domingo, 23 de enero de 2011

LA MUJER EN LA GUERRA: ENFERMERAS

Los médicos y las enfermeras de ambos bandos tuvieron dificultades para evitar, incluso, que fusilaran a los heridos en sus camillas. Hugh Thomas. (Referencia de Tagüeña).

Los recuerdos en esta mujer, sus vivencias de aquellos años de preguerra civil, su presencia en todo cuanto supuso poner en marcha nuestra Sanidad, es una incontenible catarata en el remanso de paz de su voz y en la tierna claridad de su mirada.
FOTO 001 Jugando a fusilar en la Guerra Civil Española

Hablando con ella han desfilado recuerdos, con detalle de fechas, con nitidez de rostros. Nombres importantes ante los que ha habido siempre la modestia de quien quiere y sabe caminar de puntillas.

Sin embargo, en el salón en que nos acoge, unas fotografías con dedicatorias, no protocolarias, nos hablan del camino que supo sembrar de afectos y reconocimientos y que testimonian un pasado. Otras fotografías también reflejan el cariño que en la Casa Real sedimentó su inquebrantable fidelidad.

Mercedes Milá es un exponente vivo de la misión entusiasta y abnegada de la mujer en la paz o en la guerra. Ella fue una avanzadilla en la guerra y en la paz. Impulsó, controló y coordinó la proyección sanitaria de la mujer española; luchó por sacar de sus dispersión y anquilosamiento al incipiente cuerpo de enfermeras.

Como ella nos dice, con la reforma protestante, en Inglaterra, por ejemplo, expulsaron de los hospitales a las órdenes religiosas que actuaban como enfermeras, sustituyéndolas por mujeres poco capacitadas, de la vida, alcohólicas, etcétera. En las historias de la Enfermería se llamó a este tiempo “Época Negra”, situación ésta que corrigió, digamos que “revolucionariamente”, Florence Nightingale, creando en el Hospital de Santo Tomás, de Londres, la primera Escuela Profesional de Enfermeras Hospitalarias, donde, después de tres años de internado, se probaba su vocación y se formaba técnica, científica y moralmente bajo la vigilancia y enseñanza de la propia Florence Nightingale.
FOTO 002 Mercedes Milá Nolla

La trágica situación de los enfermos y heridos en los hospitales militares ingleses en la guerra de Crimea las llevó a consagrarse en vida a la reforma de la Sanidad del Ejército y la plena formación de las enfermeras. Este fue el caso de Florence Nightingale, gracias a cuya preparación y entusiasmo se logró un impulso decisivo.

En España no existió nunca esa era negra que sufrió Inglaterra, pues ya en la toma de Granada fue la propia reina Isabel la Católica la que, en tiendas de campaña, organizó su propio hospital militar, y ella y sus damas se ocupaban de atender a los heridos.

En consecuencia, la reforma de la enfermería española se fue haciendo por evolución, aunque acelerada por otra reina de España, la reina Victoria Eugenia, siendo más lenta que por revolución, pero sin tener que pasar el trauma que ella conllevó.

Esa lenta evolución de alguna manera nos distanció en la mentalidad y recursos que hicieron proliferar de un modo inconexo grupos casi autodidactas, en contraste con los países más avanzados.

Las diversas Facultades de Medicina habían empezado a crear mediante unos, inicialmente elementales, requisitos, las primeras promociones de enfermeras. En centros hospitalarios también se inició, bajo la orientación de sus equipos médicos, la formación de las religiosas que desempeñaban en ellos su labor humanitaria, si bien de un modo eficaz y práctico, sin directrices pedagógicas sistematizadas.

Los primeros pasos nos los da en Madrid la labor del doctor Rubio, creando la Escuela de Enfermeras de Santa Isabel de Hungría, y en Barcelona, bajo los auspicios de la Caja de Pensiones para la Vejez y Ahorros (La Caixa), logra su desarrollo a través del esfuerzo y dedicación del doctor Pijoan y la señorita Ángeles Mateu, junto con Montserrat Ripoll, Dolores Albó y Manolita Ricart.

En Santander, un gran prócer, el marqués de Valdecilla, crea y financia la Casa de Salud Marqués de Valdecilla, con una Escuela de Enfermeras que a través del tiempo ha alcanzado, junto con la Escuela de la Cruz Roja, la máxima solvencia y prestigio profesional, que llega hasta nuestros días.
FOTO 003 Carlos Vic en el Dispensario para pobres de Santa Isabel

En San Sebastián y gracias a la Reina Victoria Eugenia y a la Reina María Cristina que con su ayuda moral y económica ayudaron a la creación de la Cruz Roja de Guipúzcoa, ubicándola en Villa María. Allí se creó la primera Escuela para Damas Enfermeras de la Cruz Roja. En 1909, con la Guerra de Marruecos algunas señoras y señoritas de San Sebastián quisieron ayudar a los médicos militares en sus tareas. Pero no tenían ningún conocimiento sanitario, ninguna noción del papel de las enfermeras y, entonces, surgió la idea de reunir a aquellas señoras, que tan buena voluntad de ayuda mostraban, instruirlas y aprovechar la oportunidad para crear en la ciudad un centro gratuito de consultas médicas.

El Dr. Carlos Vic conocía la existencia allende el Bidasoa del cuerpo de señoritas enfermeras francesas. Conociendo este grupo, impulsó la creación de una pequeña escuela alquilando un local en la Plaza Easo, esquina con el número 27 de la calle Larramendi, el local al principio pequeño, fue ampliado para que las enfermeras practicasen en un Dispensario gratuito para los necesitados. El programa que se impartió eran las normas y los estudios establecidos por la Cruz Roja Internacional, siguiendo los programas formativos de la Cruz Roja Francesa. Durante varios meses, se impartieron cursos de mañana y tarde y cuando se creyó que aquel grupo de señoras y señoritas estaban capacitadas, se fue a la creación de un dispensario médico a beneficio de los enfermos pobres de la ciudad. Siempre contó con la valiosa colaboración de las Madres Dominicas, cuya superiora era la Madre Mauricia, que prestó toda clase de ayudas, pudiendo contar con todo el material médico y quirúrgico desde el sábado 11 de Junio de 1910

En aquella situación fue muy importante para el desarrollo de este campo la venida a España de su Majestad la Reina Victoria Eugenia. Ella trajo, junto a su experiencia de la organización inglesa, la inquietud ante nuestro vacío comparativo, y así, la filosofía de Florence Nightingale pronto corrió, en diferentes esferas, como un reguero de pólvora.

La antigua Sección de Hombres de la Cruz Roja, siguiendo las directrices de Henri Dunant, desde su fundación, se complementa con la Sección de Señoras, fundada por la mencionada reina Victoria.

El espíritu nacido como consecuencia de la Guerra de Crimea, a través del tiempo, llega a fructificar con la creación de la Escuela de Damas y Profesionales, auténtico motor de nuestras estructuras. Bajo la dirección de la duquesa de la Victoria, el impulso llega a su cima. No sólo se realizan en Londres estudios formativos en la Cruz Roja Internacional para directoras de Escuelas de Enfermeras y de Salud Pública, sino que su presencia en la guerra de África capta en el pueblo la simpatía y el esfuerzo de aquellas mujeres.

Los medios eran escasos. Pequeñas las aportaciones. Tras el “desastre de Annual”, su Majestad la Reina decide montar un hospital en Melilla, con 7.000 pesetas de capital inicial. Acaso la Providencia hace que un barco alemán con una carga extraña de camas se cruce en la ruta, lográndose la que, por sus humanitarias consecuencias, puede considerarse como la mejor transacción comercial del siglo. A partir de aquel momento, las ayudas se multiplican, el pueblo se conciencia y las mujeres de la Cruz Roja reciben el reconocimiento a su amplia gestión que les impulsa en su labor de mejora de la formación de enfermeras en España.

El doctor Pittaluga crea la Escuela de Sanidad. Si inicialmente es sólo para médicos, pronto las enfermeras son llamadas a ella.

Sería casi imposible centrar en fechas concretas la proliferación de iniciativas que refleja cómo la profesión de enfermera es respetada y cómo su uniforme, sus uniformes, son signo de una vida femenina de energía resuelta y valiente, de abnegación generosa, como diría Severino Aznar.

Lucien Borel consideraba que “una misión tan sublime que se deriva del altruismo más completo no puede hacer otra cosa que engrandecer a la enfermera”.

Pero, si bien hacían falta en España más enfermeras diplomadas, estaba por crear el ejército de Visitadoras reclamado por la Medicina Social. Visitadoras para las escuelas, las fábricas, etc. para las familias. Su misión complementaria a la de la enfermera: curativa una, preventiva otra, pronto es una necesidad cuya evolución se enfrenta.
FOTO 004 Mercedes Milá y Celia Giménez

La condesa de Aguilar y María Benavente fundan la Sección de Visitadoras Clínicas de la Cruz Roja. El doctor Verdés Montenegro las utiliza por primera vez en el Instituto Antituberculoso. La Escuela de Puericultura colabora eficazmente. Cursos en España y en Inglaterra empiezan a crear nuevas promociones. Madrid y Barcelona, con la Escuela de Puericultura del doctor Enrique Suñer, son los dos firmes pilares.

En la Escuela de Puericultura se organizan las charlas a las madres; el servicio en la Escuela; se completa la formación de médicos, enfermeras y cuidadoras de niños y la Fundación Rockefeller nos acoge en su plan de subvenciones ante el dinámico descenso de mortalidad infantil conseguido por la colaboración tan eficaz de las enfermeras visitadoras anejas a la Escuela de Puericultura.

Los Centros de Higiene Provinciales, Comarcales y Rurales realizan una meritoria labor en su lucha contra el paludismo, como en Navalmoral de la Mata, o en la lucha antitracomatosa en el Levante mediterráneo, y en labor descuella la gestión de las Enfermeras Sanitarias y las Visitadoras Sanitarias, que desarrollan el campo de la medicina preventiva.

Así las cosas, entrelazados los recuerdos, sin cronologías innecesarias, Mercedes Milá nos cuenta cómo en aquellos días todo fue entusiasmo y esfuerzo. La lógica aplicada al arte de curar es la racionalización de la Medicina. Curar la enfermedad será siempre un gesto humanitario, pero si su fuente está en una institución social, más razonable que curar una enfermedad es extirpar la raíz de su causa.

El doctor Riot lo confirmaba: “Sin las Visitadoras no hubiera podido alcanzar su progreso la medicina preventiva, pero como ésta es un aspecto de la medicina general, aquéllas, las Visitadoras, nos han dado el medio de completar nuestro diagnóstico”.

Algo calla Mercedes Milá: Que gracias a ella se forma en 1934 la Asociación de Visitadoras Sanitarias de España. Calla, que gracias a la asociación se unificaron y coordinaron tantas ramas dispersas, y por supuesto calla, y de comentárselo lo prohibiría, reseñar que de 77 votos en la Asamblea Constituyente, 76 la respaldaron. Le faltó uno. Nosotros, los que nos hemos honrado y enriquecido al conocerla, estamos seguros de que fue el suyo.
FOTO 005 En Irún, las tropas rebeldes entraron en Irún y mataron a ciudadanos casa por casa

Ya con un poco de visión histórica es posible que las nuevas generaciones no alcancen a ver, por no detenerse en ello, la trascendencia que ese movimiento de la mujer de los años treinta supuso. Es casi anecdótico, pero nos gustaría reproducir un párrafo de una conferencia del doctor Palanca, a la sazón jefe provincial de la Sanidad en Madrid:
No sé si una muchacha estará en su papel despachando peticiones de crédito agrícola o informando expedientes de sanciones administrativas. Lo que sí sé es que a la cabecera de un enfermo, en la consulta de un pediatra, o a las órdenes de un sanitario, no hay nada que pueda igualar a una mujer inteligente e instruida. Es inútil que el hombre se oponga, porque la realidad arrollará todas las ficciones y todos los intereses creados que intenten impedir a la mujer su acceso a un puesto que legítimamente le corresponde”.

En visión panorámica hemos intentado reproducir retazos de historia de la mujer enfermera. Desde la llegada de la Reina Victoria, hasta su salida en abril del año 1931 se dieron pasos de gigante, y hasta julio de 1936 se sedimenta y fructifica la labor y entrega de tantas personas de procedencias profesionales diversas, de estratos culturales o sociales diferentes, unidas siempre por un fin común.

Al inicio de nuestra guerra civil, España partida, con independencia de su ideario político, estaba unida en la misión humanitaria de sus mujeres. Nuestra interlocutora, a llamada del doctor Estellés, no duda en hacerse cargo en Madrid de la organización del hospital que se instala en los hoteles Ritz y Palace y que acoge a los heridos de la sierra.
FOTO 006 Órdenes religiosas que trabajaron cuidando heridos y enfermos

Son muchas las anécdotas que le hemos escuchado, pero no queremos personalizar en ella lo que fue patrimonio de sus cientos de compañeras: El amor por el herido que nunca en una enfermera, ni en un médico, fue un enemigo. Digamos que el 18 de julio sorprendió a nuestro país con muchas deficiencias, pero la estructura médico sanitaria, en su proceso reseñado, permitió una rápida puesta a punto, una adaptación eficaz a la trágica situación creada, hasta que nuevos equipos quirúrgicos fueron enviados, si bien en determinados momentos, como en el paso del Ebro, que provocó una gran avalancha de heridos, hubo que trabajar con escasez de medios.

Inmediatamente se organizaron hospitales en una zona u otra, gracias a la voluntad y esfuerzo de todos los españoles sin distinción, que aportaron su ayuda en la medida que las necesidades de los enfermos y heridos lo requerían.

Concretamente en zona nacional, la mujer acudió a ofrecerse a las autoridades y rápidamente se hizo cargo del cuidado de los heridos o, en otros casos, ayudó a las Hermanas de la Caridad.

Ciertamente, las órdenes religiosas fueron muy importantes en la labor desarrollada. Muchas de ellas tenían gran experiencia. Otras la adquirieron pronto, y la cesión de sus conventos para utilizarlos como hospitales militares fue una decisiva colaboración.

Creemos justo rendir tributo a:
Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl
Hijas de la Caridad de Santa Ana
Hermanas de San José
Carmelitas de la Caridad
Madres de la Enseñanza
Hermanas Mercedarias
Hermanas de la Consolación
Madres del Sagrado Corazón
Madres Irlandesas
Siervas de María
Siervas de Jesús
Madres Clarisas
Hermanitas de la Cruz, y
Hermanitas de los Pobres,
Por su abnegación y entrega a tan humanitario quehacer.

A las órdenes del jefe de Sanidad, en cada localidad o sección se organizaron los servicios con las diferentes modalidades que las necesidades, el ambiente o la psicología de las distintas regiones requerían.

Se estimó, ante el numeroso personal que había formado parte de este servicio, unificarlo en su organización en un mando único, y así, en 1937, se crea la Inspección General de Servicios Femeninos Hospitalarios, y en una orden que publica el “Boletín Oficial del Estado” se nombra a Mercedes Milá Nolla, con amplias atribuciones, responsable de todo el personal femenino de hospitales, tanto profesionales como auxiliar y voluntario, ordenándose a las autoridades militares y jefes de Sanidad Militar le facilitaron cuantos auxilios necesitase para el cumplimiento de su misión.

En aquellas localidades donde el trabajo era más intenso, o en las ciudades que las tropas iban ocupando, se nombraban delegadas de la Inspección General, encargadas de la organización de los servicios en sus respectivos sectores. Como reflejo de la importancia que estas misiones llegaron a tener, sea suficiente reseñar que Zaragoza, por ejemplo, contó con más de dos mil enfermeras atendiendo los servicios de 25 hospitales con evacuaciones constantes.
FOTO 007 Órdenes religiosas que trabajaron cuidando heridos y enfermos

Una serie de instrucciones generales se dictaron para una mayor eficacia en la organización de los servicios y disciplina en los hospitales. Nos llama la atención el conocer que entre las dictadas en mayo de 1937 figuraba el que la superiora de la Comunidad que regentara el hospital fuese siempre la jefa de enfermeras, evitando así las dificultades creadas por la dualidad de mandos.

Ante la gran cantidad de mujeres que prestaron servicios en los hospitales, muchas de las cuales contaban sólo con su buena voluntad, se organizaron cursillos en los que se impartían las enseñanzas imprescindibles. Se formaron 5.506 damas auxiliares de Sanidad Militar a través de116 cursillos realizados. El Estado Mayor, en mayo de 1938, creó el carnet de identidad para damas auxiliares, alcanzándose al finalizar la contienda 12.307 titulaciones entre enfermeras y auxiliares.

Necesariamente hemos tenido que detenernos en pinceladas que alcanzasen a las diversas áreas de procedencia de que se surtió la figura de la enfermera en la guerra. Hemos partido someramente de cuál era la situación organizativa hasta 1936, y no hemos querido entrar en aquellas enfermeras, no importa de qué zona ni de qué procedencia, que en primera línea de fuego, en los hospitales de campaña, dieron su esfuerzo y tantas veces su sangre. No intentamos sino rendir un tributo a aquellas mujeres valerosas, huyendo de la sensiblería y de la demagogia. Junto a ellas, otras muchas mujeres ayudaron a mitigar el dolor y el horror. En la zona Nacional las de Frentes y Hospitales, Sección Femenina, Enfermeras de Falange, Las Margaritas, etc. En la zona Republicana, el Socorro Rojo, Enfermeras republicanas, Enfermeras Internacionales, etc. En ambos bandos actuaron las Enfermeras y Damas de la Cruz Roja Española y de la Cruz Roja Internacional; Sanidad de Carabineros y otras muchas, también hermanas, o novias, o madres, pero por encima de este título, Enfermeras.
FOTO 008 Enfermeras Socorro Rojo. Huesca

Esa labor no sólo se desarrolló en nuestro país. En los Estados Unidos, becadas por la Fundación Rockefeller, varias de nuestras mujeres se formaban para ser profesoras de la Escuela de Enfermeras Sanitarias o “Instructoras de Sanidad”, impidiéndoles nuestro conflicto reintegrarse a su patria. Pero sus servicios, a petición de la Fundación, se extendieron a la vecina Venezuela, donde gracias a ellas aparece la primera Escuela de Enfermeras en aquel país hermano.

Las Enfermeras Monserrat Ripoll, Aurora Más y Manolita Ricart fueron como tres nuevas carabelas que llevaron el mensaje de España, y la primera quedó enterrada en aquella tierra como una semilla que fructificó en realizaciones.

Pero la guerra hoy en día está lejos. Es hora, con asepsia, con amor, de que las enfermeras nos recuerden y nos enseñen cómo cicatrizar las heridas, para ellas no había bandos, ni banderas; había sólo que ayudar al herido.

Mercedes Milá, fiel a sus convicciones, pero fiel también a la historia de su propia vida, nos ha mostrado el camino, mientras “sus manos, hechas para sostener espadas o para bordar encajes”, se movían curando heridos como el aleteo de una paloma blanca. Ellas parecían sostener una rama de olivo.

Trabajar en primera línea de fuego
La enfermera y el médico que estaban en primera línea de fuego, junto a los camilleros, prestaban sus servicios a los heridos con las primeras curas y debían asumir la responsabilidad de distribuir a los heridos según la gravedad, e inclusive devolver al combate aquellos cuyas heridas no revistieran gravedad o fueran mera excusa para alejarse de la línea de fuego.

Quedaba bien claro que su responsabilidad se debía limitar a prestar los cuidados con la más absoluta urgencia, como es cohibir una hemorragia, habitualmente por medios mecánicos; completar el arrancamiento de un miembro, inmovilizar una extremidad fracturada, aconsejar la mejor colocación de los heridos y, principalmente, señalar las prioridades en la atención de éstos con vistas a su inmediata evacuación.

Estos sanitarios no estaban autorizados para realizar ningún tipo de intervención sin orden formal de un jefe u oficial médico de Sanidad Militar. Su función era, por tanto, la de recorrer el campo de batalla recogiendo y clasificando heridos y trasladándolos a los puestos de socorro y curación, cuya ubicación debían de conocer, y que durante la batalla tenían que estar claramente señalados con los distintivos de la Cruz Roja, y quedaban sujetos a las leyes y disposiciones de la Convención de Ginebra. El personal sanitario, una vez depositados los heridos evacuados hacia el puesto de socorro, debía volver de inmediato a la zona de combate para proseguir su tarea asistencial.
FOTO 009 Ambulancia de San Sebastián – Donostia. 1930

Quizá la tarea más ingrata, dada la escasez de material y de camillas, era la de determinar quiénes quedaban incluidos en cada una de las tres categorías establecidas: Los que podían hacer su evacuación a pie por sus propios medios, los que necesitaban algún tipo de ayuda y aquellos totalmente imposibilitados que debían ser transportados en camilla. (Dr. Vicente Rojo Fernández).

En otro trabajo sobre “Las enfermeras en la Guerra Civil española”, el artículo se titula así:
La situación de las enfermeras en la zona Republicana
Antes del inicio de la guerra se había realizado cierta modernización de la situación de la mujer. Aunque en el discurso dominante seguían dominando lo doméstico y las mujeres mantenían los valores de su género más tradicionales. Se ve muy bien el doble discurso de los partidos republicanos, que potencian la emancipación de la mujer, pero que impiden su presencia en cualquiera de sus órganos gestores. La emancipación de la mujer se relacionaba constantemente con el derecho a la educación, que se consideraba la clave del progreso social. La sanidad pública se organizó para satisfacer las necesidades de salud de todos los proletarios. Esta concepción obrerista de las políticas sanitarias públicas, se apoyaba en una concepción humanista de la medicina, que relacionaba los problemas sanitarios con el entorno social.

Al inicio de la guerra hay una demanda desmesurada de enfermeras, encontrándose con gran escasez de las mismas y con que la mayoría de las enfermeras que existían eran religiosas. Estas religiosas huyeron a la zona nacional o insurgente, por tener más afinidad con la religión. Incluso las que no se fueron, se escondían por miedo a ser represaliadas. Como conclusión se deshizo el escaso grupo profesional que existía. Se realizó un gran esfuerzo para formar enfermeras por parte de diversas instituciones como la Generalitat de Cataluña o el Gobierno Vasco, organizaciones femeninas obreras, sindicatos, partidos, etc. El resultado fue diverso y en muchos casos muy desorganizados, lo que restaba eficacia.

Destacamos al respecto la situación de las Brigadas Internacionales, que tenían enfermeras y servicios de sanidad propios. A medida que avanzaba la guerra en algunos lugares llegaron a estar militarizadas y muchas trabajaban en los hospitales de campaña de los frentes. En las memorias de Ana Pibernat, enfermera de 16 años de Gerona, relata las largas horas y terribles condiciones en las que el personal sanitario trabajaba. En 1939, en un hospital de campaña del frente del Ebro, en el que las instalaciones insalubres provocaron una epidemia de tifus, que amenazaba a los heridos y personal más que las heridas o los bombardeos.

La situación de las enfermeras en la zona Nacional
En esta parte del conflicto, dado que el catolicismo y la Iglesia eran partidarios de su ideología contribuyó a que la mayoría de la atención hospitalaria enfermera que estaba en manos de religiosos, pudieran seguir contando con ellos, incluso, la mayor parte de los religiosos que eran antirrepublicanos, abandonaron las instituciones del territorio de la república y vinieron a incrementar el contingente de enfermeras y enfermeros religiosos. Aún así, se organizó la formación de nuevas enfermeras y sobretodo, se hizo un riguroso sistema de acceso y de control de las mismas. La situación de la sociedad antes del conflicto, con cierto grado de emancipación de la mujer, fue interrumpida de forma brusca y se impuso la vuelta al papel tradicional de ama de casa y madre.

Las enfermeras en las memorias de los soldados
En las dos memorias de soldados que hacen alusión a las enfermeras, la atención hospitalaria se describe de forma general.

Los cuidados del hospital eran adecuados, bueno el tratamiento, abundante y excelente la comida, pero las oportunidades de descansar escasas. Peter Kemp se encuentra con Pip Scott-Ellis en Zaragoza y relata así su encuentro: Allí conocí a una muchacha inglesa, Pip Scott-Ellis, que servía como enfermera en el ejército nacionalista desde el otoño anterior. Había llegado a España sin conocer el idioma, aprobó en español los exámenes de la Cruz Roja a los pocos meses de su llegada y trabajó en varios hospitales de campaña durante la batalla de Teruel y la ofensiva del sur del Ebro, durante la cual fue adscrita al Cuerpo del Ejército Marroquí. Con una amiga española, Consuelo Montemar, sirvió en el hospital de Escatrón, bajo fuerte fuego de la artillería enemiga que disparaba desde la otra margen del Ebro. Ambas muchachas habían sido propuestas para la Medalla Militar, por su comportamiento durante esos bombardeos.

Peter es de nuevo herido en Lérida, operado en el hospital de sangre y trasladado a Zaragoza. Recuerda a los cirujanos que le operaron y describe así a la enfermera que le cuidaba: temía la llegada de las curas por la mañana, generalmente, me desmayaba. Sin embargo, fui afortunado con la enfermera que cuidaba de mí, verdadero ángel de habilidad y bondad, que parecía no dormir jamás, pues sin que importara la hora del día o de la noche que la llamara, acudía rápidamente a mi lado.

Es trasladado a San Sebastián y recuerda: Las enfermeras eran encantadoras jóvenes a quienes antes de la guerra, sus familias no hubiesen permitido salir solas. El efecto de su encanto y belleza en nuestra moral, compensaba las deficiencias que pudiera haber en sus conocimientos y habilidades.

También recoge la asistencia de las monjas de las cuales dice: la vigilancia del Hospital General Mola estaba en manos de monjas, almas piadosas y buenas, cuya indiferencia ante los principios de asepsia casi enloquecía a Sheean. Tenían la irritante costumbre de despertarme a medianoche, poco después de quedarme dormido, para preguntarme si quería café.

José Llordés Badía nuestro otro soldado, también fue herido, esta vez en el frente de Madrid. Relata su traslado hasta el lugar habilitado como hospital que era ni más ni menos que el edificio del casino de Cáceres. También recoge la presencia de las enfermeras, decía que las enfermeras eran simpáticas y cariñosas. El primer día antes de que llegasen los médicos trajeron jarros de agua con palangana, jabón y toalla y nos fueron lavando las manos y la cara para que estuviéramos un poco más presentables. Los médicos no se andaban con contemplaciones y tiraban de los vendajes y esparadrapo con brusquedad. En días sucesivos preferíamos que antes de que llegaran nos los quitaran las enfermeras que lo hacían con calma y suavidad. Después de seis días de curas y tratamiento fue trasladado a Salamanca (Vitigudino) al hospital habilitado en el antiguo Colegio del Pilar de Las Hermanas de la Caridad. El personal era el médico del pueblo, dos practicantes y dos enfermeras por cada sala, chicas del pueblo voluntarias.

Sor Micaela era la más adecuada para proveer la intendencia del hospital, estaba hecha a propósito para estas cosas y siempre sacaba algo de manera que nunca faltaba comida para los heridos. Como podemos apreciar en estos relatos por parte de los heridos se valoraba, en primer lugar, las cualidades humanas de las enfermeras, su cariño y dedicación. Se entendía que también tenían una misión de compañía y de alegrar a los heridos con su sola presencia. Y destaca su dulzura, su alegría, su suavidad, cualidades muy femeninas. Llordés en su relato describe muchachas acogedoras y que cuidan de los heridos, los acompañan en el hospital, les invitan a su casa, como si de sus hermanas se tratara.

Este estereotipo de mujer será el que se consolide y la enfermera será la mejor representante del mismo. Su figura se utilizará con gran profusión en la propaganda y en la postguerra contribuirá al nuevo estereotipo de mujer ideal. Lejos de las aspiraciones de las mujeres republicanas que defendían una mujer libre e igual al hombre en educación, derechos y obligaciones. Durante el franquismo se impuso respecto a la mujer, una amnesia colectiva en lo referente a los logros femeninos en la segunda república. La mujer pierde el espacio público y vuelve al ámbito privado del mundo doméstico y dramáticamente es la que más contribuye a la perpetuación de su subordinación.

La propaganda franquista en su desacreditación del régimen anterior hizo hincapié en la situación de la mujer, afirmando que el feminismo y las demandas de igualdad de la mujer le habían llevado a la corrupción de la misma y al rechazo de su misión biológica natural que era el ser madres, siendo la emancipación femenina un signo de decadencia moral.
FOTO 010 Hermanas de la Consolación

BIBLIOGRAFÍA
Los Médicos y la Medicina en la Guerra Civil Española. Monografías Beecham. Madrid M-9868 – 1986. Entrevista con Doña Mercedes Milá Nolla

Dispensario para pobres de Santa Isabel. Gratuito para los pobres de San Sebastián. Fundado en 1909. Manuel Solórzano Sánchez. Julio 2002

Las enfermeras en la Guerra Civil española. Autoras: María Francisca Casas Martínez y María Teresa Miralles Sangro. Enfermeras. Profesoras de la Escuela de Enfermería y Fisioterapia de la Universidad de Alcalá, Madrid.

AUTORES
Jesús Rubio Pilarte
*
* Enfermero y sociólogo. Profesor de la E. U. de Enfermería de Donostia. EHU/UPV
Miembro no numerario de La RSBAP
jrubiop20@enfermundi.com

Manuel Solórzano Sánchez **
** Enfermero Hospital Donostia. Osakidetza /SVS
Enfermero Servicio de Oftalmología
Hospital Donostia de San Sebastián.
Vocal del País Vasco de la SEEOF
Miembro de Eusko Ikaskuntza
Miembro de la Sociedad Vasca de Cuidados Paliativos
Miembro Comité de Redacción de la Revista Ética de los Cuidados
M. Red Iberoamericana de Historia de la Enfermería
Miembro no numerario de La RSBAP
masolorzano@telefonica.net