sábado, 10 de agosto de 2013

EL BARBERO EN “LA BUSCA” DE PÍO BAROJA



La Busca” es la primera novela de la trilogía “La lucha por la vida”. Apareció en Madrid, el año de 1904 y se presentó en vivo contraste con las obras inmediatamente anteriores a su autor, de tendencia más simbólica y romántica y que se desarrollan en ambiente también distinto.

FOTO 001 Portada del libro “La Busca” de Pío Baroja

Pío Baroja desde finales del siglo XIX, estaba familiarizado con la vida de la gente pobre de Madrid, a través, sobre todo, de la panadería heredada de su tía materna, Juana Nessi y Arrola. Esta panadería se hallaba instalada en la calle de la Misericordia y pegada a las Descalzas Reales. Por otra parte, su interés general por los “bajos fondos” ciudadanos arrancaba de la lectura de obras de grandes novelistas, como Dickens y de grandes folletinistas, como Sue.

Cuando apareció “La Busca” se habló de la objetividad, frialdad e impersonalidad con que estaba escrita. Pero hoy podemos apreciar mejor que hace más de cien años, la cantidad de lirismo que hay en la descripción de caracteres y situaciones: más aún en la de los paisajes urbanos, que se asocian claramente con los aguafuertes que, por el mismo tiempo, estampaba Ricardo Baroja, uno de los cuales ilustra la cubierta de esta edición.

Primera Parte. Capítulo III
Primeras impresiones de Madrid - Los huéspedes - Escena apacible - Dulces y deleitosas enseñanza
¡Anda! ¡Anda a la Casa de Socorro a que te quiten la hinchazón! ¡Bribona! -decía la Celia.
Y qué? ¿Y qué? -contestaba la Irene-. ¿Qué estoy preñada? Ya lo sé. ¿Y qué?
Doña Violante abrió la puerta del pasillo con furia; Manuel y la chica de la patrona huyeron, y la vieja salió con una camisa de bayeta remendada y sucia y un pañuelo de hierbas anudado a la cabeza y se puso a pasear, arrastrando las chanclas, de un lado a otro del corredor. -¡Cochina! ¡Más que cochina! -murmuraba-. ¡Habrase visto la guarra!

Manuel fue al gabinete, en donde la patrona y la vizcaína charloteaban en voz baja. La sobrina de la patrona, muerta de curiosidad, preguntaba a las dos mujeres con irritación creciente:
Pero ¿por qué la riñen a la Irene?...

Luego, pasados unos días, se habló de una consulta misteriosa, celebrada por las niñas de doña Violarte con la mujer de un barbero de la calle de jardines, especie de proveedora de angelitos para el limbo; se dijo que Irene, al volver de la conferencia tenebrosa, vino en un coche, muy pálida, que la tuvieron que meter en la cama. Lo cierto fue que la muchacha pasó sin salir del cuarto más de una semana; que, al aparecer, su aspecto era de convaleciente, y que el ceño de la madre y de la abuela se desarrugó por completo.

Segunda parte. Capítulo II
El Corralón o la casa del tío Rito. Los odios de vecindad.
Era la Corrala un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como una gusanera. Allí se trabajaba, se holgaba, se bebía, se ayunaba, se moría de hambre; allí se construían muebles, se falsificaban antigüedades, se zurcían bordados antiguos, se fabricaban buñuelos, se componían porcelanas rotas, se concertaban robos, se prostituían mujeres.

Era la Corrala un microcosmo; se decía que, puestos en hilera los vecinos, llegarían desde el arroyo de Embajadores a la plaza del Progreso; allí había hombres que lo eran todo, y no eran nada: medio sabios, medio herreros, medio carpinteros, medio albañiles, medio comerciantes, medio ladrones.
Era, en general, toda la gente que allí habitaba gente descentrada, que vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil de piel; otros no lo tenían; algunos peones de carpintero, de albañil, a consecuencia de su falta de iniciativa, de comprensión y de habilidad, no podían pasar de peones. Había también gitanos, esquiladores de mulas y de perros, y no faltaban cargadores, barberos ambulantes y saltimbanquis. Casi todos ellos, si se terciaba, robaban lo que podían; todos presentaban el mismo aspecto de miseria y de consunción. Todos sentían una rabia constante, que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias…

FOTO 002 Barbería de Pueblo. Cinc. Litografía de José Gutiérrez Solana

… Ciertas épocas del año daban un contingente de tipos especiales; la primavera se revelaba por la aparición de vendedores de burros, caldereros, gitanos y bohemios; en otoño se presentaban cuadrillas de paletos con quesos de la Mancha y pucheros de miel, y en el invierno abundaban los nueceros y castañeros.
De los vecinos constantes del primer patio, los que se trataban con el señor Ignacio, el zapatero, eran: un corrector de pruebas, a quien llamaban el Corretor, un tal Rebolledo, barbero e inventor, y cuatro ciegos, que se conocían por los remoquetes de el Calabazas, el Sopistas, el Brígido y el Cuco, los cuales vivían decentemente con sus mujeres respectivas y tocaban por las calles los últimos tangos, tientos y coplas de zarzuela.

En el Capítulo IV
La vida en la zapatería. Los amigos de Manuel
Por esta condición de habilidad y de maña, que Manuel en tanta estima tenía, admiraba a los Rebolledos, padre e hijo, los cuales habitaban también en el Corralón. Rebolledo padre, contrahecho de cuerpo, enano y jorobado, barbero de oficio, salía afeitar al sol en la ronda, cerca del Rastro. Tenía el tal enano una cara muy inteligente, ojos profundos; gastaba bigote y patillas, y melena azulada y grasienta. Vestía de luto; en verano y en invierno llevaba gabán, y no se sabe por qué misterios de la química, el gabán negro verdeaba ostensiblemente, mientras que el pantalón, también negro, tiraba a rojo.

FOTO 003 Barbería del siglo XIX. Dibujo de Urrabieta

Por las mañanas, Rebolledo salía del Corralón cargado con un banco y una palomilla de madera, de la que colgaba una bacía de azófar y un rótulo. Al llegar a un punto de la tapia de las Américas, sujetaba la palomilla y a su lado el rótulo, “un anuncio humorístico”, cuya gracia, probablemente, sólo él comprendía, y que cantaba así:

BARBERÍA MODERNISTA
Barbería Antisética.
Pasar cabayeros, Reboyedo afeita y da dinero

Los Rebolledos, padre e hijo, eran muy habilidosos; hacían juguetes de alambre y de cartón, que vendían luego a los vendedores de las calles; tenían su casa, un cuartucho del primer patio, convertido en taller, y allí un tornillo de presión, un banco de carpintero y una serie de baratijas rotas, sin aplicación, al parecer, posible.

Con esta frase indicaban en el Corralón el agudo ingenio de Rebolledo:
“Ese enano, decían, tiene en la cabeza un arca de Noé”.

Rebolledo padre había construido para su uso particular una dentadura postiza. Cogió un servilletero de hueso, lo cortó en dos partes desiguales, y con la mayor de éstas, limando por un lado y por otro, logró adaptársela a la boca. Luego, con una sierrecilla hizo los dientes, y para imitar la encía recubrió una parte del antiguo servilletero de lacre. Rebolledo se quitaba y se ponía la dentadura con una maravillosa facilidad y comía con ella perfectamente, siempre que tuviera qué, como decía él.

El hijo del enano, Perico de nombre, prometía ser más avispado aún que el padre. Entre las hambres que pasaba y las tercianas pertinaces, estaba flaco y de color de limón. No era contrahecho como el padre, sino esbelto, delgado, con los ojos brillantes y los movimientos vivos y desordenados. Parecía, como suele decirse, un ratón debajo de una escudilla…

En el IX Capítulo
Una historia inverosímil. Las hermanas de Manuel. Lo incomprensible de la vida.
Manuel abandona a Vidal y al Bizco en sus escaramuzas y se juntaba con Rebolledo (el barbero).
… Don Alonso tomó la costumbre de aparecer por el Corralón; solía echar un párrafo con Rebolledo, el de la barbería modernista, que hablaba por los codos, y presenciaba las habilidades gimnásticas del Aristas.
… ¿Por qué no nos cuenta usted cosas de esos países que ha visto? -le preguntó Perico Rebolledo. No, ahora no; tengo que salir con la torre Infiel.

Ya no hay fieras en los países civilizados -dijo el barbero. Pues mire usted, sí, allá hay fieras y don Alonso hizo una mueca burlona y una señal de inteligencia a Rebolledo.
Aquí, don Alonso hizo la mueca del hombre que no puede contener la risa, y lanzó después al barbero una mirada acompañada de un guiño confidencial.
… Terrible situación dijo el barbero.
… ¿Y qué hizo usted entonces? Preguntó el barbero.

… Don Alonso, al concluir su narración, hizo una mueca más expresiva y con su torre Infiel se marchó a la calle. El Aristas, Rebolledo y Manuel celebraron las historias del titiritero, y el aprendiz de gimnasta se afianzó más en su idea de seguir trabajando en el trapecio y en el trampolín, para ver aquellas lejanas tierras de las cuales hablaba don Alonso.

Éxito del libro
No fue “La Busca” de las obras que prefería el autor, pese al éxito que tuvo. El mismo dice que no sabe la razón de éste. El caso es que jóvenes, como Picasso quedaron fascinados por ella y que el pintor famosísimo comenzó a ilustrarla, al publicarse los primeros capítulos en una revista juvenil.

Rompía “La Busca” la visión casticista y algo amanerada de un Madrid de sainete, juguete cómico o zarzuela. Daba otra directa del modo de vivir de gentes humildes que arrastraban su miseria, sin que la sociedad entonada se enterara. Dice Baroja que años después de publicarla, en 1918, no había merecido todavía los honores de la traducción, pero que, en cambio, había comprobado que la leían los vecinos del Rastro y las Américas.

Hoy en día, sigue leyéndose allí y ha sido al fin una de sus novelas más traducidas: al inglés, al francés, al ruso, al alemán, al italiano, al holandés… Su suerte va unida a la de la “Mala Hierba” y “Autora Roja”, que constituyen las otras dos partes, muy trabadas, de la “Lucha por la vida”.

FOTO 004 Aguafuerte de Ricardo Baroja. Ilustra la portada del libro

Bibliografía
Libro “La busca”. La lucha por la vida I. Pío Baroja. Edición 1904. Edición Conmemorativa del Centenario del nacimiento de Pío Baroja, 1972. Editorial Caro Raggio. Madrid

Manuel Solórzano Sánchez
Enfermero. Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. Osakidetza /SVS
Colegiado 1.372. Ilustre Colegio de Enfermería de Gipuzkoa
Miembro de Enfermería Avanza
Miembro de Eusko Ikaskuntza / Sociedad de Estudios Vascos
Miembro de la Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro de la Red Cubana de Historia de la Enfermería
Miembro Consultivo de la Asociación Histórico Filosófica del Cuidado y la Enfermería en México AHFICEN, A.C.
Miembro no numerario de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País. (RSBAP)