viernes, 13 de julio de 2012

LA PRIMERA INYECCIÓN AL HOMBRE DE PENICILINA


LA PRIMERA INYECCIÓN AL HOMBRE
Al primer hombre que se utilizó la penicilina como tratamiento fue a un policía de 43 años, llevaba cuatro meses luchando contra su enfermedad. Tenía la cara y el cráneo convertidos en una lacería de abscesos que supuraban. También en el hueso de su brazo derecho, el húmero. Todo empezó con un absceso al lado de la boca. Tenía fiebre, gran postración, insufribles dolores, inapetencia, está profundamente intoxicado, apenas le quedan glóbulos rojos en la sangre para sostener la vida que se le escapa. El laboratorio dictamina que la infección se debe al staphylococcus aureus, reforzada posteriormente por el streptococcus pyogenes. Hay que incidir todos los abscesos que se forman, y el rostro del enfermo se convierte en una criba de sajaduras. Precisa eviscerar un ojo e incidir la otra órbita. Se practican transfusiones de sangre. ¡Ah! Las sulfamidas han fracasado.


FOTO 001 Portada del libro Historia de la Penicilina de Alfonso Nadal Sauquet, 1946

Ante lo desesperado del caso, ¿quién entablaría discusión sobre el deber del médico? Es prudente, humano y científico probar la Penicilina que tanta actividad demuestra contra los estafilococos y estreptococos.

Cuando se le administra la primera inyección, la cabeza y el brazo del enfermo son un par de pus. Recibe la primera dosis por vía intravenosa, y poco más tarde de una hora se presenta un inesperado accidente. En enfermo tiene escalofríos y sufre un acceso de fiebre. Repetidas inyecciones, pues se le administran 100 miligramos cada tres horas, reproducen el ascenso térmico y la tiritona. Está visto; lo que se inyecta produce fiebre. Más esta pequeña contrariedad, que también se encargarán los químicos de solventar, queda bien pronto compensada por un hecho altamente satisfactorio: al cabo de 24 horas, cuando se llevan administrados 800 miligramos de Penicilina, el enfermo experimenta una sorprendente mejoría. La supuración del cráneo parece cesar como por encanto, y también mermen las restantes fuentes de pus. ¿Qué consecuencia se desprende de este hecho prometedor? Muy sencillo: hay que dar más Penicilina.

Y al día siguiente se le administran 100 miligramos cada cuatro horas. En el corazón de los médicos y en el del propio enfermo sonríe la esperanza. ¡Qué bella es la lucha contra la muerte! ¡Más Penicilina!

Al día siguiente, el enfermo recibe una gran transfusión de sangre, con el intento de sostener sus fuerzas mientras se produce en su organismo la deseada acción bacteriostática. En 24 horas se le administra 1 gramo de Penicilina.

Un día más. Cien miligramos cada tres horas. Gran parte de esta Penicilina ha sido recogida de la propia orina del enfermo, y, hecho curioso, esa “Penicilina recuperada” no produce escalofrío que determinaba la procedente del laboratorio. Ergo: la Penicilina es inocente de la hipertermia, que cabe atribuir a alguna sustancia pirógena que acompaña a la noble sustancia y de la que ésta se desprende en su tránsito a la orina, como si el propio organismo la depurase.

Al día siguiente persiste la mejoría. ¿Es una victoria? Pues la Penicilina empieza a escasear y ya no puede sostenerse el insistente ritmo de su administración periódica.

Al día siguiente se escriben parecidas palabras a las que han justificado tantos partes de rendición: Agotado el suministro de Penicilina. En cinco días se administraron 4,4 gramos. La mejoría del enfermo había sido extraordinaria: recuperó el apetito, no tuvo fiebre, las infecciones del rostro y de la cabeza se habían resuelto. Tosía aún, los esputos contenían estreptococos.

Diez días de estacionamiento. De zozobra, de esperanza. La vitalidad del enfermo languidece, empeora, especialmente en su aparato respiratorio, y finalmente se extingue. Como en la primera infección experimental, los investigadores se lamentan: ¡si hubiesen tenido más Penicilina!

Hay que producir más, mucha más, grandes, inmensas cantidades de Penicilina. Es el estribillo machacón en toda la Historia de esta substancia. Es lo que adelante ya exige, no el interés de la investigación, sino de los enfermos. Es lo que reclaman los servicios hospitalarios de todo el mundo. Es, aunque tácita, la última orden del pobre policía.

DEL POLVO PARDO A LA PENICILINA CRISTALIZADA
Llegó un momento, cuando la Penicilina alcanzaba alrededor de las 100 unidades por miligramo, en que la Clínica se declaró satisfecha con el grado de purificación alcanzado.

El camino recorrido cronológicamente:
Año 1940. Se publica una primera nota acerca de la Penicilina, y aunque no se describen los métodos de cultivo, determinación y extracción de la misma, se manifiesta que las experiencias de laboratorio se han realizado con Penicilina en bruto en forma de “polvo pardo”. El polvo contenía sólo 1 – 2 % de Penicilina pura. De modo que la actividad de la misma no pasaba de 10 – 20 unidades por miligramo.


FOTO 002 Sir Alexander Fleming, Profesor de Bacteriología de la Universidad de Londres, descubridor de la Penicilina. Sir Howard Walter Florey, Profesor de Bacteriología de la Universidad de Oxford, jefe del equipo de investigadores que logró dar aplicación terapéutica al descubrimiento de Fleming. Ernest B. Chain, Profesor de Patología Química de la Universidad de Oxford, artífice de la obtención de la Penicilina

Año 1941. Se describen los medios de cultivo y extracción. El máximo de pureza alcanza al 5 %, de modo que la actividad es de 50 unidades por miligramo. La penicilina llega  ala clínica. Se descubre la presencia de “pirógenos”, que se eliminan con la adopción del método cromatográfico.

Año 1942. Lo más notable es la obtención de una sal de Bario que presupone las 500 unidades de actividad por miligramo, o lo que es lo mismo un 50 % de pureza la “semi Penicilina”.

Año 1943. Los químicos de Oxford, Chain y Abraham, han obtenido la valiosa colaboración de los doctores Baker y Robinson del Dynson Perrins Laboratory. Se obtienen preparados de gran pureza 650 – 1.000 unidades Oxford. Otros investigadores, Duffin y Smith descubren el ácido penicílico.

Año 1944. Mutismo total. No se habla de la Penicilina para nada, las revistas profesionales dejan de publicar artículos referentes a la Penicilina, su cultivo, extracción y purificación.

Pero se sigue investigando con el fondo de la cruel imagen de la guerra. Los químicos de Inglaterra y de los Estados Unidos son tan beligerantes como sus conciudadanos, y si dejan de publicar sus progresos en las revistas científicas es porque el enemigo acecha y la Penicilina se ha convertido en… secreto de guerra. La Penicilina se ha erigido en la gran salvadora de vidas. Víctimas civiles de los bombardeos aéreos, soldados heridos en los campos de batalla, deben a esa maravillosa sustancia la sobrevivencia. Y para que el enemigo no se beneficie de ella, se prohíbe la publicación de los detalles técnicos. Una cortina de humo se cierne sobre los trabajos y progresos referentes a la Penicilina, pero tanto en Inglaterra como en América, sin decir el cómo, el cuándo ni el porqué, se da la gran noticia de haber obtenido la “Penicilina Cristalizada”, 1945.

EL “ESTIRÓN” DE LA PENICILINA
Si repasamos la historia del primer caso el policía, se le había administrado 4,4 gramos de Penicilina administrada en cinco días, presuponiendo más de 400 litros de cultivo y fue muy poca sustancia para administrar.

El segundo caso clínico experimentado fue el de un muchacho de 15 años que llevaba alrededor de un mes sufriendo una infección por estreptococos reiteradamente “sulfamidada” sin éxito. A este enfermo se le pudo administrar una dosis total de 3,4 gramos de Penicilina arrebañándola de todas partes, de la orina del policía. Se pensaba que al ser joven el paciente con la dosis de 3,4 gramos bastarían para atajar la enfermedad. No fue así. Pero no dejó de presentarse una gran mejoría transitoria del estado general.


FOTO 003 Ampollas de Penicilina para uso clínico, polvo pardo en 5.000 unidades Florey

El primer éxito llegó con un paciente que presentaba carbunco. Durante dos meses hicieron acopio de grandes cantidades de Penicilina para poderla emplear sin desmayo cuando la ocasión lo requiriera. Cuando ésta se presentó, prodigaron la Penicilina a manos llenas. Empezóse por administrar 1 gramo en las primeras cinco horas y poco menos de tres gramos en el primer día. Luego unos 2,5 gramos diarios, de manera que al quinto día de enfermedad se habían administrado más de 10 gramos de Penicilina, y la administración continuó, aunque a ritmo más lento, unos pocos días más. Resumiendo, la sangre acusó continuamente una reacción bacteriostática, y el enfermo sanó y fue dado de alta en dieciséis días. El tratamiento sólo había durado una semana. Este era el buen camino.

La dosis terapéutica de Penicilina eran 15.000 unidades, y se debían repetir cada tres horas.

LA PENICILINA Y LA GUERRA
En pleno siglo XVI florece un genio “Ambroise Paré”, empezó de barbero, era el tiempo de los “barberos sangradores o cirujanos barberos” y acabó de cirujano habilidísimo. La situación quirúrgica en aquella época decía así: “señores, respondo de mi habilidad, pero no respondo de la operación; unos pacientes se morirán y otros sanarán, y Dios sobre todos”. Como si dijéramos, Ambroise paré se lava las manos… Los pacientes se morirán, pese a la habilidad de los cirujanos, precisamente porque éstos no se lavarán las manos en mucho tiempo.

Ambrosio Paré, un aprendiz de Barbero. Publicado el domingo día 20 de junio de 2010

Llegando al siglo XIX, la opinión de los cirujanos acerca de la práctica quirúrgica en tiempos de paz. Velpeau decía: El pinchazo de una aguja es puerta abierta a la muerte”; puerta que el escalpelo se encargaba de agrandar. Y la incisión de un panadizo podía acarrear tan malas consecuencias como no sajarlo. Verneuil se lamentaba de que “ni las indicaciones más precisas, ni las previsiones más racionales, abstención, conservación, mutilación restringida o radical, desbridamiento preventivo o consecutivo, curaciones raras o frecuentes, emolientes o excitantes, secas o húmedas, con o sin drenaje, nada daba resultado”.

¿Y si miramos lo que acontecía en la cirugía de guerra? Pues sencillamente peor. Sedillot, el de la palabra microbio, se plañía de la “espantosa mortandad de heridos por armas de guerra” y de que los “lugares donde se encuentran los heridos se reconocen por el olor a supuración y a gangrena”. Landouzy decía que el pus “parecía brotar por todas partes, como sembrado por los cirujanos”, y Denonvilliers advertía a sus alumnos: “antes de efectuar una amputación, es menester reflexionar diez veces, porque, al decidir la operación, firmamos a menudo una sentencia de muerte”.

Eran tiempos aquellos, como dice Vallery Radot, en que “sólo se oía hablar de pioemia, gangrena, erisipela, septicemia e infección purulenta”; y Nelaton prometía una estatua de oro a quien hallase el modo de vencer a la última infección.

Por aquel entonces la cirugía ya había uncido a su carro uno de los cuatro caballos con que emprendería su carrera triunfal: la anestesia, Pasteur con la bacteriología, aconsejaba flamear los instrumentos de uso quirúrgico, calentar las vendas e hilas a 140º antes de usarlas, y la utilización de agua hervida. Pasteur decía: que si el tuviese el “honor de ser cirujano”, se serviría de instrumentos perfectamente limpios al uso bacteriológico, es decir, estériles y lavaría las manos. Así fue cómo Joseph Lister, que sólo por haber sabido “ver y comprender” en aquellos tiempos en que los cirujanos estaban ciegos, merecería el renombre de grande. Lister se lava las manos sin metáfora, obliga a hacer lo mismo a sus ayudantes; y se erige en el campeón del ácido fénico. La mortandad disminuye en sus salas, finalmente su técnica se impone.

Los guantes del amor. Publicado el sábado día 13 de marzo de 2010

La cirugía tenía tres obstáculos principales: el dolor, por el que era cruel; la infección, por lo que era mortífera, y las dificultades anatómicas, que obligaban a una verdadera servidumbre por conservar las venas y las arterias, había que ligar todo vaso que sangraba antes de proseguir con la operación, si no se quería perder al enfermo por hemorragia.

HERIDAS EN LA GUERRA
Cuando suena el tableteo de las ametralladoras con el bronco acompañamiento de los cañones, la situación es muy distinta; el Puesto de Clasificación y el Hospital Base parecen estar a muchas horas de distancia, y pese a la voluntad y abnegación de las enfermeras, camilleros y ambulancias, excepcionalmente se logra llegar a manos del cirujano de campaña dentro del “espacio libre”. También es distinta la índole de las heridas; abundan las producidas por arma blanca, arma de fuego, por proyectil o casco de metralla. En este último caso los destrozos ocasionados son grandes; pero no le van a la zaga las ocasionadas por bala.

Las balas actúan, más que por la masa, por su gran velocidad. Así tienen una acción principalmente penetrante: atraviesan la piel dejando un pequeño orificio de entrada y otro de salida. Si juzgáramos los destrozos internos por la magnitud de ambos orificios, correríamos el riesgo de equivocarnos lamentablemente; la masa muscular ha sufrido un fenómeno de estallido proporcional a la fuerza viva del proyectil; indefectiblemente la bala arrastró consigo cuerpos extraños, tierra y principalmente ropa que dejan la herida como carne mechada, tierra y ropa que son un vehículo idóneo de microbios. Si se descuidan estas heridas, aparecerá la terrible gangrena gaseosa, y el herido correrá e peor riesgo de su vida.

¿Cuál debe ser la conducta del cirujano respecto de estas heridas?
Ya vimos el desconcierto reinante en el siglo XIX, y sin embargo no faltó quien anticipándose a los estudios de Friedrich y sin tener noticia de la existencia de los microbios, había acertado con la técnica adecuada. Dominique Larrey, médico jefe de los ejércitos napoleónicos, había escrito: “Para evitar las graves complicaciones, tan frecuentes en estas heridas, y prevenir su término fatal, empleo sangrías revulsivas (ventosas escarificadas) sedantes y régimen antiflogístico, con sorprendente éxito, después de haber, en toda ocasión y contra la opinión de muchos autores ingleses y franceses, desbridado amplia y profundamente la entrada y salida de los proyectiles”.

La mayoría de los médicos no le hicieron caso y los hospitales olían a podredumbre y a gangrena.

La dolorosa experiencia de la primera guerra europea dio sobrados motivos para confirmar las aseveraciones de Friedrich, que datan de 1890. El cirujano que suturaba transgrediendo la ley del “espacio libre” se convertía en colaborador más directo de la gangrena. No sin resistencia los cirujanos se desacostumbraron de coser, para sólo cortar.

Por el orificio de entrada, el dedo del cirujano hurga buscando fondo, y con el bisturí, y mejor aún con las tijeras, corta piel, aponeurosis y músculo, en seguimiento del dedo. De este modo se practica un amplio desbridamiento que no deja recovecos donde aniden los terribles clostridia, agentes de la gangrena gaseosa, que deja a cielo abierto las galerías formadas por el proyectil, y con contraaberturas en lo que serían pozos muertos.

El cirujano de guerra, contrariamente a su colega civil, se preocupa de abrir más la herida, de ampliarla en lugar de coserla; prácticamente prescinde del “espacio libre”, dada la imposibilidad de vigilar el curso del herido, que será mandado a la retaguardia. Durante la primera guerra mundial se hizo un uso intensivo del hipoclorito, con el laudable intento de adelantar el tiempo de sutura, pero si recordamos los estudios de Fleming acerca de los antisépticos, comprenderemos la poca confianza que merecen los antisépticos en general. Con la herida abierta, ampliamente desbridada, sin dejar repliegues por poner a plano, se puede confiar al soldado a la larga, y a menudo lenta, teoría de las evacuaciones. En estas circunstancias, la sabia naturaleza pondrá generosa el resto.


FOTO 004 Barón Jean Dominique Larrey, 1766 - 1843

En el número 4 de 2008 de “Medicina e Historia” está dedicado al paso de Dominique Larrey por España (1808-1809). Dominique nació el 8 de julio en Baudéan, Hautes Pyrenées, huérfano a los 13 años, empezó su aprendizaje médico-quirúrgico con su tío Alexis, cirujano jefe del hospital Saint Joseph de la Grave de Toulouse. Tras cursar sus estudios de cirugía en Toulouse y París se convierte en médico militar napoleónico y crea el transporte por ambulancia, introduce los principios de la sanidad militar moderna, realizando los primeros triajes en los campos de batalla y establece un orden de prioridad en la asistencia de los heridos independiente a su rango e incluso al ejército al que pertenecían. Este número repasa las dos estancias de Larrey en España, la primera participando en la guerra de nuestro país contra la Revolución y la segunda al inicio de la Independencia. (1)

LA PENICILINA EN LOS HOSPITALES BASE Y PUESTOS DE CLASIFICACIÓN
El resto es la cicatrización lenta, llamada por segunda intención. El boquete abierto por el proyectil y agrandado por el cirujano se rellena de tejido de “granulación”, constituido por células de tejido conjuntivo jóvenes que, al llegar al estado adulto, se convertirán en fibroblastos, encargados de retraer los bordes de la herida, de desequilibrar la anatomía de la región afecta, traducida por rigideces y limitación de movimiento. Lo que, si se salva la vida, no constituye un tributo gravoso.

Conocida la acción de la Penicilina contra los tres gérmenes “malos” de las heridas de guerra: streptococcus pyogenes, estafilococo y clostridia, Florey la lleva consigo a la campaña del Mediterráneo. Se trata de averiguar el método mejor y más económico para evitar las septicemias en los soldados heridos. Por consiguiente se dará preferencia a la aplicación local, reservándose la vía general para los casos en que, por la extensión y profundidad de las lesiones, se puede presumir el fracaso de la primera.


FOTO 005 En esta placa realizó Fleming su gran descubrimiento. Método de la Placa acanalada. La operación de llenar los frascos para cultivo de penicillium notatum debe ser cuidadosa para prevenir contaminaciones

Se empezó tratando pacientes que llevaban de tres semanas a cuatro meses con su herida séptica y en los que las sulfamidas se habían demostrado inútiles, es decir, se empezó por tratar infecciones crónicas. Cuando se trataba de heridas de tejidos blandos se lograron grandes éxitos con la aplicación local de Penicilina, pero los resultados ya no fueron tan brillantes cuando se intentó tratar las fracturas abiertas, es decir, aquellas en que el boquete de la herida comprende también un hueso fracturado, aunque algunas se curaron con administración general. De todos modos se consideró que el tratamiento en fase tan avanzada de la infección, constituía un derroche del precioso material y de trabajo por parte del personal médico. La Penicilina pasaría al Hospital Base avanzado.

En él se reciben a los heridos procedentes del Puesto de Clasificación, donde han sido tratados conforme a la ortodoxia de guerra: desbridamiento y dejar la herida ampliamente abierta. En el Hospital base se deja cicatrizar a la mayoría de heridas por granulación, pero cuando ofrecen un aspecto sumamente favorable se procede a la sutura tardía o al injerto, no siempre con éxito, pues que la mayoría contiene organismos patógenos y se infectan.

En el Hospital Base, la Penicilina revoluciona la ortodoxia del tratamiento de las heridas de guerra. En lugar de atender a que la herida cierre por granulación, se disecan los bordes de la piel para que puedan deslizarse sobre los tejidos subyacentes. Así se pueden aproximar mediante suturas cutáneas de las llamadas a distancia, que se refuerzan con suturas musculares. Por entre los bordes aproximados de la piel se introduce una serie de finos tubos de goma que llegan al fondo de la herida y por los que se puede inyectar la solución de Penicilina, que contiene 250 unidades por centímetro cúbico. La inyección se repite dos veces al día durante 4 o 5 días. Así se adelanta la cicatrización de las heridas que, por lo común, se realiza en 10 a 12 días. De un grupo integrado por 171 casos, se había conseguido a las tres semanas la completa cicatrización de 104; en 60 quedaban pequeñas áreas de granulación, y sólo en 7 podía considerarse fracasado el procedimiento.

De manera que, en lugar de dejar la herida a plano, se procura que forme una bolsa capaz de contener Penicilina, y si ésta puede alcanzar todos los rincones sin dejar espacios muertos, se encarga de esterilizar la herida y adelantar la cicatrización. Se considera que la cicatrización se presenta en la mitad del tiempo acostumbrado y se reduce el tamaño de la cicatriz, así como la importancia de la rigidez y limitación de movimientos. La Penicilina, sobre salvar vidas, acorta la permanencia de los heridos en el Hospital y reduce la invalidez.

Entonces se pensó en llevar la Penicilina a los mismísimos Puestos de Clasificación, con el afán profiláctico de evitar la infección en las heridas. Para ello se insuflaba un polvo integrado por una mezcla de sulfamidas y penicilina con 5.000 unidades de esta última por gramo, y los heridos así tratados pasaban luego al Hospital Base, donde se pudo comprobar que la mitad de las heridas ya estaban estériles. Allí se procedía a la “sutura con tubos” con óptimo resultado. En especial la insuflación en los Puestos de Clasificación se vio que era sumamente recomendable para las fracturas abiertas.

Vemos, pues, que la Penicilina se arriesga cada vez más en la proximidad de los combates, donde alcanza el fragor de la batalla, el sordo zumbido de los cañones y a veces el mismísimo estallido de las granadas. Allí, en el Puesto de Clasificación, donde todo es dolor, tumulto, confusión hacinamiento de cuerpos desgarrados, donde la carne malherida domeña el espíritu de los más indómitos, donde los hombres gimen y se vuelven niños y llaman a sus madres… la Penicilina cumple su obra de misericordia, ahuyenta las sombras de la muerte, ocupa el primer puesto en esa “batalla al revés”, sin clarines ni charangas, de los hospitales de sangre, donde unos hombres abnegados tratan de enaltecer a la humanidad…


FOTO 006 Enfermero inyectando penicilina. Salvó cientos de miles de vidas en la Segunda Guerra Mundial

CONCLUSIÓN
Este es el camino de la Penicilina, sustancia producida por un hongo, el penicillium notatum, y descubierta por Fleming, figura capital con Pasteur y Koch de la bacteriología contemporánea.

La Penicilina nace de un simple hecho fortuito, de la contaminación de un cultivo, elocuente expresión del lenguaje empleado por la Naturaleza para ilustrar al hombre. Sólo que para entenderlo hay que ser un Fleming, saber “mirar y ver”, como hemos visto en esta Historia de la Penicilina.

Es posible que en el curso del tiempo, dicha sustancia quede superada por otros “antibióticos” más enérgicos, pero siempre le cabrá el honor de haber abierto nuevas rutas al hombre en busca de su remedio.

AGRADECIMIENTO
Koldo Santisteban Cimarro

BIBLIOGRAFÍA
(1) Medicina e Historia número 4 de 2008

Alfonso Nadal Sauquet. Historia de la Penicilina. La aventura del hombre. Colección dirigida por José Janés. Ediciones Lauro 1946

AUTORES
Raúl Expósito González
Enfermero. Servicio de Anestesia y Reanimación. Hospital “Santa Bárbara” de Puertollano. Ciudad Real. Experto en Barberos, Ministrantes y Sangradores

Jesús Rubio Pilarte
Enfermero y sociólogo. Profesor de la E. U. de Enfermería de Donostia. EHU/UPV
Miembro no numerario de La RSBAP

Manuel Solórzano Sánchez
Enfermero Servicio de Oftalmología
Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. Osakidetza /SVS
Vocal del País Vasco de la SEEOF. Insignia de Oro de la SEEOF
Miembro de Eusko Ikaskuntza
Miembro de la Sociedad Vasca de Cuidados Paliativos
Miembro Comité de Redacción de la Revista Ética de los Cuidados
M. Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro no numerario de La RSBAP

martes, 3 de julio de 2012

ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE LAS PARTERAS EN MÉXICO


AUTORAS: Maestra Iñiga Pérez Cabrera, Decana de la ENEO-UNAM. Profesora de carrera de TC. Y Mª Cristina Castañeda Godínez, Profesora de la ENEO-UNAM.


FOTO 001 Iñiga Pérez Cabrera y Mª Cristina Castañeda Godínez

Introducción
El fundamento sobre el cual se dio sentido a la formación de las parteras en México, radica en las raíces culturales, herencia de la época prehispánica. Sin embargo, a lo largo del siglo XX la enseñanza de la obstetricia ha sufrido muchos cambios, que siguieron el modelo de atención de salud y las concepciones materna y neonatal en la formación profesional del área. Gran avance han tenido los conocimientos de los orígenes de la vida, de las leyes de la herencia y el crecimiento y desarrollo embrionario y fetal, los efectos secundarios de los distintos fármacos, de las tecnologías para el diagnóstico y el tratamiento en el ciclo materno fetal, lo cual reafirmó la necesidad del cuidado de la salud de la madre y su hijo a lo largo de todo el ciclo perinatal en una dimensión tanto en lo ético como en lo científico, de cuidar a la pareja desde antes de la gestación en la pre-concepción, la concepción hasta el nacimiento para después brindarles el cuidado integral, considerando, a los integrantes de la familia como un todo, con énfasis en la madre y su hijo por la vulnerabilidad que presentan en esta etapa del ciclo vital, los riesgos en constante interacción con su entorno cambiante, apoyando sus procesos vitales y la motivación para el logro del máximo potencial en los ámbitos biopsicosociales, emocionales y espirituales (1), en la búsqueda de una mejor calidad de vida y el compromiso contraído con el advenimiento de cada nuevo ser humano para un mundo mejor.

Desde una perspectiva histórica, las actividades realizadas por las parteras han sido más que una actitud de trabajo, una experiencia ética, por los aspectos intangibles, en que prevalecen los valores humanos, el cuidado integrador que rebasa el esquema biologicista hacia uno holístico, relacionado con actitudes de ternura, afecto, comprensión y de reconocimiento de las dimensiones del ser humano, de la sensibilidad para uno mismo y la alteridad (2), entendida como el descubrimiento que el “yo” hace del “otro”, de la que surgen una amplia gama de imágenes del otro, del “nosotros”, de las fuerzas existenciales y el apoyo situacional, de los sentimientos generados en la relación de ayuda y confianza, bajo una visión fenomenológica (3).

Antecedentes prehispánicos de la partera en México
Desde la percepción en el ámbito socio-cultural prehispánico que de la partera tenían, a partir de la concepción del nuevo ser humano hasta que veía la luz, dejó hondas raíces, por su poder reconocido en la comunidad, pues era sustantiva su función para que la mujer en el trance de la maternidad continuara su vida cotidiana.

Luz Pérez Loredo relata (4) que la partera basaba su entendimiento sólo en su propia experiencia en el arte de los partos. Sí, bien carecía de escolaridad y de conocimientos racionales sobre la causalidad y terapéutica de las enfermedades; ejercía algunas medidas de orden médico como la aplicación de oxitócicos, unas veces con resultados favorables y otras con situaciones de riesgo para la gestante y su niño.

Este patrimonio legado a las generaciones de parteras, de la actitud tenaz del cuidado hacia la embarazada y la parturienta trascendió hasta el presente. En la dinámica familiar prehispánica fue un factor muy participativo desde que la mujer se daba cuenta de su embarazo. Su tradición continuó ya en la época del virreinato porque la partera muy poco alteró sus actividades. Se encargaba de dar consejos a la preñada, ordenar a la familia lo que debían darle y prohibía todo aquello que pudiera hacer daño a la criatura; advertía de los cuidados en los primeros meses de embarazo y concretaba sus consejos encargando buena alimentación, reposo y moderaciones en los trabajos manuales (5).

Al iniciarse el parto lavaba a la embarazada, arreglaba un lugar donde debía parir y si la parturienta era mujer principal la partera se hacía acompañar de dos o tres mujeres a quienes se les daba el nombre de “tenedoras”, en función a que ayudaban a detener a la mujer en el proceso del parto y el alumbramiento. Más tarde, estas mujeres tenedoras, ya con experiencia por lo observado se convertían también en parteras (6).

Empezado el trabajo de parto, daba un baño a la parturienta y después de éste, le hacía beber la raíz molida con agua de una planta llamada Chihuapatli que gozaba de la propiedad de empujar el feto hacia fuera (7). En caso de no bastar este brebaje se le administraban otros con los mismos efectos. En cuanto a la forma en que se atendía el parto, se observaban determinadas conductas. La partera se colocaba sentada frente a la parturienta y con ambas manos, le frotaba el vientre o se lo comprimía para favorecer los dolores o la expulsión del feto. Las tenedoras se colocaban una en la espalda, en cuclillas, y con sus dos manos apoyaba y oprimía la cintura o el vientre de la parturienta, mientras que la otra tenedora, de pie, le sostenía por los codos, la cabeza o por las sienes.

Otra forma de atender a la embarazada en la última etapa del trabajo de parto era que la comadrona permanecía sentada, en cuclillas, con las manos apoyadas en los glúteos y con los dedos entreabría la vulva. Finalmente con un supremo esfuerzo ayudaba a la expulsión. Otras mujeres parían de rodillas asistidas por las partera; También daban a luz colocadas bocabajo, a cuatro patas, con las manos en el suelo y la comadre recibía a la criatura por detrás; parían también arrodilladas y asidas de una cuerda pendiente del techo; sosteniéndolas de los muslos las tenedoras y ayudantes (8). Estas prácticas, aún se conservan en regiones apartadas de la civilización en la república mexicana.


FOTO 002 Mural Diego Rivera. Historia de la Medicina en México

Con relación a la expulsión de la placenta, las medidas indicadas eran que la mujer que acababa de dar a luz debía descansar sobre su pierna derecha, con el muslo comprimía el abdomen y por supuesto el útero, para facilitar la expulsión de la placenta, la cual se enterraba bajo una de las piedras del fogón o en las cenizas calientes de éste. Al resolverse el parto, la partera recibía al niño con frases amables y con ternura, al mismo tiempo cortaba el cordón umbilical con las uñas, con un fragmento de obsidiana o con un pedazo de otate, para más tarde al secarse, si era niña se enterraba junto al fogón, para aficionarla a su casa y cuidado de ésta, en el caso de ser varón se le daba a un guerrero para que lo enterrara en algún campo de batalla significando con esto que era ofrecido y prometido al sol y a la tierra (9).

Las atenciones del recién nacido se basaban en preparar la ropa, tanto aquella que se necesitaba en el alumbramiento, como después del mismo. El trabajo de la partera no terminaba con el nacimiento del niño, sino que se prolongaba para el bautismo, la lactancia materna y el tratamiento del puerperio; y de requerirse también atendía los abortos (10).

La partera en la Época Colonial
Durante la Colonia, se inició la evangelización de la población, hubo lugar para muchos cambios relacionados con el vestido, la comida, el trato social y la vida familiar, se implantaron diversas medidas y surgieron nuevas organizaciones, pero al arte de los partos, no se le prestó ningún interés.

La urgencia de atender a una mujer que va a parir, dado que es un acto que no se puede posponer, se presentaba como una inesperada oportunidad para las más hábiles parteras, lo cual continuó así en los siglos XVI, XVII y dos tercios del XVIII. La atención del parto siguió en manos del empirismo: de las tenedoras, de las comadronas, de las parteras, quienes sin ningún estudio continuaron ejerciendo.

Los médicos y los cirujanos desdeñaron el ocuparse de la partería, la cual quedó relegada en manos de las parteras indígenas que en nada disminuyeron su prestigio en asuntos de esta clase (11).

La formación de parteras  de la Nueva España al México Independiente
Desde el inicio de la Colonia el Protomedicato fue un Tribunal que establecieron los reyes de España en varias ciudades y provincias de sus dominios, con el objeto de vigilar el ejercicio profesional de los médicos, cirujanos, boticarios y parteras. Tenía jurisdicción en todos los problemas de Salubridad Pública, cuidaban de la buena preparación y despacho de medicamentos y disponían de las providencias necesarias en caso de epidemias u otras calamidades (12).

Después del Protomedicato de la época virreinal, en el México Independiente con la reforma de la educación que culminó con las disposiciones y leyes que implementó Valentín Gómez Farías en 1833, trajo consigo la clausura de la Universidad y la creación de la Dirección de Enseñanza superior con seis Establecimiento de Ciencias. El cuarto de estos fue el de Ciencias Médicas, creado el 23 de octubre de 1833; el mismo que unió los estudios médicos y quirúrgicos, entre ellos el de la Partera. Posteriormente en 1841, por disposición del Gobierno de la República se creó el Consejo Superior de Salubridad, con las atribuciones de regular el ejercicio profesional de los médicos y parteras, vigilar el funcionamiento de las boticas y dictar las medidas pertinentes en materia de Salud Pública, lo que hoy conocemos como Consejo de Salubridad General.

En la segunda mitad del siglo XIX, periodo caracterizado por el triunfo de las fuerzas políticas liberales, la guerra contra los intervencionistas franceses, el fugaz establecimiento de una monarquía europeizante, la victoria republicana encabezada por Benito Juárez y el inicio de una larga dictadura, la de Porfirio Diaz.

La Constitución liberal de 1857, en México, constituyó la piedra angular del movimiento y el sustento legal para los siguientes sesenta años, hasta la Constitución de 1917. El liberalismo republicano buscaba un cambio modernizador, donde las leyes garantizaran el pleno derecho de los individuos a ejercer actividades laborales. En el campo de la medicina, este liberalismo permitió que cualquier persona ejerciera actividades curativas sin la exigencia de una formación académica y la obtención de un título profesional. En éstas, incluían a las parteras, por lo que para entrar al campo de la ciencia y el estudio, y combatir al empirismo y la ignorancia, se impartió la carrera con dos años de formación de modo que evitara que “la obstetricia estuviera absolutamente en manos de las comadres” (13).

En las postrimerías del siglo XIX, las acciones de salud pública emprendidas por el presidente del Consejo Superior de Salubridad, Dr. Eduardo Liceaga se plasman en el primer código sanitario del país (1891) que si bien no incluyen las medidas pertinentes para la regulación profesional de la medicina, sí constituyen el primer intento por forjar con solidez los avances sanitarios en todo el país (14), y a los hospitales los transforma en instituciones de interés público. Se creó una cátedra de obstetricia y operaciones con duración de un año que hacían los estudiantes de medicina y, para las parteras que hacían en dos años el curso, asistiendo con los estudiantes de medicina. Este sistema se mantuvo hasta que la Escuela de Enfermería se separó de la de Medicina y quedó como el esquema de la formación de las parteras profesionales. Al independizarse la ENEO de la Facultad de Medicina, también se separó la enseñanza de las parteras manteniéndose después de los tres años de enfermería los dos años requeridos para su formación hasta 1968 en que se suspendió la carrera de partera en la ENEO-UNAM.


FOTO 003 Sanador. Sello de correos

Educación formal de la mujer en México, en el Siglo XIX
Las opciones que tenía la mujer para estudiar en el siglo XIX, se centraban principalmente en las profesiones de maestra y de partera. La mayoría de las universidades del país ofrecían la carrera de partera, con preparación muy heterogénea, por la autonomía para que los Estados legislaran acerca de la educación en forma independiente con distintos planes de estudio en las diferentes universidades.

En 1833 la Escuela de Medicina de la Ciudad de México exigía como requisitos para ser partera (como en los demás estados) que fueran mujeres solamente, con educación primaria superior, la aprobación de un examen preparatorio y poseer conocimiento del idioma francés. La carrera duraba 2 años y, según consta en el Boletín de Instrucción Pública de 1903 (Tomo I), recibían “una enseñanza objetiva, ya fuera en cadáver, ya en piezas anatómicas artificiales que habrían de pedirse a Europa” (15).

En esas mismas ordenanzas se ubica a las parteras dentro del personal “científico” o del “administrativo” y su salario era tres veces mayor que el de las enfermeras.

Hasta mediados del siglo XIX, sí bien la partera tenía una situación social superior al de la enfermera, lo cierto es que se encontraba en condiciones desfavorables en relación con el médico, tratando de conservar las funciones que le fueron propias hasta ese tiempo, porque la investigación experimental en el campo de la medicina, con los avances logrados despertó en los médicos, un interés creciente por los aspectos obstétricos tal como se observa en el Catálogo de Tesis de Medicina del siglo XIX publicado por la UNAM. Del total de temas abordados, el 12 % eran sobre Ginecología y Obstetricia y de este apartado el 70 % correspondían a obstetricia. No es extraño que Matilde Montoya (1859-1933) estudiara medicina ante el acoso médico para impedirle una exitosa práctica como partera, profesión que realizó en 1873 y se tituló de médica en la Universidad Nacional de México en 1887 (16).

Así, la partera profesional desempeñaba una actividad necesaria y subordinada a la profesión médica, y al mismo tiempo que competía con la medicina académica, buscaba reprimir la actividad de las parteras tradicionales, reemplazándolas, porque éstas no acudían a estas cátedras, que implicaban la asistencia a clases en las escuelas de medicina, la práctica en hospitales y un examen ante un jurado (17). La primera partera titulada lo hizo en 1841 y de ese año a 1888 se recibieron 140 (18).

1911. Nacimiento de la Enfermería Universitaria y su impacto en la formación de Parteras
La formación de parteras se vio integrada en 1911 a la Escuela de Enfermería del Hospital General de México que pasó a depender de la Escuela de Medicina de la recién inaugurada Universidad Nacional de México en 1910. En ese periodo no era necesaria la carrera de enfermera como antecedente para cursar la de partera. Para ese entonces, se contaba en la carrera de enfermera, con 18 alumnas en el primer año, 19 en el segundo y 10 en el primer año de partos.

Ambas escuelas, la de Medicina y la de Enfermería y Obstetricia tenían en común, al mismo director, así como normas y reglamentos disciplinarios en sus planes y programas de estudios y la enseñanza de los partos se daba conjuntamente a los estudiantes de medicina y a las de partera.

Con este nuevo cambio de dependencia, la Escuela de Enfermería y Obstetricia nace como Escuela Universitaria, y el Dr. Fernando Zárraga se convirtió en el primer director, cargo que desempeñó por corto tiempo, al igual que los que le siguieron de 1911 a 1916, periodo de la Revolución Mexicana, de gran inestabilidad política que afectó a la Universidad Nacional. No obstante, el 11 de enero de 1912 se aprobó el plan de estudios para la carrera de Enfermera y la de Partera (19).

El plan de Estudios de la carrera de Partera en 1912 quedó integrado para el primer año por el Curso de Obstetricia Teórica; Curso de Clínica de Obstetricia y Puericultura, así como la asistencia de pacientes en trabajo de parto fisiológico para la práctica de manipulaciones y los cuidados necesarios a la madre y al hijo. En el segundo año, Curso de Patología Obstétrica Teórica, Curso de Clínica de Patología Obstétrica, y la asistencia de pacientes con las patologías obstétricas.

Los requisitos para obtener el título universitario eran Cubrir 40 guardias en el Departamento de Maternidad y concurrir en el 4° año a conferencias sobre deontología médica y farmacéutica. La vigencia se este plan de estudios fue de 1912 hasta 1944.

1929. Año de la Autonomía Universitaria
Después de una larga lucha, el Presidente de la República Emilio Portes Gil, en 1929 otorga la autonomía a la Universidad Nacional de México, reconociéndose desde entonces como Universidad Nacional Autónoma de México. La Escuela de Medicina cambia la denominación a Facultad de Ciencias Médicas, y en la Escuela de Enfermería se reestructura el plan de estudios de la carrera de Enfermería a tres años y la de Partera en dos años.

Gran inquietud generó en las enfermeras los cambios suscitados, y en 1933 se realizó el Primer Congreso de Enfermeras y Parteras, organizado por Celia Alvarado de Reyes Campillo, Esperanza Pavía y Eloisa Muzquiz Pérez. De este Congreso de Enfermería surgió la idea de que se hiciera la secundaria como antecedente de la carrera de Enfermería, así como para estudiar obstetricia, cursar previamente enfermería.


FOTO 004 Soy partera indígena…

En 1934 en la Asamblea Nacional de Cirujanos, Enfermeras y Parteras de la UNAM discutieron sobre la necesidad de elevar el nivel social y preparación de las enfermeras. De 1936 a 1940, las políticas de salud, dieron mayor auge a la construcción de hospitales, lo que trajo consigo mayor demanda de enfermeras y cambios en la atención a los pacientes. Ante este escenario, en 1944 se modificó el plan de estudios incrementándose el número de asignaturas de 4 a 17 para la Carrera de Enfermera, materias que se iban perfilando a las nuevas necesidades de las especialidades, a la de Partera se le agregó la asignatura de Puericultura Superior.

Con la Ley Orgánica de la UNAM promulgada en 1945 (20) nació la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia (ENEO), apareciendo con ese nombre en el artículo 8° del Estatuto General (21). El Dr. Everardo Landa, primer Director de la ENEO, propuso la modificación del plan de estudios de 1944, al que se le retiraron las materias culturales y de recreación así como el idioma inglés. Este plan de estudios fue aprobado por el Consejo Técnico en 1946.

Por otra parte, el 27 de enero de 1949 se otorgó el nombramiento de Instructoras a las enfermeras Reynalda Pineda Serino y Elvira Dávalos Castillo para laborar en la escuela, fundamentando con ello, la importancia que las enfermeras fueran las que enseñaran la enfermería y los partos, como un claro reconocimiento a su formación profesional y a sus habilidades para la academia, hecho que sólo la experiencia profesional era capaz de mostrar en su complejidad.

También en ese año se aprobó el Plan de Estudios de 1949, y a los estudios de partera se agregó la materia de farmacología, lo cual coincidió con el cambio de la medicina magistral por la medicina de patente, y el auge de los antibióticos y quimioterápicos.

Las parteras en desarrollo histórico del Instituto Mexicano del Seguro Social. IMSS
Hasta antes de 1950 se observó el surgimiento y desarrollo de la partería profesional en México. Esta carrera, creada en el siglo XIX por la profesión médica como medio de eliminar a las parteras tradicionales y de acceder a las embarazadas, parturientas y puérperas. La relación entre médicos y parteras no estuvo nunca exenta de contradicciones, pero éstas se agudizaron a partir de la instauración de la ginecología como especialidad en México. A mediados del siglo XX, los médicos limitaron de manera creciente el campo de actividad hasta que la partería profesional fue eliminada (22).

Parte de este proceso es el desempeño de las parteras en el nacimiento del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Desde sus inicios, en 1943, el compromiso institucional que asume el personal de salud de la Seguridad Social se refleja en la salud de los mexicanos a sus casi 70 años de distancia. En ese entonces, el Licenciado Ignacio García Téllez, primer Director General informó al Departamento Médico que los servicios se iniciarían el 5 de enero de 1944 y los datos históricos señalan como Primera Enfermera y Partera a Julieta Rico Sierra. Al iniciar las labores recibieron ofertas de clínicas particulares y aceptaron la Clínica Lincon que había sido el Hotel Ambassador y pasa a ser el Sanatorio Nº 1 ubicado en Michoacán y Av. México. Dada la cantidad de derecho-habientes, el IMSS se ve en la necesidad de crear la Maternidad Nº 2 exclusiva para la atención materno infantil en el que fuera sanatorio del Dr. Ortiz Tirado (23).

En el profesiograma del Contrato Colectivo de Trabajo del IMSS, el escalafón de Parteras se creó como una rama independiente de enfermería con dos categorías, la de Partera y de Jefe de Parteras. La primera con las actividades de atención a enfermas y parturientas, control administrativo y observancia de técnicas fijadas por la institución en la cual quedó la atención del parto eutócico bajo su responsabilidad. La Jefe de Parteras, encargada de dirigir y colaborar con el personal de parteras, enfermeras y auxiliares de enfermería en la atención de enfermas y parturientas además de labores técnico-administrativas inherentes a su cargo (Iñiga Pérez, 1995).

La calidad de la atención brindada a las parturientas convenció a la clase obrera de la eficiencia de los servicios del IMSS pues el primer hospital construido y puesto en función fue la Maternidad Uno, en Gabriel Mancera Nº 222 Col. Del Valle en el D. F., el 10 de mayo de 1948, es decir 4 años después de iniciadas las labores del IMSS. Ya para entonces las organizaciones de trabajadores y patrones designaron a los miembros de la asamblea general, del Consejo Técnico y de la Comisión de vigilancia con estructura similar a la presente (Rodríguez, 1976).


FOTO 005Cuadro Hospital de Jesús

¿Quiénes fueron las parteras que ingresaron al IMSS, en 1944?
En la década de los años 40 la mayoría de las mujeres daban a luz en sus hogares tanto en el medio rural como en el urbano, y como el nacimiento además de ser un acontecimiento biológico también es social la persona que proporciona la ayuda en el momento del parto tiene un reconocimiento especial. Por otra parte, las ideas predominantes con relación a la asistencia de la mujer durante la gestación, parto y puerperio son de consenso general y tiene gran influencia sociocultural. Por tanto las parteras en el IMSS debían asumir una actitud de comprensión ante las parturientas porque el despego del hogar las hacía más susceptibles al ambiente psicosocial de la institución y requerían de mayor apoyo.

La partera, hubo de ajustar la práctica libre que desarrollaba en la atención domiciliaria del parto, para desarrollar las funciones y actividades supeditadas a las exigencias y el desarrollo político social institucional (24). En otras instituciones de crecimiento paralelo al IMSS como el Centro Materno Infantil Maximino Ávila Camacho al ser aceptadas se comprometieron a dejar de ejercer libremente (Valle, 1995). La formación de las parteras, en su mayoría eran egresadas de la UNAM. Algunas desempeñaban las funciones de partera en instituciones de salubridad y fungían de instructoras tanto para los estudiantes de medicina como las que cursaban la carrera de partera (25).

En 1944 que se inició la actividad asistencial del IMSS, las parteras ejercían libremente la profesión y la población las consideraba parte constitutiva del núcleo familiar al igual que el médico de la familia de la clase media y de otros estratos sociales más altos.

Como puede observarse, la medicina social desde sus inicios tuvo un lugar prioritario la atención de la madre y su hijo. Al promoverse entre la población la asistencia institucional del parto así como la práctica más conveniente, la partera en las maternidades mantuvo una imagen de seguridad para la población derechohabiente. Por otra parte, al quedar cautiva en las unidades médicas para la atención de los partos eutócicos cedió el paso al avance técnico científico de la Gineco-Obstetricia lo que produjo un cambio en las funciones que había desempeñado y posteriormente pasaría a formar parte del equipo obstétrico institucional perdiendo su autonomía en el ejercicio de partera (26).

4o Seminario de Educación en Enfermería: Zimapán, Hidalgo
La UNAM, OPS, SSA, del 3 de noviembre al 14 de diciembre de 1954 celebraron el 4º Seminario de Educación en Enfermería en Zimapán, Edo de Hidalgo, México, en el que participaron seis países de América Latina. Fue este el cuarto seminario de una serie que se inició en Chile (1950), y al que siguieron los de Guatemala (1951), Lima (1952) y 1954 en México.  El objetivo de este Seminario fue “Estudiar la situación real de los servicios de enfermería del país, para que la preparación del personal se base en las necesidades existentes y para así conseguir el mejoramiento de los servicios de enfermería en toda la América Latina”.

La trascendencia de este evento fue la definición de las políticas de la formación de los recursos de enfermería y parteras. Sobre el futuro de la formación de éstas últimas destaca, la participación del Dr. Rafael Álvarez Alba (27), que señala: “Quisiera hacer preferente consideración sobre la importancia que los programas materno-infantil tienen dentro de la salud pública. Bastaría que consideráramos que la atención de madres y niños, en cualquier zona que señaláramos, está destinada aproximadamente a las dos terceras partes de una población. Se calcula que jóvenes o niños hasta los 15 años representan aproximadamente el 50% de las poblaciones y que las jóvenes en situación de ser madres representan un porcentaje muy considerable” (28).

El Dr. Abel Ramiro Moreno, presidente del Colegio Nacional de Médicos Cirujanos Eduardo Liceaga, en la conferencia dictada: “La importancia de la actuación médica privada y funciones de enfermería y obstetricia en la asistencia de pacientes”, destaca que al constituirse la OMS, se declaró: “Que la posesión del mejor estado de salud que se pueda alcanzar, constituye uno de los derechos fundamentales de todo ser humano, cualesquiera que sean su raza, religión, opiniones políticas y condiciones económicas y sociales” y se afirmó también: “Que los gobiernos tienen la responsabilidad de la salud de sus pueblos y no pueden hacer frente a estas responsabilidades, sino tomando las medidas sanitarias y sociales apropiadas”. Para cumplir con esta declaración, se considera indispensable el bachillerato de ciencias biológicas, estudios de sociología y la carrera completa de enfermería y obstetricia.


FOTO 006 Cuadro partera mexicana

En cuanto a la obstetricia, mientras no se cuente con un centro materno-infantil en cada conglomerado humano, todo el esfuerzo debe dirigirse a hacer desaparecer el rincón y no a la partera y en brindar a ésta la ayuda que ha menester para su cometido, tan lleno de responsabilidad, cuando ejerce aislada y sola su profesión. En este seminario, el Dr. José Rábago, señaló la importancia de institucionalizar la atención del parto. Define las funciones de las parteras que habrían de ser aplicadas al final de los años 50’s y principios de los 60’s en las maternidades del sector salud. El Dr. Antonio Sordo Noriega en ese mismo evento afirma el papel secundario de la partera en suplencia de la ausencia del médico. Los destinos de la partera estaban señalados.

Seis años después en 1960, se inició primero, el congelamiento de plazas de las parteras; segundo, el cambio de sus funciones de éstas en las instituciones de salud; ya no les permitieron realizar la atención de los partos, solo ayudaban al médico durante el evento obstétrico. Ante esa situación, a partir de 1961, se observó una baja en el registro de títulos de partera en la Dirección General de Profesiones.

La licenciatura en Enfermería y Obstetricia. ENEO-UNAM
En 1966, el M. C. Alejandro Guevara Rojas, Director de la ENEO, llevó a cabo los cambios de la Reforma Universitaria. La escuela adoptó el sistema de créditos, se estructuró el Plan de estudios por semestres, se buscó la simplificación de las materias seriadas y se trató de dar congruencia y correlación entre las materias de cada uno de los semestres. Se hicieron los trámites para incorporar la Licenciatura ante la demanda de cumplir con la Ley Orgánica que para el ingreso a las carreras universitarias el requisito es el Bachillerato. Es necesario rescatar el grupo de licenciatura que había iniciado en 1966 y al quedar en trámite la aprobación de ésta, continuaron los estudios con los alumnos de nivel técnico y posteriormente en 1969 concluirían el año faltante siendo la primera generación de Licenciados en Enfermería y Obstetricia.


FOTO 007 Parteras rurales

El 15 de febrero de 1968, aparece publicada en la Gaceta de la UNAM, la creación de la Licenciatura en Enfermería y Obstetricia y en la que textualmente dice: “En la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia podrá optarse por el grado de Licenciatura, lo anterior no implica la desaparición del actual grado académico; los alumnos que sólo tienen estudios de secundaria están en posibilidades de diplomarse en Enfermería y Obstetricia; para estudios de licenciatura es necesario que los alumnos sean bachilleres”.

Al mismo tiempo que se ponía en marcha la Licenciatura, el Consejo Técnico de la ENEO decidió suprimir la carrera de partera para fortalecer a la Licenciatura como respuesta a las necesidades del país, puesto que la atención materno infantil de las zonas marginadas y de las áreas rurales por la falta de recursos humanos y materiales idóneos determinaron que sean atendidas por empíricas o personas prácticas, lo cual incrementa la morbilidad y mortalidad perinatal.

Por otra parte, la mayoría de las escuelas que impartían la Carrera de Enfermera y la de Partera, en la Ciudad de México, cerraron su matrícula para la formación de parteras y dio lugar a la formación de Licenciados en Enfermería y Obstetricia, Estos son los herederos del compromiso social del cuidado de la población materno infantil, en los diferentes ámbitos de trabajo, tal como lo mencionan los egresados de la LEO en la investigación de seguimiento que durante 17 años se ha realizado cada año en la ENEO-UNAM.

La lección de estos fragmentos de la historia es que como seres sociales que somos, cada uno construye el hecho histórico con el actuar diario, en el aquí y en el ahora, el cual queda como legado y sustento del futuro próximo asumiendo los cambios que la vertiginosidad del entorno en este mundo cibernético y globalizado nos presenta.

Conclusiones
La carrera de Partera como fue concebida en el siglo XIX, se mantuvo hasta 1945, fecha en que se separó, la ENEO de la Facultad de Medicina.

Los avances de la Medicina y la tecnología utilizada para el diagnóstico y tratamiento fue propia del uso de los médicos y no de las parteras.

El reconocimiento de las parteras fue en las comunidades donde realizaban la práctica y atención de los partos, pero también de los médicos que asistían con ellas a las clases en la universidad.

Los avances científicos y tecnológicos de la Obstetricia no se vieron reflejados en los planes de estudio de las Parteras, los cuales conservaron casi la misma estructura desde 1912 hasta 1968.

La construcción de grandes hospitales fue la oportunidad de ingresar como enfermera dejando atrás la profesión de partera.

Bibliografía
(1) Antonio José Ibarra Fernández, Presidente de la Asociación Profesional de Enfermería de la Infancia, Almería en España. Disponible en:
(2) Emmanuel Levitas. Alteridad y Trascendencia.
Disponible en:
(3) José Ferrater Mira. La Filosofía actual. Madrid. Alianza editores 1973, páginas 65-66.
(4) Luz Pérez Loredo Díaz. Apuntes sobre las parteras y el arte de los partos en el virreinato. Revista de Enfermería. IMSS. México: Vol.4 Núm. 1 1991 pp. 53-55
(5) Nicolás León. Historia de la Obstetricia en México. Tomo 1 y (4).
(6) Nicolás León. Op. cit. p. 21
(7) Nicolás León.
(8) Nicolás León.
(9) Ignacio Ávila Cisneros, et al. Historia de la Pediatría en México. México: Fondo de Cultura Económica, 1997.
(10) Nicolás León. Op. cit. p. 21
(11) Flores A F. Historia de la Medicina en México. Tomo II, México, Oficina Tipográfica de la Secretarla de Fomento, 1886. p. 380.
(12) Flores A F. Historia de la Medicina en México.
(13) Francisco de Asís Flores y Troncoso. Historia de la medicina en México desde la época de los indios hasta la presente. Edición facsimilar. Instituto Mexicano del Seguro Social, 1982, p.272. Disponible en: http://bvs.sld.cu/revistas/his/his_102/his06102.html
(14) Francisco de Asís Flores y Troncoso.
(15) Francisco de Asís Flores y Troncoso.
(16) Iñiga Pérez Cabrera. María Cristina Castañeda Godínez. Libro electrónico de la ENEO 1907 – 2006. México. ENEO-UNAM, 2006
(17) Ana Mª Carrillo. Nacimiento y Muerte de una profesión. Las parteras tituladas en México. Disponible en: http://www.mendeley.com/research/nacimiento-y-muerte-de-una-profesion-las-parteras-tituladas-en-mexico/. Tomado el 10/10/2011
(18) Ana Mª Carrillo.
(19) Iñiga Pérez Cabrera. María Cristina Castañeda Godínez. Libro electrónico de la ENEO 1907 – 2006. México. ENEO-UNAM, 2006
(20) Iñiga Pérez Cabrera. María Cristina Castañeda Godínez. Libro electrónico de la ENEO 1907 – 2006. México. ENEO-UNAM, 2006. Capítulo IV, página 25.
(21) Ley Orgánica de la UNAM promulgada en 1945.
(22) Ana Mª Carrillo. Nacimiento y Muerte de una profesión. Las parteras tituladas en México. Disponible en: http://www.mendeley.com/research/nacimiento-y-muerte-de-una-profesion-las-parteras-tituladas-en-mexico/ Tomado el 10/10/2011  AM Carrillo in Dynamis Acta Hispanica ad Medicinae Scientiarumque Historiam Illustrandam (1999) Nacimiento y muerte de una profesión - Dialnet
(23) Iñiga Pérez Cabrera. La partera en el desarrollo histórico del IMSS. Informe de investigaciones. México: Biblioteca Graciela Arroyo de Cordero. ENEO-UNAM, 1995
(24) Iñiga Pérez Cabrera. La partera en el desarrollo histórico del IMSS. Informe de investigaciones. México: Archivo de la biblioteca Graciela Arroyo de Cordero. ENEO-UNAM, 1995.
(25) Iñiga Pérez Cabrera. La partera en el desarrollo histórico del IMSS. Informe de investigaciones. México: Archivo de la biblioteca Graciela Arroyo de Cordero. ENEO-UNAM, 1995.
(26) Iñiga Pérez Cabrera.
(27). Rafael Álvarez Alba Maestro en Salud Publica: asesor del CENSIA.
(28) Iñiga Pérez Cabrera. María Cristina Castañeda Godínez. Libro electrónico de la ENEO 1907 – 2006. México. ENEO-UNAM, 2006

AGRADECIMIENTOS
Maestra Iñiga Pérez Cabrera
Maestra María Cristina Castañeda Godínez
Maestra María Cristina Müggenburg Rodríguez Vigil
Maestra Luz Pérez Loredo Díaz
Soledad Saíz Puente
Myriam Jiménez Arques
Lourdes Ortiz Villanueva
Hospital Universitario Príncipe de Asturias



FOTO 008 Silla Partera del País Vasco

País Vasco
En el País Vasco se usaba una curiosa silla de forma triangular (silla partera). La mujer de parto se sentaba al contrario de lo que estamos acostumbrados, de forma que se agarraba al palo superior para poder empujar. Cuando se estimaba que ya no habría más partos en esa casa la silla se transformaba en silla corriente de uso doméstico.

AUTORES
Raúl Expósito González
Enfermero. Servicio de Anestesia y Reanimación. Hospital “Santa Bárbara” de Puertollano. Ciudad Real. Experto en Barberos, Ministrantes y Sangradores

Jesús Rubio Pilarte
Enfermero y sociólogo. Profesor de la E. U. de Enfermería de Donostia. EHU/UPV
Miembro no numerario de La RSBAP

Manuel Solórzano Sánchez
Enfermero Servicio de Oftalmología
Hospital Universitario Donostia de San Sebastián. Osakidetza /SVS
Vocal del País Vasco de la SEEOF. Insignia de Oro de la SEEOF
Miembro de Eusko Ikaskuntza
Miembro de la Sociedad Vasca de Cuidados Paliativos
Miembro Comité de Redacción de la Revista Ética de los Cuidados
M. Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro no numerario de La RSBAP