sábado, 5 de marzo de 2011

VICTORIANOS EMINENTES (PARTE SEGUNDA)

FLORENCE NIGHTINGALE II
FOTO 005 Segunda página del libro Victorianos Eminentes

CAPÍTULO III
El nombre de Florence Nightingale vive en la memoria del mundo en virtud de la aventura heroica y fantástica de Crimea. Si hubiese muerto, como casi estuvo a punto de hacerlo, a su regreso a Inglaterra, su reputación apenas sería diferente; su leyenda nos habría llegado casi como la conocemos: la visión gentil de la virtud femenina que tomó forma, por primera vez, ante los ojos de adoración de los soldados enfermos en Scutari. Sin embargo, de hecho, vivió durante más de medio siglo con posterioridad a la guerra de Crimea. Y durante la mayor parte de ese período prolongado, toda la energía y toda la dedicación de las que era capaz su naturaleza extraordinaria trabajaron con la mayor intensidad. Lo que logró a lo largo de todos esos años de trabajo callado, en verdad, no podía haber sido más glorioso que sus triunfos en Crimea, pero a decir verdad fue más importante. La historia verdadera fue considerablemente más extraña que el mito. En opinión de la propia Miss Nightingale, la aventura de Crimea fue un simple incidente, apenas algo más útil que un peldaño en su carrera. Era el fulcro mediante el cual pensaba mover el mundo, pero era sólo un fulcro. Durante más de una generación iba a trabajar en secreto, iba a utilizar la palanca; y su vida auténtica comenzó en el momento en el que, según la imaginación popular, había terminado.

Había llegado a Inglaterra con la salud muy quebrantada. Las incomodidades y el trabajo incesante de los dos últimos años habían minado su sistema nervioso, se diagnosticó que su corazón se había resentido. Padecía desmayos de forma continua y también unos ataques terribles que tomaban la forma de una postración física absoluta. Los médicos dijeron que sólo una cosa podía salvarla: un descanso completo y prolongado. Pero precisamente ésa era la única cosa de la que no quería oír hablar. Nunca había tenido la costumbre de descansar, ¿por qué iba a empezar ahora? ¿Ahora, cuando por fin había llegado su oportunidad; ahora, cuando el hierro estaba caliente todavía y era el momento de golpear? No, tenía que hacer un trabajo y, pasara lo que pasara, lo haría. Los médicos protestaron en vano; en vano se lamentó o imploró su familia; en vano los amigos le hicieron ver la locura de semejante actitud. ¿Locura? Quizá estaba loca o poseída. Un frenesí demoniaco se había apoderado de ella. Mientras yacía tendida en el sofá, jadeando, devoraba informes, dictaba cartas y, en los intervalos de sus taquicardias, contaba chistes febriles. En algunas ocasiones no dejaba la cama durante meses. Durante años estuvo expuesta a morir casi a diario. Pero no descansó. De esta manera, le aseguraron los médicos, si no moría, se convertiría en una inválida para el resto de su vida. No podía evitarlo, había que hacer el trabajo y, en cuanto al descanso, con toda probabilidad podría descansar, cuando hubiese terminado.

Dondequiera que iba, a Londres o al campo, por las colinas de Derbyshire o entre los rododendros de Embly, la perseguía un fantasma. Era el fantasma de Scutari: la contemplación repulsiva de la organización de un hospital militar. Tenía que acabar con aquel fantasma o perecería en el intento. Toda la organización del Departamento Médico del Ejército, la formación de los oficiales médicos, las regulaciones del trabajo en los hospitales, ¿descansar? ¿Cómo iba ella a descansar mientras estas cosas estaban así, mientras si fuesen necesarias de nuevo, se seguirían idénticos resultados? E incluso en paz, en Inglaterra, ¿cuál era el estado de la sanidad del ejército? La mortalidad en los cuarteles era, se enteró, casi el doble que en la vida civil. «También podrían llevar todos los años a 1.100 hombres al llano de Salisbury y fusilarlos», dijo. Después de inspeccionar los hospitales de Chatham, sonrió con ironía. «Sí, éste es un síntoma más del sistema que, en Crimea, llevó a la muerte a 16.000 hombres». Scutari le había proporcionado el conocimiento e incluso le había dado poder: la respaldaba su reputación indiscutible y esa reputación le daba un poder incalculable. Podría haber otros trabajos, otros deberes aguardándola, pero el más urgente, el más evidente de todos, era el de preocuparse por la salud del ejército.

Uno de sus primeros pasos fue aprovecharse de la invitación que la Reina Victoria le había enviado a Crimea, junto con el broche conmemorativo. A las pocas semanas de su regreso, visitó Balmoral, y se entrevistó varias veces con la Reina y con el Príncipe Consorte. «Nos expuso», escribió el Príncipe en su diario, «todos los defectos del actual sistema militar de hospitales y todas las reformas que se necesitan». Contó «toda la historia» de sus experiencias en Oriente y, además, se las arregló para mantener algunas charlas largas y confidenciales con Su Alteza Real, sobre metafísica y religión. La impresión que dejó fue excelente. «Sie gefállt uns sehr», observó el Príncipe, “ist sehr bescheidem”. El comentario de Su Majestad, la Reina, fue diferente», «¡Qué cabeza! ¡Cómo me gustaría que estuviese en el Departamento de la Guerra!».

Pero Miss Nightingale no estaba en el Departamento de la Guerra por una razón muy simple: porque era una mujer. Lord Panmure, sin embargo, sí estaba (aunque la razón por la que él sí estaba no era tan simple de determinar); y era precisamente de Lord Panmure de quien dependían en primera instancia los esfuerzos de reforma de Miss Nightingale. Aquel escocés corpulento y noble, a pesar de que lo había intentado de forma denodada, no lo había pasado muy bien al frente de la Secretaría de Estado para la Guerra. Su nombramiento se hizo efectivo en medio de la campaña de Sebastopol, y creía estar dotado de forma especial para el puesto, ya que tiempo antes había adquirido un conocimiento interno del ejército, como capitán de húsares. Precisamente este conocimiento interno es el que le había permitido informar a Miss Nightingale con tal autoridad que «el soldado británico no es un animal que envíe dinero». Y quizá era esta conciencia del dominio del tema la que le había impelido a escribir un despacho a Lord Raglan informando, con gran suavidad, al mariscal de campo de que llevaba sus asuntos con cierta negligencia e indicándole que si la próxima vez lo intentase de verdad podría hacerla mucho mejor. La respuesta de Lord Raglan, que estaba calculada para enterrar de vergüenza a su receptor, en realidad no le produjo ningún efecto a Lord Panmure, a quien, fuesen cuales fuesen sus defectos, nunca se le había acusado de ser hipersensible. No obstante, dejó las cosas en ese punto y, poco más tarde, Lord Raglan moría; exhausto, dijeron algunos, por el exceso de trabajo y por la ansiedad. Le sucedió en el puesto un excelente caballero anciano con la nariz roja, el general Simpson, de quien nadie había oído hablar y que tomó Sebastopol. Pero las relaciones de Lord Panmure con él no fueron más satisfactorias que las relaciones con Lord Raglan, pues mientras Lord Raglan había sido demasiado independiente, el pobre general Simpson pecaba en sentido opuesto; pedía consejo de forma constante, padecía de lumbago, dudaba, mientras la nariz se le ponía cada vez más roja, si era la persona adecuada para el puesto y, en cada envío de correo, enviaba y retiraba la dimisión. Además, en aquellos momentos, el general y el ministro sufrieron de forma intensa a causa de un invento útil y desolador: el telégrafo eléctrico. En una ocasión, el general Simpson se sintió obligado a protestar.

Creo, señor “escribía”, que algunos mensajes telegráficos que nos llegan no se envían bajo una autoridad legítima, quizá incluso se envían sin su conocimiento, aunque bajo la protección del nombre de su señoría. Por ejemplo, ayer por la noche se me convocó; un dragón había llegado con urgencia con un mensaje telegráfico que decía lo siguiente: «De Lord Panmure al general Simpson: al capitán Jarvis lo ha mordido un ciempiés. ¿Qué tal está?»

El general Simpson habría tolerado esto, aunque le pareció «un asunto no tan importante como para enviar a un dragón en un paseo a caballo de dos millas, en la oscuridad, para que quitase al comandante del ejército algo de la muy escasa cantidad de sueño de que disponía». Pero lo que no pudo tolerar fue el averiguar que «al mandar por la mañana a un dragón a preguntar por el estado del capitán Jarvis, a cuatro millas de distancia, resultó que no lo había mordido nada, sino que tenía un forúnculo del que se recuperaba muy de prisa». Pero Lord Panmure tenía problemas propios. Su sobrino favorito, el capitán Dowbiggin, estaba en el frente y en uno de los telegramas dirigidos al comandante jefe el Ministro había aprovechado la ocasión para añadir la siguiente frase, matizada con todo cuidado: «Le confío a Dowbiggin para que lo tenga en cuenta, por si hubiese alguna vacante y si es la persona adecuada». Desgraciadamente, en aquellos momentos iniciales quedaba a la discreción del telegrafista el cortar los mensajes que pasasen por sus manos, de manera que el resultado fue que la delicada indicación de Lord Panmure llegó a su destino con una redacción más lacónica: «Cuide de Dowb». El personal del cuartel general, al principio, se quedó muy extrañado, pero al final lo encontró muy divertido. La historia se divulgó y la frase: «Cuide de Dowb» quedó durante muchos años como la fórmula familiar para describir las insinuaciones oficiales en favor de sobrinos valiosos.

Y ahora que todo había terminado; ahora que Sebastopol, de una forma u otra, se había tomado; ahora que, de una forma u otra, se había conseguido la paz; ahora que se podría esperar que por fin hubiesen terminado los problemas de burocracia; ahora resulta que aparecía Miss Nightingale en la escena, con sus ideas acerca del estado de los hospitales y la necesidad de una reforma sanitaria. Era de lo más molesto; y Lord Panmure casi comenzó a desear poder dedicarse a alguna ocupación más agradable; quizá, a hablar sobre la constitución de la Iglesia Libre de Escocia; un tema en el que estaba muy interesado. Pero no, el trabajo era lo más importante. De manera que, con un suspiro de resignación, se dispuso a hacer lo menos posible.

Sus amigos lo llamaban «el Bisonte», y el nombre describía tanto su aspecto físico como su forma de pensamiento. La cabeza grande y baja parecía haberse concebido para embestir, mejor que para cualquier otra cosa. Se quedaba quieto, sólido y amenazador, en el umbral de la reforma; quedaba por ver si la masa voluminosa, sobre cuya sólida piel las flechas dentadas del desprecio de Lord Raglan no habían dejado señal, se avendría a cooperar con las exigencias de Miss Nightingale. Pero no estaba solo en el umbral. Se agolpaba tras él toda una falange del conservadurismo profesional, los defensores inflexibles del pasado, los adoradores y las víctimas de la rutina del Departamento de la Guerra. Era natural que estuviese entre ellos el Dr. Andrew Smith, el jefe del Departamento Médico del Ejército, el que había asegurado a Miss Nightingale, antes de su marcha de Inglaterra, que «no hacía falta nada en Scutari». Tales eran sus adversarios, pero ella, por su parte, tampoco estaba sin aliados. Había logrado la posibilidad de influir en la familia real, lo cual era algo; en cualquier momento en que lo desease podía lograr influir en el público, lo cual era mucho; y todo esto por no decir nada de sus cualidades personales: conocimientos, tenacidad, tacto; poseía, también, una ventaja que entonces, mucho más que ahora, tenía una gran importancia: pertenecía a los círculos más altos de la sociedad. Se movía con naturalidad entre los pares y los ministros del Gobierno; era de su propia clase y en aquellos días su clase era muy reducida. ¿Qué género de atención habrían prestado estas personas a una mujer de clase media con la que no tuviesen relación, que poseyese gran experiencia en la enfermería del ejército y que tuviese opiniones firmes sobre la reforma de los hospitales? La habrían desdeñado con cortesía. Pero era imposible desdeñar a Flo Nightingale. Cuando ella hablaba, se veían obligados a escuchar y, una vez que habían empezado a escuchar, ¿qué no podría suceder? Era consciente de su poder y lo utilizaba. Defendía sus mejores argumentos mediante notitas ingeniosas de índole familiar. El Bisonte comenzó a adquirir un aspecto más serio. Podría llegar a ser muy difícil, podría llegar a ser endemoniadamente difícil, poner la cabeza de uno contra la mano blanca de una dama.

De los amigos de Miss Nightingale, el más importante era Sidney Herbert. Se trataba de un hombre sobre quien las hadas buenas parecían haber derramado, cuando estaba en la cuna, todos sus bienes más envidiables. Bien nacido, elegante, rico, dueño de Wilton, una de esas casas de campo grandes, revestidas con el encanto de un pasado histórico, que son la gloria peculiar de Inglaterra, poseía, además de todas estas ventajas, una disposición tan gentil, tan animada y tan encantadora que nadie que se acercase a él podía ser enemigo suyo. Era, en fin, un hombre de quien resultaba difícil no decir que era un caballero inglés perfecto. Porque sus virtudes igualaban a su buena fortuna. Era religioso, muy religioso. «Estoy cada vez más convencido», escribía, después de haber sido durante varios años miembro del Gobierno, «que en política, como en cualquier otra actividad, nada está bien si no está de acuerdo con el espíritu del Evangelio». Nadie era menos egoísta que él; era caritativo y benévolo hasta un grado notable; y dedicó toda su vida al bien público con una conciencia imperturbable. Con semejante carácter, con semejantes oportunidades, ¡qué esperanzas elevadas deben de haberlo seducido, qué visiones radiantes de deberes cumplidos, de ser cada vez más útil, de un poder bienhechor, de la conciencia de un éxito desinteresado! Algunas de estas esperanzas y visiones, de hecho, se hicieron realidad; pero, en definitiva, la carrera de Sidney Herbert parecía mostrar que, a pesar de toda su generosidad, había alguna clase de don, ¿cuál era?, sin duda un don esencial, que las hadas buenas habían retenido, y que incluso las cualidades de un perfecto caballero inglés podían no ser una salvaguardia contra la angustia, la humillación y la derrota.
FOTO 006 Portada de libros. Medalla de Florence Nightingale

Su carrera, en verdad, habría sido muy distinta si no hubiese conocido a Miss Nightingale. La alianza entre los dos había comenzado cuando el nombramiento para el puesto de Scutari, luego se había desarrollado mucho más durante la guerra y a su regreso se había convertido en una de las amistades más extraordinarias. Era la amistad de un hombre y una mujer, unidos de forma íntima por su dedicación a una causa pública; el afecto mutuo, por supuesto, tenía un lugar, pero era un lugar fortuito; todo lo que era fundamental en su relación lo constituía la comunidad de trabajo. Tal vez fuera de Inglaterra una intimidad semejante no podría haber existido: una intimidad desprovista por completo, no sólo de pasión, sino de la sospecha de ella. Durante años, Sidney Herbert veía a Miss Nightingale casi a diario, estaban juntos durante largas horas, se enviaban cartas de forma incesante cuando estaban separados, y la lengua del escándalo permaneció en silencio; y una de las admiradoras más devotas de Miss Nightingale era la esposa de Sidney Herbert. Pero lo que convertía a esta relación en algo aún más notable era la distribución de los papeles que desempeñaba cada uno. El hombre que hace cosas, decide y obtiene resultados; la mujer que anima, aplaude y, a distancia, inspira; la combinación es muy común; pero Miss Nightingale no era ni una Aspasia ni una Egeria. En este caso, casi se podría decir sin faltar a la verdad que los papeles se habían invertido. Las cualidades de ductilidad y simpatía le correspondían al varón; las del mando y la iniciativa, a la mujer. Sólo había una cosa que Miss Nightingale no poseía en su equipaje para tener éxito en la administración pública; no tenía, ni podría haberlo tenido nunca, el poder público y la autoridad que son propios de un político con éxito. Sidney Herbert sí tenía ese poder y esa autoridad; el hecho era evidente y las conclusiones no lo eran menos: era a través de este hombre como haría que su voluntad prevaleciese. Se apoderó de él, lo educó, lo moldeó, lo absorbió y lo dominó por completo. Él no se resistió: no quería resistirse, su inclinación natural lo llevaba por igual camino al que ella traía; sólo que aquella personalidad terrorífica lo arrebataba y empujaba a seguir su propio paso turbulento y con sus propias zancadas incansables. Lo arrebataba ¿a donde? ¡Ah! ¿Por qué habría conocido a Miss Nightingale? Si Lord Panmure era un bisonte, Sir Herbert era, sin duda, un ciervo: una criatura valiente y atractiva que saltaba por el bosque; pero el bosque es un sitio peligroso. Uno percibe la imagen de aquellos ojos grandes, fascinados de repente por algo felino, algo fuerte; entonces se hace una pausa; y ya la tigresa tiene las garras en las grupas temblorosas. ¡Y entonces...!

Además de Sidney Herbert, tenía otros amigos que, en una esfera más restringida, apenas eran menos esenciales para ella. Porque, si en sus condiciones de postración física, estaba dispuesta a conseguir lo que había decidido que quería conseguir, era absolutamente indispensable que contase con las atenciones y los servicios de otras personas. Debía tener ayudantes y sirvientes; de manera que muy pronto formó un grupito de discípulos fieles en cuyos afectos y energías podía confiar de forma total. En verdad, estos discípulos eran fieles, pero no en el sentido ordinario del término, porque con toda certeza ella no era un capataz negligente, y quien decidía que quería serle útil a Miss Nightingale, pronto averiguaba, antes de que hubiese ido muy lejos, que, en verdad, se hacía buen uso de él; hasta el límite de su resistencia y de su capacidad. Tal vez, incluso más allá de esos límites, ¿por qué no?, ¿pedía ella algo más de lo que daba? Al mirarla en el lecho en el que yacía, pálida y sin aliento, ¿podría decirse que se ahorraba algún esfuerzo?, ¿por qué entonces tendría que ahorrárselos ella a otros? Y no era por interés propio por lo que hacía estas demandas. ¡Por interés propio, la verdad, no! ¡Todos lo sabían! Era por el interés del propio trabajo. Así que el grupito unido en cuerpo y alma en aquella extraña esclavitud, trabajaba sin rechistar. Entre los más fieles estaba la «tía Mai», hermana de su padre, quien la había ayudado a escapar de la esclavitud de la vida familiar, quien desde el primer momento había estado junto a ella en Scutari, que ahora casi desempeñaba el papel de una madre junto a ella y quien se preocupaba con infinito cuidado de todos los cambios e incertidumbres que involucraba el estado de su salud. Otro ayudante perenne era su cuñado, Sir Harry Verney, a quien encontraba muy valioso en los asuntos del Parlamento. A Arthur Clough, el poeta, también relacionado con ella mediante un matrimonio, lo utilizaba de otra forma. Desde que hubo perdido la fe, en los tiempos del Movimiento de Oxford, Clough había pasado la vida en una inquietud grande, que había aumentado, en lugar de disminuir, mediante la práctica de la poesía. Incapaz de decidir sobre el propósito de una existencia cuyo sentido se había volatilizado junto con su creencia en la resurrección, su espíritu aún se había hundido más a causa de la mala salud y, dado que sus ingresos no eran todo lo buenos que deberían ser, se había decidido a buscar solución a sus dificultades en los Estados Unidos de América. Pero, incluso allí, la solución no aparecía; y cuando, un poco más tarde, se le ofreció un puesto en algún departamento del Gobierno en Inglaterra, lo aceptó y se fue a vivir a Londres, y al momento cayó bajo la influencia de Miss Nightingale. Aunque el propósito de la existencia todavía fuese incierto, aquí, en cualquier caso, bajo el cuidado de esta mujer inspirada, había algo real, algo serio; sólo tenía una duda: ¿podría ser útil en algo? Claro que podría. Había un gran número de trabajillos misceláneas para los que no había nadie a mano. Por ejemplo, cuando Miss Nightingale estaba de viaje había que comprar billetes para el tren; había que corregir pruebas de imprenta; había que hacer paquetes con papel de embalar y había que llevarlos al correo. Claro que podría ser útil. Y así, en semejantes ocupaciones, Arthur Clough comenzó a trabajar. «Esto que veo no es todo», reflexionaba, a modo de consolación; «todo lo que hago es muy poco, pero es bueno, aunque hay cosas mejores».

Con el paso del tiempo, su «gobierno», como ella lo llamaba, creció. Se instó a algunos oficiales con los que había tratado y que simpatizaban con sus opiniones para que entrasen a su servicio; viejos amigos de los tiempos de Crimea se reunieron en torno a ella a su regreso a Inglaterra. Entre éstos, el más infatigable era el Dr. Suthedand, un experto en sanidad, que desempeñó el papel de secretario privado confidencial durante más de treinta años y dedicó de forma literal toda su vida a los intereses de ella. Apoyada y asistida de esta forma y adorada por sus esclavos, se preparó para enfrentarse al Bisonte.

Pronto pudieron apreciarse dos hechos, con los que estaban relacionados todos los que siguieron. Era evidente, en primer lugar, que aquella masa imponente no era inamovible; y, en segundo lugar, que ese movimiento, cuando lo había, era muy lento. El Bisonte no estaba a la altura de la Dama. Fue en vano que bajase la cabeza y fijase firmemente los pies en el suelo; no podía resistir; la mano blanca le hacía retroceder. Pero el proceso era muy lento. El Dr. Andrew Smith y toda la falange del Departamento de la Guerra estaban tras él, obstruyendo el camino; el pobre Bisonte gemía en su interior y echaba una mirada de añoranza hacia los pastos felices de la Iglesia Libre de Escocia; y después, con lentitud, muy en contra de su voluntad, paso a paso, se retiraba, disputando cada pulgada del terreno.

La primera gran medida a la que le fue imposible resistir, porque la apoyaban la Reina, el Gobierno y la opinión unánime del país, fue el nombramiento de una Comisión Real que informase sobre la salud en el ejército. De forma inmediata surgió el problema de la composición de la Comisión; y sobre este asunto fue sobre el que tuvo lugar el primer encuentro, mano a mano, entre Lord Panmure y Miss Nightingale. Se reunieron y Miss Nightingale se alzó con la victoria; se nombró a Sidney Herbert presidente; y al final, el único miembro de la Comisión opuesto a las opiniones de Miss Nightingale era el doctor Andrew Smith. Durante la entrevista, Miss Nightingale hizo un descubrimiento importante: averiguó que «se podía intimidar al Bisonte»; el cuero era el de un búfalo mejicano, pero el espíritu era el de un ternero de Alderney. Y había una cosa, por encima de todo, que la criatura enorme odiaba: que se invocase a la opinión pública. La alusión más leve a tan terrible contingencia hacía que se le disolviese el corazón en su interior; y se mostraba de acuerdo con cualquier cosa antes de llegar a eso; reduciría sus cacerías de perdices, haría un discurso en la Cámara de los Lores e incluso haría callar al Dr. Andrew Smith. Miss Nightingale mantenía en reserva la amenaza temible: diría todo lo que sabía, haría pública la verdad ante todo el mundo y que fuese el mundo el que juzgase entre ellos dos. Con tacto superlativo, mantuvo esta espada de Damocles suspendida sobre la cabeza del Bisonte y más de una vez, de hecho, estuvo a punto de dejarla caer. Porque cada vez era más recalcitrante. Una vez que se hubo decidido sobre la composición de los miembros de la Comisión, hubo una lucha, que se prolongó durante seis meses, para decidir sobre la naturaleza de sus poderes. ¿Iba a ser un cuerpo eficaz, armado con derechos a la investigación más completa y del examen más amplio, o, por el contrario, iba a ser una sutil invención oficial para exonerar al Dr. Andrew Smith? La falange del Departamento de la Guerra cerró filas y luchó con uñas y dientes, pero perdieron la batalla: el Bisonte era intimidable.

Dentro de tres meses, contados desde el día de hoy “escribió por fin Miss Nightingale”, publicaré mi experiencia de la campaña de Crimea y mis propuestas para mejorar el servicio, a menos que en este tiempo haya habido una promesa seria, formal y tangible de que se van a llevar a cabo reformas.

¿Quién podría resistir esto?
Y si llegase el momento, ella sabría hacer buenas sus palabras. Pues había decidido, cualquiera que fuese el destino de la Comisión, redactar su propio informe sobre los temas que se discutían. El trabajo que involucraba era enorme; su salud estaba en un punto casi crítico; pero no se derrumbó y después de seis meses de industria increíble había reunido y escrito por su propia mano las Notas sobre la salud, eficacia y administración de los hospitales del ejército británico. Esta composición extraordinaria, que llenaba más de ochocientas páginas densamente impresas, ponía los vastos principios de una reforma de largo alcance, se discutían los detalles más menudos de los temas objeto de controversia, contenía una masa enorme de información de la clase más variada, militar, estadística, sanitaria, arquitectónica; nunca se puso a disposición del público, porque nunca hubo necesidad de ello, pero formaba la base del informe de la Comisión Real; y hoy es el día en que sigue siendo la autoridad hegemónica en la administración médica de los ejércitos.

Antes de que se hubiese terminado el informe, la lucha por el poder dentro de la Comisión había concluido con una victoria. Lord Panmure había cedido una vez más e inmediatamente se apresuró a que la Reina diese el consentimiento; y sólo entonces, cuando las iniciales de Su Majestad se hubieron fijado de manera irrevocable en el documento fatal, se atrevió a decir al Dr. Andrew Smith todo lo que había hecho. Se reunió la Comisión y otra carga inmensa cayó sobre los hombros de Miss Nightingale. Hoy en día, por supuesto, ella habría sido uno de los miembros de la Comisión; pero en aquellos tiempos la idea de que una mujer desempeñase una tarea semejante ni tan siquiera se les habría ocurrido; nadie sugirió ni siquiera la posibilidad de que Miss Nightingale lo hiciera. El resultado fue que se vio obligada a permanecer tras el escenario todo el tiempo, a asesorar a Sidney Herbert, en privado, sobre cada uno de los puntos de importancia y a proporcionarle a él y al resto de los miembros de la Comisión que simpatizaban con ella las vastas reservas de su conocimiento experto, tan esencial en los exámenes de los testigos, a través de consultas innumerables, cartas y memoranda. Incluso era dudoso si el procedimiento admitiría que ella diese testimonio; por fin, como compromiso, su modestia sólo le permitió hacerla mediante la forma de respuestas escritas a las preguntas escritas. Tras mucho tiempo, la gran tarea terminó. Las conclusiones de la Comisión, que incorporaban casi palabra por palabra las propuestas de Miss Nightingale, las redactó Sidney Herbert. Sólo quedaba por responder una pregunta. ¿Se haría algo, después de todo? ¿O resultaría que la Comisión Real, como muchas otras comisiones reales antes y después, no había logrado nada sino cocinar un grueso libro blanco destinado a una estantería de las más altas?

Y de esta manera comenzó la última y la más mortal de las batallas contra el Bisonte. Habían pasado seis meses presionando para que se otorgasen poderes efectivos a la Comisión; seis meses más se dedicaron al trabajo de la Comisión; y ahora todavía iban a pasar otros seis meses para obligarle a que concediese los medios necesarios para que las recomendaciones de la comisión pudiesen llevarse a la práctica. Pero, al final, todo se logró. Miss Nightingale parecía, en verdad, durante estos meses, estar al borde de la muerte. Acompañada por la fiel tía Mai, se movía de un lugar a otro, a Hampstead, a Highgate, a Derbyshire, a Malvern, en lo que parecía un intento desesperado por hallar la salud en algún lugar; pero llevaba consigo algo que hacía imposible la salud. Sus deseos de trabajar apenas podían distinguirse de la obsesión. En un momento dado escribía una «carta de adiós» a Sidney Herbert, al siguiente se ofrecía para ir a la India como enfermera para ayudar a los que padecían por el Motín. Cuando el Dr. Sutherland le escribió implorándole que se tomase unas vacaciones, ella montó en cólera. ¡Descansar!

Estoy aquí tendida, sin conocimiento, inerme y todos vienen a molestarme. Es de rigueur, d'obligation, como el decir algo sin que lo oiga nadie cuando se entra en la iglesia, decirme lo que se me ha dicho 110 veces al día durante los tres meses últimos. Es el obbligato del violín y los doce violines lo practican juntos, como los relojes al dar las doce de la noche en todo Londres, hasta que diga lo que dijo Xavier de Maistre, Assez, je le sais, je ne le sais que trop. No soy una penitente, pero es usted como el confesor católico que dice lo que es de rigueur...

Su salud mental comenzó a ceder y no hubo forma de contenerla. Trabajaba como un esclavo en una mina. Comenzó a creer, como había comenzado a creer en Scutari, que ninguno de sus compañeros de trabajo estaba empeñado de verdad en la tarea; si lo estaban, ¿por qué no trabajaban como ella? Sólo podía ver negligencia y estupidez alrededor. Por supuesto, el Dr. Surherland tenía una mentalidad grotescamente confusa; y Arrhur Clough era un vago incurable. Incluso Sidney Herbert, oh, sí, tenía simplicidad y candor y rapidez de percepción, sin duda; pero era un ecléctico y ¿qué podía una esperar de una persona que se iba a pescar a Irlanda justo cuando más se necesitaba intimidar al Bisonte? En cuanto al propio Bisonte, había volado a Escocia, donde se quedaba enterrado durante varios meses. El destino de la recomendación vital en el informe de la Comisión, el nombramiento de cuatro subcomisiones encargadas del deber de determinar sobre los aspectos de las reformas propuestas y encargadas de ponerlas en práctica, todavía no se había resuelto. El Bisonte consentía a todo, pero luego, en una breve visita a Londres, retiró su consentimiento y regresó con rapidez a Escocia. Y durante unas semanas se suspendieron todas las actividades: tenía gota, gota en las manos, de manera que no podía escribir. «Siempre tuvo la gota a mano», observó Miss Nightingale. Pero por fin, incluso el Bisonte se dio cuenta de que el juego había terminado y sobrevino la rendición inevitable.

Hubo, no obstante, un punto sobre el que triunfó contra Miss Nightingale. La construcción del hospital de Netley había comenzado, bajo sus órdenes, antes de que ella regresase a Inglaterra. Al poco tiempo de su llegada a Inglaterra examinó los planos y averiguó que reproducían las peores faltas de un sistema de construcción de hospitales anticuado y pernicioso. Por lo tanto, con toda rapidez indicó que había que reconsiderar todo el asunto y, mientras tanto, la construcción se suspendió. Pero el Bisonte era impermeable; sería demasiado caro y, en cualquier caso, era demasiado tarde. Impotente para causarle alguna impresión y convencida de la importancia extrema del asunto, se decidió a apelar a una autoridad superior. Lord Palmerston era entonces el Primer Ministro, lo conocía desde la infancia, era un vecino cercano de su padre en New Forest. Se dirigió a New Forest, armada con los planos del hospital proyectado y con toda la información relevante; se quedó aquella noche en casa de Lord Palmerston y lo convenció de la necesidad de reconstruir Netley.

Me parece “escribió Lord Palmerston a Lord Panmure” que en Netley todas las consideraciones que más tenderían a la comodidad y al restablecimiento de los enfermos se han sacrificado a la vanidad del arquitecto, cuyo único propósito ha sido el de construir un edificio que tuviese el mejor aspecto posible cuando se contemplase desde el río Southampton. Le ruego, por lo tanto, que detenga todo progreso de las obras, hasta que se considere debidamente todo este asunto.

Pero el Bisonte no se iba a dejar convencer por una carta perentoria, incluso si la enviaba el Primer Ministro. Puso en juego todos los poderes de la dilación; Lord Palmerston perdió el interés por el asunto y de esta manera el hospital militar más importante de Inglaterra se completó, de manera triunfal, sobre la base de unos principios insalubres, con habitaciones sin ventilación y con todas las ventanas de los pacientes orientadas al nordeste.

Pero ya había llegado el momento en el que Lord Panmure no iba a molestar ni a ser molestado más veces. Una votación en la Cámara de los Comunes trajo consigo la caída del Gobierno de Lord Palmerston; y Lord Panmure se encontró en libertad para dedicar e! resto de su vida a la Iglesia Libre de Escocia. Tras un breve intervalo, Sidney Herbert se convirtió en Secretario de Estado para la Guerra. Grande fue el júbilo en el Gobierno de Nightingale: por fin había amanecido el día de los logros. Los próximos dos años y medio (1859 al 1861) contemplaron la introducción de todo un sistema de reformas por el que Miss Nightingale había estado luchando de forma tan vehemente: reformas que convierten el período del mandato de Sidney Herbert en el Departamento de la Guerra en una época importante en la historia del ejército británico. Las cuatro subcomisiones, constituidas de forma estable bajo el control inmediato del Ministro y estimuladas por la perseverancia implacable de Miss Nightingale, se pusieron a trabajar con una sola voluntad. Se remodelaron los cuarteles y los hospitales; se ventilaron de forma adecuada y tuvieron calefacción y luz por primera vez; se les proveyó de un suministro de agua que, en efecto, suministraba agua; y cocinas en las que, por extraño que parezca, se podía cocinar. Después se reguló el importante tema del intendente, aquel funcionario ominoso cuyos poderes y cuya falta de poderes habían gravitado como una pesadilla en Scutari, y se establecieron nuevos reglamentos, definiendo con precisión las responsabilidades y los deberes. Una subcomisión reorganizó las estadísticas médicas del ejército. Otra estableció, a pesar de los últimos esfuerzos convulsos del Departamento, una Escuela de Medicina del Ejército. Por fin, el Departamento Médico del Ejército se reorganizó por completo: se redactó un código administrativo y se puso en pie un principio grande y nuevo: que tanto era parte del deber de las autoridades el cuidar de la salud de los soldados como atenderlos en la enfermedad. Además de esto, por fin, se admitió de forma oficial que había un aspecto moral e intelectual en el caso. Se instituyeron cafeterías y salas de lectura, talleres y gimnasios. En verdad, parecía que había comenzado una nueva era. Ya en 1861 la mortalidad en el ejército había disminuido a la mitad desde los días de Crimea. No era de extrañar que comenzasen a abrirse ante Miss Nightingale posibilidades más amplias. Todavía necesitaba una cosa para completar y asegurar los triunfos. El Departamento Médico del Ejército en verdad se había reorganizado, pero la gran maquinaria central estaba todavía intacta. El propio Departamento de la Guerra (¡). Si pudiese remodelarlo de forma aproximada a sus deseos. ¡Ése sí que sería un verdadero triunfo! Y hasta que no se consiguiese aquel acto definitivo, ¿cómo podía estar segura de que todo el resto de los logros no podría, por algún giro caprichoso giro de la rueda de la fortuna, un cambio de ministerio, tal vez, que sustituyese a Sidney Herbert por alguna marioneta de la pandilla oficial de siempre, desaparecer en un momento, arrojado al limbo?
FOTO 007 Hospital Santo Tomás de Londres

Mientras tanto, cada vez con una mayor voracidad por el trabajo, sus actividades se ramificaban en otras direcciones. El ejército de la India reclamaba su atención. Una comisión de Sanidad, nombrada a instancia suya y que trabajaba bajo sus auspicios, hizo por las tropas allí más de lo que las cuatro subcomisiones hicieron por las de Inglaterra. De forma simultánea, estos años que vieron cómo se ponían los cimientos de un sistema moderno y completo del trabajo médico en el ejército, vieron también el comienzo del acercamiento de sus conocimientos, su actividad y su influencia, al servicio de todo el país, de la sociedad civil. Sus Notas sobre los hospitales (1859) revolucionaron la teoría de la edificación de hospitales y de su administración. Al momento se la reconoció como la más importante experta en todas las cuestiones relacionadas con este tema; sus consejos fluían de manera incesante en todas direcciones, de manera que hoy en día no hay un gran hospital que no lleve la impronta de sus pensamientos. Y esto no era todo. Con la inauguración de la Escuela Nightingale para la Formación de Enfermeras en el Hospital de Santo Tomás (1860), se convirtió en la fundadora de la enfermería moderna.

Pero una crisis terrible se aproximaba a gran velocidad. Sidney Herbert se había comprometido a llevar a cabo una reforma total del Departamento de la Guerra. Se había internado en aquella jungla tropical adornada con la obstrucción, llena de irresponsabilidades entrelazadas; prejuicios escondidos, de abusos que la antigüedad había vuelto obstinados e inflexibles, y que todavía durante muchos años estaba destinada a atraer a su destrucción a los ministros reformistas.

El Departamento de la Guerra “decía Miss Nightingale” es un departamento muy lento, un departamento enormemente caro, y es además un departamento en el que las intenciones del ministro pueden neutralizarse por completo por cada uno de los subdepartamentos, y las de éstos, a su vez, pueden neutralizarse entre sí.

Era verdad; y por supuesto, ante el primer rumor de cambios, la veterana falange de la reacción se erizaba desplegando las lanzas habituales. Al frente de él ya no estaba el Dr. Andrew Smith, quien hacía algún tiempo había seguido los, pasos del Bisonte hacia la oscuridad del exterior, pero una figura todavía más formidable, el propio subsecretario jefe, Sir Benjamin Hawes, Ben Hawes, como lo bautizó con irreverencia el Gobierno Nightingale, un hombre notable, incluso entre la administración civil, por su destreza para frustrar investigaciones inconvenientes, sus recursos para suscitar discusiones sobre temas inexistentes y, en pocas palabras, por un dominio consumado de todas las artes para evitar de forma oficial la imaginación y la iniciativa. «Nuestro proyecto traerá como resultado probable la dimisión de Ben Hawes», decía Miss Nightingale, «y ésa es otra de sus ventajas». El propio Ben Hawes, sin embargo, no lo veía así. Se dispuso a resistir a los deseos del Ministro por todos los medios a su alcance. La lucha fue larga y difícil y, en el curso de ella, Miss Nightingale se convenció de que algo le sucedía a Sidney Herbert. ¿Qué era ello? Su salud, dijo, que nunca fue muy robusta, estaba a punto de desfallecer bajo la tensión del trabajo. Pero, después de todo, ¿qué es una enfermedad, cuando hay que reorganizar todo un Departamento de la Guerra? A continuación empezó a hablar de retirarse por completo de la vida pública. Se consultó a los médicos y declararon que, por encima de todo, lo que era necesario era un descanso. ¡Descansar! Ahora sí que ella empezó a preocuparse. ¿Sería posible que, en el último momento, se le arrebatase de las manos la corona de la victoria? No iba a dejar que los médicos la dejasen a un lado; estaban diciendo tonterías; lo más necesario no era el descanso, sino la reforma del Departamento de la Guerra; y además, ella sabía muy bien, por experiencia propia, lo que tenía que hacerse cuando se estaba al borde de la muerte. Discutió con vehemencia, con pasión, la meta estaba tan cerca, tan cerca... ¡No podía darse media vuelta ahora! En cualquier caso, él no podía enfrentarse a Miss Nightingale. Llegaron a un compromiso. Muy en contra de su voluntad, Sidney Herbert sustituyó la agitación de la Cámara de los Comunes por la dignidad de la Cámara de los Lores y continuó en el Departamento de la Guerra. Ella se mostró encantada. «Una batalla más, la última y la mejor», dijo.

Durante varios meses continuó la batalla. Pero la tensión era aún mayor de lo que ella podía darse cuenta. Además de la guerra intestina en su propio departamento, tenía que afrontar una batalla permanente con Mr. Gladstone dentro del Gobierno, un enemigo aún más formidable que Ben Hawes, acerca de los presupuestos. Su salud empeoró cada vez más. Comenzó a tener desmayos y había días en los que la única forma de mantenerse activo .era mediante tragos de brandy. Miss Nightingale lo espoleaba con su apoyo y sus reproches, su celo y su ejemplo. Pero por fin su espíritu comenzó a decaer no menos que su cuerpo. Ya no tenía esperanzas, tampoco tenía deseos, era inútil, todo era inútil, era imposible por completo. Había fracasado. Llegó el momento terrible en el que se vio obligado a aceptar la verdad: nunca sería capaz de reformar el Departamento de la Guerra. Pero aún había otro momento todavía más terrible, esperándolo, tenía que ir a decirle a Miss Nightingale que era un fracasado, un hombre vencido.

«¡Benditos sean los misericordiosos!» ¿Qué premonición extraña e irónica había guiado al Príncipe Alberto, en su ingenuidad, a elegir esa máxima para el broche de Crimea? Las palabras tienen una doble lectura. ¡Ay! Cuando a la larga se convenció de lo que había sucedido y de que no había forma de evitarlo, no fue misericordias al aparecer ante él.

¡Vencido! “exclamó” ¿No te das cuenta de que has tirado todas las cartas? ¡Y con todos los triunfos en la mano! ¡Y era un juego tan noble! ¡Sidney Herbert vencido! ¡Y vencido por Ben Hawes! Es una desgracia peor. (Finalmente estalló, dominada por la ira), una desgracia peor que la de los hospitales de Scutari.

Se retiró arrastrándose de su lado y se arrastró hasta Spa, esperando en vano recuperar la salud y después, desesperado, regresó a Inglaterra, a Wilton, a la casa majestuosa que resplandecía bajo el sol del verano, entre los corpulentos cedros que habían dado sombra a Sir Philip Sidney y donde estaban todos aquellos lugares familiares y llenos de belleza a los que volvía siempre y que amaba, a cada uno de ellos, «como si fuesen personas»; y en Wilton murió. Después de recibir la eucaristía se quedó en calma perfecta, más tarde, casi inconsciente, parecía que se movían los labios, los que lo rodeaban se inclinaron. «¡Pobre Florence! ¡Pobre Florence!» es lo que pudieron oír. «Nuestro trabajo en común... , sin concluir..., lo intenté...» Y no pudieron oír nada más.

Cuando un espíritu poderoso arrastra en su marcha rápida a uno más débil hacia la destrucción, es mejor no pronunciar los lugares comunes del juicio moral. Si Miss Nightingale no hubiese sido tan insensible, Herbert Sidney no hubiera muerto, pero en ese caso ella no habría sido Miss Nightingale. La fuerza que creaba era la que, a su vez, destruía. El Demonio es el que era responsable. Cuando le llegó la noticia fatal, el dolor la venció. En medio de la convulsión de los sentimientos, convirtió en una devoción la memoria del muerto; y al instrumento complaciente que ella había roto con las manos lo llamó a partir de entonces «Maestro». Y después, casi al tiempo, recibió otro golpe. Arthur Clough, extenuado por trabajos de muy distinto tipo a los de Sidney Herbert, también falleció, ya nunca más le ataría los paquetes. Y aún sobrevino un tercer desastre. La fiel “Tía Mai”, en realidad, no murió; no, pero hizo algo que casi era peor: abandonó a Miss Nightingale. Envejecía y creyó que tenía deberes más imperativos y más inmediatos respecto a su propia familia. Su sobrina casi no fue capaz de perdonarla. Vertió, en una de sus cartas enormes, una diatriba apasionada acerca de la infidelidad, la falta de simpatía, la estupidez y la inepcia de las mujeres. Sus doctrinas no habían arraigado entre ellas, nunca había conocido a una mujer que hubiese appris à apprendre, no podía ni tener a una mujer de secretaria; «ni tan siquiera saben los nombres de los ministros del Gobierno, no saben qué iglesia tiene obispos y cuál no». En cuanto al espíritu de autosacrificio, pues bien, Sidney Herbert y Arthur Clough eran hombres y habían demostrado de forma evidente su devoción; ¡pero las mujeres...! Llevaría tres velos de viuda «como señal». Los dos primeros serían, por Clough y por el Maestro, pero el tercero, «el velo de viuda más grande de todos», sería por Tía Mai. Hacía bien en estar enfadada, se había quedado sin nadie cuando más necesarios eran; y después de todo, ¿podía estar segura de que el sexo masculino era tan impecable? Ahí estaba el Dr. Sutherland, perdiendo el tiempo como de costumbre. ¿Quizá incluso él quería marcharse alguno de estos días? Le echó una mirada y el pobre se puso a temblar de arriba abajo. ¡No!, sonrió sardónicamente; siempre tendría al Dr. Sutherland. Y entonces reflexionó y se dio cuenta de que había otra cosa que también tendría siempre: el trabajo.

CAPÍTULO IV
La muerte de Sidney Herbert puso fin a los sueños de Miss Nightingale sobre un Departamento de la Guerra reformado. Por unos momentos, a decir verdad, con los primeros dolores crueles de la decepción, se había agarrado de forma insensata a un clavo ardiendo: había escrito a Mr. Gladstone para pedirle que continuase el trabajo de Sidney Herbert. Y Mr. Gladstone había contestado con una relación del funeral llena de compasión.

Los siguientes secretarios de Estado se las arreglaron entre sí para deshacer entre ellos bastante de lo que ya se había logrado, pero no pudieron deshacer todo y, todavía durante diez años más (1862 a 1872), Miss Nightingale continuó siendo una influencia poderosa en el Departamento de la Guerra. Después de esa fecha, la vinculación directa con el ejército llegó a su fin y dirigió sus energías, de una forma más decidida, hacia objetivos más generales. El trabajo en la reforma de los hospitales asumió proporciones enormes; pudo mejorar las condiciones de los dispensarios y de los talleres de trabajo no remunerado; y uno de sus estudios más notables anticipa las recomendaciones de la Comisión de la Ley sobre la Pobreza, de 1909. Su Escuela de Capacitación para Enfermeras, con todo lo que incluía en punto a iniciativa, control, responsabilidad y acción, habría sido suficiente en sí misma para haber absorbido todos los esfuerzos de por lo menos dos vidas de vigor normal. Al tiempo, el trabajo relacionado con la India, que había comenzado con una Comisión de Sanidad sobre el ejército indio, se extendía y ramificaba en multitud de direcciones. Sus tentáculos llegaban hasta el Departamento de la India y logró el éxito de instalarse de forma estable incluso en aquellas alturas resbaladizas. Durante muchos años fue de rigueur para cualquier virrey, al que se acabase de nombrar, hacer una visita a Miss Nightingale antes de partir hacia la India.

Después de dudarlo mucho, se había establecido, en una casita en la calle South, donde permaneció el resto de la vida. Y su vida fue muy larga; la anciana moribunda vivió hasta los noventa y un años. La mala salud disminuyó de forma gradual, las crisis de peligro extremo fueron menos frecuentes y finalmente cesaron de forma definitiva; continuó siendo una inválida, pero una inválida con unas características muy curiosas: una inválida que estaba demasiado débil para bajar las escaleras y que trabajaba más que los ministros del Gobierno. La enfermedad, cualquiera que haya sido, no parece que fuese un inconveniente. Lo único que le imponía era aislamiento; y un aislamiento extraordinario y sin paralelo era, casi se podría decir, el manantial de la vida para Miss Nightingale. Tendida en el sofá en la habitacioncita del piso de arriba de la calle South, combinaba la vitalidad intensa y dominante de una mujer de mundo con la cualidad romántica y misteriosa de un mito. Se convirtió en una leyenda viviente y lo sabía. Saboreaba los placeres del poder, como aquellos emperadores orientales cuyo gobierno autocrático se fundaba en la invisibilidad, con las satisfacciones mezcladas de la oscuridad y la fama. Y se encontró con que la superchería de la enfermedad no era una barrera menos efectiva contra los ojos del hombre que el ceremonial de un palacio. Estadistas importantes y generales renombrados se veían obligados a solicitar audiencias; las princesas admirables de países extranjeros averiguaban que tenían que verla cuando ella quería o no verla; y el mortal común no albergaba esperanzas de ir más allá de la sala de estar del piso inferior y del Dr. Sutherland. Pues, aquel discípulo infatigable, a decir verdad, nunca desertó de su lado. Podría sentirse impaciente, podría estar inquieto, pero se quedó. Con su «incurable vaguedad de pensamiento», así la denominaba ella, continuó a su servicio hasta el final. Una vez, es cierto, se había aventurado a tomar unas vacaciones; pero se le reclamó y no volvió a repetir el experimento. Se le necesitaba en el piso de abajo. Se sentaba, tramitaba asuntos, respondía cartas, entrevistaba a los visitantes e intercambiaba notas innumerables con el poder invisible de arriba. A veces llegaba la noticia de que Miss Nightingale estaba lo suficientemente bien como para admitir a un visitante. Se hacía subir al afortunado, se le anunciaba y entraba temblando en la sala en penumbras y, por supuesto, nunca en el futuro olvidaría la entrevista. Muy rara vez, la verdad, una o dos veces al año, quizá, pero nadie estaba seguro, en secreto absoluto, Miss Nightingale iba a dar un paseo por el parque. Inadvertida, la leyenda viviente revoloteaba por unos momentos ante la mirada de quien allí estuviese. Y las precauciones eran necesarias; hubo ocasiones en las que, en algunas funciones públicas, el rumor de su presencia se extendía hacia la calle; y a algunas damas, confundidas por la multitud con Miss Nightingale, se las seguía, las molestaban y les suplicaban con vehemencia: «déjeme que le toque el chal»; «déjeme que le toque el brazo»; tal era la extraña adoración que había en los corazones de la gente. Aquella reserva inmensa de fortaleza se quedaba allí tras ella; podía usarla, si quisiera. Pero prefería no usarla nunca. En algunas ocasiones podía dar una indicación o amenazar; podía mover de un lado a otro la espada de Damocles sobre la cabeza del Bisonte; podría, mediante una palabra o una mirada, recordar a algún ministro obstinado, o algún virrey terco, sentados en audiencia en la habitacioncita del piso de arriba, que era algo más que una simple mujer enferma y que sólo tenía que asomarse a la ventana, por así decirlo, y hacer ondear un pañuelo para que... a continuación sucediesen cosas horribles. Pero aquello era suficiente; comprendían; el mito estaba allí: obvio, portentoso, impalpable; y así continuó hasta el final.

Con estadistas y gobernantes dispuestos a obedecer, con un centenar de asuntos entre manos, con provincias inmensas a sus pies, con gobiernos extranjeros ávidos de su consejo, la construcción de los hospitales, la escuela de enfermería; y todavía pensaba que no tenía suficiente trabajo. Suspiraba por la conquista de otros mundos. Cada vez más y más. Miró a su alrededor y ¿qué quedaba? ¡Por supuesto! ¡La filosofía! Después del mundo de la acción, el mundo del pensamiento. Después de haber puesto en orden la salud del ejército británico, ahora haría idéntico bien respecto de las convicciones religiosas de la humanidad. Había venido observando, con pena, durante largo tiempo una tendencia creciente hacia el libre pensamiento entre los artesanos. Con pena, pero de ninguna manera con sorpresa: la enseñanza ordinaria del cristianismo era tristemente deficiente; mejor dicho, incluso el propio cristianismo no dejaba de tener sus defectos. Ella rectificaría estos errores, corregiría los errores de las iglesias, indicaría aquellos puntos en los que la Iglesia estaba equivocada y explicaría a los artesanos cuál era la verdad. Antes de la marcha hacia Crimea, ya había comenzado este trabajo; pero ahora, en los intervalos de otras labores, lo completó. Sus Sugerencias para pensar, dedicadas a los buscadores de la verdad entre los artesanos de Inglaterra (1860), resuelven, a lo largo de tres gruesos volúmenes, las dificultades, hasta entonces, cosa curiosa, irresueltas, relacionadas con materias tales como la fe en Dios, el plan de la creación, el origen del mal, la vida futura, la necesidad y la libre voluntad, la ley y, en fin, la naturaleza de la moralidad. El origen del mal, en particular, no dejaba perpleja a Miss Nightingale. «No podemos concebir», observa, «que el Bien Omnipotente encontrase alguna satisfacción en la existencia en soledad». Siendo esto así, la única pregunta que queda por hacer es: «¿Qué seres podríamos concebir que crearía Dios?» Ahora bien, Él no puede crear seres perfectos «puesto que, en esencia, la perfección es una»; si lo hiciese, lo único que estaría haciendo sería crear duplicados de sí mismo. De manera que la conclusión es evidente: debe crear seres imperfectos. El Bien Omnipotente, enfrentado al intolerable impasse de una existencia solitaria, se ve obligado, por la propia naturaleza del asunto, a crear los hospitales de Scutari. Si este razonamiento satisfizo a los artesanos no se puede saber, pues sólo se imprimieron unas pocas copias del libro para que circulase en privado. Se envió un ejemplar a Mr. Mill, quien, con una carta muy cortés, dio muestra de haberlo recibido. Sin embargo, se sintió obligado a confesar que en conjunto no le había convencido la prueba de la demostración de la existencia de Dios de Miss Nightingale. Miss Nightingale se sorprendió y la mortificó el hecho; cambió de opinión acerca de Mr. Mill, porque con toda seguridad era difícil mejorar su prueba de la existencia de Dios. «Una ley», había señalado, «implica a alguien que la otorga». Pues bien, el universo está lleno de leyes: la ley de la gravitación, el principio del tercero excluido y muchos otros; de aquí se sigue que el universo contiene a alguien que dispensa las leyes, ¿Y con qué se sentiría satisfecho Mr. Mill, si no se sentía satisfecho con esto?
FOTO 008 Material utilizado por Florence Nightingale

Tal vez Mr. Mill podría haberle preguntado que por qué no había desarrollado la línea de razonamiento hasta la conclusión lógica. En realidad, si confiamos en la analogía con las instituciones humanas, debemos recordar que las leyes, de hecho, no las dispensa nadie, sino que se aprueban en sesiones parlamentarias. Miss Nightingale, no obstante, con toda su experiencia de la vida pública, nunca se paró a considerar si Dios no sería más bien un monarca constitucional. Su concepción de Dios no era, cierto es, ortodoxa. Sentía hacia Él lo que sentiría hacia un ingeniero de la sanidad glorificado; y en algunos aspectos, apenas parece distinguir entre la deidad y el sistema del alcantarillado. Al pasar estas páginas, uno tiene la impresión de que Miss Nightingale también ha atrapado al Todopoderoso en sus garras y que, si Él no tiene cuidado, lo matará mediante un exceso de trabajo.

Después, de repente, en medio de las generalidades y divagaciones de las disquisiciones metafísicas, hay un giro inesperado y se arroja al lector de repente dentro de algo muy particular, algo personal, algo impregnado de una experiencia intensa: una invectiva virulenta sobre la posición de las mujeres en las clases superiores de la sociedad. Olvidando al tiempo las discusiones elevadas y a los artesanos, la criatura amargada se queja, a través de un centenar de páginas de densa tipografía, de las falsedades de la vida en familia, de los inconvenientes del matrimonio, del vacío de las convenciones, "con el espíritu con el que se quejaría un Ibsen o un Samuel Butler. Su pluma ardiente, temblando de ira íntima, pinta con frases incisivas el destino temible de una chica soltera en una casa rica. Es un cri du coeur; y después, tan de repente como antes, vuelve una vez más a instruir a los artesanos sobre la naturaleza del Bien Omnipotente.

Su talento, estaba, a decir verdad, mejor preparado para examinar los frutos desagradables y concretos de la vida real que para construir un sistema coherente de filosofía abstracta. A pesar de su respeto por la ley, nunca se sintió a gusto con las generalizaciones. Y así, aunque el logro fundamental de su vida consistió en el impulso tremendo que dio al tratamiento científico de la enfermedad, la comprensión verdadera del método científico en sí mismo era algo ajeno a su espíritu. Como la mayoría de los grandes hombres de acción, quizá como todos, era simplemente una empírica. Creía en lo que veía y actuaba en consecuencia, no iba más allá de eso. Había notado en Scutari que el aire fresco y la luz jugaban un papel eficaz en la prevención de las enfermedades con las que tenía que luchar; y eso era suficiente para ella; no necesitaba hacer más averiguaciones; cuáles eran los principios generales que subyacían a ese hecho, o incluso si había algún principio, era algo que rechazaba entrar en consideración. Años después de los descubrimientos de Pasteur y Lister, se reía de lo que ella llamaba el «fetiche de los gérmenes». No existía la «infección», nunca la había visto, por lo tanto no existía. Pero sí había visto el buen efecto del aire fresco, por lo tanto, no podía haber dudas acerca de ello; y por lo tanto era capital que las habitaciones de los enfermos estuviesen bien ventiladas. Tal era su doctrina; y en aquellos días de habitaciones cerradas de forma hermética era muy valiosa. Pero era puramente empírica, de manera que condujo a algunos resultados desafortunados. Cuando, por ejemplo, su influencia en la India estaba en su punto más alto, dio órdenes para que todas las ventanas de los hospitales se mantuviesen abiertas de forma invariable. Las autoridades, que sabían lo que significaba una ventana abierta en un clima caluroso, protestaron, pero fue en vano. Miss Nightingale no creyó sus palabras. Ella no sabía nada del clima caluroso, pero sí que conocía el valor del aire fresco, por experiencia personal; las autoridades decían tonterías y las ventanas había que mantenerlas abiertas todo el año. Hubo un clamor entre los médicos de la India, pero se mantuvo firme; y por un momento pareció muy posible que sus terribles mandatos tuviesen que ponerse en práctica. Lord Lawrence, sin embargo, que era el virrey, pudo insinuar a Miss Nightingale, con autoridad suficiente, que él mismo había tomado una decisión sobre este punto, y que esa decisión iba a prevalecer, incluso si se oponía a la de ella. Ante eso, cedió, pero contrariada y muy poco convencida; sólo estaba sorprendida por la inesperada debilidad de Lord Lawrence. Sin duda, si hubiese vivido hoy y si hubiese adquirido experiencia, no entre casos de cólera en Scutari, sino entre casos de fiebre amarilla en Panamá, habría declarado que el aire fresco era un fetiche y habría mantenido hasta el día de su muerte que el único medio efectivo para luchar contra la enfermedad era mediante la destrucción de los mosquitos.
FOTO 009 Florence Nightingale y Alexis Soyer. Crimea

Y sin embargo, su mente, tan positiva, tan realista, tan ultra-práctica, no dejaba de tener sus revulsiones, sus modos misteriosos de misticismo y de duda. Algunas veces, se quedaba tendida muy temprano y caía en meditaciones dolorosas, extrañas y prolongadas; después, cogía un lápiz y consignaba en el papel las confesiones del alma. Los deseos morbosos de los días anteriores a Crimea volvían a asaltarla, llenaba página tras página con exámenes de sí misma, autocríticas, sumisiones. «¡Oh, Padre!», escribía, «me someto, me resigno, acepto con todo el corazón esta prueba a la que me somete tu mano para salvarme... ¡Oh, qué vano es, vanidad de vanidades, vivir en los pensamientos de los hombres, en lugar de vivir en los de Dios!» Se sentía sola y desgraciada. «Tú sabes que durante estos horribles veinte años, me ha mantenido la creencia de que trabajaba contigo y de que tú conducías a todos, incluso a nuestras pobres enfermeras, a la perfección». Y después de todo ¿cuál era el resultado?, ¿no había sido incluso ella una sirviente inútil? Una noche se despertó de repente y vio a la luz débil de la lamparilla de noche unas sombras tenebrosas sobre la pared. El pasado regresó con rapidez a ella. «¿Soy yo quien estuvo una vez en los altos de Crimea?», se preguntaba de manera frenética, «la Dama de la Linterna resistirá. La linterna sólo me muestra mi naufragio completo».

Buscó consuelo en los escritos de los místicos y en la correspondencia con Mr. Jowett. Durante muchos años, el director del Balliol fue su consejero espririrua1. Debatió con ella, en una serie de cartas enormes, los problemas de la religión y la filosofía; criticó sus escritos sobre esos temas con la simpatía y el tacto del clérigo que, al tiempo, es un hombre de mundo; incluso en ocasiones se aventuró a intentar impregnar en su naturaleza rebelde algo de su propia suavidad peculiar. «A veces pienso», le dijo, «que debería considerar en serio cómo podría llevar su trabajó, no con menos energía, sino con un espíritu más en calma. No estoy criticando el pasado... Pero deseo que la paz de Dios prevalezca en el futuro». Le recomendó que no pasase el tiempo en «conflictos con las oficinas del Gobierno», y que emprendiese alguna clase de trabajo literario. La animó a que, en una serie de ensayos para la Frazer's Magazine, «elaborase su noción de la perfección divina». Lo hizo y se sometió el resultado a Mr. Froude, quien declaró que el segundo ensayo era «aún más significativo que el primero. No puedo decir», comentó, «cuán bueno, para las inteligencias descarriadas, será el efecto de estos escritos». Mr. Carlyle, a decir verdad, empleó un lenguaje bien distinto y algunas de sus observaciones acerca de un cordero perdido y balando por las montañas, al haberse repetido desafortunadamente ante Miss Nightingale, hicieron necesaria toda la suavidad de Mr. Jowett para mantener la paz. En una carta de catorce páginas, él desvió la atención de ella, de este tema doloroso, y la orienté hacia el quietismo. «No veo por qué», decía el director del Ballíol, «la vida activa no podría convertirse también en una suerte de vida pasiva». Después añadía, «a veces imagino que hay posibilidades en el carácter humano muy superiores a las que creemos». Ella encontraba útiles estos sentimientos y los subrayaba en azul y, como recompensa, ayudaba a su amigo con una serie de comentarios complejos sobre los Diálogos de Platón, la mayoría de los cuales él incorporó en la segunda edición de su traducción. De manera gradual, su interés comenzó a ser más personal; ella le dijo que no volviese a trabajar después de las doce de la noche y él obedeció. Después, ella le ayudó a diseñar una forma especial de servicio diario para la capilla del Colegio, con selecciones de los salmos bajo epígrafes como «Dios el Señor, Dios juez, Dios padre y Dios el amigo», sin embargo, este proyecto no pudo ponerse en práctica, pues el obispo de Oxford, en el ejercicio de sus poderes legales y por consejo de Sir Travers Twiss, desautorizó el cambio.

Las relaciones se convirtieron en intimidad. «El espíritu del salmo vigésimo tercero y el espíritu del salmo décimo noveno deberían unirse en nuestras vidas», dijo Mr. Jowett. Por fin ella le pidió que le hiciese un favor singular. ¿Podría, sabiendo lo que sabía sobre sus opiniones religiosas, acercarse a Londres a administrarle el sagrado sacramento? No lo dudó; más tarde declaró que consideraría siempre aquella ocasión como un acontecimiento solemne de su vida. Dedicó su vida a ella, pero la naturaleza exacta de sus sentimientos nunca transpiró de forma lo bastante clara. Los sentimientos de ella hacia él eran contradictorios. Al principio, él era «ese hombre bueno y grande», «ese santo auténtico, Mr. Jowett»; pero con el paso del tiempo algo amargo se mezclaba con el bálsamo: la acrimonia de su naturaleza prevalecía. Creía que daba más simpatía de la que recibía; se sentía exhausta, fastidiada por la conversación de él. Un día no pudo evitar que su lengua comenzase a disparar contra él. «Viene aquí y me habla», dijo, «como si fuera una más».

CAPÍTULO V
Hubo un tiempo en el que casi había decidido terminar su vida en el retiro, como paciente en el Hospital de Santo Tomás. Pero, en parte a causa de la persuasión de Mr. Jowett, cambió de idea. Durante cuarenta y cinco años permaneció en la calle South y en la calle South murió. Al acercarse la vejez, aunque su influencia en el mundo oficial disminuyó de forma gradual, sus actividades parecían continuar tan intensas y variadas como antes. Cuando había que construir hospitales, cuando había proyectos de reforma de la sanidad en debate, cuando se declaraban guerras, todavía continuaba siendo la consejera de toda Europa. Todavía, con una característica confianza en sus propias ideas, se preocupaba desde su dormitorio en Mayfair del bienestar de la India. Todavía, con entusiasmo infatigable, se entregaba a un trabajo que, tal vez, era e! más cercano a su corazón, era más suyo por completo que todos los demás: la formación de las enfermeras. En los momentos de mayor depresión, cuando sus logros más notables parecían perder lustre, pensaba en sus enfermeras y se consolaba. Los caminos de Dios, pudo averiguar, eran de verdad extraños. «Qué ineficaz fui en Crimea», observó. «Pero de aquello, el Señor ha traído la formación de las enfermeras».

En otras ocasiones se sentía más satisfecha. Al mirar hacia atrás, se quedaba sorprendida por el cambio enorme que, desde aquellos primeros tiempos, había sobrevenido en el tratamiento de las enfermedades y en la concepción general de la salud pública y doméstica. Un cambio en el que, era consciente, había desempeñado un papel importante. Uno de sus admiradores de la India, el Agá Jan, llegó de visita. Ella se explayó y habló sobre los avances maravillosos que había alcanzado a ver en cuanto a la administración de los hospitales, el alcantarillado, la ventilación, en trabajos de sanidad de toda especie. Hubo una pausa; y después, «¿Cree que está mejorando?», preguntó el Agá Jan. Ella se quedó desconcertada, «¿Qué quiere decir con "mejorando"?» El contestó: «Que si cree más en Dios.» Comprendió que él tenía una idea de Dios diferente de la suya. «Un hombre muy interesante», anotó después de la entrevista, «pero nunca aprenderá nada de sanidad».

Cuando de verdad llegó la vejez, sucedió algo curioso. El destino, después de haber esperado con gran paciencia, le gastó una extraña broma a Miss Nightingale. La benevolencia y el espíritu de servicio público de aquella vida prolongada sólo podía compararse a su carácter corrosivo. La virtud había vivido en medio de la dureza, había derramado su utilidad de forma pródiga, pero con una sonrisa de amargura en los labios. Ahora, los años sarcásticos trajeron su castigo a esta mujer orgullosa. No iba a morir como había vivido. Iba a perder el aguijón, se iba a reblandecer, se iba a convertir en alguien obediente y complaciente. El cambio se produjo poco a poco, pero al final era inconfundible. La comandante terrible que había llevado a Sidney Herbert a la muerte y a quien Mr. Jowett había aplicado las palabras de Homero, “ira insaciable”, ahora aceptada con gratitud atenciones sin importancia y se entregaba a amistades sentimentales con las jóvenes. La autora de Notas sobre la enfermería, aquel compendio clásico de los pecados más comunes de la hermandad femenina, redactado con la acidez minuciosa y el deleite en la venganza de un Swift, ahora se pasaba largas horas componiendo discursos cariñosos para las enfermeras en prácticas, sobre las que lloraba unas veces y a quienes acariciaba otras. Y simultáneamente, apareció una alteración correspondiente en el aspecto físico. La mujer angular y delgada, de mirada arrogante y comentarios cáusticos, había desaparecido y su sitio lo ocupaba la forma voluminosa y redondeada de una anciana gorda, que se pasaba el día sonriendo. Después hubo algo más que hizo su aparición. El cerebro que se había templado en Scutari, de forma literal, se reblandecía poco a poco. La senilidad se hizo patente. Hacia el final, la propia conciencia se disipó de manera gradual en una niebla rosada y se disolvió en la nada. Justo entonces, tres años antes de su muerte, cuando tenía ochenta y siete años (1907), las autoridades comenzaron a considerar que había llegado el momento oportuno para otorgar algún honor de carácter público a Florence Nightingale.
FOTO 010 Enfermeras británicas

Se le ofreció el ingreso en la Orden del Mérito. Esa Orden, cuyo registro contiene, entre otros nombres distinguidos el de Sir Lawrence Alma Tadema y el de Sir Edward Elgar, es notable en un aspecto fundamental por el hecho de que, como su propio nombre indica, se otorga sólo porque quien la recibe lo merece y no por alguna otra razón. Los representantes de Miss Nightingale aceptaron el honor, y su nombre, después de un lapso de muchos años, apareció una vez más en la prensa. Comenzaron a recibirse felicitaciones de todas partes. Hubo un estallido universal de entusiasmo, la vuelta a la vida por última vez de un mito antiguo. Entre sus otros admiradores, el Emperador alemán aprovechó la oportunidad para expresar sus sentimientos hacia ella. «Su Majestad», escribió el embajador alemán, «habiendo casi terminado una estancia muy agradable, en el hermoso escenario cercano a la antigua residencia de usted, próxima a Romsey, me ha ordenado que le regale unas flores como muestra de su estima». Después, por mandato real, se llevó la Orden del Mérito a la calle South y hubo una breve ceremonia para entregarle el regalo. Sir Douglas Dawson, después de un breve discurso, se adelantó y entregó la insignia de la Orden a Miss Nightingale. Hundida en las almohadas, reconoció oscuramente que se le tributaba alguna clase de reconocimiento. «Demasiada amabilidad, demasiada amabilidad», murmuró; y no lo decía irónicamente.

BIBLIOGRAFÍA
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A. W. KINGLAKE, The lnvasion of the Crimea.
Lord SIDNEY GODOLPHIN OSBORNE, Scutari and its Hospitals.
S. M. MITRA, Life of Sir ]ohn Hall.
Lord STANMORE, Sidney Herbert.
Sir G. DOUGLAS, The Panmure Papers.
Sir H. MAXWELL, Life and Letters of the Fourth Earl of Clarendon.
E. ABBOT y L. CAMPBELL, Life and Letters of Benjamin Jowett.
A. H. CLOUGH, Poems and Memoir.

AGRADECIMIENTOS
Begoña Madarieta Revilla. Historiadora del Museo Vasco de Historia de la Medicina y de la Ciencia “José Luis Goti”
Koldo Santisteban Cimarro. Enfermero. Vocal Colegio de Enfermería de Bizkaia. Experto en libros antiguos de la Profesión Enfermera.
Raúl Expósito González. Enfermero. Supervisor del Servicio de Medicina Interna del Hospital General de Ciudad Real. Experto en la Historia de los Sangradores.

AUTORES
Jesús Rubio Pilarte
*
* Enfermero y sociólogo. Profesor de la E. U. de Enfermería de Donostia. EHU/UPV
Miembro no numerario de La RSBAP
jrubiop20@enfermundi.com

Manuel Solórzano Sánchez **
** Enfermero Servicio de Oftalmología
Hospital Donostia de San Sebastián. Osakidetza /SVS
Vocal del País Vasco de la SEEOF
Miembro de Eusko Ikaskuntza
Miembro de la Sociedad Vasca de Cuidados Paliativos
Miembro Comité de Redacción de la Revista Ética de los Cuidados
M. Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro no numerario de La RSBAP
masolorzano@telefonica.net