domingo, 19 de febrero de 2012

DEL ARTE DEL CURAR EN LOS TIEMPOS DE DON QUIJOTE












Vamos a departir sobre el final del Renacimiento y la entrada en el Barroco donde aparece nuestro imaginario hombre Don Quijote de la Mancha. La destilación del texto del Quijote para la obtención de información sobre remedios y prácticas terapéuticas ofrece resultados interesantes, revelando una medicina predominantemente popular y casera: una medicina económica en la que poco papel juegan los médicos y boticarios. Un aspecto sin duda, condicionado por los escenarios de la novela y por la propia trama argumental, donde se reparten muchos golpes y heridas, y donde se aplican ungüentos y bálsamos sin pasar por el médico ni por la botica.

El Quijote ofrece una visión muy parcial e incompleta de la medicina de la época, contrastando con el corpus medicinal de nuestra época.
FOTO 001 El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y la portada del libro

Pero la lectura del Quijote ofrece mucho más. No fue porque sí que el gran médico inglés Thomas Sydenham (1624 – 1689), el “Hipócrates inglés”, recomendaba a Richard Blackmore la lectura del Quijote para aprender medicina. No era para aprender sobre las hilas, melecinas, bizmas, ungüentos, etc., que se aplican los personajes del Quijote, sino por los consejos y observaciones sobre la salud y la enfermedad que encierra, basados en el sentido común y en la experiencia directa y práctica (en lo que hoy se conoce como medicina y enfermería de la evidencia); en contraposición a las grandes elucubraciones teóricas y doctrinales de aquel entonces.

Del arte del curar en los tiempos de Don Quijote es una clara propuesta de aproximación a los aspectos sociales, médicos, higiénicos, dietéticos y sanitarios de comienzos del siglo XVII, llevada de la mano de Don Quijote y con la mirada puesta en él; es decir para todos los que estén interesados en su lectura. No es un tratado de Historia de la Medicina, de la Ciencia o de la Literatura.

La obra es un recorrido que empieza por el contexto social y político de la época, que prosigue por las bases doctrinales de la medicina y de la enfermería, que se detiene en las necesidades básicas humanas (Virginia Henderson **), que permite observar a los profesionales de la sanidad, que aproxima a la terapéutica del momento y que presenta la melancolía como temperamento para comprender a un Quijote que, finalmente, es sentado en el diván de la psiquiatría moderna.
FOTO 002 Thomas Sydenham y Richard Blackmore

Los elementos más importantes de la Teoría de Virginia Henderson son:
La enfermera asiste a los pacientes en las actividades esenciales para mantener la salud, recuperarse de la enfermedad, o alcanzar la muerte en paz.

Introduce y/o desarrolla el criterio de independencia del paciente en la valoración de la salud. Identifica 14 necesidades humanas básicas que componen “los cuidados enfermeros”, esferas en las que se desarrollan los cuidados.

Se observa una similitud entre las necesidades y la escala de necesidades de Maslow, las 7 necesidades primeras están relacionadas con la Fisiología, de la 8ª a la 9ª relacionadas con la seguridad, la 10ª relacionada con la propia estima, la 11ª relacionada con la pertenencia y desde la 12ª a la 14ª relacionadas con la auto-actualización.

Las necesidades humanas básicas según Henderson, son:
01º .- Respirar con normalidad
02º .- Comer y beber adecuadamente
03º .- Eliminar los desechos del organismo
04º .- Movimiento y mantenimiento de una postura adecuada
05º .- Descansar y dormir
06º .- Seleccionar vestimenta adecuada
07º .- Mantener la temperatura corporal
08º .- Mantener la higiene corporal
09º .- Evitar los peligros del entorno
10º .- Comunicarse con otros , expresar emociones , necesidades , miedos u opiniones
11º .- Ejercer culto a Dios, acorde con la religión
12º .- Trabajar de forma que permita sentirse realizado
13º .- Participar en todas las formas de recreación y ocio
14º .- Estudiar , descubrir o satisfacer la curiosidad que conduce a un desarrollo normal de la salud
FOTO 003 Virginia Henderson y enfermeras relevantes

Un poco de Historia
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. En el cristianismo occidental esta simple definición de la naturaleza humana se convirtió en la medida de todas las cosas. En el siglo XII, Otón de Freising y Hugo de San Víctor describieron a la Iglesia como sociedad perfecta, un cuerpo cuya cabeza era Cristo, vivificada por un solo espíritu y unida por la fe: “Eclesia sancta corpus est Christi, uno spiritu vivificata, et unita FIDE una, et sanctificata”.

El cuerpo, medida de todas las cosas
Sobre este principio se construyó la teocracia pontificia, donde el Papa, como vicario de Cristo, encarnaba la cabeza que regulaba y coordinaba los órganos de la Iglesia constituidos por los fieles. La imagen de la Iglesia como cuerpo místico significa que como cuerpo universal nunca muere, y es eterna, pues su cabeza “Cristo” también lo es y su vicario mantiene la continuidad visible de la misma. Esta representación de la Iglesia como sociedad perfecta se trasladó a la sociedad política: el Corpus Mysticum tenía su correspondencia en el Corpus Politicum.

Alfonso X el Sabio, en las Siete partidas, escribía…
el rey es cabeza del reino, pues así como de la cabeza nacen los sentidos por los que se mandan todos los miembros del cuerpo, bien así por el mandamiento que nace del rey, y que es señor cabeza de todos los del reino, se deben mandar y guiar y haber un acuerdo con él para obedecerle, y amparar y guardar y enderezar el reino de donde él es el alma y cabeza y ellos los miembros” (partida 2ª, ley 5ª).

Los juristas y teólogos medievales consideraban que la concentración de poder era algo tan monstruoso como un organismo reducido a la sola cabeza.
FOTO 004 Portada de los Emblemata centum regio politica (Madrid, D. García Morras, 1653) de Juan de Solórzano (1575-1655) y Grabado de Roberto Cordier

La ruptura de la imagen del cuerpo
En 1553 Miguel Server expuso su teoría de la circulación de la sangre. Pretendía cuestionar profundamente la concepción del cuerpo y, con ella, el orden político y social imperante. Esto produjo una rara unanimidad en plena contienda religiosa. Perseguido por las autoridades católicas, fue condenado a muerte y ejecutado en la calvinista Ginebra.

Asimismo en 1628 William Harvey expuso su teoría con una finalidad parecida; con ella se justificaron las reformas absolutistas que los Estuardo introdujeron en Inglaterra. Su investigación confirmaba que la naturaleza humana estaba regida desde un solo órgano, el corazón, el rey del cuerpo: “ cual príncipe en sus dominios en cuyas manos descansa la más alta y principal autoridad, gobierna sobre todo”. Así, debía de revisarse la legitimidad del poder conferido al parlamento y socavaba los fundamentos del constitucionalismo británico.
FOTO 005 Oficio de rey, oficio de cabeza. Emblema de Juan de Solórzano (Emblemas regio políticos, Madrid 1653). El rey es como la cabeza del cuerpo: coordina la acción de los miembros, posee el entendimiento y es el miembro más eminente de la república; pero no es la república.

DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Don Quijote recordaba a Sancho Panza el aforismo latino: “Cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi parte, pues eres mi criado; y, por esta razón, el mal que a mi me toca, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo” (Cap. 2, II).

Amo y escudero formaban una sociedad en este breve pasaje, y nos topamos con un indisimulado sarcasmo respecto a las doctrinas corporativas de la sociedad, y se traía a colación la inveterada costumbre de legitimar todo orden por su semejanza con la naturaleza.

Jerónimo de Merota nos decía que cada órgano, como en el cuerpo humano, tenía su propia función officium. Además cada uno era un microcosmos en sí mismo, cada gremio, orden religiosa, cofradía, diócesis, ciudad, reino, universidad, etc. El regimiento de la ciudad debía de seguir la máxima de Platón “civitas bene Instituta similis est fabrica corporis humani: la ciudad bien puesta e instituida es semejante a la fábrica del cuerpo humano” (prólogo a República universal 1587).

El gremio, con su división tripartita en maestros, oficiales y aprendices, con la reglamentación estricta de los deberes y obligaciones de cada uno, con sus leyes y magistrados, constituía una sociedad en pequeño, autónoma por dentro del conjunto (por constituir un oficio) y a la vez complementaria con el resto de la sociedad, con los otros oficios, con el municipio, etc. Del mismo modo, la universidad era calificada como “academica republica” o “republica acholar” constituyendo también otro microcosmos particular.

Locura que parece cordura
Nada más comenzar la segunda parte del Quijote, Cervantes nos presenta al hidalgo aparentemente restablecido, gracias a que el ama y la criada lo regalaron con cosas apropiadas para su cuerpo y “celebro”. Cabe pensar que alimentó su mente con literatura política “y habló don Quijote con tanta discreción en todas las materias que se tocaron que los dos examinadores creyeron indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio”.

La metáfora del cuerpo seguía siendo la referencia para todo orden y gobierno, y así lo expresa don Quijote en los consejos dados a Sancho cuando fue nombrado gobernador de Barataria. En las palabras del hidalgo hace una emulación del rey de la creación, que como tal ha de castigar y perdonar “…porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia” (Cap. 42, II). Aquí el autor se esfuerza por subrayar la cordura del discurso y el asombro que producen en sus interlocutores estos destellos de sensatez: “¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada?” (Cap. 43, II).

La doctrina de los cuatro humores
Todo lo que existía en el mundo sublunar procedía de la combinación de los cuatro elementos descritos por primera vez por el griego Empédocles de Agrigento (484 a.C. -424 a.C.): aire, agua, fuego y tierra. La teoría humoral estipulaba que el cuerpo humano era el resultado de la combinación de los cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, humores que llegaban a determinar los temperamentos de las personas y, que a su vez, se relacionaban con las estaciones del año y con los planetas. De las combinaciones de los cuatro humores resultaban los temperamentos de las personas: sanguíneo, flemático, colérico o melancólico.

Los cuatro humores se combinaban con las cuatro cualidades sensibles. De forma que la sangre era caliente y húmeda, temperamento sanguíneo y su estación era la primavera; la flema era fría y húmeda, su temperamento flemático y su estación el otoño; la bilis amarilla era caliente y seca, su temperamento colérico y su estación verano; y la bilis negra era fría y seca, su temperamento melancólico y su estación invierno.

Hipócrates de Cos decía sobre la teoría humoral, que el origen de la enfermedad reside en un desequilibrio, una falta de armonía, entre el cuerpo humano o microcosmos con el resto del universo o macrocosmos.

Thomas Sydenham (1624 – 1689) famoso médico conocido con el apodo del “Hipócrates inglés” y gran amigo de Robert Boyle, dijo que “el Quijote era el mejor tratado donde aprender medicina”. La teoría de los cuatro humores hipocrático-galénica era la que prevalecía cuando Cervantes escribió el Quijote. De ahí que el cirujano, médico e historiador Antonio Hernández Morejón (1773 – 1863), en su libro Bellezas de medicina práctica descubiertas en el Ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1836), dijera del personaje de don Quijote que reconocía en él ambos temperamentos: el bilioso (colérico), pero también el melancólico.
FOTO 006 Láminas del libro de Don Quijote de Tomás Gorchs, año 1859

del comer
El mal comer de Sancho Panza
Diríase que no escapa el rollizo Sancho de lo que actualmente se entendería como “trastorno por atracón”; es decir, la presencia de atracones de comida recurrentes en ausencia de conducta compensatoria inapropiada, más propia de la bulimia nerviosa:

“Verdad es que, cuando él tiene hambre, parece algo tragón, porque come aprisa y masca a dos carrillos” (Capítulo 62, II)

Después, Sancho no parece en absoluto arrepentido de su trasgresión dietética, sino más bien ampliamente satisfecho de su conducta. Sin adivinarse propósito de enmienda que le prive de caer en nuevo pecado tan pronto se presente una nueva ocasión.

En la carta a don Quijote, Sancho escribe:
“Llámase el doctor Pedro Recio y es natural de Tirteafuera… Este tal doctor dice él mismo de sí mismo que él no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las previene, para que no vengan y las medicinas que usa son la dieta y más dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos”. (Capítulo 51, II)

Sancho ironiza llamando “mal Agüero” al médico que le impide comer, en su época de gobernador de la ínsula Barataria, con la intención de adelgazarlo contra su voluntad, ya que “considera mayor mal la flaqueza que la calentura, teniendo la seguridad que así va a conseguir matarle de hambre sino muere antes de despecho”. Gran visión científica del galeno al intuir tan claramente que la obesidad de Sancho había de constituir la puerta de entrada de innumerables y grandes males, ya que a pesar de la resistencia del obeso y pletórico gobernador decide, por su bien, recortarle la ingesta con la sana intención de preservar su salud y evitar venideros males mayores de infaustas consecuencias.

“Sé templado en el beber, considerando que el vino en demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra”. (Capítulo 43, II)

“Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago”. (Capítulo 43, II)

Sancho que es muy terco pasa de la prescripción del médico y decide abandonar el cargo de gobernador de la ínsula diciendo: “… más quiero hartarme de gazpachos (gazpacho manchego) que estar sujeto a la misería de un médico impertinente que me mate de hambre”. (Capítulo 53, II)
FOTO 007 Láminas del libro de Don Quijote de Tomás Gorchs, año 1859

Alimentos como medicina
En la segunda parte del Quijote, cuando el Caballero de la Triste Figura vuelve a casa acompañado por el barbero y el cura se le prescribe para su recuperación, “darle de comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el celebro, de donde procedía, según buen discurso su mala ventura” (Capítulo 1, II). Entre los alimentos confortativos destacan los huevos. El Ama relata: “Para haberle de volver algún tanto en sí gasté más de seiscientos huevos” (Capítulo 7, II). Los huevos de gallina gozaban de un gran prestigio entre la clase médica ya que “eran de fácil digestión y excelente materia prima para la formación de sangre…”. Sacando un promedio de la terapia dietética que el Ama dice haberle aplicado al “seco y amojamado don Quijote que no parecía sino hecho de carne de momia… flaco, amarillo y muerto de hambre…” (Capítulo 1,II), la dosis ingerida por el desnutrido caballero rondaba los 20 huevos diarios, ya que los 600 mencionados se le administraron a lo largo de un mes.

de la higiene
Durante toda la novela, don Quijote se baña solamente en dos ocasiones, una voluntariamente: “Antes de todo, con cinco calderos o seis de agua se lavó la cabeza y rostro, y todavía se quedó el agua de color de suero”. (Capítulo 18,II).
La segunda ocasión es involuntaria, cuando cruzando el río Ebro en barca caen al río. En otras ocasiones se mencionan actos de higiene menor: “Enjuagase la boca, lavóse Don Quijote el rostro”. (Capítulo 59,II).

Sancho panza se considera “… que tengo más de limpio que de goloso”. (Capítulo 62,II). Pero sólo se tiene constancia de un baño suyo, y es el correspondiente a la caída en el río Ebro.

El Quijote le dice a Sancho: “… será menester que te rapes las barbas a menudo, que, según las tienes espesas, aborrascadas y mal puestas, si no te las rapas a navaja cada dos días por lo menos, a tiro de escopeta se echará de ver lo que eres” (Capítulo 21).

“Lo primero que te encargo es que seas limpio y que te cortes las uñas sin dejarlas crecer como algunos hacen” (Capítulo 43,II).

La mayoría de los personajes muestran poco cuidado en la higiene, si bien de Dorotea dice: “… se lavaba los pies en el arroyo que por allí corría y al acabar de lavar los hermosos pies, con un paño de tocar que sacó debajo de la montera, se los limpió” (Capítulo 28).

Ejemplo de la falta de higiene en esta época es la profusión de piojos, en el Quijote aparecen citados. Existía la creencia que aseguraba que los piojos, las pulgas y los chinches que sufrían la tripulación morían cuando su barco pasaba el meridiano de las Azores. Se trata de una idea recogida en el Teatro del Orbe de Ortelius, y que don Quijote menciona a Sancho en la aventura del barco encantado: “Sabrás, Sancho, que los españoles, y los que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias Orientales, una de las señales que tienen para entender que han pasado la línea equinoccial que te he dicho es que a todos los que van en el navío se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le hallarán, si le pesan a oro” (Capítulo 29,II).

del sueño
En Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes presenta a don Quijote como un curioso personaje del siglo XVII que sufre de delirios y alucinaciones y piensa que es un caballero errante medieval. Además de ese estado neuropsiquiátrico, Cervantes aporta magistrales descripciones de diversos trastornos del sueño, tales como el insomnio, la privación del sueño, el ronquido crónico disruptivo o el trastorno conductual del sueño REM. Describe casos vividos con manifestaciones fisiológicas, así como de la habitual somnolencia posprandial: la siesta. El concepto cervantino del sueño, como estado pasivo del que se halla ausente casi toda actividad cerebral.

“En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio” (Capítulo 1).

“Toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse él a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos con las memorias de sus señoras” (Capítulo 48,II).

“Seis días estuvo sin salir en público, en una noche de los cuales, estando despierto y desvelado, pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sintió que con una llave abrían la puerta de su aposento” (Capítulo 48,II).

En el último capítulo del libro, cuando don Quijote se está muriendo en la cama a causa de la fiebre dice así: “Rogó don Quijote que le dejasen solo, porque quería dormir un poco. Hiciéronlo así y durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas; tanto, que pensaron el Ama y la Sobrina que se había de quedar en el sueño. Despertó al cabo del tiempo dicho, y dando una gran voz dijo: Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías” (Capítulo 74,II).

Sobre el hábito de dormir largamente la siesta nos decía Sancho Panza: “La Duquesa pidió a Sancho que, si no tenía mucha gana de dormir, viniese á pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala. Sancho respondió que aunque era verdad que tenía por costumbre dormir cuatro ó cinco horas las siestas del verano, que, por servir á su bondad, él procuraría con todas sus fuerzas no dormir aquel día ninguna, y vendría obediente a su mandato, y fuése…” (Capítulo 32,II).

De los médicos
La formación universitaria del médico físico es básicamente teórica, se alcanza con dos o tres años de lecciones del Canon de Avicena y el Arte de Hipócrates y Galeno. Después de los tres años hay un examen sobre las materias ante un tribunal y pronunciando una lección magistral escogida del Canon o del Arte en una ceremonia ante las autoridades académicas. A mediados de siglo, alguna universidades introducen las cátedras de cirugía y en éstas se explica la anatomía a través de la disección de cadáveres, que producirá el rechazo de teólogos y eclesiásticos. Las disecciones no las efectúa el catedrático, sino un cirujano-barbero siguiendo sus indicaciones.

El médico forma parte de un colectivo que despierta cierta desconfianza, tal como recogen los refranes de la época:

“Los yerros del médico la tierra los cubre”.

“Buena orina y buen color, y tres higas al doctor”. Góngora

“Médicos vi en el lugar
Que sus desdichas rematan,
Y el hambre no la matan
Por no haber ya que matar”. Quevedo

“Al mal de quien la causa no sabe, milagro es acertar la medicina”. (Capítulo 23)

“…Señor Roque, el principio de la salud está en conocer la enfermedad, y en querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena; vuesa merced está enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor decir, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco y no de repente y por milagro”. (Capítulo 60,II).
FOTO 008 Pintura de Antonio Guijarro Morales (2006). Blog Fali Arahal

De los boticarios
Sancho se muestra muy crítico al manifestar que hay en el mundo “físicos que, con matar al enfermo que curan, quieren ser pagados de su trabajo…”. Este trabajo, prosigue, “no es otro sino firmar una cedulilla de algunas medicinas, que no las hace él, sino el boticario”. (Capítulo 71,II)

La “cedulilla de algunas medicinas” es la receta, que el boticario confecciona y dispensa. Habitualmente, prepara de antemano los remedios habituales en cierta cantidad y los tiene a disposición, cosa que le obliga a mantener espaciosas boticas repletas de estanterías, con tarros, botellas, frascos, etc., así como instrumentos como los morteros o balanzas.

Los medicamentos que más comúnmente prepara y tiene en su botica son conservas, zumos, jarabes simples y compuestos, solutivos, eclecmas o lamedores, polvos aromáticos, electuarios, sólidos y líquidos, opiatas, electuarios blandos, alterativos y solutivos, hieras, píldoras y trociscos. Para uso externo, aceites simples y compuestos, ungüentos, calientes y fríos de por sí, cerotos y emplastos. Además incorporan drogas hasta entonces nunca utilizadas: por un lado, los productos químicos, introducidos en la terapéutica por Paracelso (1493 – 1541), y por otro lado las drogas, sobre todo vegetales, procedentes del Nuevo Mundo como la zarzaparrilla, quina, coca, guayaco, etc.

De los barberos y cirujanos
Es una época de muy escasa medicalización y de habitual automedicación, especialmente en las poblaciones menores; por donde muy raramente pasa un médico y donde es una suerte disponer de un boticario, que malvive y sueña con trasladarse a la ciudad, y de un barbero, que además de ocuparse de pelos y barbas, practica la cirugía externa.

“Es, pues, el caso que el yelmo y el caballo y caballero que don Quijote veía era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño, que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto a él, sí; y, así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero y traía una bacía de azófar”. (Capítulo 21)

Los barberos entran en competencia con los cirujanos: no sólo cortan el pelo, también venden ungüentos, sacan dientes, aplican ventosas, ponen enemas y hacen flebotomías. Y, en general, realizan prácticas médicas y quirúrgicas relacionadas con los cortes y las amputaciones. El origen de esta doble actividad, al parecer, proviene de las visitas a los monasterios, donde los monjes, además de arreglarse las barbas, debían de sangrarse por ley eclesiástica.

Siendo el padre del autor, Rodrigo de Cervantes, barbero de profesión, el personaje del barbero es bastante respetado a lo largo de toda la obra. Uno de los artículos que caracteriza al gremio “la bacía o vasija que usan los barberos para remojar la barba” aparecerá confundida con el legendario Yelmo de Mambrino por don Quijote.

Los cirujanos constituyen gremios, y su formación es muy diferente de la de los médicos. No asisten a la Universidad, y para ejercer sólo deben examinarse de la Gramática de Lebrija, la Práctica de Cirugía de Juan Vigo y De las cuatro enfermedades cortesanas… de Luis Lobera de Ávila. (Las quatro enfermedades cortesanas son: catarro, gota arthetica sciatica, mal de piedra y d[e] riñones & hijada, e mal de buas y otras cosas vtilissimas).

A diferencia de los barberos, que sólo practican la cirugía menor, los cirujanos operan hernias, cálculos vesicales, cataratas, etc. Habitualmente, salvo los establecidos en las grandes ciudades, viajan de un lugar a otro; mientras que los barberos suelen tener tienda en el pueblo.
FOTO 009 Don Quijote de La Mancha

Tanto barberos como cirujanos pertenecen a escalas profesionales y sociales inferiores a los médicos, que estudian en la universidad. Para Miguel de Cervantes, nacido en Alcalá de Henares, ciudad de tradición universitaria, e hijo de barbero, sería seguramente una diferencia importante. La relación de Cervantes con la profesión queda patente por la amistad de su padre con el doctor Francisco Díaz, catedrático de la Universidad de Alcalá de Henares y autor del Tratado de las enfermedades de la orina y carnosidades de la verga…, en el que precisamente figura un soneto laudatorio del propio Miguel de Cervantes:

“Tú que con nuevo y singular decoro
Tantos remedios para un mal ordenas,
Bien puedes esperar destas arenas
Del sacro Tajo las que son de oro.

Y el lauro que se debe al que un tesoro
Halla de ciencia con tan ricas venas
De raro advenimiento y salud llenas,
Contento y risa del enfermo lloro.

Que por tu industria una desecha piedra,
Mil mármoles, mil bronces a tu fama,
Dará, sin imbidiosas competencias.

Daráte el cielo palma, el suelo yedra,
Pues que el uno y el otro ya te llaman
Espíritu de Apolo en ambas ciencias”.

“… hilas y ungüentos para curarse”
Como el propio don Quijote asegura, los caballeros andantes del pasado llevaban consigo “una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recibían, porue no todas veces en los campos y desiertos, donde se combatían y salían heridos, había quien los curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota de ella, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido; mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mismos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes…”. (Capítulo 3)

Puede decirse que en las alforjas llevaban el botiquín. Así Sancho, viendo que a don Quijote le sangra la oreja, herida por la espada del Vizcaíno, le ofrece remedios que trae en sus alforjas:
“Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha sangre de esa oreja; que aquí traigo hilas y un poco de ungüento blanco en las alforjas”. (Capítulo 10)

Los ungüentos, cuyo nombre proviene de “ungir” las partes enfermas, se componen utilizando una descripción de la época, de las partes de las plantas, animales, minerales y tierras, sirviendo el aceite de materia y la cera de forma.

El ungüento blanco uno de los clásicos de la farmacopea, era el ungüento de Razés, preconizado por este autor contra la quemadura. El “basis” era la cerusa o albayalde.

Las hilas eran hebras de tela que habían sido previamente embebidas en líquidos cicatrizantes y que se aplicaban sobre las heridas.

Cuando Sancho le ofrece “hilas y ungüento blanco” para al herida de la oreja, don Quijote advierte:
“Todo eso fuera bien escusado –respondió Don Quijote- si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás; que con sola una gota se ahorraran tiempo y medicinas.
¿Qué redoma y qué bálsamo es ese?, dijo Sancho Panza.
Es un bálsamo, respondió don Quijote, de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte ni hay que pensar morir de ferida alguna”. (Capítulo 10)

El bálsamo de Fierabrás, del “feo Blas” según Sancho, no pertenece a la farmacopea oficial, pero tampoco es un aficción de Cervantes. Es un bálsamo legendario que aparece en la “Historia Caballeresca de Carlomagno”, y se considera que con él se cubrió el cuerpo de Jesús al descender de la cruz.
FOTO 010 Bálsamo de Fierabrás

Don Quijote recuerda la receta, que, en otra andanza, él mismo prepara y toma con aceite, vino, sal y romero que el ventero le suministra:
“En resolución, él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto, mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echarlo y, como no la vio en la venta, se resolvió de ponerlo en una alcuza o aceitera de hoja de lata, de quien el ventero le hizo grata donación. Y luego dijo sobre la alcuza más de ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves, credos, y a cada palabra acompañaba una cruz a modo de bendición”. (capítulo 17)

Lista la composición, don Quijote bebe casi todo lo que no alcanza a pasar por la olla a la aceitera. Le sobrecoge enseguida un vómito intenso y abundante, seguido de gran sudor y decaimiento; de forma que se queda dormido. Al despertar, más de tres horas después, ha descansado tanto que se cree curado “por la virtud del bálsamo”.

El también dolorido Sancho, ante el exitoso resultado, bebe también de los restos de la olla, pero el resultado no es nada bueno:
“… el caso que el estómago del pobre Sancho no debía de ser tan delicado como el de su amo, y así, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desmayos, que él pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora; y, viéndose tan afligido y congojado, maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado”. (Capítulo 17)
FOTO 011 Hoja del libro “Del arte de curar en los tiempos de don Quijote”

La explicación de don Quijote es muy sencilla:
“Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero; porque tengo para mí que este licor no debe de provechar a los que no lo son”. (Capítulo 17)

Para terminar decir que el vino es utilizado también por vía externa como antiséptico y astringente, ideal para lavar heridas:
“Leonela tomó, como se ha dicho, la sangre de su señora, que no era más de aquello que bastó para acreditar su embuste, y lavando con un poco de vino la herida, se la ató lo mejor que supo (…)”. (Capítulo 34)

BIBLIOGRAFÍA
El Quijote
. Diferentes Ediciones
Del arte de curar en los tiempos de don Quijote. Ediciones ACV. Diciembre de 2005

AGRADECIMIENTOS, AUTORES Y ASESORES
Ana Aliaga Pérez
. Doctora en Farmacia por la U. de Navarra
María Estrada i Campmany. Licenciada en Farmacia por la U. de Barcelona
Alex Iranzo de Riquer. Doctor en Medicina por la U. de Barcelona
Núria Pérez Pérez. Licenciada en Biología y Filosofía por la U. de Barcelona
Manuel Rivero Rodríguez. Profesor titular de Historia Moderna. U. A. de Madrid
Joan Santamaría Cano. Doctor en Medicina por la U. de Barcelona
Guillermo Serés Guillén. Catedrático de Literatura Española. U. A. Barcelona
Jaume Serra Farró. Licenciado en Medicina. U. Barcelona
Xavier Sorní Esteva. Doctor en farmacia. Académico numerario de la R.A.F. Cataluña
Koldo Santisteban Cimarro. Por su colección de libros antiguos
Antonio Guijarro Morales. Por sus pinturas
FOTO 012 Del arte de curar en los tiempos de don Quijote

COMPAÑEROS DE TRABAJO
Raúl Expósito González
Enfermero. Servicio de Anestesia y Reanimación. Hospital “Santa Bárbara” de Puertollano. Ciudad Real. Experto en Barberos, Ministrantes y Sangradores
raexgon@hotmail.com

Jesús Rubio Pilarte
Enfermero y sociólogo. Profesor de la E. U. de Enfermería de Donostia. EHU/UPV
Miembro no numerario de La RSBAP
jrubiop20@enfermundi.com

Manuel Solórzano Sánchez
Enfermero Servicio de Oftalmología
Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. Osakidetza /SVS
Vocal del País Vasco de la SEEOF. Insignia de Oro de la SEEOF
Miembro de Eusko Ikaskuntza
Miembro de la Sociedad Vasca de Cuidados Paliativos
Miembro Comité de Redacción de la Revista Ética de los Cuidados
M. Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro no numerario de La RSBAP
masolorzano@telefonica.net

1 comentario:

Anónimo dijo...

grax :) me sirvio de mucho0 no0 saben cuanto0 muchas muchas graxz ♥ ♥♥