes al resto de ayuntamientos de la isla de Lanzarote de cuál sería la cantidad que cada ayuntamiento podría aportar al mantenimiento del futuro hospital.

El 30 de junio de 1896, don Manuel Miranda, con autorización del alcalde de Arrecife, don Rafael Ramírez Vega, convoca a los cien vecinos más representativos de Arrecife, con el fin de exponerles la idea de crear un hospital, acudiendo a dicha reunión unas 26 personas.

Don Manuel les expuso la idea de fundar en Arrecife una casa de beneficencia y enseñanza, que en principio estarían a cargo de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, constituyéndose una Junta a tal efecto.

Con la aprobación del Obispo, se acuerda que fueran las Siervas de María Ministras de los Enfermos, las que se hicieran cargo de la proyectada casa, ya que se tenía conocimiento que las mismas se dedicaban a cuidar enfermos a domicilio, a la dirección de hospitales y a la enseñanza, es decir, cumplían las tres funciones que le quería dar a su obra don Manuel Miranda.

Las Siervas de María habían sido fundadas por Santa María Soledad, cuyo nombre original era Bibiana Antonia Manuela Torres Acosta, que había nacido en Madrid el 2 de diciembre de 1826. Murió María Soledad en la Casa General de la Orden de Chamberí en octubre de 1887. Fue beatificada por Pío XII el 5 de octubre de 1850 y Pablo VI la proclamó santa el 25 de enero de 1970. Su fiesta se celebra el 11 de octubre.

A las Siervas de María se les llama las enfermeras de cuerpo y alma por amor de Dios.

FOTO 3 Siervas de María. Escuela de Enfermería, Roma 1907

Don Manuel dirige en 1900 una carta a la Superiora General del Instituto de Las Siervas de María en Madrid pidiéndole el número indispensable de siervas para la fundación y las condiciones en que ésta debía verificarse.

A esta carta la Superiora contestó que el número de Siervas debía de ser cinco, que les debería abonar el pasaje desde Madrid al Puerto del Arrecife y que su manutención sería por medio de suscripciones que ellas mismas gestionarían, aunque también se podría tramitar por una junta de vecinos.

Ante la angustiosa situación de la población, por la falta de lluvias, don Manuel hace llegar algunas consideraciones a las Siervas de María, entre las que encontramos la decisión de que él sería el único administrador de la propiedad de la casa en que se instale la comunidad religiosa y que ésta la habitara en usufructo, abonando el alquiler del almacén, donde se instale la escuela.

Con las Siervas de María llega sor Paulina Arteta y Acedo, monja de mucho brío y santidad, con sus compañeras las monjas María Arza, Martirio Herrera y Cecilia Esquiroz y Ardanaz, que llegaron a Lanzarote en el vapor “Milán Carrasco” para fundar Casa y Escuela en la plaza nombrada de Las Palmas, quedando definitivamente instaladas el 22 de junio de 1902, después de ser recibidas con gran algarabía por la población.

En 1913, el Cabildo Insular se hace cargo del Hospital de Dolores y como ya se hacía muy pequeño para las necesidades de la isla, compra un terreno para su ampliación.

El Hospital contaba con dos salitas, con escasos médicos, no existiendo practicante alguno, ya que al titular, don Cristóbal Pérez, el Ayuntamiento de Arrecife le debía parte de sus salarios y en 1910 se afincó en Tenerife. Tampoco había enfermeros.

FOTO 4 Religiosas Amantes de Jesús e Hijas de María Inmaculada en 1915. Hospital Nuestra Señora de los Dolores (Archivo Municipal de Teguise). El día que se pone el nombre del médico José Molina Aldana a la Sala de Hombres del Hospital Insular

La Voz de Lanzarote transcribía la sesión celebrada por el Cabildo del día 16, y uno de sus puntos dice:
Se lee otra de las Siervas de María en que solicitan recursos para el hospital y reclaman 3 meses de sueldo de las Hermanas encargadas de la asistencia a los enfermos a razón de 45 pesetas para cada una de las dos, a cuyo cargo se halla el Hospital y se acuerda abonárseles

La reforma llevada a cabo en la Congregación de las religiosas hizo que se suspendiese la enseñanza, por lo que a partir de entonces podrían solo dedicarse a la beneficencia. Como consecuencia y ante la muerte de Sor María debida a la tuberculosis tras prolongado contacto con los enfermos, la Madre Superiora hizo que las religiosas se trasladasen a Las Palmas de Gran Canaria, para que se dedicaran a su comunidad, con gran pesar de los arrecifeños por la excelente labor desempeñada, cerrándose el lugar en espera de que llegase otra comunidad religiosa.

Las Siervas de María se marcharon de Arrecife después de que hicieran vendas con todas sus sábanas para atender a los enfermos y de facilitar sus propios colchones a los indigentes.

Las religiosas que llegaron para sustituir a las Siervas de María en 1915, fueron las Amantes de Jesús e Hijas de María Inmaculada, comunidad compuesta por cuatro hermanas que se dedicaron al servicio de los enfermos en el Hospital de Dolores y a los que se encontraban en sus domicilios, a la vez que se emplearon en la enseñanza de párvulos y de adolescentes, al igual que sus predecesoras. La llegada de esta Orden parchea la caótica situación de la sanidad insular.

No se conocían las sulfamidas ni los antibióticos. La organización sanitaria era defectuosa e improcedente, y sólo se contaba con las dos salitas construidas por el párroco don Manuel Miranda Naranjo, para atender a los enfermos, en una población en que la milagrería y el curanderismo reinaban a placer.

BIBLIOGRAFÍA y FOTOGRAFÍAS
De la Hoz, A.: José Molina Orosa. El médico de Lanzarote. Cabildo de Lanzarote. Servicios de Publicaciones, 1999

Manuel Solórzano Sánchez
Diplomado en Enfermería. Servicio de Traumatología. Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. OSI- Donostialdea. Osakidetza- Servicio Vasco de Salud
Insignia de Oro de la Sociedad Española de Enfermería Oftalmológica 2010. SEEOF
Miembro de Enfermería Avanza
Miembro de Eusko Ikaskuntza / Sociedad de Estudios Vascos
Miembro de la Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro de la Red Cubana de Historia de la Enfermería
Miembro Consultivo de la Asociación Histórico Filosófica del Cuidado y la Enfermería en México AHFICEN, A.C.
Miembro no numerario de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País. (RSBAP)


domingo, 8 de mayo de 2016

LAS ENFERMERAS, SU TRABAJO EN LA GUERRA Y LA FATIGA DE COMBATE



Las enfermeras en continua formación, tuvieron que afrontar situaciones nuevas como la guerra submarina, los ataques aéreos, las laceraciones y herida por metralla, los gases tóxicos y la guerra de trincheras. La capacidad de observación de la enfermera y sus conocimientos debían combatir el shock, la hemorragia, las enfermedades contagiosas, las heridas infectadas y la inhalación de gases tóxicos, que soportaban el gran número de soldados que debían de ser hospitalizados y a los que debían de atender.

FOTO 1 Croquis de una trinchera

En las trincheras, se enfrentaban a plagas de ratas, piojos y pulgas y a las aguas estancadas que producían los terribles “pies de trinchera”, que era una gangrena provocada por la trombosis de pequeños vasos sanguíneos a causa de permanecer inmovilizado durante largos períodos de tiempo en lugares húmedos y fríos y que provocaron el que muchos soldados terminasen con amputaciones en las extremidades inferiores. Todas estas nuevas situaciones también las padecieron las enfermeras que cuidaron a los enfermos y heridos (1).

Si nos adentramos más en nuestra historia, concretamente en las guerras, encontraremos ejemplos de numerosas mujeres que han llevado a cabo la profesión de la enfermería con afán y pasión, reduciendo en la medida de lo posible, la mortandad entre la población afectada por las aterradoras consecuencias de la guerra como la desnutrición, raquitismo, tuberculosis, tifus, secuelas físicas y psíquicas. Las enfermeras desarrollaban como podían su trabajo en los frentes de batalla y en la retaguardia, soportando unas durísimas condiciones de vida.

A lo largo de los siglos, las mujeres han realizado la mayor parte de los trabajos encaminados a mantener y recuperar la salud de su familia y de aquellas personas que necesitaban algún tipo de cuidados para seguir viviendo. Siempre se les ha relegado a un tipo de trabajo que podría denominarse “secundario”, como se ha pensado que era la enfermería. Pero analizando la labor que han llevado a cabo las enfermeras en los distintos conflictos bélicos, se puede observar que este esfuerzo no ha sido tan “secundario” como se ha creído, sino que, ha sido indispensable para el transcurso de la historia de la sanidad.

FOTO 2 Estudiantes de enfermería durante un seminario de férulas. En la pizarra se puede leer: “Acolchado de las férulas”

Las enfermeras cuidaron realizando jornadas interminables, a soldados heridos y enfermos ayudándolos en su proceso de curación o paliando sus sufrimientos en un entorno adverso y en unas condiciones limitadas. Era doloroso tener que informar a los soldados de sus secuelas como: ceguera, pérdida de algún miembro, pérdida de compañeros, o tener que notificar a los parientes escribiéndoles sendas cartas diciéndoles que sus seres queridos no iban a sobrevivir a las heridas producidas en la batalla (1).

Las enfermeras tenían que: taponar hemorragias, trepanar huesos, curar amputaciones, curar los pies de trinchera, ayudar en las autopsias, servir las comidas, limpiar a los heridos, animarlos, acompañar al médico en las visitas, vigilar el estado general del herido, constantes del herido y ayudarle en todas las necesidades que surgiesen.

También les tocó cuidar y dar los cuidados de enfermería necesarios a unos pacientes problemáticos. A muchos de ellos se les consideraba “cobardes” y personalmente se encontraban muy mal, con un sinfín de síntomas, como los que se describen posteriormente. Era una patología nueva y considerada como enfermedad “rara” para aquella época, aunque ya estaba descrita por Hipócrates.

Psicológicamente se enfrentaban a un grave problema ético, ya que cada vez que un soldado era curado y se le daba el alta, la mayoría de las veces era para volverlos a mandar a una muerte segura.

FOTO 3 Enfermeras de quirófano en 1930

Los enfermos diagnosticados de “Neurosis de guerra” eran tratados en Clínicas que se crearon en pueblos lejos del campo de batalla, en grandes casas de campo con bosques y jardines donde se respiraba mucha tranquilidad. En ellas, permanecían a su cuidado enfermeras profesionales las 24 horas del día, realizando todos los cuidados necesarios que comprendían: limpieza y aseo de los pacientes, oxigenación, alimentación, eliminación de las secreciones humanas, curas de sus heridas, deambulación y ayuda para el paseo a los que les faltaba algún miembro, ayudarles a descansar y dormir lo mejor posible, ayudar al que lo necesite a vestirse, mantenerlos con buena temperatura, intentar que se valgan por sus propios medios, comunicarse entre los compañeros y compartir las vivencias vividas. Ayudarles psicológicamente a superar los traumas que han padecido en la guerra (1).

Neurosis de guerra o fatiga de combate o locura de trinchera:
Término empleado para describir el trauma psicológico… la intensidad de las batallas de la artillería… crisis neuróticas de los soldados por lo demás mentalmente estables.

Los soldados llegaron a identificar los síntomas, pero el reconocimiento oficial de la autoridad militar tardó en llegar… Ataques de pánico, parálisis mental y física, aterradores dolores de cabeza, sueños espantosos… Muchos sintieron los efectos durante años… Los tratamientos eran rudimentarios en el mejor de los casos, peligrosos en el peor de los casos.

El “síndrome de la neurosis de guerra” data desde la Primera Guerra Mundial, sin embargo en esa época solía confundirse como cobardía ante el enemigo.

FOTO 4 Soldado con neurosis de guerra Primera Guerra Mundial

En un estudio del doctor W. H. R. Rivers basada en la observación de los soldados heridos en el Hospital de Guerra de Craiglockhart entre los años 1915 a 1917, explicaba el proceso de represión, los soldados que pasaban la mayor parte del tiempo tratando de olvidar los temores y recuerdos eran más propensos a sufrir recaídas en el silencio y la soledad de la noche, cuando el sueño debilitaba su autocontrol y los hacía vulnerables a pensamientos lúgubres.

Todo era más intenso en la soledad de la noche. Sin duda era entonces cuando sus pensamientos sombríos se liberaban de sus restricciones y se convertían en sueños que les atormentaban. Según el doctor Rivers, la represión contribuía a que los pensamientos negativos acumularan energía, lo cual ocasionaba pesadillas e imágenes oníricas vividas e incluso dolorosas que se apoderaban “violentamente” del intelecto.

El doctor Rivers hablaba de los soldados sin emplear ni mencionar las “tendencias violentas” que presentaban dichos sujetos y prefería emplear las palabras como “disociación, depresión, confusión, la sensación del soldado de estar “a oscuras”, pero sin emplear otras palabras más fuertes.

FOTO 5 Hospital de Guerra de Craiglockhart. Enfermeras

En el testimonio del corresponsal de guerra Philip Gibbs, había escrito acerca del regreso de los soldados después de la guerra y decía así:
Algo iba mal. Volvían a vestir sus ropas de civil y a ojos de sus madres, novias y esposas eran los mismos jóvenes que habían conocido en los días de paz anteriores a agosto de 1914. Pero no eran los mismos. Algo había cambiado en su interior. Sufrían cambios de humor y extraños estallidos de rabia, depresiones profundas que daban paso a una impaciente búsqueda de placer. Muchos se veían arrastrados con facilidad a pasiones que les hacían perder el control de sí mismos, muchos se expresaban con amargura, con opiniones violentas, aterradoras.

Trastornos que sin duda podrían llevar a una persona a cometer una terrible equivocación, un acto atroz del que no habría sido capaz en su sano juicio.

A continuación el artículo describía las condiciones de las trincheras del frente oriental, la espantosa insalubridad, las ratas y el olor a moho y descomposición del pie de trinchera, los piojos que se alimentaban de la carne putrefacta. Las imágenes del barro y agua que cubrían todos los suelos de las trincheras, charcos, agua hasta los tobillos, frío, etc… y de las grandes matanzas que se producían a su alrededor.

Muchos de ellos no volvieron, murieron en las propias trincheras. Volvían en un estado lamentable. Un soldado explicó como había pasado 18 horas enterrado después de una explosión. Estaba en tierra de nadie y sus compañeros no podían salir en su busca en pleno bombardeo. Cuando al final lograron desenterrarlo estaba en estado catatónico, totalmente conmocionado. Lo enviaron a casa y lo trataron en uno de esos hospitales que se montaron en las casas de campo, pero no volvió a ser el mismo.

La expresión de su cara era de horror permanente. Sufría pesadillas en las que no podía respirar y se despertaba por la falta de aire. Otras noches despertaba a sus compañeros con un aullido espantoso que traspasaba todas las paredes de la casa de campo. Todos los niños en el pueblo le tenían miedo (2).

FOTO 6 Soldado con neurosis de guerra Primera Guerra Mundial

Carta de Laurie, un soldado francés desde el frente occidental, escribe esta carta a su amada el 5 de febrero de 1918:
Cariño mío:
(…) Quizá te gustará saber cómo está el ánimo de los hombres aquí. Bien, la verdad es que (y como te dije antes, me fusilarán si alguien de importancia pilla esta misiva) todo el mundo está totalmente harto y a ninguno le queda nada de lo que se conoce como patriotismo. A nadie le importa un rábano si Alemania tiene Alsacia, Bélgica o Francia. Lo único que quiere todo el mundo es acabar con esto de una vez e irse a casa. Esta es honestamente la verdad, y cualquiera que haya estado en los últimos meses te dirá lo mismo.

De hecho, y esto no es una exageración, la mayor esperanza de la gran mayoría de los hombres es que los disturbios y protestas en casa obliguen al gobierno a acabar como sea. Ahora ya sabes el estado real de la situación.

Yo también puedo añadir que he perdido prácticamente todo el patriotismo que me quedaba; solo me queda el pensar en todos los que estáis allí; todos a los que amo y que confían en mí para que contribuya al esfuerzo necesario para vuestra seguridad y libertad. Esto es lo único que me mantiene y me da fuerzas para aguantarlo. En cuanto a la religión, que Dios me perdone, no es algo que ocupe ni uno entre un millón de todos los pensamientos que ocupan las mentes de los hombres aquí.

Dios te bendiga cariño, y a todos los que amo y me aman, porque sin su amor y confianza desfallecería y fracasaría. Pero no te preocupes, corazón mío, porque continuaré hasta el final, sea bueno o malo (…)
Laurie (Grence Ruiz, T. et al. 2012: 125)

Neurosis de Guerra
La neurosis de guerra no es una entidad clínica en sí misma. Pertenece a la categoría de la neurosis traumática, que fue definida en 1889 por el neurólogo alemán Hermann Oppenheim, quién la describió como una afección orgánica consecutiva a un traumatismo real que provocó una alteración física de los centros nerviosos, acompañada de síntomas psíquicos como: depresión, hipocondría, angustia, delirio, etc.

Con Freud, la neurosis se convertía de tal modo en una afección puramente psíquica, con lo cual caducaba la idea de la simulación, tanto para los adeptos del organicismo como para los partidarios del funcionalismo o la causalidad psíquica.

Con la Primera Guerra Mundial se reactivó el interminable debate sobre el origen traumático de la neurosis. Las jerarquías militares recurrieron a psiquiatras de todas las orillas para que trataran de desenmascarar a los simuladores, sospechosos (como en otro tiempo las histéricas) de ser falsos enfermos, es decir mentirosos, desertores, malos patriotas.

Este problema que iba a ser desenterrado por Kur Eissler psicoanalista vienés, comenzó con una acusación del teniente Walter Kauders contra Julius Wagner-Jauregg, psiquíatra, a quién se atribuyó haber utilizado un tratamiento eléctrico para atender a los soldados afectados de neurosis de guerra y de hecho considerados simuladores. Freud fue entonces convocado como experto por una comisión investigadora, para que diera su opinión sobre el eventual delito de Wagner-Jauregg. En el informe, Freud se mostró muy moderado con el psiquiatra, pero en cambio criticó con suma violencia, no sólo el método eléctrico, sino también la ética médica de quienes lo utilizaban. Recordó que el deber del médico es siempre y en todas partes ponerse al servicio del enfermo, y no de cualquier poder estatal o bélico, y estigmatizó la idea de la simulación, incapaz de definir la neurosis, fuera de origen traumático o psíquico: “Todos los neuróticos son simuladores -dijo-, simulan sin saberlo, y ésta es su enfermedad”.

La implantación progresiva del psicoanálisis en los diferentes países occidentales transformó la mirada psiquiátrica sobre la cuestión de la neurosis de guerra.

Históricamente, el problema de la neurosis de guerra es tan antigua como la guerra misma. La idea de que las tragedias sangrientas de la historia pueden inducir en los sujetos “normales” a algunas modificaciones del alma o del comportamiento se remonta a la noche de los tiempos. Todos los trabajos que se realizaron en el siglo XX sobre los traumas vinculados con la guerra, la tortura, el secuestro, el encierro o situaciones extremas, confirmaron la tesis freudiana: estos traumas son a la vez específicos de una situación determinada, y reveladores en cada individuo de una historia que le es propia.

En otras palabras, los períodos llamados “de trastornos” favorecen menos la eclosión de la locura o la neurosis que el drenaje de sus síntomas en forma de traumas. Por ejemplo, el suicidio explícito, la melancolía, son menos frecuentes cuando la guerra justifica la muerte heroica, y las neurosis son más numerosas y manifiestas cuando la sociedad en la que se expresan presenta todas las apariencias de la estabilidad (3).

FOTO 7 Ambulancia para cirugía. Francia 1914.

Fatiga de Combate
Fatiga de Combate es un trastorno psicológico caracterizado por un tipo de neurosis que se evidencia como un síndrome de estrés y repulsión al combate (4).

En la Primera Guerra Mundial, confundían la fatiga de combate con la cobardía ante el enemigo. Algunos estudios preliminares que se realizaron en aquella época y se llamó síndrome shell-shock; pero no fue hasta avanzada la Segunda Guerra Mundial, cuando los especialistas de los países aliados lograron conceptualizar la fatiga de combate como un tipo de trauma psicopatológico manifestado como una neurosis asociada a la exposición prolongada de muertes masivas, explosiones, tableteos de ametralladoras, en particular a aquellos que predominaban los bombardeos constantes, escenas chocantes, el ruido ambiente propio de una batalla (4).

La fatiga de combate en las líneas soviéticas alentada por la crueldad de la oficialidad soviética que enviaba a multitud de soldados al sacrificio, durante la Segunda Guerra Mundial, fueron causa de que se pasaran por miles al lado alemán transformándose en “hiwis”.

Síntomas
La fatiga de combate se suele desencadenar a partir del ruido constante de explosiones, ruidos del funcionamiento constante de armas, presenciar la muerte de camaradas en el combate, etc. Esta se manifiesta de diferentes modos, dependiendo del perfil de personalidad del sujeto, puede ser expresado por ataques de histeria, pasividad y mutismo o parálisis de miembros, incapacidad para percibir el entorno o descontrol de emociones reprimidas.

Los síntomas pueden ser variados: mutismo, mudez, sordera, inestabilidad emocional, apatía, falta de concentración, sudoración fría, trastornos del sueño, convulsiones musculares, desinterés del entorno etc. Incluso algunos soldados afectados pueden rehusar disparar a matar cuando el enemigo es sentido como similar a si mismo. La reiteración de órdenes de aniquilación por parte de sus superiores provocan la fatiga de combate. Incontables son los casos en que el soldado afectado se ha vuelto contra sus superiores.

FOTO 8 City of London Mental Hospital, Dartford

La fatiga de combate supone en el sujeto que la padece, un quiebre del temple emocional en la lucha antagónica entre el instinto de supervivencia y el horror del escenario bélico al que se enfrenta, mientras más peligrosas son las misiones, se establece una mayor predisposición a padecer la neurosis.

Incluso cuando se retira al soldado del escenario bélico transformándose en un veterano de guerra la fatiga de combate reaparece en tiempos de paz ante determinadas situaciones y puede afectar al individuo de por vida. Muchos individuos afectados por fatiga de combate han protagonizado hechos luctuosos. La cura de la fatiga de combate es compleja, se ha experimentado realizando curas de sueño, drogas ansiolíticas, traslado a lugares tranquilos son algunas de las indicaciones de los psiquiatras (4).

LOCURA DE TRINCHERA
Al comienzo de la guerra los cuadros neuróticos de pérdida del habla, trastorno del sueño, convulsiones musculares, inexplicables espasmos faciales, ceguera histérica y otras afecciones no fueron considerados como patologías.

Lo llamaron “síndrome del corazón del soldado”, shock de las trincheras, neurosis de combate, fatiga de batalla. Aunque se identifica por primera vez en la Guerra de Secesión americana, el tema del soldado loco por culpa del pánico es tan antiguo como el mundo; tan viejo como la guerra.

Hipócrates habló de las pesadillas de los soldados y Heródoto descubrió ciertos síntomas similares entre los supervivientes que habían participado en la batalla de Maratón. En los Tercios de Flandes durante la Guerra de los Treinta años se sufrieron casos de incapacidad emocional entre los soldados y ya en ese siglo los médicos sospechaban que determinadas reacciones no se debían a heridas físicas. Rusia, en la guerra contra Japón, apenas estrenado el atroz siglo XX, fue el primer país en enviar médicos psiquiatras al frente. Pero, ¿qué ocurrió en la Gran Guerra para que la demencia del soldado se considerara uno de los problemas más graves del ejército?

FOTO 9 Silla Bergonic para dar tratamiento eléctrico a efectos psicológicos, en casos psico-neuróticos.

Repasando viejas fotografías y grabaciones de la época realizadas en algunos hospitales del frente se asiste a todo un tratado del horror: soldados que han perdido el habla, otros que se mueven entre espasmos, algunos que sorprenden con una inquietante mirada vacía que se llamó de las mil yardas, es decir, la distancia aproximada de la trinchera al enemigo. De alguna forma, la Gran Guerra fue el conflicto que cambió el diagnóstico sobre cómo puede afectar un trauma a la razón y, en particular, en situaciones bélicas extremas.

Era lógico. En ninguna guerra como en ésta habían sido ingresados tantos soldados que en apariencia no estaban heridos pero que eran incapaces de continuar luchando. Fue el resultado de una guerra que sorprendió a todos los que participaron en ella. Tanto los soldados como los altos mandos tenían en mente las guerras anteriores que se resolvían en enfrentamientos frente a frente en campos de batalla y donde además se conocían los efectos de las armas y cañones. Sin embargo, este conflicto devastador se podría considerar como la primera guerra moderna, el laboratorio en el que se ensaya el armamento moderno que se pondrá en práctica en la guerra siguiente: la Segunda Guerra Mundial. Cruel paradoja que todos los avances técnicos y científicos del siglo XIX, la centuria del progreso y la modernidad, sirvieran para el desarrollo de las máquinas de matar.

Es la guerra de la metralleta y su vértigo veloz de muerte, del carro de combate, de la guerra submarina y aérea o de los gases tóxicos. Sólo habría que recordar la “sorpresa” que recibieron los soldados de Ypres cuando descubrieron que la nube azulada que se acercaba hacia ellos les quemaba los pulmones y los volvía ciegos. Fue entonces cuando comenzaron a utilizarse las máscaras antigás, pero sólo después del shock de esos primeros asaltos.

Las razones de la neurosis de combate habría que explicarlas por las particularidades que imponía esta guerra con sus nuevos disfraces de muerte. Los soldados no se enfrentaban físicamente al enemigo sino que aguardaban en la trinchera como conejos asustados dentro de una madriguera, a la espera de que llegara el fusil o el obús que los destrozaba literalmente o que lo hacía con el que luchaba a su lado. Muchos soldados afectados por el shock de trinchera (“shell shock”) se quedaban inmóviles sin poder reaccionar al ver que el compañero se convertía en una mezcla informe de fango y sangre. Y auténtico pavor se desataba en el momento en que sonaba el silbato que ordenaba que había que saltar de la trinchera y salir a la tierra de nadie mientras el enemigo lanzaba sus proyectiles contra todo lo que se moviera. Era toda una invitación al suicidio por la más que probable posibilidad de ser alcanzado por alguna de las miles de balas lanzadas desde el otro bando.

Muchas jornadas resistiendo en estas condiciones llevó a que los combatientes perdieran la razón. No podían dormir y si lo hacían era entre continuas pesadillas no peores que las de la realidad de forma que era imposible diferenciar lo vivido de lo soñado.

En realidad sólo hay que echar un vistazo a las vanguardias que resultaron de la pesadilla de esta guerra como el expresionismo para descubrir la forma en que afectó al inconsciente el trauma de la violencia y la carnicería sin precedentes en que se convirtió Europa en aquellos cuatro años. El arte demostró que ninguno de los que participaron en la guerra fue el mismo cuando terminó. Algunos creadores sufrieron con estos trastornos como Tolkien, afectado por lo que sufrió en la batalla del Somme. O los poetas ingleses Seigfried Sassoon y Wilfred Owen que fueron tratados de neurosis en el Hospital de guerra de Craiglockhart cerca de Edimburgo, un episodio que noveló la escritora Pat Barker y que también fue llevado al cine por Gillian Mackinnan.

FOTO 10 Herido en la trinchera con los sanitarios

Al comienzo de la guerra los cuadros neuróticos de pérdida del habla, trastorno del sueño, convulsiones musculares, inexplicables espasmos faciales, ceguera histérica y otras afecciones no fueron considerados como patologías. Primero se creyó que era consecuencia del ruido de las explosiones e interpretado como simple fatiga de combate, pero los síntomas fueron empeorando conforme la guerra se estancaba sin solución y el campo de batalla se convertía en una trituradora de jóvenes que morían sin sentido.

Psicoanálisis y otras terapias
Muchos soldados que padecieron el trauma de guerra fueron acusados y degradados por el alto mando por supuesta falta de valor en el frente y se achacó su reacción a la cobardía y la ausencia de patriotismo. Se dieron incluso casos en los que los soldados sufrieron consejos de guerra al considerar que sólo fingían para abandonar el frente. Y algunos fueron fusilados al creer que sólo disimulaban un caso evidente de deserción.

Sin embargo, la influencia del psicoanálisis ayudó a cambiar la interpretación ante esta particular locura de guerra.

Así se envió a psiquiatras al frente y se realizaron terapias para tratar a los enfermos, sobre todo, los polémicos tratamientos con electroshock que en ocasiones afectaron aún más a los pacientes. Es curioso pero muchos de aquellos soldados sanaron tras la que puede considerarse la terapia más efectiva: el alejamiento del frente o el fin de la guerra. Este conflicto revolucionó el tratamiento psiquiátrico de los soldados que se transformó por completo tal y como se demostró poco después en la siguiente guerra y en todas las que siguieron.

FOTO 11 Pie de trinchera

Pero la Gran Guerra no sólo afectó a la mente. También supuso un gran cambio para la medicina que tuvo que enfrentarse a nuevas heridas de guerra que ya no se limitaban a los “clásicos” casos de disparo o cañonazo. No hay más que volver al arte para comprobar esta página de horrores. Los cuadros de Grosz o de Otto Dix con los inválidos de guerra que juegan a las cartas demuestran una de las iconografías más macabras que mostró este desastre: rostros sin nariz o mandíbula, cojos o mancos, con el cráneo deformado. Y la película “Johnny cogió su fusil”, con el soldado convertido en un tronco vivo, sin piernas ni brazos, ciego y sin posibilidad de hablar confirma la dificultad extrema que supuso para los médicos y los servicios sanitarios, entre ellas las enfermeras, la llegada de estos heridos.

Las calles se llenaron de mutilados de guerra y también de desfigurados como no se había visto nunca. Rostros sin ojos, sin nariz, sin orejas o mandíbulas, con trozos metálicos que sustituían al cráneo formaban parte de esta galería pavorosa que resultó de la guerra. Soldados convertidos en monstruos andantes que también sufrieron trastorno a causa del rechazo provocado por su presencia física.

Las esquirlas metálicas provocaban heridas terribles en el rostro y solían infectarse con facilidad. Esto llevó a algunos médicos a intentar osados experimentos que en algunos casos fracasaron y en otros condujeron a un importante avance en campos como la cirugía estética. Ocurrió con el médico Harold Gillies que creó una unidad para reparar rostros desfigurados de soldados británicos en un Hospital en Sidcup, al este de Londres.

FOTO 12 Hospital en Sidcup, Londres

Uno de sus exitosos casos fue la reconstrucción de la cara del teniente William Spreckley, que había perdido la nariz. El cirujano realizó una técnica novedosa extrayendo cartílago de las costillas del paciente y creando un colgajo para reconstruir la nariz. Sin embargo, otros casos terminaron con la muerte del herido a causa de infecciones ya que se trataba de complejas cirugías que se hicieron antes del descubrimiento de los antibióticos.

Las situaciones extremas de la guerra hizo que los médicos tuvieran que improvisar e idear operaciones de urgencia con los mínimos medios. Y también propició avances como la creación de bancos de sangre para hacer transfusiones en el mismo frente. El capitán norteamericano Oswald Robertson fue el primero en crear un banco de sangre en el frente occidental en el que se almacenaba y se utilizaba citrato de sodio para prevenir la coagulación.

El tratamiento de las heridas para evitar infecciones antes de que se descubrieran los antibióticos fue otro de los grandes avances. Así, se experimentó con antisépticos en heridas abiertas como hicieron con el hipoclorito de sodio los médicos Alexis Carrel y Henry Dankin.

El particular ambiente de la guerra de trincheras trajo también curiosas enfermedades que afectaron a las tropas. Los grandes periodos en los que los soldados debían permanecer en estos agujeros normalmente anegados por la lluvia sucia, con el calzado mojado en charcos llenos de fango, ratas y restos de cuerpos en descomposición provocó el desarrollo del llamado pie de trinchera. Era una dolorosa enfermedad fúngica que si no se trataba, podía derivar en una gangrena. Literalmente el pie del soldado se pudría lo que conllevaba a la mutilación del miembro.

FOTO 13 Queen's Mary´s Hospital

A causa de la suciedad y el detritus en las trincheras los soldados sufrían además plagas de piojos. Como medida higiénica los soldados se aplicaban cresol, aunque les abrasaba la piel, o bien se volvían la guerrera del revés para despistar a los piojos y los huevos que alojaban al refugio caliente del cuerpo. Junto a las ratas, los piojos fueron una de las obsesiones de los combatientes en las trincheras. Además, el piojo fue el responsable de otra de las enfermedades de la Primera Guerra Mundial: la fiebre de trinchera. Los soldados sufrían fiebre alta, dolor de cabeza y, sobre todo, en las piernas, concretamente en las espinillas. La convalecencia duraba un mes o más y suponía la retirada del frente durante esos días hasta el hospital de combate más cercano.

Sin embargo, y en otra más de las burlas macabras que tuvo esta guerra, la peor enfermedad apareció al final de esta pesadilla. Si con el armisticio en 1918 se calcula que habían fallecido millones de personas, una epidemia provocó millones de muertes en una Europa que no se había recuperado del horror. La gripe de 1918 terminó de diezmar a la población europea en un epílogo que subrayó el apocalipsis que sin duda sufrió el continente a causa de la guerra.

No se puede considerar que la pandemia de gripe fuera un resultado directo de la guerra, pero sin duda las condiciones insalubres en las que había quedado Europa provocaron el desarrollo y virulencia de la enfermedad. La gripe también se denominó gripe española porque fue en la prensa española donde se abordó sin censuras, a causa de la neutralidad del país en el conflicto. Por esa razón, se creyó que se había originado en España. Como casi siempre los vientos sucios de la guerra, a pesar de su poder devastador, provocaron un inesperado avance en algunos campos. Desde luego la medicina y la psiquiatría no fueran las mismas después de este conflicto (5).

FOTO 14 Victoria Hospital, Lichfield

FOTOS

1.- Las operaciones militares de 1914 y 1915. De la guerra de movimientos a la de posiciones

http://jcdonceld.blogspot.com.es/2012/08/la-guerra-de-trincheras-en-la-primera.html

3.- 8 - 10 - 14 El mundo: Primera Guerra Mundial
4.- 6 - Neurosis de Guerra
5.- Hospital de Guerra de Craiglockhart. Enfermeras

7.- Salvando vidas en el campo de batalla. La salud y la medicina durante la Primera Guerra Mundial. Colección Library of Congress, Washington, D.C.

9.- Imágenes medicina antigua
11.- Desde el sótano. Pie de trinchera
12.- Hospital en Sidcup, Londres
13.- Queen's Mary´s Hospital

BIBLIOGRAFÍA
1.- Manuel Solórzano Sánchez. La enfermería en la II República. 4 de junio de 2012
2.- El último adiós. Kate Morton. 2015. páginas 333 - 340
3.- Neurosis de guerra
4.- Fatiga de combate
5.- Eva Díaz Pérez es la autora de “El sonámbulo de Verdún” (Destino), ambientada en la Primera Guerra Mundial

Manuel Solórzano Sánchez
Diplomado en Enfermería. Servicio de Traumatología. Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. OSI- Donostialdea. Osakidetza- Servicio Vasco de Salud
Insignia de Oro de la Sociedad Española de Enfermería Oftalmológica 2010. SEEOF
Miembro de Enfermería Avanza
Miembro de Eusko Ikaskuntza / Sociedad de Estudios Vascos
Miembro de la Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro de la Red Cubana de Historia de la Enfermería
Miembro Consultivo de la Asociación Histórico Filosófica del Cuidado y la Enfermería en México AHFICEN, A.C.
Miembro no numerario de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País. (RSBAP)


domingo, 1 de mayo de 2016

LA ENFERMERA Y LAS CARTILLAS DE RACIONAMIENTO EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA



La Enfermera fue una figura determinante en la Guerra Civil Española. Tuvo el privilegio de estar trabajando y suministrando sus cuidados de enfermería en los dos bandos en los que se partía España. Fueron importantes en todos los ámbitos donde prestaron sus servicios como fueron los hospitales, casas de salud, hospitales de campaña, hospitales de sangre, trincheras, etc. (1).

FOTO 1 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

La ayuda humanitaria que llevaron a todas partes las enfermeras fue muy importante para el restablecimiento de la salud y de los heridos en la guerra civil. En la mayoría de las ocasiones fue totalmente altruista y solidario, el trabajo y apoyo que prestaron a los heridos y a los civiles. Atendieron a una gran población de heridos y civiles heridos en los bombardeos de los dos bandos. Además de las enfermeras generalistas coexistían con las que estaban en los hospitales, clínicas y dispensarios, además de la existencia de las enfermeras visitadoras, enfermeras sanitarias, enfermeras visitadoras psiquiátricas, las enfermeras que se dedicaban a la lucha contra la tuberculosis y la lucha antivenérea. También existían para este menester los practicantes y las matronas.

Además se publicaron diferentes decretos creando la Sección de Higiene Infantil con el objetivo de combatir la mortalidad infantil, la mortalidad materna y enseñar la higiene prenatal y la higiene preescolar. Posteriormente se crearon los Institutos de Higiene. También se creo la Escuela nacional de Puericultura y la Escuela Nacional de Sanidad. Trabajo había muchísimo y las enfermeras tenían que estar preparadas y formadas. No nos tenemos que olvidar de las Enfermeras religiosas y las enfermeras voluntarias no profesionales, además de las Damas Enfermeras y Auxiliares de la Cruz Roja y del Socorro Internacional (1).

Las Enfermeras en la Guerra Civil Española
Durante el tiempo que duró la guerra, se suspendieron todas las clases en todas las Escuelas de Enfermería de toda España, aunque la demanda de estas profesionales es enorme en los dos bandos.

La enfermería fue un ámbito de movilización de las mujeres de gran capacidad. A través de distintos medios se pedía a las mujeres su cooperación como enfermeras y se anunciaban cursos rápidos sobre primeros auxilios y cuidados de enfermería en los que se apuntaron gran cantidad de jóvenes para trabajar, tanto en retaguardia, como en los frentes. Especialmente complicada fue la situación en el bando republicano, porque las enfermeras religiosas se fueron a otras provincias, dejando muchos hospitales sin personal sanitario. El vacío que dejaron las religiosas y buena parte del personal médico que luchaba en el bando sublevado hizo necesario una rápida campaña de preparación de personal de enfermería para cubrir las necesidades del momento.

Se dieron cursos intensivos en distintos lugares para formar lo que se llamó entonces “enfermeras populares”, marcando el cambio de una sanidad encaminada a cubrir, por primera vez en España, las necesidades de las capas menos favorecidas de la sociedad.

A los cursos de enfermeras accedieron por primera vez jóvenes que no provenían de las clases medias o altas, tal y como venía ocurriendo hasta ahora, sino chicas de clase obrera; alguna de ellas casi niñas, como el caso de Ana Pibernat, formada a los 16 años en el Hospital Militar de Gerona o Ramona Vía, de 14 años, se entregaron a una dura tarea en la que la práctica brutal de asistencia en el frente, suplió las carencias de formación reglada.

Gracias a los testimonios orales recogidos recientemente se puede acceder a la experiencia de otra de estas enfermeras de guerra:
En el frente mismo, (...) eran las balas las que te caían por aquí y por allí. Ellas trabajaban cuando había un montón de muertos y se los traían en las camillas a los hospitales, ellas estaban allí. Atendían a los enfermos, los curaban... Cogían un bisturí, si había que abrir para que sangrara una herida... lo cogían, lo abrían y lo cerraban...
Ellas hacían de todo, sí, sí. Estaban preparadas para eso (Entrevista con una enfermera republicana).

FOTO 2 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

Se organizaron en ambos bandos cursos de preparación urgentes y de poco tiempo de duración, siempre bajo las órdenes de supervisoras tituladas a cargo de organizaciones femeninas, sindicatos, instituciones y partidos políticos (1).

Enfermeras, Formación y Cuidados
Voluntarias que, en muchos casos, carecían de formación sanitaria o bien era bastante incompleta, pero su labor fue muy valiosa.

FOTO 3 Enfermeras voluntarias y Damas enfermeras de la Cruz Roja, 1930

En la zona Republicana el Estado hacía la capacitación de las enfermeras.
Enfermeras profesionales (año 1915 titulación)
Enfermeras de la Cruz Roja
Enfermeras capacitadas mediante cursillos acelerados
Enfermeras Hospitalarias
Enfermeras de guerra
Enfermeras del Socorro Internacional (Brigadas Internacionales) y Socorro Rojo
Damas auxiliares de la Sanidad Militar
Visitadoras sociales y Enfermeras procedentes de otros países

La mayoría de ellas tuvieron que aprender a realizar su trabajo, ejemplo las curas a los heridos, en el mismo lugar de la contienda o en los mismos hospitales de campaña.

Formación del voluntariado en la zona nacional, era asumida durante la guerra por:
La FET y de las JONS (Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista), que realizaron cursillos urgentes de enfermeras hospitalarias y enfermeras sociales.

La Cruz Roja Española: que preparaba en los dos bandos dos clases:
Damas Enfermeras de la Cruz Roja de Primera Clase y
Damas Enfermeras de la Cruz Roja de Segunda Clase y
Damas Auxiliares de la Cruz Roja.

Los cuidados prestados por las enfermeras se realizaban con todo tipo de carencias. Lo más duro era el atender a un alto número de heridos, haciendo las jornadas interminables. Además era doloroso tener que informar a los soldados heridos de sus secuelas como: ceguera, pérdida de algún miembro, pérdida de compañeros, o enfrentarse a los parientes para informarles que sus seres queridos no iban a sobrevivir a las heridas producidas en la batalla.

FOTO 4 Damas enfermeras de la Cruz Roja e Hijas de la Caridad de San Sebastián

Las enfermeras tenían que:
Taponar hemorragias, trepanar huesos, curar amputaciones, curar los pies de trinchera, ayudar en las autopsias, servir las comidas, limpiar a los heridos, animarlos, acompañar al médico en las visitas, vigilar el estado general del herido, constantes del herido y ayudarle en todas las necesidades que surgiesen.

Se enfrentaban a que cada vez que un soldado era curado y se le daba el alta, muchas veces era para volverle a mandar a una muerte segura.

Cuidar a los soldados presos, que acudían al hospital y se les mejoraba tanto en la alimentación como en el trato hacia su persona.

Escribir dando malas noticias a los padres, hermanos, novias; que nadie lo quería realizar, sobre todo cuando quedaban lisiados o fallecidos.

No sólo administraban las órdenes médicas y los Cuidados de Enfermería, sino que también se preocupaban de la higiene de los heridos y de su entorno (vecinos, pueblos, etc.)

Cuando llegaban a un colegio, pabellón, cuadras o apriscos, las enfermeras de ambos bandos debían de preocuparse de mantener todo limpio, y ver que se podía aprovechar como: la ropa, utensilios de cocina, todo lo que fuese utilizable.

Las enfermeras cuidaron a soldados heridos y enfermos ayudándolos en su proceso de curación o paliando sus sufrimientos en un entorno adverso y en unas condiciones limitadas (1).

Labor de las Enfermeras
Labor de las enfermeras en Sanidad:
Lucha antituberculosa y vacunas B. C. G.
Lucha higienista: Dermotubin y Rayos X.
Curas, inyecciones, etc.
Conferencias
Labor de las enfermeras en la Beneficencia
Puericultura. Lactancia Materna
Pre – natal 1ª y 2ª infancia. Vacunaciones
Higiene escolar
Propaganda: Viruela B. C. G.; Tifus; Difteria.
Labor de las enfermeras en el Alcoholismo:
Propaganda
Conferencias
Consejos higiénicos sobre viviendas

Labor de las enfermeras en la Asistencia a los Enfermos:
Visitas sanitarias
Visitas a los enfermos
Avisar a la Delegada cuando ingresan en el Hospital de Bilbao
Avisar a los sacerdotes para los enfermos

Labor de las enfermeras Estadísticas:
Curas, inyecciones, número de enfermos vistos, visitas, conferencias, etc.

La enfermera (gexosañak) llega a la cabecera del moribundo; penetra en la oscura y desmantelada buhardilla del tuberculoso, recoge al niño famélico en cuya carita inocente se dibuja la cruel silueta de la anemia; visita al pobre hospitalizado de quien nadie se acuerda, le conforta y le mima con gestos de madre y caricias de hermana, sus horas discurren entre vendajes de heridas e inyecciones, tanto cuida al obrero en las minas como en los talleres, previniendo la enfermedad traidora que iba a apoderarse de un hogar (en este caso la tuberculosis). Ella conoce por su propio nombre, al simpático grupo de niños que corretean por el barrio y que, el día señalado, giran su visita al Dispensario y/o Consultorio Infantil. Aquí en el Aurtzaintoki todo es cariño, amor y delicadeza” (1).

FOTO 5 Damas enfermeras militares de San Sebastián

Guerra y Hambre
Las consecuencias que se originaron fueron impredecibles, la asistencia sanitaria a los soldados heridos de los dos bandos y la atención a la población civil que huía de sus hogares por la guerra fue constante. La pérdida de vidas humanas y las persecuciones de carácter religioso, político o cultural, sembraron de miedo a los ciudadanos españoles, más en unas ciudades y pueblos que en otras. Aumentaron los dispositivos asistenciales y con ellos la necesidad de personas encargadas de atender a la población herida y enferma. Muchas mujeres, jóvenes y no tan jóvenes deseando ser útiles en aquella guerra fratricida, se ofrecieron como “enfermeras voluntarias”.

Muchas de aquellas mujeres enfermeras voluntarias y auxiliares, terminaron sacándose el título de “Enfermera profesional” en las Escuelas de Enfermería y de la Cruz Roja. Muchas enfermeras voluntarias aprendieron a ser enfermeras, viendo cómo lo hacían las enfermeras profesionales, enfermeras damas de la Cruz Roja, médicos, practicantes y religiosas que formaban unos equipos sanitarios militares formidables. Para estas enfermeras “los cuidados estaban impregnados de una fuerte humanidad”, lo importante para las enfermeras, era la persona y su bienestar (2).

Tanto en la guerra como ha su finalización, las enfermeras, igual que la población pasaron mucha hambre. Fue un gran impacto para todas ellas el ver que mucha gente no tenía nada para comer. En algunos lugares se daban raciones de arroz hervido, siempre que llegases pronto y fueses de las primeras en las largas colas que se formaban. Algunas veces si esa ración la estrellases contra la pared se habría quedado pegada, pero nadie las tiraba, las devoraban como podían.

Hubo que montar comedores especiales para dar de comer a la población que no podía hacerlo, para las personas y en especial a los ancianos y a los niños.

FOTO 6 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

La labor de las enfermeras españolas y extranjeras, resulto dificultosa, pero a pesar de ello demostraron una gran fortaleza, exponiéndose a enfermedades, hambre, turnos interminables, cansancio extremo, presión, estrés e incluso en muchas ocasiones a la muerte. No influyendo todo esto en los cuidados aplicados y realizándolos de la mejor manera posible, así se demostró tanto en un bando como en el otro, donde ambos tenían un objetivo común, prestar los cuidados adecuados al herido, al enfermo y a los colectivos más vulnerables (3)

Las enfermeras, además de las tareas asistenciales, asumían tareas sociales: la de alimentar a las madres y a sus hijos, porque como ellas nos cuenta “eran tiempos malos porque entonces había más necesidad que ahora, era la posguerra y se pasaba mucha hambre”; “se les intentaba alimentar y cuidar, sobre todo a las mujeres gestantes, ancianos y niños”.

FOTO 7 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

Racionamiento
El racionamiento es la asignación gubernamental de recursos limitados y bienes de consumo, figura económica generalmente aplicada durante las guerras, las hambrunas o cualquier emergencia nacional.

El racionamiento ejercido según la escasez de un artículo de consumo, se pone en práctica por ejemplo, cuando no hay suficiente comida para satisfacer a todas las personas necesitadas y se opta por distribuirla en cantidades limitadas. El racionamiento hecho en base al costo de las mercancías, limita la cantidad de dinero que los consumidores pueden gastar en productos básicos que son difíciles de estandarizar, como podría ser la ropa.

En el racionamiento por puntos se asigna un puntaje a cada artículo, dándole cierta cantidad de puntos a cada consumidor en forma de cupones, que son emitidos como si fuera dinero para ser canjeados por alimentos o por bienes racionados.

FOTO 8 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

Racionamiento en España
El periodo posterior a la Guerra Civil española estuvo marcado por la escasez. Una orden Ministerial de 14 de mayo de 1939, estableció el régimen de racionamiento en España para los productos básicos alimenticios y de primera necesidad. El racionamiento no alcanzaba a cubrir las necesidades alimenticias básicas de la población, por lo que vivieron años de hambre y miseria. Se establecieron dos cartillas de racionamiento, una para la carne y otra para el resto de productos alimenticios.

Se dividió a la población en varios grupos: hombres adultos, mujeres adultas (ración del 80% del hombre adulto), niños y niñas hasta catorce años (ración del 60% del hombre adulto) y hombres y mujeres de más de sesenta años (ración del 80% del hombre adulto).

La asignación de cupos podía ser diferente también en función del tipo de trabajo del cabeza de familia. Inicialmente las cartillas de racionamiento eran familiares, que fueron sustituidas, en 1943 por cartillas individuales, que permitían un control más exhaustivo de la población.

En mayo de 1943 (BOE de 15 de abril de 1943), al mes de la entrada en vigor de la cartilla individual, el número de racionados en España era de 27.071.978 personas (4).

La distribución de alimentos racionados se caracterizó por la mala calidad de los productos y puso de manifiesto corrupción generalizada y el mercado negro. El racionamiento perduró oficialmente hasta mayo de 1952, fecha en que desapareció para los productos alimenticios (5).

Entre 1950 y 1960 el consumo per cápita de carne y papel se duplicó y el de azúcar o de electricidad se triplicó (6).

FOTO 9 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

Cartilla de Racionamiento
Las cartillas de racionamiento se componían de una cubierta en cuya parte inferior se anotaban los datos de su titular y los establecimientos de suministro que tenían, ya que no servía en cualquier tienda. En la parte posterior las advertencias “legales” de su uso indebido.

En su interior, dependiendo si el individuo era menor de dos años, estaban las hojas con los cupones de los alimentos diarios racionados, de modo que la uno era para el pan, la dos para las grasas, la tres para las legumbres, las patatas y el arroz, la cuatro para la carne y la quinta para el azúcar. En las de los menores de dos años la distribución de dichas hojas era la siguiente: la primera para el pan o las harinas, la dos para las grasas, la tres para el arroz o patatas, la cuatro para la leche y la quinta para el azúcar. Así mismo tenían una o más hojas con treinta y cinco cupones cada una para adquirir alimentos no considerados de diario o no alimenticios y también racionados.
Finalizaba la cartilla de racionamiento con una hoja donde estaban los boletines de inscripción para dar el alta de la cartilla en los establecimientos suministradores.

Las cartillas de racionamiento eran de tres tipos dependiendo de la clase social de su propietarios, acorde con su nivel de ingresos (alto, medio y humilde), así que había de primera, de segunda y tercera categoría, teniendo, igualmente en cuenta el coste de vida de las poblaciones, algo que se obtenía por el número de habitantes censados.

Este estado de cosas favoreció el contrabando en las zonas cercanas a las fronteras, sobre todo la portuguesa, pese al peligro de ser descubierto por la Guardia Civil y que, si era aprendido, podía confiscarle la carga hasta ser condenado el infractor a penas de tres meses a un año en un Batallón Disciplinario, pasando por multas económicas de podían ir desde 1.000 pesetas a 500.000. Ni que decir tiene la cantidad de vivencias que se pudieron pasar, desde el huir al ver a los guardias abandonando la carga sobre los burros, que astutamente los policías dejaban en libertad para seguirlos hasta sus establos, pasando por contrabando a baja escala y donde las mujeres escondían los saquitos de café entre sus enaguas.

En la tesis doctoral de José Palomo González hay una anécdota contada por un contrabandista para asegurarse que la entrega se hacía de forma fiable, estando seguros de que no existía una celada por parte de la Guardia Civil, y que por lo graciosa e ingeniosa transcribo: “Había quedado en un pueblo de los alrededores para dejar la carga acordada y la contraseña era la siguiente: el contrabandista golpeaba la puerta y la mujer en el interior contestaba pero no abría. Sacaba una escupidera y desde fuera el tenía que escuchar el sonido, que confirmaba que podía entrar sin ningún riesgo. Si no escuchaba el ruido de la orina se marchaba (7).

FOTO 10 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

Maldita Hambre
Efectivamente..., ¡una ración de hambre! Para hacerse una idea de la escasez, el 1 de julio –transcribo un texto del año 1939– se fijó en Burgos la ración semanal de un hombre adulto, consistente en 400 g de pan negro, 250 de patatas, 100 de legumbres secas, 50 de aceite, 10 de café, 30 de azúcar, 125 de carne, 25 de tocino, 75 de bacalao y 200 de pescado. A la mujer adulta le corresponde el 80 % de esta ración”. Ante tanta “abundancia”, ¿qué le quedaba al pueblo? El estraperlo (trampa o engaño) hacía su agosto y, como muestra, un botón: Un kilo de azúcar cuesta 1,90 pesetas a precio de tasa; en el mercado negro se cotiza a 20 pesetas –leo en un periódico del año 1941–. El aceite de racionamiento se paga a 3,75 pesetas el litro; de estraperlo, llega a las 30 pesetas”.

En un intento de evitar estos abusos y con el fin de distribuir de forma más equitativa los alimentos, la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes publicó en abril de 1943 un decreto donde la principal novedad radicaba en anular la cartilla de racionamiento familiar a favor de otra individual; nuestra cartilla (8).

FOTO 11 Cartilla de racionamiento de Tercera Categoría (9)

Advertencias de las CARTILLAS
1ª La Colección de cupones de racionamiento es personal, no alcanzando, por lo tanto, sus beneficios más que a su titular, a quien en todo momento puede exigírsele justifique la propiedad de la Colección de cupones con la correspondiente tarjeta de Abastecimiento.
2ª Con esta Colección de Cupones podrán adquirirse artículos sin condimentar en las tiendas, economatos y cooperativas en que estuviera inscrita, cuando se use en la misma localidad (Municipio) de la Delegación de Abastecimientos y Transportes que la expidió; si se usa en otra localidad, los artículos sin condimentar sólo podrán adquirirse en las tiendas que al efecto tenga designadas cada Delegación.
Si los artículos son condimentados podrán adquirirse en cualquier establecimiento del territorio español que los faculte en esa forma.
3ª Para usar los cupones de racionamiento, que los cortará quien entregue los artículos, deberán presentarse en unión de la cubierta.
4ª Los cambios de tienda, economato, cooperativa o establecimiento colectivo, dentro de una localidad, se llevarán a cabo comunicando la baja y alta de la colección de cupones sucesivamente a los establecimientos a que afecten.
5ª Si una persona cambia definitivamente la residencia, o sea si se traslada de localidad para vivir en otra habitualmente, está obligada a solicitar la baja en los establecimiento en que estuviera inscrita la Colección de cupones, la cual, en unión de los boletines de baja que se le faciliten, entregará a la Delegación de Abastecimientos y Transportes de la localidad de su residencia.

FOTO 12 Cartilla de racionamiento de la División Azul y de la C.N.T. Papel de ingreso en el Sanatorio Antituberculoso “18 de Julio”. Al ingresar en un centro hospitalario tenían que entregar la cartilla de racionamiento, 1951

Si el cambio de residencia es accidental, no se precisará cumplimente trámite alguno y la misma colección de cupones podrá usarla en la residencia accidental en la forma que se indica en la advertencia segunda.
6ª Si el titular de una colección de cupones fallece, sus familiares, derecho-habientes o personas que soliciten la trascripción de la defunción, vendrán obligadas a entregar la colección de cupones, con los boletines de baja de los establecimientos en que estaba inscrita y la Tarjeta de Abastecimiento, en la Delegación de Abastecimientos y Transportes de la localidad en que el fallecimiento ocurrió.

Si el titular de una Colección de cupones de racionamiento ha de incorporarse a filas, deberá entregar dicha Colección de cupones en la Delegación de Abastecimientos y Transportes de la localidad en que se halle al incorporarse.

El que se ausente al extranjero entregará esta Colección de cupones y la Tarjeta de Abastecimiento en la Oficina de Abastecimiento de la frontera por la que haga la salida.
7ª Al hacer en una tienda, economato o cooperativa adquisición de artículos sin condimentar, se cortará el cupón o cupones correspondientes a los artículos que se recojan, en cada caso conforme a los anuncios de suministro que hubiese publicado la Delegación de Abastecimientos.

FOTO 13 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

En las panaderías se cortará el cupón de PAN (diario) y sólo serán válidos a tal efecto el cupón o cupones correspondientes al día o días a que se refiere el suministro de pan.
8ª Para adquirir artículos en tiendas, economatos y cooperativas, sólo serán válidos los cupones de la semana corriente.
9ª Las transgresiones que se cometan en el uso de esta Colección de cupones serán directamente imputables a su propietario si está emancipado y, en caso contrario, a la persona a cuyo cargo esté el no emancipado.
10ª La pérdida o deterioro de esta Colección de cupones, ocasionará a su propietario los consiguientes perjuicios (8 y 9).

Curiosidades del hambre en España
Los frailes de la Merced regresaron a su convento de Jaén. Después de la guerra el panorama era desolador, los edificios saqueados, las ventanas rotas, las puertas reventadas, los altares profanados, las estancias convertidas en estercoleros. Llegada la hora de la cena comunal lo único que han podido rescatar del utillaje de la cocina es un viejo puchero en el que se preparan un reparador cocido con un hueso rancio, unas berzas y dos puñados de garbanzos. No había platos y por turno, van introduciendo las cucharas en el puchero comunal. Cada comensal intenta capturar los garbanzos que sobrenadan el caldo, lo que lo obliga a realizar extraños virajes con la cuchara. El abad se impacienta y dice ordenando: apaga el candil, comamos a oscuras y el que atrape un garbanzo que sea por la voluntad del Señor.

Durante la guerra se ha pasado hambre en la zona republicana y escasez en la nacional. La reunificación de las dos zonas homogeneiza el hambre y la extiende a todo el país, especialmente a las zonas desfavorecidas. En vista de que los problemas de abastecimiento aumentan, el gobierno raciona los alimentos de primera necesidad desde el 14 de mayo de 1939.

FOTO 14 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

Los productos racionados son: carne, tocino, huevos, mantequilla, queso, bacalao, jureles, aceite, arroz, garbanzos, alubias, lentejas, patatas, boniatos, pasta para sopa, puré, azúcar, chocolate, turrón, café, galletas y pan. Son de venta libre: leche, pescado corriente, mariscos, fruta fresca, frutos secos, hortalizas, ensaladas, condimentos, malta y achicoria (10).

Se establecen tres clases de Cartillas de Racionamiento, adecuadas a los ingresos del titular: categoría 1ª, para personas acomodadas que disfrutan de un elevado nivel de renta; 2ª para las clases medias y 3ª, para las personas económicamente débiles. Es sorprendente de las pocas personas que se inscribieron en las categorías 1ª y 2ª.

Entre la picaresca española y los estraperlistas que se estaban haciendo de oro, ellos eran titulares de las cartillas de tercera, y figuraban ante la fiscalía como pobres de solemnidad. La cartilla individual se impone por Decreto el 6 de abril de 1943, perdurando hasta 1952.

En 1940, la ración semanal de una persona era de 300 gramos de azúcar, un cuarto de litro de aceite, 400 gramos de garbanzos y un huevo. Cada semana la prensa y la radio publicaban la composición del lote que se va a repartir. Algunas veces se añade a la ración 100 gramos de carne; y otras, dos huevos (10).

FOTO 15 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

Los pobres recurren a los guisos de castaña, a la bellota molida, a los potajes de trigo, a los altramuces, a las chufas, a las jerugas de las habas, a las gachas negras de harina de algarroba, al pan de maíz. Se idean recetas novedosas: la ensalada de collejas, el revuelto de cardillos, el arroz de liebre al felino doméstico, el choto con ajos al can, el salchichón a la vetusta acémila, el cochinillo a la triquina, etc…

Las adulteraciones están a la orden del día: los perros y gatos vagabundos se habilitan como carne de choto o de liebre. Una carnicería de Sevilla lleva expedidos más de dieciocho mil gatos. Cierta acreditada industria lechera santanderina añade más de quinientos litros de agua diarios a la leche que sirve a su distinguida clientela. Peccata minuta comparado con lo que ocurre en Madrid donde la leche y el vino se bautizan y rebautizan a lo largo de la escala de intermediarios entre el productor y el consumidor: cada día entran en la ciudad doscientos mil litros de leche y sin embargo se consumen oficialmente más de cuatrocientos mil, es decir la leche contiene un 40 % de agua. Los que quieren beber leche sin hidratar pueden adquirirla a un precio superior al habitual en ciertas vaquerías que la ordeñan en presencia del cliente.

Triunfan los guisos de arroz partido con ajo rehogado y laurel conocidos como “arroz de Franco” o “arroz por cojones”; las “patatas a lo pobre” (patatas, laurel, pimiento, tomate y colorante) que admiten una variante simplificada, las “patatas al Avión” cuando se trata de patatas hervidas con laurel y la indispensable papelina de colorante marca “El Avión”. A falta de otra cosa se hacen guisados de vaina de haba y sopas de peladuras de patata con un poco de tocino rancio que les presta sustancia (0).

Las clases desfavorecidas acuden a las expendedurías de carne de caballo, denominación que encubre frecuentemente la de burros matalones y mulos desechados. Parte de esa carne, y no siempre los mejores bocados, alcanza al siguiente nivel de la escala social, el de las clases medias que prefieren no averiguar de qué está hecho el salchichón cuando algún vendedor ambulante se les acerca en los alrededores del mercado y les susurra; “Tengo embutidos recién llegados de la sierra, caballero; son de pueblo, señora; do toda confianza (10).

FOTO 16 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

Un informe de la Dirección General de Sanidad sobre la alimentación de la población madrileña entre los años 1941 y 1943, clasifica a las familias en cuatro categorías. La primera, con unos ingresos mensuales a 200 pesetas, sólo alcanza un 57 % de las necesidades calóricas mínimas. La cuarta, con unos ingresos que oscilan entre 600 y 1.000 pesetas, cubre el 80 % de sus necesidades calóricas. En el campo, aunque los ingresos son menores, tienen más facilidad para adquirir productos alimenticios. En los años cuarenta se produce una constante emigración de la ciudad al campo, donde se pasa menos hambre porque los hambrientos se comen el paisaje y siempre les queda el recurso de robar un par de melones o unos puñados de espigas.

El hambre aflige a los humildes. En 1939 acuden al Auxilio Social, organización fundada por el Nuevo Estado para socorrer a los desfavorecidos, atiende a diario a más de un millón de personas. Los niños hambrientos acuden a plúmbeas catequesis de conventos y parroquias para acceder al desayuno con que los obsequian después de cada sesión. En los suburbios de las grandes ciudades no muere más gente de inanición porque algunas instituciones de caridad, singularmente las Hermanitas de la Cruz, reintroducen la sopa boba y ofrecen a los hambrientos lo poco que tienen.

Los campesinos consumen galápagos, culebras, lagartos, mochuelos y aves en general, “Todo lo que vuela, cae en la cazuela”, además de caracoles y ranas que, de este heterogéneo grupo, son los únicos que han merecido figurar a veces en la mesa de los señores. En los pueblos, abnegadas cocineras idean extrañas mezclas de ajo, laurel y tomillo para disimular los sabores extraños de las puntas de ortiga cocidas y otras hierbas que hacen pasar por espinacas (10).

En la ciudad, la situación de los más humildes empeora. Los recursos son tan limitados que se ven obligados a hurgar en las basuras en busca de mondaduras de patata, de hojas mustias de lechuga, de pingajos de carne, de lo poquito que sobra en un país sin sobras. “Muchas personas comen cáscaras de naranja, de habas, de patatas, las flores blancas de las acacias, los panecitos de las malvas, las mazorcas, las espigas de trigo, cardillos, piñones, etc. Cualquier cosa que se busque en el campo.

Ni siquiera hay combustible. En algunos lugares se guisa con boñiga de vaca seca y compactada, como los parias de la India. La salud pública se resiente. Las almortas o guijas, una especie de judía basta, producen lo que el pueblo llama “la calambre”, una extraña parálisis en las piernas que primero obliga a los afectados a caminar de puntillas y en su fase terminal les produce espasmódicos temblores, una paraplejia denominada “latirismo mediterráneo” de la que casi se había perdido la memoria en Europa. A los calambres musculares y a las afecciones hepáticas suceden fatalmente los vientres hinchados y las enfermedades contagiosas: tuberculosis, difteria, tifus. El Gobierno prohibirá la ingestión de almortas por Decreto del 15 de enero de 1944.

En 1940 cien mil niños mueren antes de cumplir un año de vida. En algunas provincias especialmente deprimidas la mortalidad infantil alcanza el treinta y cinco por ciento en 1942 (10).

COMISARÍA GENERAL DE ABASTECIMIENTOS Y TRASPORTES

Colección de Cupones de RACIONAMIENTO

TERCERA CATEGORÍA
Primer Semestre 1952
Dentro estaban los cupones, del Pan diario, las hojas de los seis primeros meses, por días.
Luego estaban, semanal: 1 litro de aceite, varios
Al final de los cupones, dividida la hoja en cuatro partes, las dos primeras Carne B1
Grasas B1
Y en la penúltima, estaba cuadriculada en: Carne, Ultramarinos, Grasas y Panadería, donde ponían sello el establecimiento suministrador (9).

FOTO 17 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

Ni un bocado a la boca
Lo verdaderamente terrible era la hambruna con la que padeció la población española en la guerra civil. Un alimento básico como el pan escaseaba en los primeros meses de 1937, comenzando en marzo su racionamiento, que se fijó en unas cantidades mínimas, entre 50 y 150 gramos al día. El aprovisionamiento de otros alimentos también menguó de forma alarmante.

Según apretaba el hambre, los madrileños tuvieron que recurrir a dietas alternativas en las que cabía la ingesta de alfalfa, bellotas, cardos borriqueros y otras plantas insospechadas. Con suerte, la población podía disponer de arroz y algunas legumbres. El aceite, la leche y los huevos eran casi inexistentes. Tal era la escasez que los madrileños se las ingeniaron para elaborar tortillas sin huevo y una especie de café imbebible con achicoria. Para tratar de paliar el problema se crearon comedores colectivos, pero la picaresca hizo que el reparto no fuera nada equitativo (11).

En Madrid, los pocos bares que permanecieron abiertos a esas alturas de la guerra no tenían vino, “lo más que servían era un extraño vermut de gusto dulzón completamente químico y desagradable, y sin embargo acabábamos bebiéndonos ese infecto brebaje”. Los fumadores se las ingeniaban para tratar de solventar la falta de tabaco, se liaban cigarrillos con hierbas puestas a secar (11).

No hay que olvidar que en estas situaciones tan extremas durante la Guerra Civil, La Cruz Roja Internacional acudió al socorro de la población civil (11).

Los cadáveres del racionamiento

Los informes franquistas describían la miseria del abastecimiento tras instaurarse la cartilla en 1939. Los alimentos eran malos e insuficientes y no llegaban regularmente. “Mi padre tenía que ir a robar uvas”, recuerda una superviviente (12).


FOTO 18 Colas de ciudadanos ante un despacho de cartillas en Sevilla, en junio de 1940 Cecilio Sánchez del Pando. ABC

“La situación es pavorosa, tenemos toda la provincia sin pan y sin la posibilidad ni la perspectiva de adquirirlo. Aceite hace más de cuatro meses que no se ha racionado, y de otros productos no digamos. En la provincia, prácticamente todos seríamos cadáveres si tuviéramos que comer de los racionamientos de la Delegación de Abastos”, aseguraba un informe de la Jefatura alicantina de la Falange, en diciembre de 1940 (12).

El panorama desolador que aquí se describía era el mismo que pintaban, con tintes dramáticos, los cientos de informes que regularmente enviaban los organismos oficiales del Franquismo tras la Guerra Civil. La degradación del nivel de vida en la década de los 40 fue tal, que asegurarse la subsistencia se convirtió en una auténtica lucha diaria para la mayoría de los españoles, un extraordinario esfuerzo de tiempo, recursos e imaginación.

“Estábamos tan hambrientos que mi padre tenía que ir a robar uvas por la noche. Mis hermanos y yo íbamos a recoger hierbas del campo, tales como collejas, romanzas o cardos, que luego mi madre cocía para comérnoslas como verduras. No había otra cosa. Si encontrábamos una cáscara de naranja por la calle, nos la comíamos. Y yo no conocía el plátano”, contaba en la entrevista del periódico ABC Bienvenida Verdú, que en 1939 tenía nueve años y vivía en la pedanía albaceteña de Nava de Abajo.

Para hacer frente a esta situación, el Régimen estableció la famosa cartilla de racionamiento. La reducción salarial de 1939 y el posterior estancamiento de los sueldos –que en 1950 aún se situaban en torno al 50% de los existentes en 1936– adquirieron tintes dramáticos por la escasez de los alimentos, mientras los comedores de Auxilio Social acogían a cientos de miles de familias cada día (12).

FOTO 19 Cartilla de racionamiento. Guerra Civil Española

Raciones insuficientes
Las cantidades establecidas oficialmente por el decreto del Gobierno “un hombre adulto, por ejemplo, debía recibir 400 gramos de pan, 250 de patatas, 200 de pescado fresco, 100 de legumbres, 125 de carne, 30 de azúcar, 25 de tocino y 10 de café al día”, nada tenían que ver con las que finalmente se entregaban a cada ciudadano. El racionamiento no cumplió su función casi nunca.

“Éramos ocho hermanos y lo de la cartilla, ¡qué va!, no nos daba para vivir. Una vez al mes nos daban un poco de leche en polvo, un pan de maíz que se deshacía en las manos y un bacalao a la semana, que entonces era la comida de los pobres. Pero no conocíamos la carne y no nos daban aceite. Cocinábamos con sebo de animal”, recuerda Verdú desde Elda, cuyo padre tenía que ir a recoger esparto para cambiarlo por pan (12).

No escondían las miserias. “Es completamente imposible vivir con las cantidades que dan en el racionamiento, que además no pueden considerarse ordinarias, pues no es corriente la regularidad en el reparto”, aseguraba un informe referente a Salamanca de 1942.

En estas condiciones, la única opción para asegurar la supervivencia era comprar en el mercado negro, donde los precios eran, por lo general, desorbitados para la mayoría de la población. Variaban de una ciudad a otra, y de un día al siguiente. En 1946, el estraperlo alcanzó cotas excepcionales, costando la mayoría de los productos tres veces más de media de lo que indicaba la tasa. El informe de la Cámara de Comercio de Sabadell de ese año, por ejemplo, decía que el precio del azúcar era 10 veces mayor que el oficial, y que el del pan se había multiplicado por cuatro, el del aceite por seis, el del arroz por cinco y el de las patatas por tres (12).

FOTO 20 Tarjeta de abastecimiento infantil. Comisaría General de Abastecimientos y Transportes. Ángel Francisco Pérez Sotorrío, Santander 1950. Cupones de racionamiento, Oviedo

Alimentos de mala calidad
En 1943 entraba en vigor la cartilla individual, en sustitución de la familiar, con el objetivo de llevar un control más exhaustivo del reparto. Pero aquello tampoco hizo que la situación mejorara. El racionamiento siguió siendo insuficiente durante la mayor parte de la década de los 40 y los alimentos distribuidos eran de muy mala calidad y llegaban con cuentagotas. La corrupción y el mercado negro siguieron creciendo, y el malestar de la población se hizo evidente a pesar del régimen dictatorial, según reflejaban los distintos informes oficiales.

Los vecinos se peleaban en la fila, porque los racionamientos no llegaban a los últimos. Nos lo cuentan las personas que sufrieron en sus propias carnes, recuerdan perfectamente las continuas broncas en las colas de la Casa del Pueblo de Navas de Abajo, donde se repartían los alimentos. “Los vecinos se peleaban por coger un hueco en la fila, porque los racionamientos no llegaban a los últimos. Más de dos tortas de los mayores me he llevado yo, decía la niña de nueve años”.


Fueron 13 años de hambre y miseria con la cartilla de racionamiento en funcionamiento, que oficialmente estuvo vigente hasta abril de 1952. En esa fecha desapareció para los productos alimenticios, en una época en la que el consumo de carne per cápita se había duplicado. Pero aún hoy, si preguntamos a las generaciones de españoles que vivieron los años cuarenta, todos mantienen el mismo recuerdo: mucha hambre. “Me entran ganas de llorar sólo de recordarlo”, concluye Bienvenida (12).

FOTO 21 Comedor Social. Auxilio Social. Miranda de Ebro 1945 (Fotos de Miranda)

Conclusiones
Todos los conflictos bélicos ocasionan hambre y miserias. La guerra civil no fue una excepción, y pese al hambre y penurias que padecieron, mantuvieron un comportamiento profesional y humano digno de admiración.

Tanto los combatientes como la población civil valoraba muy positivamente los cuidados que les dispensaban tanto las enfermeras profesionales, como las innumerables mujeres, enfermeras voluntarias que tuvieron que colaborar para atender a las numerosas personas heridas y enfermas, en muchas ocasiones, careciendo de los recursos más básicos. Sin distinción de bandos, colores y en todos los frentes.

El recuerdo de su excelente trabajo y su humanidad, sabiendo sobreponerse a todo tipo de carencias y dificultades, en un ambiente hostil, asumiendo los riesgos que entraña la confrontación bélica debería ser una fuente de inspiración para las futuras generaciones de Enfermería y motivo de orgullo y sentido homenaje para quienes, en circunstancias mucho más favorables decidimos compartir su misma profesión.

FOTO 22 Comedor Social. Auxilio Social. Miranda de Ebro 1945 (Fotos de Miranda)

Bibliografía
1.- Manuel Solórzano Sánchez. La enfermería en la II República. 4 de junio de 2012
2.- Guerra, hambre y aventura en la vida de Cándida Sala, enfermera de la Cruz Roja. Carmen Torres Penella, Ana Ramió Jofré y Roser Valls Molin. Cultura de los Cuidados, año XVI, número 34. 2012
3.- Historia del cuidado y del papel de la enfermería durante la guerra civil española. España y País Vasco. Idoia Martín Ugalde. 26 de junio de 2015
4.- Roque Moreno Fonseret, Movimientos interiores y racionamiento alimenticio en la postguerra española
5.- Historia contemporánea de España: Siglo XX editado por Francisco Javier Paredes Alonso
6.- Estadísticas históricas de España: siglos XIX - XX Escrito por Albert Carreras, Xavier Tafunell
7.- Tesis doctoral de José Palomo González.
8.-Gregorio Fernández Castañón. Maldita Hambre
9.- Koldo Mitxelena. Biblioteca Fondo de Reserva. Cartilla de 1952
10.- Curiosidades del hambre en España. Los años del miedo. La nueva España: 1939 – 1952. Juan Eslava Galán. 2008
11.- Días de hambre y pesadilla. La vida cotidiana en el Madrid asediado. Muy Historia. Fernando Cohnen, periodista.
12.- Los cadáveres del racionamiento. ABC 11 de agosto de 2013.

FOTO 23 Damas Enfermeras de la Cruz Roja de San Sebastián dando una cucharada de aceite de hígado de bacalao

AUTOR:
Manuel Solórzano Sánchez
Diplomado en Enfermería. Servicio de Traumatología. Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. OSI- Donostialdea. Osakidetza- Servicio Vasco de Salud
Insignia de Oro de la Sociedad Española de Enfermería Oftalmológica 2010. SEEOF
Miembro de Enfermería Avanza
Miembro de Eusko Ikaskuntza / Sociedad de Estudios Vascos
Miembro de la Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro de la Red Cubana de Historia de la Enfermería
Miembro Consultivo de la Asociación Histórico Filosófica del Cuidado y la Enfermería en México AHFICEN, A.C.
Miembro no numerario de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País. (RSBAP)