sábado, 17 de abril de 2010

EL DON DE LÁGRIMAS EN SAN IGNACIO DE LOYOLA

En esta época caracterizada por la desvinculación con la trascendencia y por la reducción notable de la experiencia de lo sagrado, en esa sociedad condicionada por una ambivalencia consecutiva a la extinción de una serie de valores presuntamente fundamentales que intereses materiales derivados de hábitos consumistas apenas compensan, tomar en consideración el “don de lágrimas” como experiencia místico-religiosa parece una empresa reducida a los límites de la mera erudición.
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Por sorprendente que resulte para quienes no conocen lo suficiente su biografía, la “gracia del llanto” fue concedida a San Ignacio con suprema largueza como manifestación somática de la magnitud y exquisita virtualidad del Amor Divino. La visión de la santísima Trinidad llenó su corazón con tal suavidad que su solo recuerdo, más tarde, le hacía derramar muchas lágrimas.

Como afirma su biógrafo José Ignacio Tellechea Idígoras, “el Ignacio asceta inflexible, voluntarista y hasta pelagiano hay que conjugarlo con el Ignacio místico, dotado de abismales intuiciones de las cosas divinas”. Recordemos que la mayoría de los grandes místicos españoles demostró poseer espíritu y energía indomables y que el misticismo de San Ignacio hizo de él uno de los hombres de acción más poderosos que han existido. El estudio que pretendemos desarrollar, por somero y parco que resulte en relación con la dimensión humana del personaje, es, sin embargo, una gratificante experiencia, ya que el mensaje encerrado en las escuetas líneas del “Diario espiritual” de San Ignacio conserva la robusta vitalidad que caracterizó a su autor. Se trata de una obra íntima, escrita bajo la experiencia y sensibilidad propias de un contemplativo y plagada de tachaduras y correcciones provocadas por un afán escrupuloso de precisión dentro de la concisión característica de Ignacio.

Los dos cuadernos supervivientes del original “fajo bien grande de notas” que viera González Cámara fueron publicados de forma parcial no antes de 1892 e íntegramente en 1934. Redactados para uso exclusivo del autor, su original estilo literario ha sido objeto de meritorios estudios que han señalado sus características y las diversas influencias lingüísticas: incluso profunda intimidad del escrito que “produce la impresión de una pieza abigarrada y oscura”.
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Una lectura del “Diario” nos descubre que la de San Ignacio es una mística preferentemente trinitaria y fuertemente sensorial, tanto en la expresión literaria como en sus experiencias, destacando las lágrimas como una manifestación orgánica exponente de la magnitud e intensidad de los sentimientos.

La expresión “gracia o don de lágrimas” aparece por primera vez en “De virginitate”, atribuida a San Atanasio, y su rareza está bien determinada, ya que son pocos los dotados del “penthos” de las lágrimas. Se trata de una gracia sobrenatural que concede Dios a algunas almas que llegan a derramarlas bajo la influencia de esa gracia y con provecho del espíritu. Toda su vida, las lágrimas serán la fuente generativa donde la pureza de su corazón se renovará sin cesar.

Inmerso en la mística de los mediadores, para el santo, lágrimas, devoción y sollozos son verdaderos regalos espirituales que establece como valores equiparables. A Francisco de Borja en carta del 20 de septiembre de 1548 aconseja trocar la efusión disciplinaria de sangre por “una infusión o gotas de lágrimas” jerarquizadas hasta la valoración suprema “en consideración o amor de las personas divinas”.

Ya en los “Ejercicios espirituales”, especifica la diversidad de las lágrimas de contrición y las de compasión en una síntesis en la que el mundo interior se manifiesta espontáneamente al exterior. En los primeros cuarenta días del “Diario”, cita ciento setenta y cinco veces las lágrimas, con un promedio de cuatro efusiones diarias. Los sollozos podían ser tan intensos que le impedían articular palabra y las lágrimas, tan abundantes “cara abajo” que el santo llegó a temer la pérdida, o, al menos, un grave deterioro de la visión.
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La expresión orgánica de la devoción y el amor a Dios, así como el agradecimiento por tanto beneficio y claridad recibidos, alcanzó un nivel de frecuencia e intensidad que despertó en el santo el temor de la preservación incorrecta de la salud suficiente y precisa para la gran misión emprendida, a la cual dedicó la vida para pisar el umbral de la muerte aún pleno de inquietud y energía. Autorizados por el Papa Paulo III, los médicos le aconsejaron controlar el llanto hasta conseguir mantenerlo bajo el dominio de la voluntad y recurrir a su consuelo cuando su ánimo lo precisara. Incluso el pontífice le dispensó de la lectura del breviario que sustituía por oración vocal; quizás pesaba en el ánimo de todos, el antecedente de San Francisco de Asís, su grave afección ocular y la dramática terapéutica aplicada.

No fue muy feliz la salud orgánica de nuestro santo y, por tanto, es lícito el recelo y legítima la reflexión temerosa que le suscitaron sus dolores y quebrantos. Tenía clara conciencia de que ciertas emociones vibrantes, expresiones de experiencias religiosas vividas con intensidad y sólidamente imbricadas en el mundo emocional, pueden traducirse en llanto y sollozos de intensidad diversa.

El acceso de llanto supone, en el ámbito psíquico, una fase de crisis y excitación, pero permanece misteriosa e inexplicable la razón por la cual ciertas emociones se manifiestan de forma selectiva por la vía de las glándulas lagrimales al activar en mayor o menor medida la secreción de lágrimas. Este lloro psíquico se caracteriza por ser bilateral e igual en ambos ojos. Conservan aún su condición enigmática los oscuros mecanismos y las complicadas asociaciones neuronales que, partiendo de los centros receptores y generadores de la emoción desencadenan el fluir de las lágrimas, ese llanto que expresa el nivel de sensibilidad espiritual y la capacidad para sufrir la experiencia mística.
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Desde el punto de vista fisiológico se conocen con bastante precisión, aunque sólo parcialmente, los mecanismos neurales del lagrimeo y el llanto. La información actual acerca de la inervación de la glándula lagrimal es relativamente precisa; menos completa y contrastada es la concerniente a los sistemas cortical, límbico e hipotalámico que, a través de las vías descendentes hipotálamo-tegmentarias, alcanzan el núcleo lagrima parasimpático del puente de Varolio.

El estudio experimental de esta función y de su sustento anatomofisiológico se halla seriamente dificultado por el hecho de que el llanto o lagrimeo psíquico es función exclusiva del hombre. La experimentación es, por tanto, casi imposible y el estudio específico de esta cuestión queda en esencia reducido al análisis más o menos minucioso de las observaciones de los científicos. En su obra “La expresión de las emociones”, Darwin incurre en algunas contradicciones y confiesa que ciertos datos que cita son meras observaciones sin contrastar. Reconoce que los monos antropomorfos no lloran, pero advierte seguidamente que algunos monos lloran y concluye afirmando que la expresión de pena o ansiedad tiene un especial carácter humano. Cita la observación de que el elefante indio llora, para concluir que “el llanto debe de haberse adquirido en la época en que el hombre se separó del progenitor común al género homo y a los monos antropomorfos que no lloran”.

Dentro de este esquema teórico, es evidente que, en el proceso de hominización, uno de los peldaños más altamente definidores de la condición humana en la larga ascensión del homínido, es la conquista del llanto como expresión del sentimiento.
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Murube del Castillo advierte acerca de las variedades fundamentales de la lacrimación psíquica: la patética y la estética. La patética o de petición de ayuda se desarrolla precozmente mientras que la estética, mensajera de los más refinados sentimientos de solidaridad y entrega, es de aparición tardía, coincidiendo con la maduración cerebral del ser humano.

Siguiendo ese razonamiento, podríamos preguntar ¿en qué momento el precursor del hombre se convierte en el ser humano?, ¿Cuándo modificó cualitativamente el empleo de sus herramientas?, ¿Cuándo adquirió la terrible certeza de la muerte? o ¿cuándo, por vez primera, vertió lágrimas presa de una emoción que, invadiéndole por completo le desveló la magnitud del espíritu, y lo separó definitivamente de los animales? Quizá ese llanto le abrió la intuición de la muerte germinativa como un consolador susurro divino para hincar así el dramático diálogo con el Misterio.

Condicionados por la condición tanto como por los objetivos, debemos precisar que, desde el punto de vista médico, las lágrimas no son más que la secreción de la glándula lagrimal principal, ya que las glándulas accesorias tienen como función mantener la película lagrimal protectora de la zona visible del globo ocular, con la contribución parcial de la glándula lagrimal principal, tanto en la lacrimación peripatética o vigil como en la somnil.

La glándula lagrimal principal, alojada en un espacio concreto, la región súpero-externa de la órbita, está inervada por dos clases de ramos vegetativos, parasimpáticos y simpáticos. Los impulsos parasimpáticos son esencialmente secretores y las fibras preganglionares emergen del núcleo lagrimal del tronco del encéfalo junto al VII nervio craneal o facial. Las fibras posganglionares que proceden del ganglio ptérigopalatino o esfenopalatino se unen al nervio lagrimal y abordan así la glándula lagrimal.

En cuanto a la inervación simpática, los impulsos dirigidos a la glándula lagrimal son sobre todo vasoconstrictores y, secundariamente, secretores. Las fibras preganglionares proceden del núcleo de Budge, en los segmentos torácicos 2 y 3 de la médula espinal, y terminan en el ganglio cervical superior, del que parten las fibras posganglionares que, a través del plexo carotídeo y el nervio vidiano, discurren sin interrupción por el ganglio esfenopalatino y, a través del ramo comunicante del nervio cigomático con el nervio lagrimal, alcanzan la glándula lagrimal.

Pese al conocimiento bastante preciso de las vías nerviosas tan someramente descritas, las estructuras neurales responsables del lagrimeo psíquico sólo pueden definirse en término generales. Estas incluyen el córtex, el sistema límbico y los sistemas hipotalámicos que descargan a través de la vía descendente hipotálamo-tegmentaria al núcleo lagrimal parasimpático de la protuberancia.

No está claro cuál es la contribución del tálamo a las emociones y lo más probable es que no se exclusiva. Sirve como modelo para los enfoques teóricos del problema que ponen el énfasis en las relaciones entre los centros corticales y subcorticales.

En general, se ha tratado a las emociones como si fueran algo que puede localizarse en el organismo. Es lógico pensar, sin embargo, que son una amalgama compleja de comportamientos, conocimientos, cambios fisiológicos y sentimientos. Así, las emociones pueden representar procesos de adaptación a los cambios de nuestro ambiente y a los intentos de enfrentarnos a éstos. Sin embargo, diversas investigaciones, si bien poco sistematizadas, ha aportado datos sumamente interesantes acerca de los centros supranucleares de la lacrimación.

Los centros subsidiarios de la actividad autonómica ocular, es decir, los centros corticales relacionados con los movimientos oculares coordinados de ambos ojos para la mirada lateral se sitúan en el área 8 de Brodmann y su estimulación puede desencadenar un lagrimeo que corresponde a la actividad parasimpàtica descrita.

Este hecho ya había sido señalado por von Bechterew y Mislawski (1886) en investigaciones sobre animales, McLean (1952) en el gato y Rodriguez Delgado (1952) en diversos mamíferos observaron que la estimulación del córtex límbico anterior puede desencadenar un lagrimeo. McLean también había observado que la descarga de focos epileptógenos de la región temporal del sistema límbico mostraba un aura con lacrimación.

Pfhul (1953) supuso que el lagrimeo psíquico o, mejor, como especificó en su trabajo, el llanto en el infortunio, el dolor y la emoción, sería el resultado de la estimulación de los campos corticales frontales responsables de los movimientos oculares y localizados en el seguro giro o circunvolución frontal. Mizukawa y cols. (1954) comunicaron que la estimulación de los núcleos hipotalámicos ventromediales del conejo pueden causar lacrimación.
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Botelho, tanto en solitario (1964) como en asociación con Hisada y Fuenmayor (1966) concluyó que lesiones o alteraciones funcionales de córtex frontal, núcleos de la base e hipotálamo pueden reducir o aumentar las lágrimas de origen psíquico.

En ciertas afecciones difusas del sistema nervioso central, especialmente cuando se alteran los núcleos de la base (parálisis seudobulbar), se presentan crisis súbitas de llanto sin causa o motivo aparente, con incontinencia emotiva y perdida del control voluntario de las reacciones emocionales. Se trata de fenómenos de liberación de los mecanismos inhibitorios de los centros superiores. En este marco hemos de incluir el denominado “clonus emotivo

Es evidente la complejidad de los mecanismos neurológicos que originan la lacrimación consecutiva a la emoción, la exaltación o la experiencia mística.

En último término, los fenómenos psíquicos que se desarrollan en la esfera íntima durante el episodio emocional “excitan” de algún modo la corteza del cerebro interno para irradiarse a la periferia y dar lugar a la somatización de la emoción. Es así como el soma intenta revelar el espíritu. Por tanto, en toda expresión somática, es preciso requerir los mecanismos íntimos que impulsaron esa trasposición corporal. Un atleta en pleno esfuerzo de velocidad imita íntegramente el esfuerzo de una gacela que huye, pero el impulso los diferencia de forma rotunda. No es el miedo lo que ha desencadenado el esfuerzo físico del corredor, sino la exaltación, el afán de superación y el espíritu competitivo.

Por ello, el hombre dota de expresión casi toda su vida psíquica. Como dice Nicol en su “Metafísica de la expresión”, “El hombre es expresión y este carácter le distingue de cualquier otra forma de ser en el Universo” y termina la bellísima frase “la expresión no es solamente algo que tiene o posee nuestro ser, sino algo que nos constituye en lo que somos, algo que “forma” nuestro ser y que permite identificarlo ontológicamente”.
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Es obvio que, en esa expresión, en esa manifestación somática de nuestra vida interior, ocupa un lugar privilegiado el llanto. El don de lágrimas es, en realidad, una manifestación emotiva compleja en la que un conjunto de sentimientos de riqueza y profundidad diversa según la personalidad y las circunstancias tienen una vía de expresión concreta: el llanto. De la hondura de los sentimientos y de la magnitud de esta gracia divina sólo apreciamos el único signo sensible, las lágrimas.

Es evidente que el llanto ha quedado restringido en nuestra sociedad a situaciones muy específicas y carece de espacio si procede de emociones profundas no justificadas objetivamente. A veces sólo es sospechoso producto de la autoestimación, de la emoción generada por la autocomplacencia. Esto no modifica el inmenso valor y la rica expresividad de una emoción religiosa intensamente vivida y exteriorizada a través del órgano creado para captar la luz que es “el ser de los cuerpos” y, consecutivamente, la sabiduría que es el camino de la Verdad. Ese camino fue tan luminoso para San Ignacio, que sus ojos no soportaron su intensidad sin derramar abundantes lágrimas pero manteniéndose firme en su ser por la atracción que experimentaba por parte del eros divino. “La obra del amor como principio del ser es unificación”. Por ello el llanto de San Ignacio encierra la solicitud patética a la divinidad, el gozo estético de la autoinmolación y el reconocimiento tremante de los dones recibidos.

Resumen

El estudio pormenorizado de las expresiones místicas de San Ignacio de Loyola, ponen de manifiesto que la “gracia del llanto” le fue concedida con suprema largueza como manifestación exquisita y selectiva del Amor Divino. La lectura de su “Diario Espiritual” pone en evidencia la profundidad, el carácter y la frecuencia de estas experiencias, lo que justificó las admoniciones y las medidas disciplinarias que los médicos decidieron para la protección de sus ojos.

Aún cuando han sido bien estudiadas la vías neurales de la secreción lagrimal, se desconocen los mecanismos íntimos del “llanto psíquico”, ya que se trata de una función exclusivamente humana y no es posible desarrollar una experimentación correcta y rigurosa de la misma.

El mecanismo íntimo del llanto en el infortunio, el dolor y la emoción continúa siendo un enigma, sin embargo, los valores espirituales de la “gracia del llanto” se ofrecen en la más generosa manifestación del eros divino.

Este virtuoso artículo lo escribió el Doctor, y profesor José Luis Munoa Roig, oftalmólogo, historiador, rotario y criminólogo, profesor emérito de la Universidad del País Vasco (U.P.V.) Ex - profesor de ética médica, Master de Criminología, Ex-profesor de Historia de la Medicina, UPV/EHU. Y Co-autor de la "Historia de la Oftalmología española”.
Muchas gracias José Luis, por este magnífico artículo.

Agradecimientos
José Luis Munoa Roig
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Manuel Solórzano Sánchez
Enfermero Hospital Donostia. Osakidetza /SVS
Miembro de la Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
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Etiqueta: Historia de la Enfermería