lunes, 13 de abril de 2015

ENFERMERAS CONDUCTORAS DE AMBULANCIAS



Mientras que la primera Escuela de Ambulancias fue fundada en 1876, no fue hasta finales del siglo XIX, que se fundó la primera Escuela de Formación de Enfermería de la Cruz Roja Francesa. La educación que impartían inspirará la creación de un Diploma de Estado en 1923.

FOTO 1 Escuela de Formación Enfermeras conductoras de ambulancias 1923

La formación de los miembros de la Cruz Roja, de las Damas Enfermeras y de la Enfermeras conductoras de ambulancias, realizaron los estudios por primera vez en las comisiones creadas antes de la integración de las estructuras fijas en la Cruz Roja Francesa. Los cursos fueron mantenidos dentro de los hospitales. CRF

Hoy en día, esta asociación se ha convertido en una figura muy importante dentro de esta área, a través de sus 19 institutos regionales que cubren una amplia oferta de formación en el sector sanitario y social (1).

La Enfermería fue uno de los campos de batalla donde las mujeres se hicieron imprescindibles y fuertes.

Hacia 1916, casi todas las ambulancias eran conducidas por mujeres, así como los tranvías, los camiones urbanos y las operaciones telefónicas. Es difícil imaginar la vida rutinaria y agotadora de todas ellas, con el marido y los hijos en el frente, y tener que cuidar a los niños que les quedaban en casa y a los suegros mayores que estaban a su cargo, después de una jornada agotadora (2, 3,4).

La guerra se aprovechó de ello con mayor o menor fortuna. Fue ésta la primera gran contienda mecanizada. El desarrollo de la ingeniería dio a luz nuevas armas, pero también a la creación de ambulancias. Los avances en los laboratorios permitieron crear mortíferos gases y bombas más potentes; aunque también aparecieron nuevas drogas para mitigar el dolor o antisépticos (4,5).

FOTO 2 Reserva de la mujer voluntarias de la British Army National. 1916

Y la medicina se valió, por primera vez, de la “Enfermería Profesional” en el frente y sus nuevos métodos profilácticos (5,6).

Destacamento de Ayuda Voluntaria
El Destacamento de Ayuda Voluntaria es una organización voluntaria que proporciona servicios de enfermería sobre el terreno, sobre todo en los hospitales, en el Reino Unido y otros países del Imperio Británico. Períodos más importantes de la organización de la operación fueron durante la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial (7).

La organización fue fundada en 1909 con la ayuda de la Cruz Roja y de la Orden de San Juan. En el verano de 1914 había más de 2.500 destacamentos de socorro voluntarios en Gran Bretaña. Cada voluntario individual se llama simplemente un VAD. De los 74.000 VAD en 1914, dos terceras partes eran mujeres y niñas.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial las Vads se ofrecieron como voluntarias en todos los servicios necesarios que así lo requerían y fue un grandísimo esfuerzo lo que realizaron en la guerra. La Cruz Roja Británica se mostró capacitada para permitir que las mujeres civiles tuviesen un papel muy importante en los hospitales británicos dentro del territorio nacional y en el extranjero: la mayoría de los dispositivos de asistencia VAD eran de las clases medias y altas de la Sociedad y no estaban acostumbradas a las dificultades y a la disciplina hospitalaria tradicional. Las autoridades militares no aceptarían VAD en la primera línea, ni en las trincheras (7).

FOTO 3 Conductoras de ambulancias británicas Primera Guerra Mundial 1915

Katharine Furse dio sus mejores años como asistenta de hospital en Francia en octubre de 1914, la restricción de personal en los hospitales con el comienzo de la guerra, por ello fue necesario conseguir trabajadores para el comedor y la cocina. Atrapada bajo el fuego en una batalla repentina, los dispositivos de asistencia VAD fueron excepcionales para la atención y ayuda en el servicio de emergencia del hospital y desempeñaron su trabajo perfectamente bien.

La creciente escasez de enfermeras capacitadas abrió la puerta para que las VAD entrasen en los hospitales militares en el extranjero. Furse fue nombrada Comandante en Jefe del VAD y las restricciones de personal se eliminaron. Las mujeres voluntarias mayores de veintitrés años y con más de tres meses de experiencia en el hospital fueron aceptadas para el servicio en el extranjero.

Las VAD eran un añadido incómodo al rango y orden de los hospitales militares. Ellas no tenían la habilidad avanzada y la disciplina de las “enfermeras profesionales” capacitadas y eran a menudo muy críticas con la profesión de enfermería. Aunque la guerra mejoró las relaciones entre ellas y veían que la guerra se extendía y se alargaba en ele tiempo: Las VAD aumentó su habilidad y eficiencia en el trabajo y las enfermeras profesionales fueron más receptivas a las contribuciones de los VAD.

Durante los cuatro años de guerra 38.000 VAD trabajaban en los hospitales y sirvieron como conductores de ambulancia y de cocineras. Las VAD sirvieron cerca del frente occidental y en Mesopotamia y Gallipoli. Crearon Hospitales VAD y se abrieron en la mayoría de las grandes ciudades de Gran Bretaña. Más tarde, las VAD también fueron enviadas al frente oriental. Ellas proporcionaron una valiosa fuente de ayuda de cabecera en el esfuerzo de guerra. Muchas y muchos fueron condecoradas por sus servicios distinguidos (7).

FOTO 4 Conductoras de ambulancia francesas Primera Guerra Mundial

Enfermeras famosas VAD
María Borden, novelista anglo-americana.
Vera Brittain, autora británica de la exitosa 1933 memorias Testamento de la Juventud, contando sus experiencias durante la Primera Guerra Mundial (15).
Agatha Christie, británica autor que brevemente detalla sus experiencias VAD en su autobiografía publicada póstumamente.
Amelia Earhart, Americana, enfermera pionera de la aviación.
Hattie Jacques, inglesa, actriz de comedia.
Violet Jessop, inglesa, formada como enfermera VAD después del estallido de la Primera Guerra Mundial. Ella había ido a bordo del RMS Titanic cuando se hundió en 1912 y también iba a bordo del Britannic HMHS buque hospital, como enfermera de la Cruz Roja Británica cuando se hundió en 1916.
Naomi Mitchison, escritora escocesa.
Freya Stark, exploradora y escritora de viajes.
May Wedderburn Cannan, poeta británica.
Anna Zinkeisen, pintora escocesa e ilustradora.
Doris Zinkeisen, pintora escocesa, dibujante publicitaria y diseñadora teatral (7).

HISTORIA DE UNA ENFERMERA VOLUNTARIA NEOYORKINA

Annabelle Worthington

Viviendo en Nueva York la joven Annabelle Worthington seguía su labor en el Hospital de la Isla de Ellis, mientras intentaba aclarar sus ideas. Seguía llegando gente de Europa, escapando de la Guerra que se había desatado y que llevaría el nombre de la Primera Guerra Mundial, mientras los británicos habían bombardeado el Atlántico y los alemanes seguían hundiendo barcos. Y, precisamente, mientras tomaba un café con una mujer francesa un día acerca de sus experiencias, fue cuando Annabelle supo qué debía hacer (9).

FOTO 5 Hospital de la Abadía de Royaumont

Habló con distintas personas de la isla de Ellis acerca de su marcha a Francia y les contó sus intenciones. El médico con el que había trabajado le preparó una carta de recomendación en la que detallaba sus habilidades como enfermera no titulada, que Annabelle confiaba en poder emplear en algún hospital de Francia. El médico le habló de un hospital que habían instalado en una antigua abadía en Asnières-sur-Oise, cerca de Paris, en el que trabajaban únicamente mujeres. Lo había abierto el año anterior una doctora escocesa llamada Elsie Inglis, quien había propuesto la misma iniciativa en Inglaterra, pero no había obtenido autorización para llevarla a cabo (10).

La doctora había contratado a un equipo casi totalmente femenino, tanto para el ejercicio de la medicina como para la enfermería, a excepción de unos pocos cirujanos, que eran hombres. La doctora Inglis era una mujer sufragista y adelantada a su tiempo, que había estudiado en la facultad de medicina de la Universidad Femenina de Edimburgo. La doctora había conseguido poner en funcionamiento el Hospital de la Abadía de Royaumont en diciembre de 1914, justo después del estallido de la guerra. Este centro estaba realizando una labor fantástica en el cuidado de los soldados heridos que eran trasladados desde los hospitales de campaña que había cerca del frente. Annabelle Worthington quería trabajar en este hospital, le era igual que le mandasen “conducir una ambulancia” o trabajar en el mismo hospital (10).

FOTO 6 Isla de Ellis

Cuando se embarcó con destino a Francia escuchó que las trincheras estaban llenas a rebosar, los hospitales de campaña repletos de heridos y los hospitales todavía más repletos de heridos, con lo cual ella pensaba que haría cualquier tarea que le asignasen. Había aprendido una barbaridad de los médicos y enfermeras de la isla de Ellis y continuaba estudiando durante la travesía todos los días, además aunque no la dejasen hacer nada más que conducir una ambulancia, por lo menos sabía que sería de más utilidad que en Nueva York (11).

Annabelle habría preferido poder trabajar más cerca de las trincheras, pero le habían dicho que en los hospitales de campaña solo aceptaban a personal médico y militar con formación. Tendría para trabajar mucho más fácil el hospital instalado en la abadía de Royaumont y tendría más posibilidades de que le admitiesen.

Acudió al día siguiente después de desembarcar y en camioneta al hospital de la abadía, saliendo del hotel donde se hospedaba a las seis de la mañana. El conductor le comentó que había estallado una brutal batalla en Champagne el día anterior, en la que todavía combatían y ya habían muerto o resultado heridos ciento noventa mil soldados. Annabelle lo escuchaba con silencioso horror y pensaba en esa cifra tan astronómica. Era inconcebible. Precisamente por eso estaba ella allí. Para ayudar a sanar a sus hombres y para hacer todo lo que pudiera por salvarlos, si es que era capaz de curarlos de algún modo, o por lo menos de consolarlos.

FOTO 7 Los claustros de Norah Neilson Gray: Abadía de Royaumont, Francia, 1920

Se había puesto un ligero vestido de lana de color negro, y botas y medias del mismo color, además llevaba todos sus libros de medicina y un delantal blanco limpio, metido en el bolso, era su delantal blanco que utilizaba en el hospital de la isla de Ellis. Tardaron en recorrer los 50 kilómetros, más de tres horas por carreteras secundarias, ya que estaban en muy mal estado y presentaban profundos surcos por las bombas. Nadie tenía tiempo para arreglarlas, ni había hombres para que lo hicieran. Todos los hombres no lisiados estaban en el ejército, y no quedaba nadie en las casas para reparar y mantener en pie el país, excepto los ancianos, las mujeres y los niños; y los hombres tullidos a quienes habían mandado de regreso a sus hogares desde el frente de combate.

Pasaban unos minutos de las nueve de la mañana cuando por fin llegaron a la abadía de Royaumont, un edificio eclesiástico del siglo XIII algo deteriorado, hervía de actividad. Había enfermeras con uniforme que empujaban a hombres en sillas de ruedas por el patio, otras entraban apresuradas en las distintas alas del centro, mientras que otros heridos se movían con ayuda de muletas o eran transportados en ambulancias conducidas todas ellas por mujeres. Las que llevaban las camillas también eran mujeres. Allí no había nada más que mujeres trabajando, incluido el cuadro médico. Los únicos hombres que se veían eran los heridos. Bueno por fin vio a un médico que entraba a toda prisa por la puerta, era una rareza en medio de aquella población femenina (12).

Annabelle cruzó el patio y siguiendo los carteles de las diferentes secciones del hospital se dirigió hacia las oficinas que ponía “administración”. Cuando entró se encontró con una fila de mujeres detrás de un escritorio manejando documentos, mientras las conductoras de ambulancia les entregaban las solicitudes de admisión. Abrían historiales de todos los pacientes a quienes trataban, algo que no siempre se podía cumplir en los hospitales de campaña, donde en ocasiones tenían que trabajar bajo mucha más presión.

FOTO 8 La administración a pleno rendimiento

Allí había una sensación de actividad frenética, pero al mismo tiempo se palpaba la claridad y el orden. Las mujeres del mostrador eran en su mayor parte francesas, aunque Annabelle oyó que varias hablaban en inglés. Y todas las conductoras de las ambulancias eran jóvenes francesas. Eran chicas del pueblo a quienes habían formado en la abadía, y algunas de ellas no parecían tener más de dieciséis años. Todo el mundo tenía que colaborar. A sus veintidós años, Annabelle era bastante mayor que muchas, aunque no lo parecía.

¿Con quién podría hablar sobre el voluntariado? Preguntó en un francés perfecto. Conmigo, le contestó una mujer sonriendo que tendría más o menos su edad. Llevaba un uniforme de enfermera, pero trabajaba en la administración. Como todas las demás enfermeras hacía turnos dobles. Algunas veces, las conductoras de ambulancias, las doctoras y las enfermeras de quirófano, tenían que trabajar 24 horas seguidas. Y el ambiente era agradable, muy alegre y rebosaba energía. Estaba totalmente impresionada Annabelle (13,14).

A ver, ¿qué sabes hacer? Le preguntó la enfermera detrás del escritorio mirándola de arriba abajo. Annabelle se había puesto su delantal blanco para parecer más profesional. Con ese serio atuendo de negro y delantal blanco, parecía una mezcla entre monja y enfermera, cuando en realidad no era ninguna de las dos cosas. Traigo una carta de recomendación, dijo nerviosa. He realizado tareas relacionadas con la sanidad desde los dieciséis años, como voluntaria en diferentes hospitales. He trabajado con inmigrantes en la isla de Ellis y he adquirido bastante experiencia en el tratamiento de enfermedades contagiosas. También había trabajado en el hospital para el tratamiento de los Lisiados de Nueva York, supongo que eso estará más relacionado con lo que hacen ustedes aquí.

FOTO 9 Inmigrantes. Comedor Isla de Ellis. 1918

¿Tienes formación médica? Quiso saber la joven enfermera cuando leyó su carta de recomendación del médico de la isla de Ellis. En realidad, no contestó Annabelle con sinceridad, reconociendo su falta de estudios, no quería mentirle, pero he leído mucho sobre todo acerca de las enfermedades contagiosas, cirugía ortopédica y heridas de guerra y heridas gangrenosas. Caray, menuda carta de recomendación, dijo con admiración. Supongo que eres de Estados Unidos, Annabelle asintió. La otra joven era inglesa pero las dos hablaban perfectamente con buen acento el francés (13,14).

¿Por qué has venido desde tan lejos? Preguntó curiosa la enfermera. Por vosotras. El médico de la isla de Ellis me habló de vosotras y de este hospital, cuando lo oí, me pareció fantástico, así que se me ocurrió venir para ayudar. Haré cualquier cosa que me manden, poner cuñas a los enfermos, limpiar palanganas del quirófano, lo que sea con tal de ayudar. ¿Sabes conducir? Todavía no, pero puedo aprender. Admitida, se limitó a decir la enfermera británica.

No hacía falta ponerla a prueba con esa magnífica carta de recomendación, y saltaba a la vista que tenía madera de enfermera. Su cara estalló de alegría, ese era su propósito de su viaje a Francia desde Nueva York. Había valido la pena la travesía larga, solitaria y aterradora que había realizado, a pesar de los campos de minas y de los submarinos enemigos, y a pesar de sus propios temores por culpa del hundimiento del Titanic. Preséntate en el Pabellón C a las trece horas (14).

FOTO 10 Enfermeras de la Cruz Roja en el Regents Park de Londres, 1918

Annabelle se dirigió con las maletas y encontró la zona de las enfermeras en las antiguas celdas de las monjas en la abadía. Había filas y filas de celdas, todas ellas oscuras, pequeñas, mohosas y con aspecto de ser tristemente incómodas, con un mugriento colchón en el suelo y una colcha, en muchos casos sin sábanas. Había un cuarto de baño comunitario cada cincuenta celdas, pero dio gracias al saber que por lo menos contaría con un aseo en el interior del edificio. Habían ido a trabajar de sol a sol, y estaban encantadas de estar en la abadía hospital. Le preguntó otra enfermera, supongo que buscas una habitación, en esta, comparto mi habitación con otras dos enfermeras, pero la celda contigua está vacía; la anterior enfermera se había tenido que ir, porque su madre estaba enferma. Su celda era tan pequeña, tan oscura y fea como las otras, pero pasaban muy poco tiempo en ellas, sólo para dormir y la compartían varias compañeras por los diferentes turnos que hacían.

Se presentó en el Pabellón C, era un pabellón quirúrgico enorme. Había una sala gigantesca con aspecto de haber sido anteriormente una capilla, abarrotada con unas cien camas. La habitación no tenía calefacción y los hombres estaban cubiertos con varias mantas para intentar que entraran en calor. Sus dolencias eran muy variadas, aunque muchos habían perdido alguna extremidad en un bombardeo o habían tenido que amputársela en el quirófano. La mayor parte de ellos gemía, algunos lloraban y todos estaban muy enfermos. Varios deliraban por culpa de la fiebre y, mientras Annabelle recorría el pabellón en busca de la jefa de enfermería para presentarse, fueron muchas las manos que se agarraron a su vestido. Además de la estancia principal había otras dos salas grandes que servían de quirófano, donde oyó gritar a más de un hombre. Era una escena dantesca, si no hubiese trabajado antes, a buen seguro se habría desmayado al instante.

FOTO 11 Hospital Auxiliar 301 de la Abadía de Royaumont, 1918

Encontró a la jefa de enfermería cuando salía de los quirófanos improvisados, con aspecto frenético y sujetando una palangana con una mano dentro. La enfermera jefe según la vio le dio la palangana y le dijo dónde debía desechar el contenido. Según regreso, la enfermera le puso a trabajar las siguientes diez horas. Annabelle no paró ni un segundo. Fue su prueba de fuego y, cuando terminó, se había ganado el respeto de la enfermera de mayor edad. Servirás, le dijo la mujer con una fría sonrisa, y alguien comentó que había trabajado con la doctora Ingles en persona. Cuando volvió a su celda era medianoche y estaba totalmente agotada sin ganas de deshacer las maletas e incluso para desvestirse, se tumbó según llegó y se quedo dormida con el semblante lleno de paz (14).

Los primeros días fueron agotadores en la abadía de Royaumont. Los heridos de la segunda batalla de Champagne llegaban a toda velocidad. La joven prestaba ayuda durante las operaciones, vaciaba bandejas quirúrgicas y contenía hemorragias, se deshacía de las extremidades amputadas, vaciaba las bacinillas de los enfermos, les daba la mano a los moribundos y bañaba a quienes tenían fiebres muy altas. Nunca había trabajado con tanto ahínco en su vida, pero era justo lo que deseaba. Allí se sentía útil y aprendía sin cesar.

Apenas veía a su compañera Edwina que trabajaba en otra parte del hospital y además hacían turnos diferentes, alguna vez se habían cruzado en el cuarto de baño o se cruzaban por los pasillos entre los pabellones y se saludaban con la mano. Annabelle no tenía tiempo de entablar amistades, había demasiado trabajo por hacer, y el hospital estaba hasta la bandera de hombres agonizantes.

FOTO 12 Revisión inmigrantes en el Hospital de la Isla de Ellis

Todas las camillas y camas estaban ocupadas y algunos heridos esperaban su turno en el suelo o tumbados en colchones en el mismo suelo. El personal lidiaba con casos de todo tipo, desde disentería hasta las dolencias en los pies, y varios de sus pacientes habían contraído el cólera. Todo aquello era aterrador, pero al mismo tiempo estaba emocionada de poder ayudar. En una de sus escasas mañanas libres, una de las mujeres alojadas en las celdas de las monjas le enseñó a conducir una camioneta que empleaban como ambulancia, que no era muy distinta de la furgoneta para pollos en la que había venido desde Paris.

La mandaban al quirófano con más frecuencia que al resto de las voluntarias, porque era precisa, atenta, meticulosa y muy obediente, pues seguía las indicaciones de las cirujanas al pie de la letra. Algunas doctoras se habían fijado en ella y se lo habían comunicado a la jefa de enfermeras, quien coincidía en que su labor era excelente. Consideraba que sería una enfermera estupenda y le aconsejó a la joven que estudiara la carrera de enfermera después de la guerra, aunque la cirujana en jefe penaba que podía aspirar a más.

Hablaron después de terminar la jornada mientras Annabelle que no parecía cansada mientras fregaba el suelo del quirófano y ponía un poco de orden.

Había sido un día especialmente agotador para todos ellos, pero ella no había desfallecido ni un momento. Parece que te diviertes con tu labor le dijo la doctora mientras se limpiaba las manos en el delantal ensangrentado.

El de Annabelle tenía un aspecto similar. Pero a ella no parecía importarle, ni se había dado cuenta de que tenía una mancha de sangre de otra persona en la cara.

Después de limpiarse le contestó: Siempre me ha encantado este trabajo, lo que más lamento es que los soldados tengan que sufrir tanto. Esta guerra es horrible.

FOTO 13 Primera Compañía BM13, enfermeras ambulancieras GR. Inglaterra 1944. Arreglando las ambulancias. Las conductoras de la sección sanitaria femenina francesa, parten con sus ambulancias hacia Finlandia

Todavía les llegaban oleadas de heridos del frente, pues el clima había empeorado y hacía mucho frío se acercaba la Navidad, y cada vez más hombres jóvenes morían por culpa de alguna infección, de las propias heridas en la batalla o por la disentería.

El número de víctimas en Europa había rebasado hace tiempo la cantidad de tres millones de vidas perdidas. Se había perdido una cantidad exagerada de vidas y, de momento, no se había conseguido nada, todos los países de Europa estaban en guerra unos contra otros (14).
Terminó siendo una de las mejores médicos que trabajaron en Paris.

FOTO 14 Elsie Inglis Memorial Maternity Hospital 1930

CONCLUSIÓN
Durante la Primera Guerra Mundial, los hombres eran llevados a los campos de batalla, a las trincheras y a los campamentos militares, volviendo a los hospitales heridos, amputados y muchos de ellos no llegaron a ningún sitio, la muerte se los llevó.

Las mujeres tuvieron que adoptar un rol nuevo que anteriormente no les habían dejado asumir. El de la figura trabajadora y lo hicieron de una manera increíble y honorable. Imagínense en aquella época ver a las mujeres realizando unos trabajos en donde era muy raro verlas, incluso donde hoy en día tampoco se les ve.

Un cambio radical en el papel de la mujer en la sociedad es inducida por la necesidad urgente de más trabajadores en las fábricas de todo tipo, en especial en las de municiones y en muchos otros papeles masculinos tradicionales. Su contribución al esfuerzo de la guerra en última instancia, ayudó a acelerar el sufragio femenino.

AGRADECIMIENTO
Jesús Rubio Pilarte
Mª Luz Fernández Fernández

FOTOGRAFÍAS
Las Fotografías son propiedad de la Cruz Roja Francesa. Foto 5 de Claude Millet 2010
Fotografías Antiguas de la mujer en la Primera Guerra Mundial
Los claustros de Norah Neilson Gray: Royaumont, Francia, 1914
La Isla de Ellis. La puerta al nuevo mundo
Archivo fotográfico privado de Manuel Solórzano Sánchez

FOTO 15 Ambulancia Hospital Bellevue de Nueva York, 1895

BIBLIOGRAFÍA
1.- Cruz Roja Francesa. 150 años al servicio de los ciudadanos
2.- Mujeres Segunda Guerra mundial
3.- Nace un movimiento
4.- La guerra como motor de cambio social. De esposas y madres a ciudadanas. Alberto Porlan. Historia número 52, marzo 2014.
5.- Mario Viciosa
http://www.elmundo.es/especiales/primera-guerra-mundial/imprescindibles/ciencia-yguerra.html
6.- El Mundo, periódico digital. Primera Guerra Mundial. 100 años: 1914 - 2014
http://www.elmundo.es/especiales/primera-guerra-mundial/
7.- Destacamento de ayuda voluntaria
8.- Los claustros de Norah Neilson Gray: Royaumont, Francia, 1914
9.- La Isla de Ellis. La puerta a Estados Unidos durante un siglo.
10.- Ellis Island. El museo de la inmigración europea.
11.- La Isla de Ellis. La puerta al nuevo mundo.
12.- Elsie Inglis Memorial Hospital
13.- Elsie Inglis Memorial Maternity Hospital History
14.- Una buena mujer. Danielle Stell. 2014
15.- Vera Mary Brittain. Enfermera Voluntaria. I Guerra Mundial. Publicado el domingo día 19 de junio de 2011
16.- La Mujer en la Primera Guerra Mundial. Publicado el jueves día 31 de julio de 2014

FOTO 16 Dos enfermeras de pie delante de una ambulancia de la Cruz Roja con sus perros, en 1916 durante la Primera Guerra Mundial

AUTORES:
Jesús Rubio Pilarte
Enfermero y sociólogo.
Profesor de la E. U. de Enfermería de Donostia. EHU/UPV

Manuel Solórzano Sánchez
Diplomado en Enfermería. Servicio de Traumatología. Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. OSI- Donostialdea. Osakidetza- Servicio Vasco de Salud
Insignia de Oro de la Sociedad Española de Enfermería Oftalmológica 2010. SEEOF
Miembro de Enfermería Avanza
Miembro de Eusko Ikaskuntza / Sociedad de Estudios Vascos
Miembro de la Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro de la Red Cubana de Historia de la Enfermería
Miembro Consultivo de la Asociación Histórico Filosófica del Cuidado y la Enfermería en México AHFICEN, A.C.
Miembro no numerario de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País. (RSBAP)