martes, 24 de enero de 2017

MANUAL DEL PRACTICANTE 1950



ANATOMÍA CIRUGÍA MENOR – OBSTETRICIA

Por el Dr. ARTURO CUBELLS BLASCO

OBRA ESCRITA CON ARREGLO AL PROGRAMA PARA LA CARRERA DE PRACTICANTE

Editorial Pubul, Barcelona, 1950

FOTO 1 Portada y página interior del Manual del Practicante, 1950

BIBLIOTECA DEL HOSPITAL CIVIL O DE SAN ANTONIO ABAD

Los estudios de Cirugía Menor, como parte integrante de los extensos y elevados conocimientos de la ciencia médica, que en el último tercio del siglo pasado, fueron verdaderamente asombrosos por su magnitud, su número y trascendencia. Dichos estudios han seguido como era de esperar hasta el punto que la Cirugía Menor actual, inspirada como la Gran Cirugía o Cirugía Mayor, en la doctrina microbiana de las enfermedades y en la terapéutica antiséptica, emplea distintos procedimientos curativos y diversas manipulaciones técnicas que la antigua, habiendo relegado justamente al olvido algunas prácticas añejas, impropias e incompatibles con los conceptos y adelantos científicos modernos.

Es preciso manifestar que con respecto a la Cirugía Menor, es decir, en lo que se refiere a los conocimientos indispensables al Practicante, las obras nacionales existentes resultan en la actualidad tan complejas en vendajes y apósitos antiguos, como insuficientes y anticuadas en lo referente a prácticas de cirugía menor y apósitos modernos, deficiencias originadas, sin duda alguna, por haber transcurrido mucho tiempo desde su publicación.

Este libro viene a sustituir lo anteriormente existente y a suplir la deficiencia que había y llenar este vacío con este Manual completo del Practicante, que convencidos plenamente de su necesidad, hace ya algún tiempo pensábamos publicar con arreglo a los distintos planes de estudios.

Pero habiendo sido reformados los estudios de la Carrera de Practicante por Reales Decretos recientes; habiéndose extendido el campo de acción de éste a la práctica del arte de los partos (Obstetricia), y habiéndose publicado por el Ministerio de Instrucción Pública de un programa completo de los estudios necesarios para obtener el Título de Practicante correspondiente, hemos creído un deber ajustarnos estrictamente esta redacción de la presente obra al cuestionario o programa oficial.

Según este programa, se exige en la actualidad al Practicante de Cirugía Menor:
1º.- Cierto número de conocimientos anatómicos indispensables para que se dé cuenta perfecta de la disposición y estructura del cuerpo humano, sujeto y objeto de sus estudios especiales.

2º.- Nociones de los vendajes, apósitos, operaciones y prácticas de Cirugía menor que el Practicante puede verse obligado a ejecutar en el ejercicio de su profesión para combatir ciertas dolencias.

3º.- Conocimientos particulares de la ciencia y arte de los partos que sirvan de guía a quien se dedique a la asistencia de las parturientas en casos normales.

Ateniéndonos, pues, a este nuevo plan, desarrollaremos el contenido del referido programa oficial, o sea los tres grandes grupos antedichos de materias, en otros tantos volúmenes que tratarán separadamente de cada uno de ellos.

En el tomo Primero, que comprenderá los dieciséis primeros puntos del referido programa, trataremos de la Anatomía humana, procurando no dar a esta materia tan difícil más extensión que la indispensable para que el Practicante, ejecute todas sus intervenciones con pleno conocimiento del terreno en que actúa.

El tomo segundo, que será el de mayor extensión de los tres que forman el Manual del Practicante, comprenderá desde el punto 17 hasta el 46 del cuestionario oficial, y en él nos ocuparemos de todas las materias que forman el contenido de la Cirugía Menor, tratándolas con todos los detalles indispensables para que sean fácilmente comprendidas las manipulaciones necesarias en la práctica de las curas y operaciones.

En esta parte de la obra, y sin salirnos del plan oficial, hemos procurado ser más extensos de lo que requiere un libro destinado exclusivamente a los practicantes. Lo cual resulta indudablemente beneficioso por dos conceptos:

Porque permite ampliar sus conocimientos a los que tengan gran vocación para ello, y porque extiende la utilidad de este libro a los estudiantes de Medicina en general, y en particular a aquellos que aspiren a ingresar en el cuerpo de Alumnos internos.

FOTO 2 Prólogo y sello de la biblioteca del Hospital San Antonio Abad, 1950

El tercer volumen de este manual versará sobre Obstetricia y abarcará desde el punto 47 hasta el 78, o sea hasta el final del programa. En él serán tratadas todas las cuestiones referentes a tan importante especialidad con toda la amplitud y claridad necesarias para que el Practicante que asista un parto pueda hacerse cargo inmediatamente de la situación y auxiliar a la Naturaleza en la realización de un acto fisiológico tan trascendental.

Aunque la escribir este libro hemos procurado, naturalmente, hacerlo con arreglo a los conocimientos y teorías modernos, no hemos desdeñado en ciertos y determinados casos ocuparnos de las autorizadas opiniones y de los valiosos hechos científicos que nos legaron las antiguas generaciones, pues constituye en nosotros firme convicción que lo bien observado e interpretado es siempre cierto, a despecho del tiempo y de los vaivenes del progreso.

Y si con la publicación del presente Manual del Practicante logramos hacer algo en provecho de los que se dedican al ejercicio de la Cirugía Menor y de la Obstetricia que pudiéramos llamar normal, facilitándoles el estudio de dichas materias y auxiliándoles en la humanitaria tarea de aliviar los dolores de sus semejantes, nos consideraremos bien compensados por nuestros desvelos y supondremos, por tanto, satisfechas nuestras únicas aspiraciones. Arturo Cubells Blasco

Capítulo Primero

1.- Relaciones del Practicante con el Médico y el Farmacéutico
En el ejercicio de su profesión el Practicante necesita estar en continua relación con el Médico y el Farmacéutico, puesto que necesitando en su práctica algunos medicamentos y materiales de cura, se ve con frecuencia obligado a comunicarse con éste, y como su ejercicio profesional consiste además en cuidar enfermos que están siempre o casi siempre asistidos por un médico, le es de todo punto necesario relacionarse con él.

Nada hay que objetar respecto a las relaciones sociales que deben mediar entre el Practicante y el Médico, y entre aquél y el farmacéutico, porque aparte de que deben ser las que ordinariamente existen entre personas educadas, entendemos que es muy difícil exponer reglas generales de trato social, y sobre este punto hay que atenerse, en nuestro concepto, a los consejos que dictan la buena urbanidad y la conciencia de cada uno. En cambio, en el terreno profesional y para el ejercicio de su carrera, cabe dictar alguna norma de conducta que sirva al Practicante de fiel consejera en todos sus actos; y esto es lo que vamos a intentar en breves párrafos, tratando separada y sucesivamente de la norma de conducta que debe observar el Practicante con el Médico y de la que debe seguir con el Farmacéutico.

A).- Relaciones con el Médico
Entre el Practicante y el Médico debe existir la armonía y solidaridad de trato que se requiere entre dos personas que se ayudan mutuamente para conseguir el mismo fin. El primero debe tener siempre en cuenta que el Médico es, tanto por sus conocimientos como por su posición social y académica, de superior categoría que él; y el segundo debe considerar que el Practicante, aunque de clase inferior en el orden profesional, es un auxiliar inteligente cuyos servicios no son despreciables en la práctica y merece, por tanto, ser tratado con benevolencia y amabilidad.

Es muy lamentable esas luchas que se entablan en algunas poblaciones pequeñas, en las que el Practicante intenta figurar en una categoría superior a la del Médico, suscitando contra éste los odios de los vecinos del pueblo, criticando y censurando sus actos como profesional facultativo y hablando despectivamente de él.

El Practicante debe comprender que, por elevados que sean sus estudios y por sólidos que sean sus conocimientos, nunca ha de criticar cuerdamente los actos profesionales del Médico, porque le falta para ello la instrucción firme y profunda que se adquiere con la carrera de Medicina.

El Practicante que se precie de ser recto y honrado nunca debe olvidar que su obligación, como inferior en categoría profesional, es estar siempre atento con el Médico, tratándole con la consideración que merece todo superior jerárquico y procurando cumplir sus órdenes con la mayor exactitud y asiduidad. Siguiendo esta conducta se captará seguramente las simpatías del facultativo, contribuyendo a que éste deposite en él su confianza y obligándole, en justa correspondencia, a que le trate con igual consideración.

En efecto, no es muy correcto el proceder de algunos Practicantes que tienen el defecto de desacreditar al Médico en todas partes y en cuantas ocasiones se les presentan, ya hablando de su conducta privada, ya de su vida profesional en términos despectivos, debiendo atenerse sobre este particular a los dictados de la razón y de la conciencia; y a la inversa: si fuera el Médico quien difamara al Practicante, es casi seguro que éste censuraría con sobrada razón tan inicuo proceder. Justo es, pues, tener esto en cuenta e inspirarse sobre ello en el conocido precepto que dice: No hagas a otro lo que no quieras que se haga contigo.

El Practicante puede ser llamado a prestar sus servicios en la cabecera del enfermo es muy distintos casos y ocasiones.

FOTO 3 Hospital Civil o de San Antonio Abad. Tarjeta número 132. Gipuzkoa Kultura

Unas veces se le llama por consejo del Médico, ya para que aplique tópicos encargados por éste, ya para que practique curas u operaciones que están dentro de sus atribuciones profesionales; otras veces, no encontrándose el Médico en su domicilio, se le avisa para que atienda un accidente imprevisto ocurrido a un enfermo cualquiera, y en otras ocasiones es requerido para asistir a un paciente que carece de asistencia médica y de cuya curación se debe encargar por propia voluntad, del enfermo o de su familia.

Su conducta debe ser muy distinta en cada uno de estos tres casos:
En el primero, llegado el Practicante al domicilio del enfermo, se enterará minuciosamente de lo prescrito por el Médico, bien directamente de éste si se encuentra presente, bien de la familia del paciente, y acto seguido pasará a cumplir lo ordenado si salirse de las instrucciones recibidas, o con arreglo a su criterio si no se le ha dado instrucción especial alguna.

Mas al cumplir su cometido debe procurar no hacer apreciaciones sobre la enfermedad que aqueja al paciente, ni dar a entender por medio de gestos u otros signos si el Médico está o no acertado sobre el diagnóstico de la enfermedad y si se equivocó o no al prescribir lo que a él se le manda practicar; porque tales apreciaciones, aparte de ser temerarias o de revelar mala fe, el vulgo las cree fácilmente y redundan siempre en prejuicio de la reputación del Médico.

Si en algún caso se le ordenase ejecutar algo que considerase perjudicial o peligroso para el enfermo, o si entendiese que sería más beneficioso para éste proceder de otro modo, entonces el Practicante deberá exponer su opinión al Médico, haciéndole respetuosamente las observaciones que tenga por conveniente, en la seguridad de que el facultativo las oirá con gusto y las aceptará si las cree razonables.

En el segundo caso, el Practicante acudirá inmediatamente a la cabecera del enfermo, se enterará por la familia del mismo del accidente ocurrido (hemorragia, ataque de nervios, acceso de dolor), y acto seguido tomará las providencias necesarias para combatir y remediar dicho mal.

Claro está que en este caso el Practicante debe obrar con entera libertad y obedecer tan sólo a su propio criterio; pero como el enfermo de que se trata está asistido por un Médico, es preciso, si quiere cumplir con su deber, que entere luego al facultativo del motivo de su intervención y de los medios que ha empleado para conjurar los accidentes. Sin este acto de atención quedará bien con el enfermo y la familia de éste, pero pecará de incorrecto con el Médico.

Por último, en el tercer caso el Practicante se personará en casa del paciente y le reconocerá cuidadosamente, enterándose de la clase de enfermedad que le aqueja. Si ésta es una de esas dolencias que están bajo su jurisdicción, es decir, si es una afección quirúrgica capaz de curar por medio de tópicos u operaciones de Cirugía menor, obrará libremente según su modo de saber y entender, como lo hiciera un Médico en caso parecido. Pero si al reconocer al enfermo viese que se trata de una enfermedad interna, o de una externa que exige otros recursos curativos que los que a él le es lícito emplear, entonces debe renunciar a asistir a dicho enfermo y aconsejar a la familia y aun a él mismo que llamen a un Médico, con el fin de que se encargue de su tratamiento adecuado. Haciéndolo así, además de obrar como corresponde a un Practicante consciente de sus deberes, se pondrá a cubierto de las responsabilidades que pudieran exigírsele en el desgraciado caso de un desenlace funesto.

Tales son, a grandes rasgos, las principales reglas de conducta que el Practicante debe tener en cuenta en el orden de sus relaciones con el Médico.

B).- Relaciones con el Farmacéutico
Aunque en el ejercicio de sus respectivas profesiones no haya entre el Practicante y el Farmacéutico la frecuencia e intimidad de relaciones que existen entre el primero y el Médico, no puede negarse que en ciertas ocasiones de su práctica necesitan ponerse en contacto y depositar su confianza el uno en el otro.

Como el título profesional que posee el Practicante no le autoriza para pedir medicamentos por medio de receta, es obligatorio para él solicitarlos directamente al farmacéutico o valerse de un Médico que le proporcione una receta con todos los agentes curativos que ha de menester. Siempre será preferible lo primero, porque aparte de no tener que molestar al Médico cada vez que necesite algún remedio de la botica, conviene a ambos conocerse, hablarse y darse explicaciones acerca del empleo que se quiere y que se debe hacer de los medicamentos que se piden.

Además, frecuentando el trato del Farmacéutico cuantas veces lo exija el ejercicio de su misión, el Practicante logrará inspirarle cierta confianza en sus prendas personales y profesionales, la cual es indispensable para que sin temor ni recelo alguno le facilite cuantas substancias medicamentosas hagan falta para su práctica diaria.

FOTO 4 Practicantes, Enfermeras y Matronas en el Hospital Civil 1947 (Saturnina García)

Cuando el Practicante vaya, pues, a la botica a pedir alguna substancia que necesite para el ejercicio de su profesión, deberá indicar el uso que va a hacer de ella siempre que el Farmacéutico se lo pregunte, y aun debe atender cuantas observaciones le haga éste acerca de la acción y peligros que pudiera acarrear el uso impropio o excesivo de algunos medicamentos que, por ser muy venenosos, pueden ocasionar accidentes lamentables.

Nunca es lícito que el Practicante tenga en su casa medicamentos para expenderlos a aquellos de sus clientes que lo necesiten, pues aparte de que las leyes prohíben el ejercicio de esa industria a quien no posee el título profesional correspondiente, esto sería entrometerse en el terreno de una profesión ajena y le podría crear cierta tirantez de relaciones con el Farmacéutico, con el consiguiente perjuicio para ambos.

Por lo demás, el Practicante debe tener con el Farmacéutico las mismas consideraciones sociales de respeto que con el Médico; así es que procurará no murmurar de él ni criticar sus actos profesionales y viceversa, pues debe comprender que, por una parte, por ser muy distinta su profesión y conocimientos, no puede juzgar con acierto acerca de la competencia del Farmacéutico como tal y, por otro lado, semejante murmuración y crítica conducen al descrédito de éste ante el público y pueden llegar a perjudicarle en sus propios intereses materiales.

La cordialidad de relaciones y la buen armonía que hemos recomendado en los párrafos que preceden, se hacen mucho más necesarias en los pueblos pequeños, aislados y separados de otros centros de población, donde sólo existe un Practicante, un Médico y un Farmacéutico; y, desgraciadamente, hay que reconocer que precisamente en tales pueblos es donde suelen estar casi siempre enemistados unos con otros por el necio afán de considerarse cada uno superior a los demás y querer, por consiguiente, gozar del privilegio del favor del público.

Semejantes luchas y rencores, producidos casi siempre por un sentimiento egoísta exagerado, no ocasionan generalmente más que enormes perjuicios y disgustos lamentables, siendo lo más triste del caso que el público se aprovecha de tal estado de tirantez en beneficio de sus propios intereses y en detrimento de los del Practicante, del Médico o del Farmacéutico.

Conviene, por lo tanto, que desaparezcan para siempre estas injustificadas rivalidades y odios enconados que suelen existir entre ellos, pues con tal estado de cosas se quebranta el prestigio que cada cual debe tener dentro de su propia esfera de acción, mermándose paulatinamente el respeto ante la presencia de los demás. Guárdense entre sí las consideraciones que deben tenerse las personas instruidas y bien educadas, y así tendrán derecho a exigir del público el respeto y atenciones que de otro modo es impropio pretender.

2.- Condiciones morales y científicas que debe poseer
El Practicante debe poseer cierta clase de condiciones, sin las cuales no podrá ejercer su profesión con la honestidad y competencia indispensables para prestigio suyo y beneficio de sus clientes. Esas condiciones o prendas morales son casi las mismas que se exigen al Médico y, aunque numerosas, trataremos sólo de las principales, puesto que todas ellas pueden resumirse en una sola, a saber: la dignidad o decencia profesional, que es a su vez resultado de una propiedad ejemplar y de una pericia magistral.

A).- Condiciones Morales.
Las principales cualidades morales que debe reunir el Practicante son las siguientes: sentimiento del deber, paciencia, prudencia, amabilidad, sencillez y caridad.

En efecto: sólo teniendo el sentimiento de su deber podrá el Practicante cumplir éste conforme lo exigen las prácticas de la moral y de la verdadera ciencia, pues tanto en el orden moral como en el material quien no siente una cosa no es capaz de ejecutar actos ordenados que tiendan a cumplir lo que este sentimiento le demanda.

La paciencia es necesaria en el Practicante, pues la índole de su ejercicio profesional lleva consigo riesgos, molestias, ingratitudes y disgustos frecuentes que deben ser soportados con calma, contra los cuales no cabe otro recurso que la paciencia y resignación.

La prudencia es una de las cualidades más estimables del Practicante y, según el grado en que la posea, se captará o enajenará las simpatías de sus clientes. No nos referimos aquí a la prudencia respecto a sus actos curativos, sino a la virtud de saber callar en ciertas ocasiones de la vida, en las que una palabra imprudente, una idea emitida con ligereza, pueden acarrear grandes perjuicios al enfermo, a su familia y muchas veces hasta a su propia reputación.

Así, pues, en este respecto el Practicante debe procurar guardar el secreto de su profesión y no enterar a nadie las dolencias que sufren sus clientes, sobre todo si se trata de ciertas afecciones, aun cuando se le pregunte con insistencia por algunas personas que, en su afán de curiosear y meterse en todo, se dedican con lamentable frecuencia a husmear vidas ajenas.

FOTO 5 Alumnas de practicante y enfermeras. Curso 1948 - 49. Hospital Civil. Fotógrafo Tomás Bravo. Foto cedida por Carmen Blasco y Luis Mª Elícegui

Es casi innecesario decir que el Practicante debe ser en su trato amable y sencillo; porque si la amabilidad y sencillez son cualidades necesarias en el trato corriente de las gentes, lo son mucho más en el de los enfermos, tanto porque éstos merecen por su estado ser tratados con afabilidad y delicadeza, como porque de este modo depositarán en él plena confianza, lo cual es indispensable en las relaciones entre los clientes y sus servidores.

Por último, la caridad, esa virtud de orden moral que consiste en amar al prójimo como a nosotros mismos, y que ha de ser el primer deber de todo hombre honrado, es indispensable al Practicante, por cuanto siendo la persona enferma más digna de lástima que otra sana, y estando entonces más necesitada del amor de los demás para que le sean prodigados los cuidados y consuelo que reclama el alivio o curación de sus padecimientos, se comprende perfectamente que, el primero en ejercer estos cuidados y atender con verdadero amor a los pacientes, ha de ser el que por ministerio de su profesión tiene, ha de ser el que por ministerio de su profesión tiene, como el Practicante, la obligación ineludible de ser caritativo.

B).- Condiciones Científicas.
Las cualidades científicas que debe poseer el Practicante son, entre otras, las siguientes: vocación, aplicación, instrucción, serenidad en el obrar y pericia técnica.

La vocación es una cualidad de orden científico que nace espontáneamente en el propio individuo que la posee, sin que pueda intervenir en ello la voluntad. En efecto, el amor o afición que uno siente por determinada profesión u oficio no es obra de su voluntad, sino de sus innatas aptitudes; así es que si la vocación de un hombre se inclina, por ejemplo, a la pintura o la música, será imposible de todo punto pretender desviar el ánimo de dicho sujeto de esta natural inclinación, y completamente superfluo obligarle a que sienta otra vocación distinta.

FOTO 6 Capítulo II del Manual del Practicante, 1950

De modo que si el Practicante no tiene verdadero amor a su carrera, si no ha seguida ésta obedeciendo a su propia vocación, sino por motivos de cálculo o interés personal, no podrá en el ejercicio de su profesión ostentar las cualidades morales citadas anteriormente, ni reunir las condiciones científicas necesarias para ser útil a sus semejantes.

La aplicación debe ser un don preciado permanente del Practicante, porque si no procura leer con frecuencia los textos científicos propios de su carrera, si no tiene verdadero amor al estudio, obrará siempre por rutina en su práctica y estará expuesto a que cualquier cliente un poco ilustrado le dé una lección técnica  mortificante.

La instrucción es un producto de las dos cualidades anteriores, o sea de la vocación y aplicación, y, por lo tanto, el Practicante que posea una y otra será lo suficientemente instruido para cumplir airosamente con su cometido.

La serenidad en el obrar es condición indispensable a todo Practicante, puesto que si al efectuar las curas u operaciones que le competen no muestra el valor que da la seguridad en sus propios conocimientos, perderá la confianza que en él hayan depositado sus clientes. Es indudable que cuanto más instruido se aun Practicante, tanto mayor será su serenidad en los actos quirúrgicos en que intervenga; sin embargo, la excitabilidad nerviosa de ciertas personas contribuye a que algunos practicantes, que son indudablemente ilustrados o instruidos, se muestren en ocasiones intranquilos. Para adquirir dicha serenidad es preciso acostumbrarse en la ejecución de prácticas curativas.

Por último, la pericia técnica, o sea la habilidad en el obrar, tiene su origen en todas las cualidades científicas que llevamos examinadas, porque es indudable que el que tiene vocación, aplicación, instrucción y procede en sus actos con suma serenidad, posee seguramente la habilidad técnica necesaria para salir airoso de su cometido.

Además, hay que hacer constar que ésta, es decir, la habilidad o pericia técnica, se perfecciona con la práctica frecuente y asidua; por lo tanto, cuanto más se adiestre el Practicante en las maniobras operatorias, tanto más perito será en el ejercicio de su arte.

Bibliografía
Manual del Practicante. Anatomía Cirugía Menor – Obstetricia. Por el Dr. Arturo Cubells Blasco. Obra escrita con arreglo al Programa para la Carrera de Practicante. Editorial Pubul, Barcelona, 1950

AUTOR:
Manuel Solórzano Sánchez
Grado en Enfermería. Servicio de Traumatología. Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. OSI- Donostialdea. Osakidetza- Servicio Vasco de Salud
Insignia de Oro de la Sociedad Española de Enfermería Oftalmológica 2010. SEEOF
Miembro de Enfermería Avanza
Miembro de Eusko Ikaskuntza / Sociedad de Estudios Vascos
Miembro de la Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro de la Red Cubana de Historia de la Enfermería
Miembro Consultivo de la Asociación Histórico Filosófica del Cuidado y la Enfermería en México AHFICEN, A.C.
Miembro no numerario de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País. (RSBAP)