domingo, 21 de febrero de 2010

LA MEDICINA POPULAR EN EL PAÍS VASCO (2º PARTE)

Ungüentos y emplastos
Los ungüentos y emplastos, ocupan un lugar preferente entre los remedios utilizados por los curanderos, por tal razón son conocidos como “emplasteros”. Aceite, grasas, sal, ajo y hierbas eran manejados con destreza y no a ciegas, sino con perfecta discriminación de las especiales virtudes atribuidas, desde remotos tempos. Con éstas, previa selección, se confeccionan los más diversos mejunjes cuya virtud, en la mayoría de los casos, está más relacionada con la forma de su aplicación que con la naturaleza de los ingredientes.

Al otro lado del Pirineo, en el lado francés se preparan cierto número de ungüentos que, en gracia a similar virtud, reciben la genérica denominación de “tirantak” que significa atraer, y están constituidos de mezclas de sebo, cera, resina y otros productos. Los curanderos utilizan y saben usar una gran cantidad de hierbas, encontrándoles a todas ellas muchas aplicaciones.

Empezaremos con las “pasmo-belarrak” que son las hierbas del pasmo, y abarcan varias especies, utilizándolas con profusión en toda lesión infectada, así como también la “urtsubelar” o agrémona. Las hojas de “illar-ondokoa” (Arum-aro) mezcladas con aceite y envueltas en una hoja de berza, hacen madurar el forúnculo si ha estado previamente colocadas sobre la brasa del hogar. La “belar-beltz” o “us-ostoa” es la escrofularia y tiene múltiples aplicaciones en las escrófulas (proceso infeccioso que afecta a los ganglios linfáticos, sobre todo a nivel del cuello), cortaduras y quemaduras, y por extensión en los diviesos e incluso en las afecciones cancerosas.

La “txoribelar” que es la hierba cana que se utiliza en los panadizos y flemones. La herida mal cerrada, se abrirá para su perfecta curación con un emplasto de “sardin-belar” o botón de oro. Con análogos fines se emplean también “aingeru-belarra”, “iñuntsi-belarra” o tamujo, la cebolla caliente, la “suhar-belarra” o valeriana y el “orkats-osto” o madreselva. El eléboro “lipu-belar” en el carbunclo, y la quelidonia “zarandonabelar” en las cortaduras.

Un viejo curandero de Pasajes (Gipuzkoa), que gozó de mucha fama en su pueblo y alrededores, nos contó sin ningún reparo lo que él hacía y nos dio una lección acerca del tratamiento de las heridas y la preparación del emplasto que le proporcionó renombre y fortuna, aunque los emolumentos y donativos de la época estaban lejos de parecerse a los que hoy perciben los cofrades.

Según él, no es cierto que la presencia del mar empeore las heridas, ya que por si tienden a hacerlo todas ellas. Cuando no es bien cuidada, “se pasma” y en tal caso, nada mejor que un emplasto para curarla en pocos días. Mas a fuerza de sincerarse, nos confiesa que no es obra de su invención, sino que posee la fórmula de la mejor curandera que ha habido por estos contornos, “Antzilleko Bixenta”, la Vicenta del caserío Antxille, de Oyarzun, hoy en día ya fallecida.

Nos describe la minuciosa preparación del famoso emplasto: se cortan en trocitos trece especies distintas de hierbas, escogidas en el campo por él mismo y cuyos nombres no conoce, o no quiere que nosotros las conozcamos. Las hierbas bien cortadas se mezclan con gran cantidad de ajos; se machacan bien y se prensan en un torno para exprimir el jugo que debe recogerse. Se añaden a éste grasa de gallina y manteca de cerdo, aceite y resina líquida. Se coloca todo en una caldera, a fuego lento, y se agita sin interrupción durante dos horas hasta que adquiera una consistencia siruposa. Obtenido así el ungüento se extiende en un trapo de hilo, con preferencia de gasa, ya que los agujeros de ésta lo alteran, y se coloca sobre la herida, previamente lavada con agua (a partes iguales con agua oxigenada en los últimos años); así se hace varios días hasta lograr su curación. Innumerables cantidad de heridas ha curado por este procedimiento al que no se resisten ni el carbunclo (enfermedad contagiosa) que más de un médico ha querido abrir antes de su intervención. Para curar nos dice, que le basta con su emplasto; “el cuchillo para los cerdos”……añade como colofón.

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Conocemos la composición de otro ungüento, muy reputado entre los pescadores donostiarras para lograr la curación de todo tipo de heridas o rozaduras, estén o no infectadas: se pone media libra de aceite con diez cabezas de ajo, que se retiran al entrar el aceite en ebullición; se añaden a éste seis onzas de cera virgen que se funden en él y unos polvos de minio. El ungüento negro resultante se conserva en latas. Su principal mérito radica probablemente en la impermeabilización procurada por la cera fundida y que aisla la herida del medio exterior; lo mismo que sucede con la pez de los zapateros.

No nos parece tan clara la acción de la “piel de culebra” untada en aceite, como la empleaban los curanderos de Régil (Gipuzkoa), en cambio nos cuenta Aita Barandiarán que allende la frontera, se emplea la piel de serpiente para facilitar la extracción de una espina clavada, colocándola sobre ella. Lo mismo que se logra poniendo aceite y cubriendo con una venda, o bien untando con “urdemiña” o bilis de cerdo, que ha de ser macho precisamente. La acción de la “zarandona-belarra” o quelidonia, acaso pueda atribuirse al poder astringente de su jugo amarillo.

Gozó de gran predicamento el bálsamo de Malats, con el que el famoso Petrequillo se empeño en curar la herida que terminó con la vida del General Zumalacárregui. Su complicada preparación merece ser citada. En una vasija de vidrio de ancha boca se colocan, en determinada y bien conocida proporción, flores de romero, manzanilla y cantueso en buena cantidad de aceite y tapado con un paño se abandona el recipiente al sol y al sereno, de mayo a octubre. En agosto se le incorporan frutos y hojas de balsamina, y en septiembre bálsamo del Perú. Llegado octubre, se cuela todo para dejarlo clarificar por reposo y conservarlo en frascos bien llenos y bien tapados. Se empleaba principalmente por sus propiedades de detener la hemorragia y cicatrizantes.

Azcue publica la fórmula y aplicaciones de un prodigioso bálsamo casero que lo conoció por un oriundo de Ceánuri (Oficialmente hoy Zeanuri, Vizcaya). Este preparado tenía más resultados publicitarios que terapéuticos, decía así: “se emplea el bálsamo casero para curar catorce enfermedades. Consistía en azumbre y media de alcohol extraído a maíz y cebada, 150 gramos de “óleos zucotrino”, 50 de incienso, 50 de mirra, otros 50 de hierba de prados, 12 de lirio silvestre. Se mezclarán todos, bien desmenuzados en una gran botella de vino. Junio era uno de los mejores mese para hacer este remedio. Téngase en la botella agitando a menudo hasta que pase agosto, para dar después como se debe a cada enfermo”.

Hemos visto tratar en un caserío cercano a una niña que se había herido en la cabeza, aplicándole emplasto de caracoles, recogiéndolos en el momento, creyéndola dedicada a finalidades gastronómicas más provechosas. La herida, como no podía menos, se ha infectado y la niña ha ido a parar a manos de un cirujano.

Emplastos y ungüentos se emplean en todos los procesos supurativos, cualquiera que sea su localización. Nuestro viejo curandero se jactaba ante mí de haber evitado una trepanación de mastoides a consecuencia de una otitis supurada, que curó en pocas horas gracias a la aplicación de un emplasto hecho con “pasmo-belarra”, “zain-gorri”, ajo, aceite y vino.

Para el “zingirio” o panadizo citaremos diversos tratamientos manejados por el pueblo. Influye en ellos el calor, húmedo o seco, en forma de agua hirviendo en la que se mete el dedo enfermo, tres, siete o nueve veces, o bien, cinco, siete o nueve veces, según los lugares; de cebolla calentada y ablandada, pan muy caliente mojado en leche, o bien hiel de cerdo templada; quemando, bajo ceniza, cebolla con un poco de aceite; con emplasto de ajo y raíces de lirio, o con otro más consistente compuesto por vino, aceite, manteca, linaza, ajo, cebolla y meollo de cuajo, entre los que se encuentran bien conocidos revulsivos. Si llegase el momento de tener que abrirlo, debe hacerse utilizando una espina de San Juan, o de espino que no sea negra.

En ocasiones la acción de los emplastos es ayudada con cauterizaciones. Así en el carbunco que la gente llama aquí “karmunko”, enfermedad cuya frecuencia ha descendido notablemente, solía cauterizarse la pústula con un clavo al rojo y cubrirla después con un emplasto como el preparado con hoja de berza, lechuga, remolacha y nogal, recogido todo ello en Ceánuri, en donde además administraban al enfermo infusión de manzanilla como única bebida.

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También hemos podido comprobar que en la población rural llamaban “karmunko” a cualquiera de las formas del panadizo. En un caserío de Igara de San Sebastián nos refirieron el siguiente tratamiento, con resultados satisfactorios: se empieza por hacer sobre la lesión tres finas incisiones para meter el dedo después, y tres veces al día, en una vasija con un vaso de vino y otro de leche mezclados, que se calientan echando al líquido una “karaitzak” que son fragmentos de piedra caliza de color rojo. Cuando ha terminado la supuración, a fin de evitar o para curar la especie de espolón que suele formarse, se ponen en él, tres veces al día, tres gotas cada vez exprimidas de la “esne-belarra” que son hierbas de jugo lactescente y se cubre la lesión con emplasto de caracoles.

Más tratando de emplastos no podemos dejar de citar una de las afecciones en las que más se emplean y que es la mastitis. El autor la define como el “endurecimiento de la ubre en su base”, esta enfermedad da salida a un pus espeso. Esta afección frecuente y dolorosa, rebelde a los tratamientos simples, ha sido tratada por todos los medios de la medicina popular. Aparte de las fórmulas mágicas y amuletos utilizados contra ella, son los emplastos de los más variados, los que procuran mayor alivio. El viejo curandero describía así la enfermedad: “la mama tiene ocho venas principales, aparte de innúmeras secundarias, y al detenerse la sangre, las ocho quedan obturadas, por lo que es imposible que el proceso cure sin que se hayan abierto otras tantas bocas por las cuales se eliminen los productos retenidos…..”.

Órganos de los sentidos
Empezaremos por el Oído. Había una costumbre popular y rural de echar unas gotas de aceite para que no molestase el zumbido. Conocida esta virtud del aceite se comprenden los ritos con que se trata de reforzarla, y así se conduce a los enfermos a la ermita de San Gregorio de Albistur para que froten los oídos con el aceite de su lámpara, o se lleva el aceite en una vinajera para cambiarlo con el de la ermita de San Cristóbal de las Cruces de Aranguio, con el cual se harán las frotaciones por nueve días. Derivada de esta devoción es la de meter en el oído unas gotas de agua bendita, que alimenten al gusano que en él se encuentra (Mundaka).

La beneficiosa influencia del calor es pretendida con el vaho del cocimiento de las “belarri-bedarra” que son la jubarba, alcachofa salvaje que abunda en los tejados, o de leche hervida con una piedra caliza al rojo, o la instilación de unas gotas de leche materna, costumbre corriente en todo el País Vasco. Para evitar la infección de la oreja al poner los primeros pendientes a las niñas, es costumbre en Ceánuri mojar antes el lóbulo con saliva de ayunas; saliva que tiene múltiples virtudes. Si en el oído entran unas gotas de agua, se suele hacerla salir metiendo en el conducto una piedrecita y golpeando con otra desde fuera.

El ojo

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De las afecciones oculares es el orzuelo una de las más aparatosas y frecuentes. Ya sea que haya brotado a causa de alguna mentirijillas, según todos hemos podido escuchar en nuestra infancia; ya por avaricia (Vizcaya); porque una mujer ha tenido la discutible fortuna deque un viudo haya pensado llevarla a los altares (Baja Navarra); o que sea achacable a pensamientos o sueños en relación con el nacimiento de un niño, según modernísima interpretación psico-somática, tan aceptable como las anteriores, sin duda. Las molestias que ocasiona justifican los simples remedios que, aun con criterios contrapuestos se usan, ya que si para algunos es beneficioso el frío de una llave, o del anillo de casada o de viuda, nueve veces aplicado, o bien la savia de una rama de vid, recogida en un vaso; para otros es preferible el calor de un huevo de gallina recién puesto, que conserva la vista, por añadidura; la leche de la madre directamente proyectada por el pecho, o el mantener toda la noche sobre el ojo la media, vuelta del revés, que se ha quitado al acostarse, la cual alivia el dolor.

En cuanto a otras afecciones, en Liguinaga curan los ojos enfermos con cocimientos de la rosa centifolia. Por estos lares es frecuente tratarlos con infusiones de manzanilla y con agua de mar. Y es raro que las cocineras aguanten el lagrimeo que les provoca el picar cebolla cuando tan fácilmente podrían evitarlo con poner entre los dientes un trozo de su corteza, o poner el casquete de la cebolla encima de la cabeza.

Y para terminar diremos la curiosa interpretación que dan en el mismo Liguinaga al estrabismo “begioker” que suele achacarse al hábito adquirido por el niño de mirar desoslayo desde su cuna las ventanas abiertas.

Nariz y garganta
Para cohibirlas epistaxis o hemorragias nasales, se recurre, aun hoy, a la beneficiosa acción refleja del frío aplicado a la nuca, colocando sobre ella una llave o mojándola con agua fresca.
Se cura el mal de garganta haciendo gargarismos con infusión de hojas de zarza, o aplicando al cuello durante la noche la media del lado izquierdo, beneficiosa también para la ronquera.
Para las anginas es también de gran eficacia esta misma media, poniéndole dentro salvado asado; o bien un emplasto preparado cociendo nido de golondrinas en aceite.

Medios utilizados en Ceánuri son: el cocimiento de hierbas de pastizal, el agua de limón endulzada con azúcar, o cebada; y el beber cuatro tazas de agua de ortigas y hacer gárgaras después con agua de malvavisco, miel y vinagre. En Amézqueta recomendaban dar de comer piel de culebra bien desmenuzada y mezclada con salvado.

Saliva
La leche materna, la saliva, las deyecciones tanto humanas como de animales, se las considera, desde el punto de vista de la medicina popular, dotadas de prodigiosas virtudes y son, por tanto, utilizadas en amplia escala. Refiriéndonos a la saliva en ayunas es aún más eficaz, a juzgar por el cuidado con que en ocasiones es prescrita. Se recomienda la saliva en el herpes y antes de perforar la oreja de las niñas. Se emplea también para curar los ojos de los niños o de los mayores que tienen legañas y para frotar las crecederas. En el país Vasco Francés está recogido que cuando un niño recibe un golpe, se le unta y se frota la zona vulnerada, con saliva mientras se le canta.

Algunos Curanderos Famosos de Gipuzkoa
En el caserío “Arnoate” cuna de varias generaciones de curanderos quienes a su vez, han dado origen a reputados médicos contemporáneos que, a la práctica de sus antepasados han unido los conocimientos adquiridos en sus estudios universitarios y en un ejemplar ejercicio profesional. El último representante de los curanderos de este Caserío fue Julián, llamado “Arnobate”, cuyo recuerdo se mantiene todavía. Si remontamos dos generaciones, su abuelo era ya conocido en el arte, así como otro hermano que se estableció en Elgóibar y del que por línea directa descendieron un notable médico y el hijo de éste, renombrado cirujano contemporáneo.

El padre de Julián era también afamado curandero, con el sobrenombre de “Arnobateko” y a él acudían gentes de toda la provincia, lesionados de las minas de Somorrostro tras varias jornadas de camino transportados en parihuelas, así como “indianos” deseosos de recuperar las funciones de sus miembros semi-anquilosados a partir de viejos percances sufridos allí en las Pampas o en California. Un hermano suyo, dedicado a análogas actividades se estableció en Amorebieta y en Marquina una hermana, conocida como “Mari Arnobate” que llegó a lograr gran fama por sus curaciones. Nos han referido el tratamiento que con sorprendente éxito utilizaba en las quemaduras, que curaban con cicatrices apenas deformes, cubriéndolas con cristal finamente pulverizado. El padre de Julián no sólo preparó a su hijo para que continuase su propia ruta, sino que tuvo también otros discípulos, y que entre ellos a un colono suyo, el del Caserío “Agiretxiki”, de apellido San Martín, quien, trasladado a la Argentina, logró gran renombre y tuvo un hijo, donostiarra de nacimiento, el doctor Ángel F. San martín, Catedrático de Patología Quirúrgica de la facultad de Medicina de Buenos Aires.

Con esto llegamos al mismo Julián de Arrillaga y Alberdi, hijo menor del matrimonio de José Andrés y María magdalena, naturales de Elgóibar y Marquina, respectivamente. Nació el nueve de septiembre de 1883 en el Caserío “Arnoate” situado en el término municipal de Elgóibar, a unos diez kilómetros del casco de población, en las lindes de Elgóibar, Marquina y Motrico. Falleció a los 62 años el nueve de enero de 1917, en la primera de estas villas.

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De mozalbete le envió su padre a casa de unos parientes de Bermeo, en donde asistió a la escuela, y luego a Vitoria para perfeccionarse en el habla castellana. Más adelante, con franco prestigio logrado en años de ejercicio curanderil, el diecisiete de junio de 1896 obtuvo el título de Practicante, en Zaragoza, aún a trueque del sacrificio que, por sus escasas letras, suponían los estudios, con ánimo sin duda, de garantizar sus actividades; fue mentor suyo el doctor Pedro de Uncilla, celebrado médico de Durango, y solamente contadas personas tuvieron noticia de la posesión de este título, que Julián parecía interesado en ocultar.

Al fallecimiento de su padre, ocurrido hacia 1889, construyó, para habilitarla con su familia, una casa en Elgóibar, y estableció en ella una pensión de huéspedes que le permitía mayor libertad de actuación.

Tenía particular afición al tratamiento de las fracturas y la reducción de las luxaciones, que ejecutaba con rara habilidad. Suyo es el procedimiento de reducir la del maxilar inferior sin necesidad de ayuda alguna, ni de introducir los dedos en la boca, con sólo tumbar al accidentado sobre una tabla en la que la cabeza queda apoyada e inmóvil, y merced a un acertado movimiento de los pulgares del práctico, sobre la mandíbula dislocada. Otro de los aciertos de Julián fue el empleo de camas estrechas, de sesenta centímetros de anchura, que impiden casi toda movilidad a los fracturados de miembros inferiores y facilita la incorporación, sin ayuda, del mismo enfermo. Solía utilizar para férulas tablillas de castaño que, húmedas, no sólo se adaptan perfectamente al miembro lesionado, sino que conservan su forma con indudable ventaja para la renovación de curas. El vendaje que colocaba sobre ellas lo impregnaba en clara de huevo que le proporcionaba cierta consistencia, análogamente a la cola de zinc de uso magistral. Gran masajista, conocía además a la perfección el valor de los movimientos pasivos, una vez retirado el apósito.

Acostumbraba decir que jamás había cogido un lápiz para redactar una receta; nunca usó de brebajes ni mixturas; cuando más, recomendó el aceite de ricino o la sal de higuera muy en boga en la época y aún después. Sabía manejar emplastos o compresas húmedas calientes; en las heridas empleaba un ungüento compuesto por resina, trementina, pez y aceite. Al oír hablar de él llama la atención la auténtica intuición médica de que estaba dotado y que seguramente le impidió, más que los conocimientos teóricos logrados en su carrera, caer en los frecuentes errores que caracterizan la práctica curanderil ordinaria.

Su campo de acción se extendía, aparte de éstas provincias, hasta la Rioja, pero la mayoría de los clientes venían a buscarle a Elgóibar o a la “consulta” que estableció en San Sebastián. Por cierto que en ésta, no dejó de presentarse en cierta ocasión una pareja de policías con la pretensión de que tratase a uno de ellos, afecto de una osteitis. Aun cuando el curandero no quiso intervenir por considerar el caso más propio de un cirujano, fue conducido al Gobierno Civil y sancionado con quinientas de las antiguas pesetas. Por una vez hizo valer su título de practicante que, con el de médico de su hijo que le respaldaba, bastaron para terminar el incidente.
Gran jinete, el recorrido de Elgóibar a Donosita y regreso, solía hacerlo a lomos de su caballo con el exclusivo objeto de no pasar las noches fuera de casa.

Y una anécdota contada por su hijo del caserío “Arnoate”, y es que de regreso de una excursión a Marquina, pernoctó en él el Cura Santa Cruz, con tal fortuna que, a las pocas horas de su llegada, cayó por allí un grupo de voluntarios eibarreses a acogerse bajo el mismo techo. Mientras éstos, ajenos a tal circunstancia, pasaron la noche en la planta baja de la casa, Santa Cruz aguardaba el amanecer escondido en una habitación del piso alto de la misma.

Agradecimientos
Ignacio María Barriola

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FOTOS
Foto 001 La preparación de ungüentos. Grabados iluminados (1500) inspirados en "La Historial Natural" de Plinio el Viejo (23-79 d.C.) Venecia. Biblioteca Marciana. El empleo de ungüentos era frecuente en los tiempos de Celsus.
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Foto 002 Ungüentos egipcios. La belleza en el antiguo Egipto.
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Foto 003 Mal de ojo.
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Foto 004 Emplastos.
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Foto 005. Ignacio María Barriola
Manuel Solórzano Sánchez
Enfermero Hospital Donostia. Osakidetza /SVS
masolorzano@telefonica.net
Etiqueta: Historia de la Enfermería