domingo, 22 de enero de 2012

LA BACÍA














Según el diccionario de María Moliner, Bacía (del latín <>, taza), presenta varios significados.
1.- Vasija o recipiente
2.- Recipiente de madera de forma rectangular, más ancho por el borde que por el fondo, usado para dar de comer a los cerdos y otros animales. Igual o parecido a la artesa.
3.- Recipiente que usaban los barberos para colocarlo debajo de la barbilla de la persona a la que estaban afeitando. Igual a Bacín, bacina, bacineta, bacinica, bacinilla. Gargantil.
4.- (ant.) Taza.
En euskera se denomina Bizarrontzi.
FOTO 001 Del Museo Etnográfico Gonzalez Santana Olivenza de Badajoz (pieza del mes de agosto de 2011). La bacía presenta en la parte opuesta a la escotadura dos orificios para poder colgarse

Según el Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. © 2007 Larousse Editorial, S.L. dice así: Bacía. Vasija que usan los barberos para remojar la barba.

Bacía s. f. Recipiente metálico circular, de borde muy ancho y con una escotadura semicircular, usado por los barberos para remojar las barbas.

Diccionario Enciclopédico Vox 1. © 2009 Larousse Editorial, S.L.
Bacía f. Vasija (receptáculo).
Especie de jofaina usada por los barberos para remojar la barba.

BACÍA
Se llamaba bacía a la vasija cóncava y grande, de metal o de barro, ancha, redonda u ovalada y, por lo general, con una escotadura semicircular en el borde (para encajarse en el cuello del cliente). El uso más común lo tenía en las barberías, como recipiente de la espuma para humedecer y jabonar la barba y para sangrías. (Del latín medieval bacia).

El Diccionario de la Lengua Española anota que, antiguamente, también se llamaba así a la taza de una fuente.

Quién hizo a la bacía inmortal y mundialmente reconocida
La bacía en El Quijote

El casco que escoge Alonso Quijano para llevar en sus andanzas es una gran bacía de barbero. Así lo narra Cervantes en el Capítulo XXI (Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero).
FOTO 002 Plaza de Cervantes en San Sebastián

Es, pues, el caso que el yelmo y el caballo y caballero que don Quijote veía era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño, que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto a él, sí; y, así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte que al tiempo que venía comenzó a llover, y porque no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza, y, como estaba limpia, desde media legua relumbraba.

Don Quijote de la Mancha es una novela escrita por el español universal Miguel de Cervantes y Saavedra. Publicada su primera parte con el título de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” a comienzos de 1605, es una de las obras más destacadas de la literatura española y la literatura universal, y una de las más traducidas. En 1615 aparecería la segunda parte del Quijote de Cervantes con el título de “El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”. Don Quijote fue la primera obra genuinamente desmitificadora de la tradición caballeresca y cortés, por el tratamiento burlesco que da a la misma. Representa la primera obra literaria que se puede clasificar como novela moderna y también la primera novela polifónica, y como tal, ejerció un influjo abrumador en toda la narrativa europea posterior.

Bacía de Don Quijote de la Mancha. Don quijote le quita la bacía a un barbero al confundirla con un yelmo. Es el elemento típico de la armadura de Don Quijote.

Una Bacía, medio llena o medio vacía…
En el capítulo XXI de la primera parte Don Quijote y Sancho se encuentran con un personaje que lleva algo brillante en la cabeza:
De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aun él apenas le hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:
Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: «Donde una puerta se cierra, otra se abre». (…) Digo esto porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice el juramento que sabes. (…)

Es, pues, el caso que el yelmo y el caballo y caballero que don Quijote veía era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño, que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto a él, sí; y, así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el barbero y traía una bacía de azófar (es decir, de latón); y quiso la suerte que al tiempo que venía comenzó a llover, y porque no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza, y, como estaba limpia, desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo, y esta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio rodado y caballero y yelmo de oro, que todas las cosas que veía con mucha facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y malandantes pensamientos.

Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin ponerse con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con el lanzón bajo, llevando intención de pasarle de parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin detener la furia de su carrera le dijo:
¡Defiéndete, cautiva criatura, o entrégame de tu voluntad lo que con tanta razón se me debe!

El barbero, que tan sin pensarlo ni temerlo vio venir aquella fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio para poder guardarse del golpe de la lanza sino fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo y comenzó a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento. Dejóse la bacía en el suelo, con la cual se contentó don Quijote, y dijo que el pagano había andado discreto (…). Mandó a Sancho que alzase el yelmo, el cual, tomándolo en las manos, dijo:
Por Dios que la bacía es buena y que vale un real de a ocho como un maravedí.
FOTO 003 Sangrador realizando una sangría. Clínica del Siglo XV

Y, dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola a una parte y a otra, buscándole el encaje, y, como no se le hallaba, dijo:
Sin duda que el pagano a cuya medida se forjó primero esta famosa celada debía de tener grandísima cabeza; y lo peor de ello es que le falta la mitad.

Cuando Sancho oyó llamar a la bacía «celada», no pudo tener la risa, mas vínosele a las mientes la cólera de su amo y calló en la mitad de ella.

La bacía era una palangana que usaban los barberos, con forma semiesférica, con un reborde en el que se abría una muesca semicircular para que entrase en ella el cuello de quien se remojaba la barba en el agua jabonosa del cuenco. Se empleaba, además, para recoger la sangre, cuando los barberos practicaban sangrías. Aunque ahora ya no nos es familiar la forma de la bacía, al presentarse don Quijote con aquel recipiente en la cabeza provocaba en quienes lo veían la misma impresión que si llevase un colador o un embudo, elementos que suelen portar los locos en los dibujos humorísticos. Además, según dice don Quijote, era de una medida para una cabeza mayor que la suya, es decir, la llevaba bailando, para mayor guasa.

En todo caso, la bacía viene a ser un símbolo del perspectivismo; las cosas parecen muy diferentes según quién las mire. Dejemos que sea el propio don Quijote quien lo explique: Mira, Sancho, (…) eso que a ti te parece bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino y a otro le parecerá otra cosa. (1ª parte, capítulo 25)

Esta teoría se demuestra en la “disputa del baciyelmo”. En el capítulo 44 y 45 de la primera parte). Los caminos de todos los personajes de la primera parte convergen en la venta – el equivalente de un bar de carretera actual – y discuten si la pieza de latón es bacía, yelmo, o baciyelmo.

El barbero expoliado reclama su bacía, pero se queda estupefacto cuando oye a los amigos de don Quijote (Fernando, Cardenio, el cura y el barbero de su pueblo) afirmar, con toda seriedad, que se trata de un auténtico yelmo. Una divertidísima escena que al final, se resuelve con una batalla campal como las de los saloones del oeste americano.
FOTO 004 Barbería. Fotografía del archivo del Ayuntamiento de Zaragoza.

Baciyelmo es un término acuñado por Sancho Panza para referirse a la bacía del Barbero luego de la refriega en la segunda venta en “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Con la creación de este término compuesto Sancho pretende zanjar la disputa entre un barbero, quien intenta demostrar que lo que lleva en la cabeza para protegerse de la lluvia no es más que una bacía, y su amo Don Quijote, que defiende que se trata del Yelmo de Mambrino. El resto de personajes presentes “el cura, el otro barbero, Dorotea...” se ponen en este caso de parte de don Quijote, para asombro del barbero, anticipando así la inversión de términos que Miguel de Cervantes desarrollará en la segunda parte de “El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”, en la que son los personajes «cuerdos» los que falsifican la realidad para reírse de don Quijote. En las interpretaciones simbólicas o filosóficas del Quijote, el baciyelmo es tomado como una posición neutral y fácil ante los conflictos de la vida. Es una falta de compromiso con lo que se cree y que, por temor a castigos, lleva a tomar una actitud intermedia entre las posturas enfrentadas.

Barbero
Barbero es la persona que tiene por oficio embellecer y rasurar la barba de los hombres y, por extensión, el peluquero especializado en el género masculino. Esta profesión es antiquísima. Los monumentos antiguos representan a los egipcios rasurados y con el pelo cortado, y en los papiros se mencionan a los barberos como individuos que vivían exclusivamente de tal oficio.

En la segunda mitad del siglo XIX, la barbería era uno de los puntos o lugares más importantes de cualquier zona rural o urbana en Extremadura, al igual que en el resto de España. El barbero, a causa del analfabetismo de la población, anunciaba su negocio colgando una bacía de hojalata o cobre sobre la puerta de entrada. Éste, además de barbero, era también sacamuelas, cirujano y sangrador, y a menudo se convertía en confidente y comunicador de buenas y malas noticias. Este personaje solía ser tan hablador que en nuestro lenguaje común ha permanecido la expresión “habla más que un sacamuelas”.

Los útiles del barbero eran pocos y sencillos. Entre ellos destaca la bacía, que podía ser de hojalata, cobre o cerámica. Se trata de una vasija semiesférica con base plana y ancho borde. Se usaba para remojar la barba de la persona que se va a afeitar. Presenta una escotadura semicircular que se ajusta al cuello para evitar que se moje. Como curiosidad, el sombrero que escoge Don Quijote para llevar en sus andanzas es una bacía de barbero

El yelmo que era bacía y la lengua que nos lo evidenció
Es muy conocida la historia del yelmo de Mambrino dentro de la novela de El Quijote gracias a la simpática y graciosa situación que lleva a Alonso Quijano a deducir que una bacía portada en la cabeza por un hombre, quien pretendía protegerse de la lluvia, era un ostentoso yelmo de oro perteneciente a un rey musulmán, personaje de una novela de caballería titulada Orlando innamorato. Cervantes, en su famosa novela, con las recurrentes confusiones entre fantasía y realidad que enfrenta el Caballero de la Triste Figura, domina perfectamente ese talento de encantar a sus lectores con historias como la del yelmo, los molinos gigantes o la venta que el Quijote pensaba castillo; pero muchos no están conscientes o desconocen los recursos lingüísticos que Cervantes usa para conciliar ese conflicto entre lo real y lo imaginado.

Utilizando los datos de la primera Gramática castellana de Lebrija de 1492 y otra titulada de la misma forma pero hecha por Joaquín Ibarra y compuesta por la Real Academia Española en 1771; de esta forma disponemos de una gramática anterior y otra posterior a los años en que fue escrita la obra de El Quijote para así darnos una idea aproximada de bajo qué reglas gramaticales la redactó Cervantes.

José Antonio Pascual en su ensayo “Los registros lingüísticos del Quijote” hace notar ejemplos de estas variantes como el siguiente:
Mandó a Sancho [el Quijote] que alzase el yelmo, el cual, tomándola en las manos dijo: Por Dios que la bacía es buena y que vale a un real de a ocho como un maravedí. Y dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola a una parte y a otra, buscándole el encaje, y, como no se le hallaba, dijo: Sin duda que el pagano a cuya medida se forjó primero esta famosa celada debía de tener grandísima cabeza; y lo peor de ella es que le falta la mitad.

En cuanto al género masculino, nos encontramos con un dato curioso; a continuación les presento un ejemplo similar haciendo énfasis de nuevo en los pronombres: “¡Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que está este buen escudero, pues llama bacía a lo que fue, es y será yelmo de Mambrino, el cual se le quité yo en buena guerra…”. Aquí debemos poner nuestra atención en el pronombre “le” que introduce Cervantes en el diálogo de su personaje principal.
FOTO 005 Bacía de azófar, de cobre, de cerámica y de latón

Dejemos en paz los pronombres dativos y ahora concentrémonos en un fenómeno sintáctico más frecuente en Cervantes dentro de esta historia de la bacía y la albarda. Varias veces durante el capítulo XLV y una vez en el capítulo XLIV se repiten frases como las siguientes:
“Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que ésta es bacía, y no el yelmo que yo he dicho…” y “En lo que toca a lo que dicen que ésta es bacía y no yelmo, ya yo tengo respondido; pero en lo de aclarar si ésa es albarda o jaez, no me atrevo a dar sentencia definitiva…”, ambas provenientes de la boca de Alonso Quijano.

En la siguiente cita, dialogada por Don Fernando, también nos tropezamos con la misma situación: “…es disparate el decir que ésta sea albarda de jumento, sino jaez de caballo, y aun de caballo castizo; y así, habréis de tener paciencia, porque, a vuestro pesar y al de vuestro asno, éste es jaez, y no albarda…”. Don Fernando asegura que son jaeces las albardas porque con esta frase él se burla del Quijote dándole toda la razón; pero le es inevitable referirla con un “ésta”, pues sabe perfectamente que el objeto referido en efecto era una albarda. Como vemos, su broma no pudo evadir las sutilezas de la lengua. Tanta es la influencia de la lengua en los personajes, que ellos mismos se ven en un conflicto al señalar estos objetos, a tal grado que el Quijote termina llamándole al yelmo “esta famosa celada” como para estar en armonía con los incontenibles pronombres y adjetivos femeninos que su subconsciente le dicta; y Sancho, para salir del problema de una forma más certera y definitiva (y así darle el gusto a ambas opciones del debate) concluye llamándole “este baciyelmo”.

El caso de la historia del yelmo de Mambrino es solamente uno de los múltiples ejemplos de su ingenio, pues “Supo el novelista encadenar, por un lado, ese sucederse de errores como una condición lógica de la realidad ontológica del protagonista, distinta a la de los que hablan con él…”. Increíblemente, desde el, para nosotros remoto, siglo XVII, Cervantes nos demostró con su Quijote de la Mancha que la literatura no sólo se vale de las tramas divertidas o del vocabulario ostentoso, sino también de una creatividad que bien puede residir en el dominio de un juego inteligente y consciente de la gramática y sus reglas. Gracias a ésta y a muchas más aportaciones de Cervantes, no es de extrañarse que El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha sea una de las mayores obras jamás escritas en la historia de la literatura universal.
FOTO 006 Exposición del Casino Mediterráneo de Alicante 2011

Del Museo Etnográfico Gonzalez Santana Olivenza de Badajoz (pieza del mes de agosto de 2011) extraigo la siguiente denominación:
La bacía presenta en la parte opuesta a la escotadura dos orificios para poder colgarse.

Barbero es la persona que tiene por oficio embellecer y rasurar la barba de los hombres y, por extensión, el peluquero especializado en el género masculino. Esta profesión es antiquísima. Los monumentos antiguos representan a los egipcios rasurados y con el pelo cortado, y en los papiros se mencionan a los barberos como individuos que vivían exclusivamente de tal oficio.

En la segunda mitad del s. XIX, la barbería era uno de los puntos o lugares más importantes de cualquier zona rural o urbana en Extremadura, al igual que en el resto de España. El barbero, a causa del analfabetismo de la población, anunciaba su negocio colgando una bacía de hojalata o cobre sobre la puerta de entrada. Éste, además de barbero, era también sacamuelas, cirujano y sangrador, y a menudo se convertía en confidente y comunicador de buenas y malas noticias. Este personaje solía ser tan hablador que en nuestro lenguaje común ha permanecido la expresión “habla más que un sacamuelas”.

Los útiles del barbero eran pocos y sencillos. Entre ellos destaca la bacía, que podía ser de hojalata, cobre o cerámica. Se trata de una vasija semiesférica con base plana y ancho borde. Se usaba para remojar la barba de la persona que se va a afeitar. Presenta una escotadura semicircular que se ajusta al cuello para evitar que se moje.

Como curiosidad, el sombrero que escoge Don Quijote para llevar en sus andanzas es una bacía de barbero.
Museo Etnográfico Gonzalez Santana Olivenza Badajoz
http://elmuseodeolivenza.com/blog/?m=201108

El Casino Mediterráneo de Alicante realizó el 2 de noviembre de 2011 en la Sala Stephan una singular y atractiva exposición titulada “La bacía del Quijote”. La exposición presenta objetos que son propiedad del prestigioso y laureado peluquero y estilista alicantino Luis Soria Galera.

Algo más que una Bacía
¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo por algún extraño accidente debió de venir a manos de quién no supo conocer ni estimar su valor, y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y, de la otra mitad, hizo esta que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero sea lo que fuere; que para mí que la conozco no hace al caso su transmutación; que yo la aderezaré en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte, que no le haga ventaja, ni aún le llegue, la que hizo y forjó el dios de las herrerías para el dios de las batallas; y en este entretanto la atraeré como pudiere, que más vale algo que nada; cuanto más, que bien será bastante para defenderme de alguna pedrada. Este párrafo es el empiece del capítulo XXI de la obra literaria de Miguel de Cervantes, conocida como “El Quijote”. Este objeto en concreto llamado Bacía es un elemento que ha prestado un servicio de utilidad a la sociedad de una determinada época, y forma parte importante de la literatura universal. Con independencia del material con que han sido elaboradas, decoradas y realizadas en diferentes años.

Extraído del libro “Costumbres Íntimas del Pasado” del Doctor Cabanés y traducción de J. Laymón (sexta serie), ediciones Mercurio de Madrid.

El Ceremonial de la sangría
Todos los días no son buenos para realizar una sangría: es necesario evitar los martes, miércoles y viernes, sobre todo durante la canícula.
FOTO 007 Fotografías extraídas del libro Costumbres íntimas del pasado

Los normandos dicen:
La sangría del día de San Valentín
Hace la sangre pura, noche y mañana.
La sangría del día de antes
Guarda de fiebres para siempre.
El día de santa Gertrudis se debe
Hacerse sangrar del brazo derecho;
El que así lo hará
Los ojos claros el resto del año tendrá
.

El minutor (operador) era, frecuentemente, un monje, porque éstos estaban desde hacía mucho tiempo iniciado en la práctica del arte médico. Incluso se dictaron reglamentos, si no por monjes, por lo menos por eclesiásticos. El arzobispo Eudes Rigault permite la sangría en los conventos de mujeres de la diócesis de Rouen, e incluso les aconseja el que tengan una “sangradora”, 10 de junio de 1902.

Hacia el siglo VII prescribe un arzobispo de Cantorbery el no sangrarse durante el primer cuarto de luna y todos se conforman con la prescripción. Dom Calvet hace observar que “esto no era allí una mortificación, sino que, al contrario, era una especie solaz, y que una vez adquirida la costumbre no se podía pasar sin ella”, (comentaires sur la règle de Saint Benoit año 570).

Los barberos
Gracias a su unión habían conquistado poco a poco los barberos notables privilegios. Desde cinco años antes habían sido dispensados los cirujanos de San Cosme del servicio de centinela; desde 1731 obtenían sus estatutos que les eran confirmados doce años más tarde. Estos estatutos les permitían sangrar los domingos y días festivos, pero vedaban a los barberos ejercer su oficio “en el caso de que él esté reputado y notoriamente difamado” por tener y haber “casa burdel y alcahuetería”; también les estaba prohibido afeitar y sangrar a los leprosos; les estaba mandado que “la sangre que ellos tendrán en escudillas de cal que hayan sangrado por la mañana, sea puesta fuera de sus casas y enterrada dentro de la hora del mediodía, bajo pena de multa (Archivos de Abbeville, registre des statuts des Corporations).
FOTO 008 Diferentes bacías de Internet de todocolección

Entre otros reglamentos curiosos de la misma época existe uno que debemos mencionar en este sitio, por lo que se refiere a los barberos y a la sangría. El Bando de los Barberos de Douai no permitía que se afeitara en domingo: he aquí el precepto textual de esta prohibición.

Que ningunos, barberos o barberas, afeiten el domingo si no es a nuevo sacerdote o nueva corona (?) o niño recién nacido o persona a quien esté mandado se le haga por necesidad.

Que no sean tan atrevidos barberos o barberas de arrojar al agua o al río de esta ciudad la sangre de las sangrías por ellos hechas, sino que las lleven a los campos con los cabellos afeitados que tengan, lo más lejos de la villa que les sea posible y los entierren.

El cirujano, barbero o sangrador debe de vigilar, no tener nada sobre si que le moleste: “si tiene las mangas demasiado largas, es necesario que se las suba; si su peluca le embaraza, que se la ate con una cinta; en fin, que proceda de tal modo que nada haya que pueda impedirle ejecutar bien la sangría”.

Pero es necesario no exagerar, imitando el ejemplo de ese cirujano “de los más queridos, de los que al presente hay en Paris, que hace cerrar ventanas y puertas, que prohíbe que nadie ande ni hable en el cuarto, que hace preparatorios tan grandes y que toma tantas precauciones para una sangría, como si fuese a cortar un brazo o una pierna. Bueno es tomar las medidas necesarias para obtener éxito; pero las exageradas son inútiles e incluso peligrosas, porque despertando el miedo en el corazón del enfermo…”.
FOTO 009 Fotografías extraídas del libro Costumbres íntimas del pasado

En otra parte del libro dice así:
Como la lavativa, la sangría forma cuerpo, por decirlo así del siglo de Luis XIV. Se abusó de ella de una manera increíble. La mujer de un ujier, sangrada por la primera vez a los veinticuatro años por su médico Théveneau, lo fue, en menos de tres años, 26,229 veces. En los conventos se practicaba la sangría regularmente; los días de sangría general llevaban el nombre de “días de la minución de la sangre, fuera de las consideraciones higiénicas y de las ideas reinantes, tenía por objeto refrenar los apetitos de la carne. Se le hacía copiosamente, porque, como decía Botalli, “mientras más agua estancada se saca de un pozo, más agua buena viene a él; mientras más mama un niño de su nodriza, más leche tiene ésta, y lo mismo sucede con la sangre y la sangría”.

Para esta operación de sangría, era preciso tener en cuenta tanto las estaciones como la posición de los astros. El buen flebotomista debía cuidar su mano y adquirir un porte particular. “Es preciso que se presente bien para no parecer mal al enfermo, que tenga suficiente talento para persuadir a quien lo escucha, que tenga una vista clara y penetrante para distinguir los menores objetos, de manera que no tenga debilidad en los ojos y no esté obligado a mirar de demasiado cerca; que no tenga la mano demasiado gruesa, porque entonces es demasiado pesada, que tenga los dedos largos y delgados y que la piel sea blanca y fina, a fin de que el tacto sea más delicado; de la misma manera no debe arrancar muelas, clavar clavos, manejar el hacha para hacer leña, jugar a la pelota, al mallo o a los bolos, porque todos estos ejercicios pueden hacerle temblar la mano; en fin, debe poner toda su atención en la perfecta conservación de su mano, si quiere sangrar por mucho tiempo,, …”.
FOTO 010 La sangría según Rowlandson. La extracción del diente de Gerrit Dou

“La sangría, hijos míos, decía Guy-Patin, completamente entusiasmado, es uno de los principales misterios de nuestro oficio. Por mi parte, he hecho sangrar doce veces a mi mujer en una sola pleuresía, veintidós veces a mi hijo por una fiebre continua y, yo mismo, por siete veces por un resfriado. Nosotros curamos a nuestros enfermos por la sangría, tanto después de los ochenta años como a los dos o tres meses. Guy de la Brosse el botanista, murió sin querer la sangría. Era sin embargo médico, se le propuso, y respondió que ese era el remedio de los pedantes sanguinarios, porque nos hacía el honor de llamarnos así, y que quería mejor morir que ser sangrado. ¡Así murió él! El diablo lo sangrará en el otro mundo, como lo merece un trapacero y un ateo…”

“Maestro, se atrevió a reponer un joven bachiller, he oído decir, sin embargo, que Guy de la Brosse era un hombre honrado y un excelente cristiano”.

“Sea; pero, siendo médico, ¿por qué no tenía respeto por las sanas doctrinas? Trapacero, repito, por haber prevaricado de su juramento; ateo, por haber renegado de la fe de la Escuela”.

Entonces un pasante anciano, dijo como para sí, pero lo bastante alto para ser oído por el profesor y los bachilleres:
“¡Pobre amigo mío, Guy de la Brosse!; ¡si hubieras querido creerme, estarías ciertamente aún en el mundo de los vivos!”.

“Con la sangría, ¿no es verdad, señor? Dijo el profesor. Desgraciadamente, no, señor, respondió el otro. Yo le aconsejé el Antimonio, y se opuso a ello … ¡Así murió él!
¡Pobre Guy de la Brosse!
A la palabra antimonio, el profesor se puso rojo, pálido, verde, sus labios temblaron y sus ojos lanzaron chispas.
“¡El antimonio, repitió, el antimonio!... ¡Envenenador!, ¡envenenador!... ¡Venid, hijos míos, venid, huid de ese hombre!”.
FOTO 011 Exposición del Casino Mediterráneo de Alicante 2011

La sangría era la panacea universal.
¿Cuántas veces se ha sangrado este enfermo?
Quince veces, señor, desde hace veinte días.
¿Quince veces sangrado?
Si, señor.
¿Y no ha curado?
No, señor.
Entonces es señal que la enfermedad no está en la sangre; lo haremos purgar otras tantas veces, para ver si está en los humores.

En todo lo dicho se reconoce a Molière. Un verdadero ceremonial presidía a la sangría; el barbero-cirujano tenía el derecho en esta circunstancia de hacer salir de la habitación del paciente a todos los que le molestaban. Los enemigos de la tan buena, divina y santa “Sangría” eran considerados como charlatanes y personas abominables.
FOTO 012 Enema y Bacía. O un enema junto a la bacía del barbero, bueno eso último depende de quien lo nombre, el barbero lo llamará bacía, pero para Don Quijote es el Yelmo de Mambrino y no nos vamos a poner ahora a discutir ni con el barbero ni con Don Quijote.

La sangre de la sangría era profundamente enterrada fuera de los lugares habitados. En París, más allá de la Puerta de Saint-Honoré se encontraba un lugar bendito llamado “Plaza de la Sangre”, donde los cirujanos y barberos iban a vaciar sus vasijas. La Corte, el Rey y los habitantes de la ciudad vertieron allí torrentes del precioso líquido.

Esta moda continuó en el siglo XVIII. En su novela Gil Blas Lesage pinta admirablemente aquel furor sanguinario en la persona del Doctor Sangrado.
“Entonces sangrado me envió a buscar un cirujano que él nombró, e hizo sacar a mi amo seis buenas ampolletas de sangre para empezar a suplir la falta de transpiración. Después dijo al cirujano: “Maese Martín Oñez, vuelva dentro de tres horas para hacer otro tanto, y mañana vuelva a empezar. Es un error pensar que la sangre sea necesaria para la conservación de la vida; nunca se sangra demasiado a un enfermo. Como no está obligado a ningún movimiento o ejercicio considerable y no tiene otra cosa que hacer que procurar no morir, no le hace falta para vivir sino la misma sangre que para un hombre dormido; la vida en ambos casos no consiste sino en el pulso y en la respiración”.

“Cuando el doctor hubo ordenado frecuentes y copiosas sangrías, dijo que era preciso dar también al canónigo agua caliente a todo momento, asegurando que el agua caliente bebida en abundancia podía pasar por el verdadero específico contra toda clase de enfermedades”.
FOTO 013 Rulo, cilindro o barra de colores giratorio de las barberías

En las peluquerías y barberías, todavía hoy se pueden ver los postes o barras con colores
En la entrada siempre ponen un rulo o cilindro giratorio con los colores azul, rojo y blanco. Estas barras luminosas que adornan algunas peluquerías y barberías todavía hoy existen en nuestras ciudades. Los colores elegidos por excelencia para estos reclamos son el rojo, el azul y el blanco, en rayas oblicuas que giran sin parar de manera hipnótica.

Pero ¿sabéis el porqué de estos tres colores? Su origen se remonta a la edad media, donde los barberos ejercían también de cirujanos, barberos, sangradores y sacamuelas.

Esta peculiar profesión que era la de cirujano- barbero, cuya labor era de lo más dispar, igual cortaban la barba y el pelo que hacían sangrías, extraían muelas o blanqueaban los dientes con aguafuerte.

En otro apartado nos decían que los barberos efectuaban “sangrías” que se suponían eran buenas para todo, desde callos plantares hasta mal de amores, por lo tanto la forma de anunciar que en esa barbería se llevaba a cabo tan loable servicio era envolver la toalla ensangrentada alrededor de un palo blanco (utilizado en el acto de la sangría para la dilatación de las venas del paciente) para así anunciar que la benemérita institución estaba en plena operación. Así, la franja roja representa la sangre, mientras que la blanca simboliza los vendajes utilizados para tapar las heridas. El color azul fue añadido posteriormente por mero patriotismo, unos dicen que fue por los americanos y otros dicen que el azul es por los franceses. Algunas barras más antiguas que se conservan sólo tienen dos colores el rojo y el blanco.

Otras teorías apuntan a que su simbología está relacionada con la labor de realizar sangrías, siendo el color rojo la sangre, el blanco, el torniquete y, la propia barra, el palo utilizado para dilatar las venas del paciente.
Foto 014 Libros y bacía de la colección personal de Koldo Santisteban

Dicen que este oficio de cirujano – barbero surgió por las disputas de los gremios de cirujanos y barberos, ya que los primeros eran gente con estudios, pero además de cobrar más, los barberos eran más solicitados por la diversidad de servicios que prestaban, y muchos contaban con la confianza de nobles a los que prestaban sus servicios y que no creían demasiado en la medicina de aquella época.

Algunos de estos barberos se dejaban aconsejar o incluso estaban acompañados en su aprendizaje por un cirujano, pero la mayoría tomó el oficio heredado de sus padres, teniendo aprendices a su cargo, que a su vez tampoco tenían demasiados conocimientos lo cual, en la mayoría de los casos acababa en desastre y era peor el remedio que la enfermedad. Por ejemplo, en esta época los cirujanos-barberos solían remediar un dolor de cabeza con una trepanación, pues pensaban que cortar un trozo de cráneo aliviaba la presión sobre el cerebro, causante del dolor de cabeza e incluso curaba la locura. Imaginaros el riesgo de tener migrañas en esta época, con lo que se sabe hoy en día.

En la primavera era común que la gente acudiera a hacerse una sangría, pues se creía que sacando el exceso de sangre, se equilibraban los humores del cuerpo y se era más resistente ante las enfermedades. Millones de sanguijuelas eran usadas para este fin, pero la mayoría usaba un método más drástico.

Se sumergía el brazo del paciente en agua caliente para que las venas resaltaran y poderlas ver mejor, luego el paciente se agarraba con fuerza a un poste donde las venas se hinchaban y el barbero hacía una incisión en la vena elegida (cada una era asociada a un órgano) para que la sangre brotara y cayera en un recipiente, que hacía las veces de medidor de la cantidad de sangre extraída, llamado bacía o sangradera.

Cuando los cirujanos-barberos que tenían prestigio y no eran ambulantes se establecían en un local, adoptaron como símbolo para colocar en sus puertas y que la gente los reconociera, un cartel con una mano levantada de la que chorreaba sangre que caía a la bacía. Como las manchas de sangre del poste no daban buen rollo a los clientes, el poste se pintó por completo de rojo y en él se ataban trozos de vendas blancas. Entonces el gremio decidió cambiar el reclamo de sus fachadas, y en lugar de la mano chorreando sangre, colocaron el poste blanco y rojo que era más discreto para señalizar su establecimiento.

FOTOGRAFÍA Nº 4
Barbería. Fotografía del archivo del Ayuntamiento de Zaragoza.
La barbería era un lugar de encuentro donde los hombres acudían para cumplir con parte de su aseo personal, al tiempo que participaban en conversaciones e incluso en algunos entretenimientos. La estampa que se ofrece al espectador, revela una imagen añeja de costumbres olvidadas que adornaron la austera vida del varón aragonés en el Siglo XIX y buena parte del XX. El patio de una casa de vecinos era buen lugar para acoger una instalación como la citada. Un parco mobiliario compuesto por tres toscos sillones fraileros, para dar asiento a los clientes, una pequeña alacena dieciochesca colgada de la pared que sirviera de contenedor de los útiles de barbero, sobre ella un aparato de luz y debajo la bacía, un botijo o rallo de dos asas con pitorro para remojar la garganta, la guitarra colgada podría servir para amenizar la espera desgranando alguna jota, lo mismo que el tablero de juego de damas con su bolsa para las fichas. Un pequeño estante con frascos o potes para el aseo, un par de estampas y poco más. La indumentaria personal de los concurrentes se compone de chaleco, faja y calzón ajustado a la rodilla por lo general, sombreros bajos de ala ancha de tipo cincovillés, o troncocónicos de copa alta y ala corta, en ambos casos se los ponían sobre el pañuelo coronario, llama la atención que no aparezca ningún sombrero de Sástago. El retrete de la casa quedaba a mano, de él hacían uso vecinos y clientes. Una mujer sube a su casa mientras un gato negro, remiso a abandonar el calor humano, la sigue con la vista

AGRADECIMIENTOS
Ayuntamiento de Zaragoza
Casino Mediterráneo de Alicante
Koldo Santisteban Cimarro
Manuel Amezcua
Museo Etnográfico Gonzalez Santana Olivenza de Badajoz
Iñaki Billoslada Fernández
. Técnico de euskera de la Unidad de Comunicación del Hospital Universitario Donostia de San Sebastián

BIBLIOGRAFÍA
Javier Cantera
. Estibaus. Altza. Bacía de latón.
http://www.estibaus.info/?p=1830

Extraído del libro “Costumbres Íntimas del Pasado” del Doctor Cabanés y traducción de J. Laymón (sexta serie), ediciones Mercurio de Madrid.

Manuel Amezcua Martínez. Barberos y sangradores flebotomianos en Granada.

Raúl Expósito González. Barberos y sangradores en Iberoamérica.

AUTORES
Raúl Expósito González
Enfermero. Servicio de Anestesia y Reanimación. Hospital “Santa Bárbara” de Puertollano. Ciudad Real. Experto en Barberos, Ministrantes y Sangradores
raexgon@hotmail.com

Jesús Rubio Pilarte
Enfermero y sociólogo. Profesor de la E. U. de Enfermería de Donostia. EHU/UPV
Miembro no numerario de La RSBAP
jrubiop20@enfermundi.com

Manuel Solórzano Sánchez
Enfermero Servicio de Oftalmología
Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. Osakidetza /SVS
Vocal del País Vasco de la SEEOF. Insignia de Oro de la SEEOF
Miembro de Eusko Ikaskuntza
Miembro de la Sociedad Vasca de Cuidados Paliativos
Miembro Comité de Redacción de la Revista Ética de los Cuidados
M. Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro no numerario de La RSBAP
masolorzano@telefonica.net