domingo, 1 de mayo de 2011

LOS SANADORES AZTECAS





La caída de la civilización Mexica y la cultura sanitaria de la humanidad

La comadrona recostó a la niña al lado de su madre, envolvió el cordón umbilical en un pañizuelo de algodón blanco y se puso a mirar a derecha e izquierda, sin saber que hacer. El rito requería que en el caso de una niña, el ombligo se enterrase cerca de las cenizas del hogar, en señal de que la niña se quedaría en la casa, ligada a sus deberes familiares”.
Salvador de Madariaga. El corazón de piedra verde.

La historia distingue a los humanos de la inmensa mayoría de los seres vivos. No es que el mundo sea ajeno al paso del tiempo, claro. Pero incluso a los animales dotados de gran encéfalo les está vedado acumular experiencias y habilidades más allá de las dos o tres generaciones que coinciden en el mismo espacio y comparten sus biografías. Desde la aparición del lenguaje, los conocimientos se pueden atesorar indefinidamente. Una base desde la que desarrollar la cultura. Lo que convierte a la historia en una herramienta de la evolución humana. Facultad exponencialmente incrementada cuando las experiencias y conocimientos se escriben.

Los pobladores de Mesoamérica, olmecas, mayas y aztecas compartían la lengua náhuatl. Una lengua creada a partir de las que trajeron consigo algunos de los primeros pobladores de América, procedentes de Asia a través del estrecho de Behring y tal vez de la Polinesia muchos siglos antes. La polémica tiene su miga porque, mientras que los aztecas interpretaron la llegada de Cortés como el advenimiento del dios héroe Quetzalcóatl, el obispo anglicano James Ussher pensaba en 1650 que los aztecas eran descendentes de las tribus perdidas de Israel, llegadas supuestamente a América en el año 500 a.C.

El caso es que la nación Mexica alcanzó su máxima expansión entre los siglos XIV y XVI de nuestra era en la cuenca del lago Texcoco, donde fundaron Tenochtitlan en 1325. Según la mitología, la denominación mexica la adoptaron cuando el dios Huitzilopochtli les hizo abandonar su cuna legendaria en la ignota tierra lacustre de Aztlan, donde servían como pescadores y cazadores de aves a otro poderoso pueblo “narración que recuerda el éxodo bíblico”, y les dijo: “Desde ahora ya no os llamaréis aztecas, vosotros sois ya mexicas”. Pero también adoptaron un tercer gentilicio: tenochca, derivado de Tenoch, el cuadillo que los guió hasta el final de su migración en Tenochtitlan. Allí encontraron la señal que indicaba el lugar predestinado por la revelación divina: el águila devorando la serpiente encaramada en un nopal.

La sociedad azteca se basaba, como la helénica clásica, en las grandes ciudades de estado. Algunas muy próximas, como las gemelas y adversarias México-Tenochtitlan y México-Tlatelolco, que llegaría a fusionarse; otras más alejadas como Texcoco o Tlacopan. Precisamente en 1430 estas tres ciudades establecieron una triple alianza que devino una coalición militar particularmente agresiva, cuya supremacía sobre el valle de México y un amplio territorio circundante se mantuvo noventa años hasta la llegada de Cortés, el cual supo sacar partido del descontento y las ansias de revancha de otras ciudades estado sojuzgadas o simplemente pretendidas.

Los monumentos, las pinturas, los códices (libros de pinturas y grifos), a menudo grabados sobre piel de venado, dibujados en tela de algodón o sobre el papel amate, junto con la tradición oral de los antiguos mexicanos, son las fuentes que permiten hacernos una idea de cómo vivían y morían los aztecas, de sus enfermedades y medicinas, y de la sanidad que desarrollaron para poder sobrevivir en una metrópolis de centenares de miles habitantes.
FOTO 001 La medicina a través de los códices

La invasión española supuso la destrucción de muchos testimonios, si bien dio lugar a otros: las pesquisas de los frailes misioneros o los esfuerzos de los indígenas para no perder la memoria de su pasado. Aunque no es fácil comprender cabalmente los procesos y acontecimientos relacionados con la medicina náhuatl, debido a la intensa influencia religiosa en la cosmovisión azteca y en la vida cotidiana.

Sin embargo, no hay duda de la importancia de muchos de los descubrimientos aztecas en el campo de la medicina y la salud pública. Desde la alimentación al ocio, el deporte y el juego, pasando por la higiene personal y la colectiva, mediante acueductos y alcantarillas, que poco tenían que envidiar a las del Imperio romano cuando la peste se enseñoreaba de las angostas callejuelas de las sucias ciudades europeas medievales.

Una civilización que no sucumbió tanto al ardor guerrero de los españoles, a los que igualaba o superaba en belicosidad y fiereza, como a milenios de evolución separada y a una escasa ganadería doméstica. Todo ello la hizo vulnerable a gérmenes que nunca antes habían aparecido por aquellos lugares, como el virus de la viruela.

El Dr. Andreu Segura Benedicto, nos decía que los vaivenes históricos y los flujos de un lado al otro del atlántico tienen un nuevo hito en el trabajo que sigue. Un resumen riguroso y, a la vez, amable y ameno de la sanidad azteca: desde su concepción de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, que han sido siempre el programa y el argumento del Cuidado, de la medicina, hasta la de la salud, pasando por la herbolaria y la botánica, la higiene y los estilos de vida o la alimentación. Dimensiones siempre vigentes de la cultura sanitaria de la humanidad.

La Salud y la Enfermedad entre los Aztecas
Las culturas precolombinas empleaban una intrincada mezcla de religión, magia y ciencia para combatir la enfermedad. La religión, porque determinados dioses eran los responsables de las enfermedades, y sus sacerdotes, los protectores de sus devotos. La magia, porque algunas enfermedades podían ser causadas por enemigos o rivales; de modo que la curación requería de rituales mágicos. Y la ciencia, porque gracias a ella y mediante la aplicación de remedios elaborados a base de animales, plantas y minerales, según determinados procedimientos médicos, algunos de ellos aceptados hasta hoy, lograban sanar al enfermo. Los códices precolombinos y las crónicas realizadas por los europeos acerca del nuevo continente dieron a conocer la exuberante y rica cultura náhuatl.

El legado botánico de la cultura náhuatl
Además del oro y la plata, los conquistadores describieron la sorprendente flora y la rara fauna que habían encontrado en las Indias Occidentales.
Una vegetación que exhibía extrañas hierbas milagrosas que adormecían o producían alucinaciones, y árboles cuyas raíces crecían fuera de la tierra. De ahí que la Corona española proyectara la segunda fase de la conquista americana: la de sus productos naturales”.

El franciscano Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590), compiló en el Códice Florentino, escrito en náhuatl y en castellano, el saber y las costumbres de los indígenas sobre las plantas curativas que la población autóctona empleaba. El legado azteca incluye calendarios y códices (Codex Mendoza, Codex Telleriano Remensis), elaborados en cuero y otros materiales, donde inscribían sus símbolos. Se servían para ello de tintes naturales, como la grana cochinilla o otros que obtenían de plantas como las coníferas.

“Los antiguos de esta tierra decían que los ríos todos salían de un lugar que se llama Tlalocan, que es como el paraíso terrenal, el cual lugar es un dios que se llama Chalchihuitlicue; y también decían que los montes que están fundados sobre él, que están llenos de agua, y que de fuera son de tierra, como si fueran vasos grandes de agua, o como casas llenas de agua; y que cuando fuera menester se romperían los montes; y saldrá el agua que dentro está y anegará la tierra; y de aquí acostumbraron a llamar los pueblos donde viene la gente altépetl, quiere decir monte de agua, o monte lleno de agua”. Fray Bernardino Sahagún. “Del agua de la mar y de los ríos”. Historia General de las cosas de la Nueva España.

La medicina a través de los códices
Los pueblos precolombinos no alcanzaron a conocer la escritura fonética. La expresión de su cultura lo realizaron a través de los códices pictográficos mexicas, que incluyen los pictogramas aztecas, cholultecas, mixtecas y zapotecas. La medicina de estos pueblos precolombinos era por esencia teúrgica y su concepto de la enfermedad, sobrenatural.
FOTO 002 Dioses de la medicina azteca

Encontramos en los códices los elementos imprescindibles para la comprensión de la medicina prehispánica, de las enfermedades y de cómo se aliviaban éstas. El tratamiento de las enfermedades combinaba elementos mágicos, religiosos y empíricos. El Códice Badiano (1552), los códices (Historia general de las cosas de Nueva España) de Sahagún (1572) o el Magliabecchi contienen información de naturaleza médica acerca de la terapéutica que aplicaban los aztecas. El códice Magliabecchi es un manuscrito pintado de tipo calendárico ritual que contiene pictogramas de los dioses de la medicina, plantas alucinógenas, escenas de diagnóstico y pronóstico médico y autosacrificios de penitencia para algunas enfermedades. Está descrito los procedimientos para obtener sangre y ofrecerla a los dioses, según un ritual terapéutico azteca que perseguía la salud de los enfermos y el descanso de los difuntos.

Dioses de la medicina azteca
Los dioses aztecas relacionados con los conceptos de fertilidad, lluvia, salud y sus contrarios compartían legado cultural con otros pueblos (Olmeca y Tolteca). A cada dios le correspondía un aspecto de la vida de las personas, el trabajo, las ceremonias, la reproducción de la especie, de la comunidad y del cosmos en su totalidad.
Quetzalcóatl. La imagen de Quetzalcóatl acompañaba a los médicos cuando emitían el diagnóstico de las enfermedades. Se le representaba con una mitra en la cabeza coronada de plumas, la cara pintada de negro, vestido con una camisa labrada, calzas de cuero de tigre con pequeños caracoles marinos y sandalias.
Tláloc. Los aztecas creían que algunas enfermedades provenían del frío procedente de las montañas. Allí moraba Tláloc, el dios del agua y de la lluvia, quien producía los enfriamientos y catarros, así como también podía causar neumonía y enfermedades reumáticas. Se le representaba muchas veces junto a dos serpientes.

Xochiquetzal. Flor preciosa, era la diosa del amor y la fertilidad. Representaba los vicios y las virtudes de las mujeres, por lo que se la consideraba diosa de las prostitutas. Según afirmaba fray Bernardino de Sahagún, provocaba enfermedades contagiosas, particularmente venéreas y complicaciones del embarazo y el parto. Frecuentemente aparecía muy bien vestida, portando capas muy finas y faldas bordadas, adornada con lujosa joyas y con el rostro cubierto por una máscara amarilla.

Los sanadores indígenas
La concepción de la salud y la enfermedad tenía un componente dual y complementario procedente no sólo del propio concepto que describe el omeyocan, dualidad masculina y femenina situada en lo más alto de los cielos, sino también de la propia cosmovisión.

Los ticitl, o médicos indígenas prehispánicos, proporcionaban al paciente los recursos necesarios para su sanación. El concepto de enfermedad entre los aztecas aparece en el Código Tudela (1553) muy relacionado con la ira de los dioses: “(…) cuando algún indio enfermaba tenía muchos demonios (dioses) a quienes sacrificaban y rogaban por la salud, y para aplacar los demonios, si rogando y sacrificando al uno no sanaba, iba a otros, y desta causa tenían muchos demonios y diablos (dioses) para las enfermedades, y si en el tiempo que rogaban a uno, acontecía sanar decían: que aquel demonio le había dado salud (…)”.

Distintos tipos de sanadores
Entre los pueblos aztecas había distintos tipos de sanadores. El ticitl examinaba a las personas enfermas y las curaba con remedios basados en sus conocimientos. Hoy sería nuestro médico de cabecera o de familia. El nahualli actuaba mediante la confección de horóscopos y era capaz de predecir el pronóstico de los males al mismo tiempo que curaba con métodos secretos y determinados rituales simbólicos. Se centraba más en el espíritu que en el cuerpo, y estaría más bien relacionado con lo que hoy en día tratan de hacer los psicólogos y psiquiatras.
Otros sanadores destacaban por sus habilidades:
el cirujano, tetecqui o texoxotla ticitl;
el sangrador, tezoc o teximani;
la comadrona, tlamatqui o temixintiani;
el boticario, papiani o panamacani.

Sabían curar fracturas y mordeduras de serpientes. Las mujeres ejercían la medicina una vez alcanzada la menopausia. Porque la menstruación y el parto se consideraban impurezas del cuerpo y ponían, por consiguiente, en riesgo su práctica.

Bernardino de Sahagún dejó testimonio escrito de los atributos que él, a su entender, reconocía en la sabiduría médica azteca: “El médico suele curar y remediar las enfermedades; el buen médico es entendido, buen conocedor de las propiedades de las yerbas, piedras, árboles y raíces, experimentado en las curas, el cual tiene también por oficio saber concertar los huesos, purgar, sangrar y sajar, y dar puntos, y, al fin, librar de las puertas de la muerte. El mal médico es burlador, y por ser inhábil, en lugar de sanar, empeora a los enfermos con el brebaje que les da, y aún a las veces usa hechicerías y supersticiones para dar a entender que hace buenas curas”.
FOTO 003 Sanadores y números

Los textos antiguos afirmaban que una de las herramientas que debía poseer el médico-sacerdote era la capacidad de impresionar a sus pacientes. Y ésta se conseguía mediante una extensa gama de objetos: plantas de tabaco, plumas de aves, cabellos humanos, conchas, etc., que legitimaban y creaban un adecuado clima de sugestión, misterio y magia entre el médico y el enfermo.

La educación de los sanadores aztecas se iniciaba en el Calmenac: la escuela para los nobles en donde se transmitía su propio acerbo cultural, su historia, los cantares a los dioses y la ciencia calendario. Luego, se continuaba el aprendizaje junto al maestro o temachtiani. El aprendiz debía saber interpretar el Tonalamatl augural y también, conocer las virtudes de las hierbas medicinales.

Algunos desequilibrios que amenazaban la salud
El “mal de ojo
Éste era un tipo de desequilibrio que respondía a diferentes supuestos y que causaba en el afectado algunas enfermedades que cursaban con inflamación, vómito, etc. Una acepción de lo que entonces se conocía como “mal de ojo” se refería a la afección que causaba el cansancio transitorio de los caminantes, los iracundos, las menstruantes y otros agentes que presentaban la particularidad de tener los “humores muy revueltos”; estados físicos que explicaban el malestar de las mujeres que acababan de parir o de sus recién nacidos.

El “mal de ojo” se podía transmitir por la sola presencia de los irritados, pero sobre todo a causa de la mirada de éstos.

Otra afección, la fuerza del tonalli, una de las tres entidades anímicas, se transmitía a través de la vista. Se explicaba por la penetración de calor que las personas de “sombra fuerte” ejercían sobre las de “sombra débil”, por lo general niños.

También se relacionaban con el “mal de ojo”: el tlazolmiquitzli, una enfermedad que se originaba ante la proximidad de “el sucio” (ladrones, prostitutas, adúlteros, etc.); la chipilez, una especie de melancolía que causaba la mujer embarazada a su hijo y a su marido; el xoxalli, propio de las personas que roban el calor a su paso, y los malos aires que acarrean los caminantes.

Por último, la codicia y la envidia causaban el “mal de ojo”. Ésta es la acepción que más se asemeja a la concepción contemporánea de este mal y que, por lo general, tiene su origen en un deseo insatisfecho.

El conocimiento, el diagnóstico
Los sacrificios humanos de índole religiosa que llevaron a cabo los aztecas favorecieron su conocimiento de la anatomía del cuerpo humano, que fue sin dudad el más amplio entre las diversas culturas precolombinas. Las frecuentes ceremonias en honor a los dioses incluían la extracción del corazón y el desmembramiento del cuerpo.

El diagnóstico de la enfermedad y su pronóstico combinaban el horóscopo y las circunstancias astrológicas que regían en el momento del nacimiento del individuo, y también las que existían en el momento en que aparecía la enfermedad. El médico analizaba todos los datos astrológicos del enfermo y a la vez examinaba los órganos y partes del cuerpo que se hallaban afectados.

Por ejemplo: el glifo del caimán influía sobre el hígado; el viento, sobre los pulmones; la casa, en el ojo derecho; la lagartija, sobre la cabeza; el venado, sobre la pierna derecha; la serpiente, sobre los genitales; el agua, en el pelo; el perro, en la nariz; la liana, en el intestino; la cuchilla de la obsidiana, en los dientes; la lluvia, en el ojo izquierdo; y la flor, en el pecho.

La salud en la mujer y en la infancia
La población azteca solía contraer matrimonio sobre los 20 años, e incluso antes. La partera aconsejaba a la mujer en su primer embarazo. Y los consejos iban encaminados a evitar dañar el feto. Por ejemplo, la futura madre debía evitar mirar a un ahorcado y no debía hacer la siesta ni mascar tzictli; esto último para evitar que la criatura tuviera luego dificultades al mamar. No debía mantener relaciones sexuales con su marido dos meses antes del parto, satisfacer los antojos que tuviera y seguir una correcta alimentación. Se le recomendaba tomar baños de vapor o temazcalli. Las mujeres menstruantes, preñadas, puérperas o que se hallaban de parto tenían una condición de exceso de calor y eran muy vulnerables a los ataques de frío. Conocían diversas enfermedades ginecológicas y puerperales. Sabían, por ejemplo, que algunas infecciones en el aparato reproductor de las mujeres provocaban exudados purulentos.

El Parto
Dos meses antes del parto, la comadrona comprobaba la posición del feto. El parto se realizaba en cuclillas y se favorecía con la ayuda de algunas substancias como la cola de tlacuatzin o las infusiones de cihuapatli, una hierba con efectos similares a la oxitocina. La partera era asimismo quien se encargaba de extraer el feto en el caso de que éste estuviera muerto antes de nacer, así como de provocar el aborto mediante manipulaciones y hierbas. El nacimiento de gemelos se interpretaba como una señal clara de la muerte temprana del padre o de la madre. Y, por ello, uno era sacrificado.
FOTO 004 La salud en la mujer y en la infancia

La Lactancia
Puesto que los aztecas no disponían de leche procedente de la cría de animales domésticos, la lactancia solía durar hasta los tres años de edad. El Códice Mendoza (1550) contiene textos e ilustraciones sobre la educación y la alimentación durante la infancia.

Los médicos prácticos
Había una extraordinaria variedad de médicos y sangradores que actuaban siguiendo procedimientos básicamente no mágicos, aunque no exentos de cierta liturgia o puesta en escena, Entre otros:
Yerbateros (xiuhximatqui), que conocían empíricamente las propiedades reales o míticas de las plantas, animales y minerales.
Sangradores; los que curaban de las picaduras de víboras y alacranes; quienes reducían las fracturas de los huesos; los que curaban los dientes extrayendo gusanos (tetlacuicuilique); cirujanos (cuatlapanque); comadronas (temixihuitiani) o parteras, que no sólo atendían a la parturienta, sino que también proporcionaban consejos y cuidados a la embarazada desde el comienzo de la gestación.

Así, a las parteras o comadronas se les prohibió el ofrecimiento del recién nacido a los dioses (uno de los primeros ritos náhuatl de la vida).

BIBLIOGRAFÍA
La Medicina de los Antiguos Aztecas. María Estrada Campmany; Nuria Pérez Pérez; Jaume Serra Farró y Xavier Sorní Esteva. Ediciones ACV. 2007
FOTO 005 El viaje

AGRADECIMIENTOS
Andreu Segura Benedicto. Doctor en Medicina y Cirugía. Especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública.
Iván Gomezcésar Hernández. Doctor en Ciencias Antropológicas y coordinador de Enlace Comunitario de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
María Estrada Campmany. Llicenciada en Farmacia por la Universidad de Barcelona.
Elsa Fujigaki Cruz. Licenciada en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Carmen Macuil. Licenciada en Antropología por la Escuela nacional de Antropología e Historia. México.
Nuria Pérez Pérez. Doctora en historia de las Ciencias por la Universidad Autónoma de Barcelona. Licenciada en Biología y en Filosofía por la Universidad de Barcelona.
Andreu Segura Benedicto. Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Barcelona.
Jaume Serra Farró. Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Barcelona.
Xavier Sorní Esteva. Doctor en Farmacia.

Manolo González. Periodista de la Unidad de Comunicación del Hospital Donostia de San Sebastián

AUTORES
Jesús Rubio Pilarte

Enfermero y sociólogo. Profesor de la E. U. de Enfermería de Donostia. EHU/UPV
Miembro no numerario de La RSBAP
jrubiop20@enfermundi.com

Manuel Solórzano Sánchez
Enfermero Servicio de Oftalmología
Hospital Donostia de San Sebastián. Osakidetza /SVS
Vocal del País Vasco de la SEEOF
Miembro de Eusko Ikaskuntza
Miembro de la Sociedad Vasca de Cuidados Paliativos
Miembro Comité de Redacción de la Revista Ética de los Cuidados
M. Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro no numerario de La RSBAP
masolorzano@telefonica.net

1 comentario:

Ivan Xulttic dijo...

Buen articulo y bastante preciso.