domingo, 8 de mayo de 2016

LAS ENFERMERAS, SU TRABAJO EN LA GUERRA Y LA FATIGA DE COMBATE



Las enfermeras en continua formación, tuvieron que afrontar situaciones nuevas como la guerra submarina, los ataques aéreos, las laceraciones y herida por metralla, los gases tóxicos y la guerra de trincheras. La capacidad de observación de la enfermera y sus conocimientos debían combatir el shock, la hemorragia, las enfermedades contagiosas, las heridas infectadas y la inhalación de gases tóxicos, que soportaban el gran número de soldados que debían de ser hospitalizados y a los que debían de atender.

FOTO 1 Croquis de una trinchera

En las trincheras, se enfrentaban a plagas de ratas, piojos y pulgas y a las aguas estancadas que producían los terribles “pies de trinchera”, que era una gangrena provocada por la trombosis de pequeños vasos sanguíneos a causa de permanecer inmovilizado durante largos períodos de tiempo en lugares húmedos y fríos y que provocaron el que muchos soldados terminasen con amputaciones en las extremidades inferiores. Todas estas nuevas situaciones también las padecieron las enfermeras que cuidaron a los enfermos y heridos (1).

Si nos adentramos más en nuestra historia, concretamente en las guerras, encontraremos ejemplos de numerosas mujeres que han llevado a cabo la profesión de la enfermería con afán y pasión, reduciendo en la medida de lo posible, la mortandad entre la población afectada por las aterradoras consecuencias de la guerra como la desnutrición, raquitismo, tuberculosis, tifus, secuelas físicas y psíquicas. Las enfermeras desarrollaban como podían su trabajo en los frentes de batalla y en la retaguardia, soportando unas durísimas condiciones de vida.

A lo largo de los siglos, las mujeres han realizado la mayor parte de los trabajos encaminados a mantener y recuperar la salud de su familia y de aquellas personas que necesitaban algún tipo de cuidados para seguir viviendo. Siempre se les ha relegado a un tipo de trabajo que podría denominarse “secundario”, como se ha pensado que era la enfermería. Pero analizando la labor que han llevado a cabo las enfermeras en los distintos conflictos bélicos, se puede observar que este esfuerzo no ha sido tan “secundario” como se ha creído, sino que, ha sido indispensable para el transcurso de la historia de la sanidad.

FOTO 2 Estudiantes de enfermería durante un seminario de férulas. En la pizarra se puede leer: “Acolchado de las férulas”

Las enfermeras cuidaron realizando jornadas interminables, a soldados heridos y enfermos ayudándolos en su proceso de curación o paliando sus sufrimientos en un entorno adverso y en unas condiciones limitadas. Era doloroso tener que informar a los soldados de sus secuelas como: ceguera, pérdida de algún miembro, pérdida de compañeros, o tener que notificar a los parientes escribiéndoles sendas cartas diciéndoles que sus seres queridos no iban a sobrevivir a las heridas producidas en la batalla (1).

Las enfermeras tenían que: taponar hemorragias, trepanar huesos, curar amputaciones, curar los pies de trinchera, ayudar en las autopsias, servir las comidas, limpiar a los heridos, animarlos, acompañar al médico en las visitas, vigilar el estado general del herido, constantes del herido y ayudarle en todas las necesidades que surgiesen.

También les tocó cuidar y dar los cuidados de enfermería necesarios a unos pacientes problemáticos. A muchos de ellos se les consideraba “cobardes” y personalmente se encontraban muy mal, con un sinfín de síntomas, como los que se describen posteriormente. Era una patología nueva y considerada como enfermedad “rara” para aquella época, aunque ya estaba descrita por Hipócrates.

Psicológicamente se enfrentaban a un grave problema ético, ya que cada vez que un soldado era curado y se le daba el alta, la mayoría de las veces era para volverlos a mandar a una muerte segura.

FOTO 3 Enfermeras de quirófano en 1930

Los enfermos diagnosticados de “Neurosis de guerra” eran tratados en Clínicas que se crearon en pueblos lejos del campo de batalla, en grandes casas de campo con bosques y jardines donde se respiraba mucha tranquilidad. En ellas, permanecían a su cuidado enfermeras profesionales las 24 horas del día, realizando todos los cuidados necesarios que comprendían: limpieza y aseo de los pacientes, oxigenación, alimentación, eliminación de las secreciones humanas, curas de sus heridas, deambulación y ayuda para el paseo a los que les faltaba algún miembro, ayudarles a descansar y dormir lo mejor posible, ayudar al que lo necesite a vestirse, mantenerlos con buena temperatura, intentar que se valgan por sus propios medios, comunicarse entre los compañeros y compartir las vivencias vividas. Ayudarles psicológicamente a superar los traumas que han padecido en la guerra (1).

Neurosis de guerra o fatiga de combate o locura de trinchera:
Término empleado para describir el trauma psicológico… la intensidad de las batallas de la artillería… crisis neuróticas de los soldados por lo demás mentalmente estables.

Los soldados llegaron a identificar los síntomas, pero el reconocimiento oficial de la autoridad militar tardó en llegar… Ataques de pánico, parálisis mental y física, aterradores dolores de cabeza, sueños espantosos… Muchos sintieron los efectos durante años… Los tratamientos eran rudimentarios en el mejor de los casos, peligrosos en el peor de los casos.

El “síndrome de la neurosis de guerra” data desde la Primera Guerra Mundial, sin embargo en esa época solía confundirse como cobardía ante el enemigo.

FOTO 4 Soldado con neurosis de guerra Primera Guerra Mundial

En un estudio del doctor W. H. R. Rivers basada en la observación de los soldados heridos en el Hospital de Guerra de Craiglockhart entre los años 1915 a 1917, explicaba el proceso de represión, los soldados que pasaban la mayor parte del tiempo tratando de olvidar los temores y recuerdos eran más propensos a sufrir recaídas en el silencio y la soledad de la noche, cuando el sueño debilitaba su autocontrol y los hacía vulnerables a pensamientos lúgubres.

Todo era más intenso en la soledad de la noche. Sin duda era entonces cuando sus pensamientos sombríos se liberaban de sus restricciones y se convertían en sueños que les atormentaban. Según el doctor Rivers, la represión contribuía a que los pensamientos negativos acumularan energía, lo cual ocasionaba pesadillas e imágenes oníricas vividas e incluso dolorosas que se apoderaban “violentamente” del intelecto.

El doctor Rivers hablaba de los soldados sin emplear ni mencionar las “tendencias violentas” que presentaban dichos sujetos y prefería emplear las palabras como “disociación, depresión, confusión, la sensación del soldado de estar “a oscuras”, pero sin emplear otras palabras más fuertes.

FOTO 5 Hospital de Guerra de Craiglockhart. Enfermeras

En el testimonio del corresponsal de guerra Philip Gibbs, había escrito acerca del regreso de los soldados después de la guerra y decía así:
Algo iba mal. Volvían a vestir sus ropas de civil y a ojos de sus madres, novias y esposas eran los mismos jóvenes que habían conocido en los días de paz anteriores a agosto de 1914. Pero no eran los mismos. Algo había cambiado en su interior. Sufrían cambios de humor y extraños estallidos de rabia, depresiones profundas que daban paso a una impaciente búsqueda de placer. Muchos se veían arrastrados con facilidad a pasiones que les hacían perder el control de sí mismos, muchos se expresaban con amargura, con opiniones violentas, aterradoras.

Trastornos que sin duda podrían llevar a una persona a cometer una terrible equivocación, un acto atroz del que no habría sido capaz en su sano juicio.

A continuación el artículo describía las condiciones de las trincheras del frente oriental, la espantosa insalubridad, las ratas y el olor a moho y descomposición del pie de trinchera, los piojos que se alimentaban de la carne putrefacta. Las imágenes del barro y agua que cubrían todos los suelos de las trincheras, charcos, agua hasta los tobillos, frío, etc… y de las grandes matanzas que se producían a su alrededor.

Muchos de ellos no volvieron, murieron en las propias trincheras. Volvían en un estado lamentable. Un soldado explicó como había pasado 18 horas enterrado después de una explosión. Estaba en tierra de nadie y sus compañeros no podían salir en su busca en pleno bombardeo. Cuando al final lograron desenterrarlo estaba en estado catatónico, totalmente conmocionado. Lo enviaron a casa y lo trataron en uno de esos hospitales que se montaron en las casas de campo, pero no volvió a ser el mismo.

La expresión de su cara era de horror permanente. Sufría pesadillas en las que no podía respirar y se despertaba por la falta de aire. Otras noches despertaba a sus compañeros con un aullido espantoso que traspasaba todas las paredes de la casa de campo. Todos los niños en el pueblo le tenían miedo (2).

FOTO 6 Soldado con neurosis de guerra Primera Guerra Mundial

Carta de Laurie, un soldado francés desde el frente occidental, escribe esta carta a su amada el 5 de febrero de 1918:
Cariño mío:
(…) Quizá te gustará saber cómo está el ánimo de los hombres aquí. Bien, la verdad es que (y como te dije antes, me fusilarán si alguien de importancia pilla esta misiva) todo el mundo está totalmente harto y a ninguno le queda nada de lo que se conoce como patriotismo. A nadie le importa un rábano si Alemania tiene Alsacia, Bélgica o Francia. Lo único que quiere todo el mundo es acabar con esto de una vez e irse a casa. Esta es honestamente la verdad, y cualquiera que haya estado en los últimos meses te dirá lo mismo.

De hecho, y esto no es una exageración, la mayor esperanza de la gran mayoría de los hombres es que los disturbios y protestas en casa obliguen al gobierno a acabar como sea. Ahora ya sabes el estado real de la situación.

Yo también puedo añadir que he perdido prácticamente todo el patriotismo que me quedaba; solo me queda el pensar en todos los que estáis allí; todos a los que amo y que confían en mí para que contribuya al esfuerzo necesario para vuestra seguridad y libertad. Esto es lo único que me mantiene y me da fuerzas para aguantarlo. En cuanto a la religión, que Dios me perdone, no es algo que ocupe ni uno entre un millón de todos los pensamientos que ocupan las mentes de los hombres aquí.

Dios te bendiga cariño, y a todos los que amo y me aman, porque sin su amor y confianza desfallecería y fracasaría. Pero no te preocupes, corazón mío, porque continuaré hasta el final, sea bueno o malo (…)
Laurie (Grence Ruiz, T. et al. 2012: 125)

Neurosis de Guerra
La neurosis de guerra no es una entidad clínica en sí misma. Pertenece a la categoría de la neurosis traumática, que fue definida en 1889 por el neurólogo alemán Hermann Oppenheim, quién la describió como una afección orgánica consecutiva a un traumatismo real que provocó una alteración física de los centros nerviosos, acompañada de síntomas psíquicos como: depresión, hipocondría, angustia, delirio, etc.

Con Freud, la neurosis se convertía de tal modo en una afección puramente psíquica, con lo cual caducaba la idea de la simulación, tanto para los adeptos del organicismo como para los partidarios del funcionalismo o la causalidad psíquica.

Con la Primera Guerra Mundial se reactivó el interminable debate sobre el origen traumático de la neurosis. Las jerarquías militares recurrieron a psiquiatras de todas las orillas para que trataran de desenmascarar a los simuladores, sospechosos (como en otro tiempo las histéricas) de ser falsos enfermos, es decir mentirosos, desertores, malos patriotas.

Este problema que iba a ser desenterrado por Kur Eissler psicoanalista vienés, comenzó con una acusación del teniente Walter Kauders contra Julius Wagner-Jauregg, psiquíatra, a quién se atribuyó haber utilizado un tratamiento eléctrico para atender a los soldados afectados de neurosis de guerra y de hecho considerados simuladores. Freud fue entonces convocado como experto por una comisión investigadora, para que diera su opinión sobre el eventual delito de Wagner-Jauregg. En el informe, Freud se mostró muy moderado con el psiquiatra, pero en cambio criticó con suma violencia, no sólo el método eléctrico, sino también la ética médica de quienes lo utilizaban. Recordó que el deber del médico es siempre y en todas partes ponerse al servicio del enfermo, y no de cualquier poder estatal o bélico, y estigmatizó la idea de la simulación, incapaz de definir la neurosis, fuera de origen traumático o psíquico: “Todos los neuróticos son simuladores -dijo-, simulan sin saberlo, y ésta es su enfermedad”.

La implantación progresiva del psicoanálisis en los diferentes países occidentales transformó la mirada psiquiátrica sobre la cuestión de la neurosis de guerra.

Históricamente, el problema de la neurosis de guerra es tan antigua como la guerra misma. La idea de que las tragedias sangrientas de la historia pueden inducir en los sujetos “normales” a algunas modificaciones del alma o del comportamiento se remonta a la noche de los tiempos. Todos los trabajos que se realizaron en el siglo XX sobre los traumas vinculados con la guerra, la tortura, el secuestro, el encierro o situaciones extremas, confirmaron la tesis freudiana: estos traumas son a la vez específicos de una situación determinada, y reveladores en cada individuo de una historia que le es propia.

En otras palabras, los períodos llamados “de trastornos” favorecen menos la eclosión de la locura o la neurosis que el drenaje de sus síntomas en forma de traumas. Por ejemplo, el suicidio explícito, la melancolía, son menos frecuentes cuando la guerra justifica la muerte heroica, y las neurosis son más numerosas y manifiestas cuando la sociedad en la que se expresan presenta todas las apariencias de la estabilidad (3).

FOTO 7 Ambulancia para cirugía. Francia 1914.

Fatiga de Combate
Fatiga de Combate es un trastorno psicológico caracterizado por un tipo de neurosis que se evidencia como un síndrome de estrés y repulsión al combate (4).

En la Primera Guerra Mundial, confundían la fatiga de combate con la cobardía ante el enemigo. Algunos estudios preliminares que se realizaron en aquella época y se llamó síndrome shell-shock; pero no fue hasta avanzada la Segunda Guerra Mundial, cuando los especialistas de los países aliados lograron conceptualizar la fatiga de combate como un tipo de trauma psicopatológico manifestado como una neurosis asociada a la exposición prolongada de muertes masivas, explosiones, tableteos de ametralladoras, en particular a aquellos que predominaban los bombardeos constantes, escenas chocantes, el ruido ambiente propio de una batalla (4).

La fatiga de combate en las líneas soviéticas alentada por la crueldad de la oficialidad soviética que enviaba a multitud de soldados al sacrificio, durante la Segunda Guerra Mundial, fueron causa de que se pasaran por miles al lado alemán transformándose en “hiwis”.

Síntomas
La fatiga de combate se suele desencadenar a partir del ruido constante de explosiones, ruidos del funcionamiento constante de armas, presenciar la muerte de camaradas en el combate, etc. Esta se manifiesta de diferentes modos, dependiendo del perfil de personalidad del sujeto, puede ser expresado por ataques de histeria, pasividad y mutismo o parálisis de miembros, incapacidad para percibir el entorno o descontrol de emociones reprimidas.

Los síntomas pueden ser variados: mutismo, mudez, sordera, inestabilidad emocional, apatía, falta de concentración, sudoración fría, trastornos del sueño, convulsiones musculares, desinterés del entorno etc. Incluso algunos soldados afectados pueden rehusar disparar a matar cuando el enemigo es sentido como similar a si mismo. La reiteración de órdenes de aniquilación por parte de sus superiores provocan la fatiga de combate. Incontables son los casos en que el soldado afectado se ha vuelto contra sus superiores.

FOTO 8 City of London Mental Hospital, Dartford

La fatiga de combate supone en el sujeto que la padece, un quiebre del temple emocional en la lucha antagónica entre el instinto de supervivencia y el horror del escenario bélico al que se enfrenta, mientras más peligrosas son las misiones, se establece una mayor predisposición a padecer la neurosis.

Incluso cuando se retira al soldado del escenario bélico transformándose en un veterano de guerra la fatiga de combate reaparece en tiempos de paz ante determinadas situaciones y puede afectar al individuo de por vida. Muchos individuos afectados por fatiga de combate han protagonizado hechos luctuosos. La cura de la fatiga de combate es compleja, se ha experimentado realizando curas de sueño, drogas ansiolíticas, traslado a lugares tranquilos son algunas de las indicaciones de los psiquiatras (4).

LOCURA DE TRINCHERA
Al comienzo de la guerra los cuadros neuróticos de pérdida del habla, trastorno del sueño, convulsiones musculares, inexplicables espasmos faciales, ceguera histérica y otras afecciones no fueron considerados como patologías.

Lo llamaron “síndrome del corazón del soldado”, shock de las trincheras, neurosis de combate, fatiga de batalla. Aunque se identifica por primera vez en la Guerra de Secesión americana, el tema del soldado loco por culpa del pánico es tan antiguo como el mundo; tan viejo como la guerra.

Hipócrates habló de las pesadillas de los soldados y Heródoto descubrió ciertos síntomas similares entre los supervivientes que habían participado en la batalla de Maratón. En los Tercios de Flandes durante la Guerra de los Treinta años se sufrieron casos de incapacidad emocional entre los soldados y ya en ese siglo los médicos sospechaban que determinadas reacciones no se debían a heridas físicas. Rusia, en la guerra contra Japón, apenas estrenado el atroz siglo XX, fue el primer país en enviar médicos psiquiatras al frente. Pero, ¿qué ocurrió en la Gran Guerra para que la demencia del soldado se considerara uno de los problemas más graves del ejército?

FOTO 9 Silla Bergonic para dar tratamiento eléctrico a efectos psicológicos, en casos psico-neuróticos.

Repasando viejas fotografías y grabaciones de la época realizadas en algunos hospitales del frente se asiste a todo un tratado del horror: soldados que han perdido el habla, otros que se mueven entre espasmos, algunos que sorprenden con una inquietante mirada vacía que se llamó de las mil yardas, es decir, la distancia aproximada de la trinchera al enemigo. De alguna forma, la Gran Guerra fue el conflicto que cambió el diagnóstico sobre cómo puede afectar un trauma a la razón y, en particular, en situaciones bélicas extremas.

Era lógico. En ninguna guerra como en ésta habían sido ingresados tantos soldados que en apariencia no estaban heridos pero que eran incapaces de continuar luchando. Fue el resultado de una guerra que sorprendió a todos los que participaron en ella. Tanto los soldados como los altos mandos tenían en mente las guerras anteriores que se resolvían en enfrentamientos frente a frente en campos de batalla y donde además se conocían los efectos de las armas y cañones. Sin embargo, este conflicto devastador se podría considerar como la primera guerra moderna, el laboratorio en el que se ensaya el armamento moderno que se pondrá en práctica en la guerra siguiente: la Segunda Guerra Mundial. Cruel paradoja que todos los avances técnicos y científicos del siglo XIX, la centuria del progreso y la modernidad, sirvieran para el desarrollo de las máquinas de matar.

Es la guerra de la metralleta y su vértigo veloz de muerte, del carro de combate, de la guerra submarina y aérea o de los gases tóxicos. Sólo habría que recordar la “sorpresa” que recibieron los soldados de Ypres cuando descubrieron que la nube azulada que se acercaba hacia ellos les quemaba los pulmones y los volvía ciegos. Fue entonces cuando comenzaron a utilizarse las máscaras antigás, pero sólo después del shock de esos primeros asaltos.

Las razones de la neurosis de combate habría que explicarlas por las particularidades que imponía esta guerra con sus nuevos disfraces de muerte. Los soldados no se enfrentaban físicamente al enemigo sino que aguardaban en la trinchera como conejos asustados dentro de una madriguera, a la espera de que llegara el fusil o el obús que los destrozaba literalmente o que lo hacía con el que luchaba a su lado. Muchos soldados afectados por el shock de trinchera (“shell shock”) se quedaban inmóviles sin poder reaccionar al ver que el compañero se convertía en una mezcla informe de fango y sangre. Y auténtico pavor se desataba en el momento en que sonaba el silbato que ordenaba que había que saltar de la trinchera y salir a la tierra de nadie mientras el enemigo lanzaba sus proyectiles contra todo lo que se moviera. Era toda una invitación al suicidio por la más que probable posibilidad de ser alcanzado por alguna de las miles de balas lanzadas desde el otro bando.

Muchas jornadas resistiendo en estas condiciones llevó a que los combatientes perdieran la razón. No podían dormir y si lo hacían era entre continuas pesadillas no peores que las de la realidad de forma que era imposible diferenciar lo vivido de lo soñado.

En realidad sólo hay que echar un vistazo a las vanguardias que resultaron de la pesadilla de esta guerra como el expresionismo para descubrir la forma en que afectó al inconsciente el trauma de la violencia y la carnicería sin precedentes en que se convirtió Europa en aquellos cuatro años. El arte demostró que ninguno de los que participaron en la guerra fue el mismo cuando terminó. Algunos creadores sufrieron con estos trastornos como Tolkien, afectado por lo que sufrió en la batalla del Somme. O los poetas ingleses Seigfried Sassoon y Wilfred Owen que fueron tratados de neurosis en el Hospital de guerra de Craiglockhart cerca de Edimburgo, un episodio que noveló la escritora Pat Barker y que también fue llevado al cine por Gillian Mackinnan.

FOTO 10 Herido en la trinchera con los sanitarios

Al comienzo de la guerra los cuadros neuróticos de pérdida del habla, trastorno del sueño, convulsiones musculares, inexplicables espasmos faciales, ceguera histérica y otras afecciones no fueron considerados como patologías. Primero se creyó que era consecuencia del ruido de las explosiones e interpretado como simple fatiga de combate, pero los síntomas fueron empeorando conforme la guerra se estancaba sin solución y el campo de batalla se convertía en una trituradora de jóvenes que morían sin sentido.

Psicoanálisis y otras terapias
Muchos soldados que padecieron el trauma de guerra fueron acusados y degradados por el alto mando por supuesta falta de valor en el frente y se achacó su reacción a la cobardía y la ausencia de patriotismo. Se dieron incluso casos en los que los soldados sufrieron consejos de guerra al considerar que sólo fingían para abandonar el frente. Y algunos fueron fusilados al creer que sólo disimulaban un caso evidente de deserción.

Sin embargo, la influencia del psicoanálisis ayudó a cambiar la interpretación ante esta particular locura de guerra.

Así se envió a psiquiatras al frente y se realizaron terapias para tratar a los enfermos, sobre todo, los polémicos tratamientos con electroshock que en ocasiones afectaron aún más a los pacientes. Es curioso pero muchos de aquellos soldados sanaron tras la que puede considerarse la terapia más efectiva: el alejamiento del frente o el fin de la guerra. Este conflicto revolucionó el tratamiento psiquiátrico de los soldados que se transformó por completo tal y como se demostró poco después en la siguiente guerra y en todas las que siguieron.

FOTO 11 Pie de trinchera

Pero la Gran Guerra no sólo afectó a la mente. También supuso un gran cambio para la medicina que tuvo que enfrentarse a nuevas heridas de guerra que ya no se limitaban a los “clásicos” casos de disparo o cañonazo. No hay más que volver al arte para comprobar esta página de horrores. Los cuadros de Grosz o de Otto Dix con los inválidos de guerra que juegan a las cartas demuestran una de las iconografías más macabras que mostró este desastre: rostros sin nariz o mandíbula, cojos o mancos, con el cráneo deformado. Y la película “Johnny cogió su fusil”, con el soldado convertido en un tronco vivo, sin piernas ni brazos, ciego y sin posibilidad de hablar confirma la dificultad extrema que supuso para los médicos y los servicios sanitarios, entre ellas las enfermeras, la llegada de estos heridos.

Las calles se llenaron de mutilados de guerra y también de desfigurados como no se había visto nunca. Rostros sin ojos, sin nariz, sin orejas o mandíbulas, con trozos metálicos que sustituían al cráneo formaban parte de esta galería pavorosa que resultó de la guerra. Soldados convertidos en monstruos andantes que también sufrieron trastorno a causa del rechazo provocado por su presencia física.

Las esquirlas metálicas provocaban heridas terribles en el rostro y solían infectarse con facilidad. Esto llevó a algunos médicos a intentar osados experimentos que en algunos casos fracasaron y en otros condujeron a un importante avance en campos como la cirugía estética. Ocurrió con el médico Harold Gillies que creó una unidad para reparar rostros desfigurados de soldados británicos en un Hospital en Sidcup, al este de Londres.

FOTO 12 Hospital en Sidcup, Londres

Uno de sus exitosos casos fue la reconstrucción de la cara del teniente William Spreckley, que había perdido la nariz. El cirujano realizó una técnica novedosa extrayendo cartílago de las costillas del paciente y creando un colgajo para reconstruir la nariz. Sin embargo, otros casos terminaron con la muerte del herido a causa de infecciones ya que se trataba de complejas cirugías que se hicieron antes del descubrimiento de los antibióticos.

Las situaciones extremas de la guerra hizo que los médicos tuvieran que improvisar e idear operaciones de urgencia con los mínimos medios. Y también propició avances como la creación de bancos de sangre para hacer transfusiones en el mismo frente. El capitán norteamericano Oswald Robertson fue el primero en crear un banco de sangre en el frente occidental en el que se almacenaba y se utilizaba citrato de sodio para prevenir la coagulación.

El tratamiento de las heridas para evitar infecciones antes de que se descubrieran los antibióticos fue otro de los grandes avances. Así, se experimentó con antisépticos en heridas abiertas como hicieron con el hipoclorito de sodio los médicos Alexis Carrel y Henry Dankin.

El particular ambiente de la guerra de trincheras trajo también curiosas enfermedades que afectaron a las tropas. Los grandes periodos en los que los soldados debían permanecer en estos agujeros normalmente anegados por la lluvia sucia, con el calzado mojado en charcos llenos de fango, ratas y restos de cuerpos en descomposición provocó el desarrollo del llamado pie de trinchera. Era una dolorosa enfermedad fúngica que si no se trataba, podía derivar en una gangrena. Literalmente el pie del soldado se pudría lo que conllevaba a la mutilación del miembro.

FOTO 13 Queen's Mary´s Hospital

A causa de la suciedad y el detritus en las trincheras los soldados sufrían además plagas de piojos. Como medida higiénica los soldados se aplicaban cresol, aunque les abrasaba la piel, o bien se volvían la guerrera del revés para despistar a los piojos y los huevos que alojaban al refugio caliente del cuerpo. Junto a las ratas, los piojos fueron una de las obsesiones de los combatientes en las trincheras. Además, el piojo fue el responsable de otra de las enfermedades de la Primera Guerra Mundial: la fiebre de trinchera. Los soldados sufrían fiebre alta, dolor de cabeza y, sobre todo, en las piernas, concretamente en las espinillas. La convalecencia duraba un mes o más y suponía la retirada del frente durante esos días hasta el hospital de combate más cercano.

Sin embargo, y en otra más de las burlas macabras que tuvo esta guerra, la peor enfermedad apareció al final de esta pesadilla. Si con el armisticio en 1918 se calcula que habían fallecido millones de personas, una epidemia provocó millones de muertes en una Europa que no se había recuperado del horror. La gripe de 1918 terminó de diezmar a la población europea en un epílogo que subrayó el apocalipsis que sin duda sufrió el continente a causa de la guerra.

No se puede considerar que la pandemia de gripe fuera un resultado directo de la guerra, pero sin duda las condiciones insalubres en las que había quedado Europa provocaron el desarrollo y virulencia de la enfermedad. La gripe también se denominó gripe española porque fue en la prensa española donde se abordó sin censuras, a causa de la neutralidad del país en el conflicto. Por esa razón, se creyó que se había originado en España. Como casi siempre los vientos sucios de la guerra, a pesar de su poder devastador, provocaron un inesperado avance en algunos campos. Desde luego la medicina y la psiquiatría no fueran las mismas después de este conflicto (5).

FOTO 14 Victoria Hospital, Lichfield

FOTOS

1.- Las operaciones militares de 1914 y 1915. De la guerra de movimientos a la de posiciones

http://jcdonceld.blogspot.com.es/2012/08/la-guerra-de-trincheras-en-la-primera.html

3.- 8 - 10 - 14 El mundo: Primera Guerra Mundial
4.- 6 - Neurosis de Guerra
5.- Hospital de Guerra de Craiglockhart. Enfermeras

7.- Salvando vidas en el campo de batalla. La salud y la medicina durante la Primera Guerra Mundial. Colección Library of Congress, Washington, D.C.

9.- Imágenes medicina antigua
11.- Desde el sótano. Pie de trinchera
12.- Hospital en Sidcup, Londres
13.- Queen's Mary´s Hospital

BIBLIOGRAFÍA
1.- Manuel Solórzano Sánchez. La enfermería en la II República. 4 de junio de 2012
2.- El último adiós. Kate Morton. 2015. páginas 333 - 340
3.- Neurosis de guerra
4.- Fatiga de combate
5.- Eva Díaz Pérez es la autora de “El sonámbulo de Verdún” (Destino), ambientada en la Primera Guerra Mundial

Manuel Solórzano Sánchez
Diplomado en Enfermería. Servicio de Traumatología. Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. OSI- Donostialdea. Osakidetza- Servicio Vasco de Salud
Insignia de Oro de la Sociedad Española de Enfermería Oftalmológica 2010. SEEOF
Miembro de Enfermería Avanza
Miembro de Eusko Ikaskuntza / Sociedad de Estudios Vascos
Miembro de la Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro de la Red Cubana de Historia de la Enfermería
Miembro Consultivo de la Asociación Histórico Filosófica del Cuidado y la Enfermería en México AHFICEN, A.C.
Miembro no numerario de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País. (RSBAP)