viernes, 14 de agosto de 2009

EL MAL DE SAN ANTÓN O FUEGO SAGRADO

En el siglo XII aparecen en España focos del “mal de San Antón” o “fuego sagrado”.
En el año 1214 vino a España la Orden de San Antón (o antoninos) para atender a estos enfermos, que, como es sabido, sufrían brotes de ergotismo producidos por el cornezuelo del centeno, a los que dada la aparición en focos, se les consideró contagiosos. La primera casa para estos enfermos se estableció en Castro Xeriz (Castrojeriz, en Burgos).
A pesar de sus ruinas, el viejo convento de San Antón (siglo XIV), sigue estando cargado de magia y esoterismo. Los frailes antonianos aquí instalados tenían fama por sus conocimientos en la curación del "mal de San Antón" o "fuego sacro", una enfermedad gangrenosa parecida a la lepra muy extendida en los siglos X y XI. Por el peligro de contagio, este tipo de hospitales, casi 400 en toda Europa, se construían fuera de los núcleos urbanos. Para luchar contra la enfermedad se servían de los efectos benéficos de la letra griega tau, que llevaban cosida en rojo en la túnica negra. Además no vacilaban ante el menor síntoma sospechoso de malignidad, en amputar brazos y piernas, que colgaban posteriormente en la puerta del hospital. Hoy en día es un sencillo albergue de peregrinos, pero se te pondrán los pelos de punta al escuchar aquellas antiguas historias.

Desde el siglo IX al XIV y en menor grado hasta el siglo XI, se declaraban epidemias de dicha enfermedad, especialmente en las regiones orientales de Francia, Rusia y Alemania, cuyas consecuencias resultaban más temibles, incluso que las de la propia lepra. Así, por ejemplo, se recuerda que durante el reinado de Felipe VI, en 1130, estalló una epidemia en La Lorena, enfermando gravemente una gran cantidad de personas.
Esta enfermedad recibió los nombres de “fuego sagrado”, “mal de los ardientes”, “fuego infernal” o “fuego de San Antonio”. Este último nombre data del siglo XI, en que se fundaron los monasterios de San Antonio Ermitaño, para atender a sus víctimas. El fuego de San Antonio se presentaba bajo formas muy distintas. En unos casos afectaba a las vísceras abdominales, originando un cuadro que aunque muy doloroso, por fortuna era de muy corta duración, conduciendo a los enfermos a una muerte casi súbita. En otros, más frecuente, el proceso comprometía de preferencia los miembros.

Los enfermos “atormentados por dolores atroces lloraban en los templos y en las plazas públicas; esta enfermedad pestilencial, corroía los pies o las manos y alguna vez, la cara”. Comenzaba con un escalofrío en brazos y piernas, seguido de una angustiosa sensación de quemazón. Parecía que las extremidades iban consumiéndose por un fuego interno, se tornaban negras, arrugadas y terminaban por desprenderse, “como si hubiesen cortado con una hacha”. La inmensa mayoría sobrevivía, quedando mutilados y deformados enormemente, por la pérdida incluso de los cuatro miembros.

Por otra parte, la enfermedad atacaba a las mujeres embarazadas, en las que producía irremediablemente el aborto, incluso en los casos más leves. Las antiguas culturas orientales, utilizaban lo que llamaban “granos negros del centeno” para provocar el parto.

¿Qué hacían para librarse del fuego de San Antonio?
Rezar, llevar amuletos benditos e ingerir infusiones de yerbas, pero a pesar de todo esto, la enfermedad seguía arrasando vidas, lisiando y matando.
Hasta finales del siglo XVI, los enfermos peregrinaban al santuario de San Antonio Ermitaño. Allí recibían los cuidados de los frailes antoninos, que llevaban marcada como distintivo una “T azul” sobre el hombro de sus túnicas. Es probable que esta T quisiera simbolizar las muletas que utilizaban quienes acudían en busca de sus cuidados.
El Hospital de la Orden de San Antonio de Viena, ya bien avanzado el siglo XVII, poseía una abundante colección de miembros, unos blanqueados y otros ennegrecidos, recuerdo de los enfermos que ahí habían recibido asistencia.
Una de las narraciones encontradas decían: Hace unos mil años, una rara epidemia de locura azotó Europa. Las víctimas de esta enfermedad sufrían lo indecible. Además de tener alucinaciones terroríficas, sus piernas y brazos se volvían negros y poco después sobrevenía la gangrena. Dichas extremidades gangrenosas podían ser arrancadas del cuerpo sin que se presentara el menor sangrado. La enfermedad fue llamada Fuego de San Antonio debido a que muchos de los síntomas recordaban el martirio que sufrió el santo cuando se fue a orar al desierto. La causa de la enfermedad estaba en el centeno. El pan preparado con éste grano solía estar infectado con un hongo, el cual causaba los síntomas.
Otra de las narraciones encontrada nos dice: Aunque no muy conocidas en estos tiempos, las intoxicaciones causadas por el consumo del cornezuelo provocaron terribles epidemias en años pasados, especialmente los años con inviernos fríos, seguidos de veranos húmedos.

Europa padeció cíclicamente epidemias y plagas de todo tipo que diezmaron a la población, desde gripes, peste, lepra y quizás la menos conocida de todas, pero la más terrorífica, el denominado ignis sacer ("fuego sagrado") o fuego de San Antonio. Los testimonios más antiguos se remontan a la época de los asirios 600 años a.C.

La primera noticia fehaciente que se tiene de esta epidemia está fechada en el año 1.039, en la ciudad francesa de Dauphiné donde está enterrado San Antonio, famoso por sus visiones demoniacas, defensor de la epilepsia, el fuego y las infecciones, de ahí su nombre popular.

La epidemia más grande que se recuerda se produjo en el sur de Francia donde murieron cuarenta mil personas, caso del "pan maldito" en el pueblo Pont Saint Esprit; siendo la última en el año 1951, también en éste país donde se utilizó para alimentar al ganado, extendiéndose la enfermedad a las personas, muriendo más de una docena y habiendo cientos de afectados.
En 1597, la Facultad de Medicina de Marburgo, decidió investigar los posibles orígenes de la enfermedad, llegando a la conclusión de que era exclusivamente debida a la ingestión de pan amasado con harina de centeno, contaminada por el cornezuelo del centeno, Secale cornutum, el cual es el micelio de un hongo, Claviceps purpurea, que se desarrolla sobre todo en los años húmedos, en las espigas del centeno, suplantando a un grano que resultaba destruido al desarrollarse este hongo. Su color es negro violáceo y con una forma que se ha comparado al “espolón de un gallo”. El cornezuelo tiene la propiedad fisiológica esencial de provocar la contracción de las fibras musculares en especial las lisas (útero, vasos sanguíneos).

El alcaloide principal del cornezuelo del centeno es la ergotamina (Stoll, 1918), que es un paralizante periférico del simpático.

En la historia del Viejo Mundo se describen misteriosas dolencias que afectaban a familias enteras, lo cual ocurría en determinadas épocas del año, coincidiendo con la confección del pan, preparado con los “cuernos” del centeno. Se la llamaba “enfermedad de los pobres”.
La intoxicación (ergotismo) puede ser aguda, mortal, con trastornos vasomotores: hormigueos en los miembros, vértigos, pulso pequeño y lento, insensibilidad. Después de un verdadero estado tetánico con períodos de depresión, torpeza, delirio alucinatorio, la muerte sobreviene pronto por asfixia. La crónica depende de la ingestión de dosis pequeñas, pero repetidas. En ella predominan los signos necróticos a nivel de las partes distales (nariz, orejas, dedos), los cuales pueden sucumbir por gangrena debida a la intensa contracción de las arteriolas más finas con trombosis hialina. Las partes afectadas tienen un tinte azul negruzco, acompañándose su desarrollo y deslinde de vivos colores (ignis sacer, fuego sagrado).

El hecho de que la intoxicación por el cornezuelo del centeno producía abortos, era ya conocido por las mujeres que en la antigüedad hacían las veces de comadronas. En el siglo XVIII, algunos médicos europeos descubrieron que pequeñas dosis eran capaces de provocar contracciones espásticas del útero, sin llegar a la intoxicación de los pacientes, con lo cual el cornezuelo pasó a engrosar el arsenal terapéutico, si bien con una indicación muy restringida en obstetricia. Su máxima difusión como medicamento fue en Norteamérica, en que gracias a la poderosa contracción uterina ejercida por su administración hizo que se le utilizara en las hemorragias postparto.
El control de las epidemias del fuego de San Antonio fue relativamente sencillo, en cuanto se comenzó a prevenir la ingestión de centeno contaminado, ya que esta medida no fue resistida por la población. Por lo demás, la relación entre la ingestión del material tóxico y la aparición de los dolores consecuentes, era más o menos comprendida desde la niñez, por la propia experiencia o por la enseñanza de los mayores. Pese a todo, estas epidemias de ergotismo continuaron apareciendo durante otros ciento cincuenta años hasta que al fin se generalizó el conocimiento de la acción tóxica del cornezuelo. Así fue como la Medicina pudo vencer a las epidemias del fuego de San Antonio, pero a pesar de ello, en las épocas de gran carestía, la espantosa necesidad de alimentos hizo que el instinto prevaleciera sobre la inteligencia, facilitando la aparición de pequeñas epidemias, como la declarada entre los campesinos rusos en el año 1888.

Camino de santiago
Durante la Edad Media, en pleno auge del Camino de Santiago, acudían en peregrinación a Compostela muchísimos habitantes del norte y el centro de Europa, atacados por el llamado "fuego de San Antonio", "fiebre de San Antonio", también conocida como "fuego del infierno" o “fuego sagrado”, también llamado “mal de los ardientes” o “mal de los pobres”.

Esta enfermedad, que creían un castigo divino por sus pecados, provocaba alucinaciones, convulsiones, fuertes dolores abdominales y, sobre todo, una quemazón fuerte que casi siempre terminaba en gangrena. Las mujeres embarazadas abortaban siempre. Los que la padecían podían eventualmente sobrevivir, pero perdían uno o más miembros.
Al peregrinar, pedían a los clérigos de la orden franciscana de San Antonio, que tenían hospitales dedicados por entero a la atención de este mal a lo largo de la ruta, que tocaran sus extremidades con el báculo en forma de Tau, o que les dieran pequeños escapularios llamados Taus, o que los alimentaran con pan y vino bendecidos con el báculo abacial también en forma de Tau. (Tau es la letra hebrea y griega que empleaba san Francisco como su firma, muy utilizada por la iglesia por su semejanza con la cruz). Poco a poco, mientras recorrían el camino, los enfermos mejoraban. Al llegar ante el Apóstol, estaban totalmente curados. Pero al regresar a casa, pasado el tiempo, volvían a enfermar, volvían a peregrinar y sanaban nuevamente. Estas infalibles curaciones "milagrosas" fueron parte de la legitimación del poder de Santiago y de la orden de San Antonio en Europa.
Hoy en día se sabe que el "fuego de San Antonio" es una enfermedad vascular, conocida actualmente como ergotismo, que se contrae al ingerir de manera habitual alimentos contaminados con toxinas producidas por hongos parásitos que se hallan fundamentalmente en el centeno. Los pueblos de norte y centro Europa tenían como base de su dieta el pan de centeno. Al recorrer el Camino de Santiago, su dieta cambiaba (en la Europa meridional la base de la alimentación era el pan a base de trigo), por lo que iban sanando paulatinamente
El ergotismo gangrenoso lo producía el consumo prolongado del pan de centeno contaminado por el hongo del cornezuelo.

El Hospital del Convento de San Antón de Castrogeriz curaba a los enfermos ofreciéndoles pan de trigo.
Albert Hofman, a partir del cornezuelo en los laboratorios Sandoz, escribió junto con el entomólogo Gordon Wasson y el historiador Ruck un libro titulado “The road to eleusis: Unveiling the secrets of the mysteries”, que trataba sobre un estudio de la antigua Grecia en el que los sacerdotes del santuario Deméter, diosa de los cereales, daban y utilizaban un brebaje de centeno, que cultivaban ellos, por el que había personas que veían a la misma diosa y tenían otras alucinaciones
Fotos: Las fotos están escaneadas de los libros de Historia de la Enfermería y de Internet.

*Manuel Solórzano Sánchez; **Jesús Rubio Pilarte y ***Raúl Expósito González
* Enfermero Hospital Donostia. Osakidetza /SVS
** Enfermero y sociólogo. Profesor de la E. U. de Enfermería de Donostia. EHU/UPV
*** Enfermero Servicio de Medicina Interna del Hospital General de Ciudad Real
masolorzano@telefonica.net
jrubiop20@enfermundi.com
raexgon@hotmail.com

1 comentario:

Anónimo dijo...

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