Por supuesto, la tuberculosis seguía siendo la enfermedad fundamental y el descubrimiento de los rayos X supuso un paso fundamental en el estudio de la enfermedad. Curiosamente, el siglo acaba como empezó, avances espectaculares en las técnicas de imagen y nuevos problemas con la tuberculosis pulmonar, aunque el conocimiento adquirido durante este siglo debe ayudar a resolver estos problemas antiguos que han renacido, así nos lo comentaba Víctor Sobradillo Peña, Presidente de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR).Hace poco más de cien años, Otto von Leixner, en un interesante libro titulado Nuestro siglo, opinaba así: “Los descubrimientos hechos son tantos que es completamente imposible enumerarlos. En este período adelantaron todas las ramas de las ciencias naturales, y muchas de las conquistas más grandes de la ciencia moderna tienen su origen en los trabajos del fecundo período que va desde 1760 hasta 1820”.
La Medicina no ha ido a la zaga del resto de las ciencias, y la multiplicidad de logros conseguidos así lo atestigua. Uno de los más característicos del siglo XX, consecuencia directa de la complejidad de las técnicas y de la avalancha de conocimientos, ha sido el de la especialización; pero la Neumología, a diferencia de otras especialidades médicas o quirúrgicas que nacieron y evolucionaron sin experimentar cambios en su denominación y objetivos esenciales, tuvo que pasar por una fase previa: la Tisiología, circunstancia que le confiere una singular perspectiva histórica.
Los grandes doctores se dieron cuenta de que el Hombre no podía ser Universal, capaz de abarcar todas las ramas del conocimiento y de que no quedaba otro remedio que establecer fronteras, fue el comienzo de poner los cimientos de la especialización médica.
Los factores que de forma más directa influyeron en este fenómeno fueron: la avalancha de información, consecuencia del método fisiopatológico y del auge de los laboratorios; el descubrimiento de las bacterias causantes de las enfermedades infecciosas, y los avances tecnológicos que hicieron posible el poder disponer de instrumentos, provistos de sistemas ópticos, para explorar algunas cavidades internas y visualizar in vivo sus lesiones como el otoscopio, laringoscopio y litoscopio, por ejemplo.A pesar de tales hechos, las únicas especialidades médicas más o menos reconocidas por aquella época eran la Dermatología, la Neurología y la Tisiología.
Por lo que respecta a las enfermedades pulmonares, el método de la percusión y auscultación torácica combinada, iniciado por Laennec, Covisart y Skoda, supuso un avance clínico muy importante y en pocos años se publicaron numerosos tratados sobre estas nuevas técnicas. Al primitivo esteatoscopio de Laennec, fabricado con tres pliegos de papel batidos y arrollados en forma de cilindro, pegados con cola y alisados con lima por sus dos extremidades, se le practicaron sucesivas modificaciones destinadas a mejorar la calidad acústica, cambiándolo por un estrecho tubo de madera o cobre con una extremidad inferior en forma de trompeta que se ponía sobre el tórax y una extremidad superior ancha y plana, de madera o de marfil, a la que se aplicaba el oído, hasta llegar finalmente a los de material flexible, más prácticos y manejables y sin los ruidos extraños producidos por la conducción del sonido a través del tubo rígido.
Los descubrimientos de Laennec
La historia de la invención de la "auscultación mediata" (por medio de un instrumento) por Laennec se parece a una fábula. Una mañana de septiembre de 1816, Laennec sale del hospital Necker y va caminando a visitar a una chica enferma del corazón. Como atraviesa el patio del Louvre, se queda observando a dos niños que están jugando: uno de los dos raspa con un alfiler la extremidad de una viga y el otro con la oreja contra la otra extremidad está escuchando y percibe el ruido reforzado. Para Laennec es la “Iluminación”. Al llegar a la casa de su paciente, Laennec enrolla un cuaderno de papel y lo utiliza para escuchar el ruido del corazón de la joven. Laennec acaba de descubrir el principio de la auscultación mediata.
En aquel entonces, el diagnóstico se establecía únicamente por un interrogatorio: el médico tomaba el pulso pero no lo contaba, se contenta con describirlo. Por eso, no había ningún dato objetivo sobre la enfermedad. Después de este descubrimiento, Laennec vuelve al hospital Necker y moviliza a sus estudiantes. Estos fabrican en serie cilindros de papel y luego de diversas maderas labradas a torno, y los llaman estetoscopio (del griego “veo en el pecho”). Con su maravilloso oído de músico, el maestro se pone a escuchar el pecho de los mil enfermos que hay cada año en sus cuatro salas de hospital. Toma notas, compara, sintetiza, y luego verifica atentamente durante las autopsias sistemáticas de los cuatro ciento enfermos que mueren cada año.
Así, el estetoscopio le permite describir los signos clínicos de enfermedades pulmonares. Se dedica a reconocer todos los ruidos normales y anormales de la respiración y de la transmisión de las voces en las diferentes enfermedades respiratorias y cardiacas. Ayudándose de la pectoriloquia (ruidos que revelan la existencia de cavidades pulmonares), relaciona estos signos con los caracteres clínicos de la enfermedad y gracias a la autopsia, los relaciona con las lesiones de los tejidos.
En aquella época, el conocimiento de las afecciones pulmonares es muy reducido. Se reagrupan muchas enfermedades bajo el nombre genérico de tisis. En un océano de ignorancia, el método de investigación se reduce a un reconocimiento del dolor y de los trastornos funcionales, el análisis de la respiración y de la expectoración. La tisis es, a la vez, tuberculosis y bronquitis, gangrena del pulmón y edema, enfisema y apoplejía. Se confunden pleuresía y pulmonía cuyos síntomas (fiebre, tos) se parecen. La congestión pulmonar no se conoce. En cuanto a los métodos, la palpación y la percusión solo dan muy pocos resultados. En lo que toca a las enfermedades del corazón, los conocimientos son aún más fragmentarios. No se cura, se observa a los enfermos y esperan su muerte.Después, en 1819, a costa de una labor espantosa, Laennec escribe las 928 páginas de una obra que va a revolucionar el mundo de la medicina. Así, ha abierto el camino a la nueva medicina, y sus trabajos, enriquecidos desde entonces, nunca han sido discutidos.
La auscultación llegó a extremos de verdadero virtuosismo en un intento de diagnosticar precozmente las lesiones iniciales de la tuberculosis en los vértices pulmonares. Sucedía que la tuberculosis o sea la tisis pulmonar, destacaba como la enfermedad infecciosa con mayor mortalidad en Europa (7-8 de cada 100 defunciones), tenía una incidencia elevadísima y el tratamiento era decepcionante. En España, la mortalidad por tuberculosis se cifró en 500-600/100.000 habitante, llegando en el quinquenio 1901 a 1905 a la tasa astronómica de 962/100.000.
En determinados colectivos, por ejemplo el ejército, el hacinamiento en los cuarteles agravaba aún más si cabe el problema de la tuberculosis. Sin embargo, el misterioso origen de la enfermedad había sido desvelado en 1882 por Robert Koch, que consiguió por primera vez observar al microscopio y mantener vivos en cultivos adecuados, unos minúsculos microorganismos alargados como bastoncitos presentes en todas las lesiones tuberculosas, demostrando, además, sin ningún género de dudas, su especificidad etiopatogénica.
Quedando probada la etiología infecciosa de la tuberculosis, el paso siguiente era encontrar un fármaco para curarla, esa fue la hipótesis de Paul Ehrlich, en la búsqueda de su famosa “bala mágica”, es decir, el medicamento milagroso destructor de gérmenes sin lesionar las células del huésped; idea que le conduciría al descubrimiento del “salvarsán” para el tratamiento de la sífilis.En 1854, el médico alemán Hermann Brehmer fundó en Göbersdorf (Silesia) el primer sanatorio destinado exclusivamente al tratamiento de los enfermos tuberculosos. La idea consistía en favorecer la curación mediante estancias prolongadas, por el efecto saludable del clima y del aire puro de las montañas. En pocos años los sanatorios proliferaron por toda Europa: Falkenstein (Alemania), Verter (Francia), Leysin y Davos (Suiza), etc. En España, antes de acabar el siglo XIX, funcionaban las colonias marinas de San Vicente de la Barquera y el sanatorio de Santa Clara en Chipiona. Aunque los principios en que se basaba la cura sanatorial eran muy simples, reposo psicofísico absoluto y sobrealimentación, el médico del sanatorio se convirtió en cierta manera en un especialista en enfermedades torácicas.
El Primer sanatorio destinado exclusivamente al tratamiento de los enfermos tuberculosos lo crea en 1854 el médico alemán Hermann Brehmer en Göbersdorf (Silesia hoy en día Polonia, perteneció a Alemania).
Mientras tanto, los sanatorios antituberculosos iban adquiriendo cada vez más relevancia, y algunos de ellos se convirtieron en grandes centros médicos – quirúrgicos dotados con todos los adelantos conocidos para tratar las enfermedades torácicas. No es casual el hecho de que en 1911 Spengler, director de un sanatorio en Davos, Suiza, publicara, junto con Brauer, los resultados de 102 casos tratados con neumotórax.Al principio, siguiendo la idea de Forlanini de conseguir el máximo reposo posible del pulmón del enfermo, se practicaba el denominado neumotórax hipertensivo inyectando grandes cantidades de aire o de nitrógeno, pero en 1912 Ascoli demostró que no era necesario el colapso total para obtener el efecto deseado, dando así inicio al período de los neumotórax hipotensivos, e incluso en algunas ocasiones se realizaban neumotórax bilaterales simultáneos.
Poco tiempo después aparecieron en escena otras técnicas médico – quirúrgicas con las que se procuraba conseguir efectos similares a los del neumotórax. El neumotórax terapéutico contribuyó, además de otra manera al desarrollo de la Neumología.
El gran impulsor del broncoscopio fue el laringólogo norteamericano Chevalier Jackson. En 1890 inventó un esofagoscopio para extraer cuerpos extraños y pocos años después, gracias a su amplia experiencia en traqueostomías y manejo de estenosis traqueales postdiftéricas, comenzó a trabajar con broncoscopios no sólo con esta indicación, sino también para el diagnóstico y tratamiento de otras enfermedades como por ejemplo, el adenoma bronquial y las atelectasias postoperatorias. En 1917 fue uno de los fundadores de la American Bronchoscopic Society, y en 1919 obtuvo el reconocimiento a su labor con una cátedra de Broncoscopio y Esofagoscopia en la Universidad de Pensilvania.Mientras tanto, la lucha contra la tuberculosis adquiría dimensiones de verdadera cruzada mundial. La creación de asociaciones y campañas nacionales, con amplio soporte político, económico y social, en Inglaterra (1898), Francia (1901) y Estados Unidos (1904), contribuyó también en gran manera al desarrollo y popularización de la Tisiología.
En el aspecto preventivo de la tuberculosis urbana destacaba el avanzado programa del Departamento de Higiene de la ciudad de Nueva York, iniciado en 1900, que consistía en la declaración obligatoria de todos los casos, organización de salas, pabellones y hospitales antituberculosos, y construcción de laboratorios municipales donde se practicaba gratuitamente el examen de esputo a los presuntos enfermos.
En las primeras décadas del siglo XIX se va a producir como ya hemos mencionado antes un curioso fenómeno sin precedentes en la historia. La tisis, la enfermedad maldita, azote despiadado de todos los pueblos europeos sin distinción de edades, sexo, ni clase social, contra la cual no hay remedio seguro, el mal que, en definitiva, podríamos considerar como el cáncer de la época, se transforma en una enfermedad “de moda” de la mano de escritores y artistas, que la convierten en terrible compañera de sus héroes y heroínas, por la que acabarán sucumbiendo trágicamente, pero sin la cual muchas de sus acciones carecerían de sentido.La exaltación alcanzará tal grado que, incluso, se llega a considerar a la “sensibilidad tísica” como el motor y fuente de inspiración fundamental de algunos genios del Arte, la Música y la Literatura, segados en la flor de la vida por la guadaña cruel de la tuberculosis.
Los motivos de este cambio de actitud hay que buscarlos en una vigorosa corriente intelectual y filosófica, denominada Romanticismo, que se extiende rápidamente por toda Europa. Recuerdos del pasado, deseo en vez de placer, porvenir incierto, etc. He aquí los ingredientes fundamentales para la melancolía y la depresión, que serían, en cierta manera, los rasgos psicológicos típicos del Romanticismo, determinantes no sólo de su forma de ser y de pensar sino, incluso, del hábito externo: aspecto enfermizo, palidez anémica, laxitud, llanto fácil, desesperación ante las contrariedades, tristeza y obsesión por la muerte, que desemboca a menudo en el suicidio justificado por ideales incomprendidos o por amores imposibles.
Como ya hemos comentado antes, los estragos causados por la tuberculosis en las grandes aglomeraciones urbanas europeas hacían necesaria una atención preferente por esta enfermedad, no sólo por parte de los médicos sino también por los gobiernos de los países afectados. Empiezan a construirse los Sanatorios Antituberculosos para realizar allí las curas sanatoriales.Una de las más fervientes defensoras de la eficacia de la cura al aire libre y de la sobrealimentación fue Florence Nightingale (1820 – 1910), conocida como “La Dama de la Lámpara” en recuerdo de su heroica y abnegada labor como enfermera en la guerra de Crimea, donde bajo el tenue resplandor de una linterna auxiliaba por las noches a los cientos y cientos de heridos hacinados en los hospitales de campaña.
Florence Nightingale es la impulsora de la moderna enfermería hospitalaria, se curó a sí misma una tuberculosis pulmonar mediante las reglas higiénicas y trató durante toda su vida de difundir este método.
Muchos médicos eran partidarios de que el tuberculoso se tratase en su región lo más cerca posible de su casa, sin necesidad de grandes desplazamientos y además otorgaban mucha importancia a la cura de reposo al aire libre bajo la acción benéfica de los rayos solares, para lo cual los sanatorios disponían de extensas terrazas abiertas, protegidas de la lluvia y de la nieve, donde los enfermos pasaban la mayor parte de su tiempo.
Las tres reglas fundamentales en las que se basaba la cura sanatorial eran: el reposo físico y psíquico, la exposición al aire puro de las montañas y la sobrealimentación. A este último aspecto se le concedía una gran importancia, llegándose incluso a administrar dietas monstruosas del orden de 6.000 calorías/día, complementadas con generosas dosis de alcohol, sobre todo coñac, que se consideraba muy beneficioso para el tratamiento.
Normalmente en casi todos los sanatorios funcionaban igual, vamos a poner el ejemplo del Sanatorio de Falkenstein: Se levantaban a las 7,30 horas, media hora para su aseo personal. A las 8 el primer desayuno que constaba de: café o té con leche, pan con mantequilla, más dos tazas de leche, descanso y reposo con cura de aire en la galería - solarium, a las 10,30 segundo desayuno que consistía en pan con mantequilla, huevos frescos, una taza de leche, seguían con una segunda sesión en la galería de reposo hasta la hora de comer sobre la una de la tarde.En la comida había potaje, entremeses, asado de carne, pescado blanco, legumbres, queso y frutas. Agua y vino como bebidas. De las 14 horas hasta las 16 hacían cura de reposo, era la más importante y estaba prohibido hablar. Después la merienda que consistía en pan con mantequilla y una taza de leche. Hora y media de paseo por los jardines para estar recostados en las tumbonas hasta las 19, hora de cenar: potaje, ensalada, legumbres, dos platos de carne, compota y vino y agua como bebidas. De 20 a 21 horas sesión de reposo y las 21 horas una taza de leche con coñac y a las 22 horas a dormir. Algunos administraban carne cruda hasta 300 miligramos/día.
Estas tremendas dietas provocaban con frecuencia intolerancias gástricas, en especial a los enfermos ya dispépticos o anoréxicos por el síndrome tóxico – infeccioso, siendo necesario en algunas ocasiones la sonda gástrica.
Otro de los aspectos curativos positivos de tener a los pacientes recluidos en los sanatorios era la importante función de aislamiento de los enfermos contagiosos, causa principal del mantenimiento de la endemia tuberculosa.
Las medidas higiénicas y profilácticas se aplicaban rigurosamente. Cada paciente estaba provisto de un reservorio individual para recoger sus esputos, de los que se inventaron varios modelos, vaso metálico de aluminio, de boca ancha de cierre superior hermético pero con apertura sencilla, etc. Se esterilizaban diariamente por ebullición.
Los primeros sanatorios se parecían más a hoteles de lujo que a instituciones hospitalarias y las estancias prolongadas sólo estaba al alcance de economías potentes. Por tal motivo pronto se vio que poca incidencia tendrían en la lucha antituberculosa si no se creaban establecimientos asequibles para las clases sociales menos privilegiadas.
LA FIESTA DE LA FLOR 1912A San Sebastián le cabe el honor de implantar por primera vez en España la que se denominó “Fiesta de la Flor”. Se trataba de una cuestación cuyos fondos se destinaban a la Lucha Antituberculosa. La idea fue lanzada por el representante del Uruguay, en el II Congreso Internacional contra la Tuberculosis, de 1912, que como acabo de decir, tuvo lugar en nuestra ciudad. Ese mismo año, gracias a la iniciativa del Dr. Emiliano Eizaguirre tuvo lugar la primera Fiesta de la Flor, y ciudades como Madrid y Bilbao, imitaron esta iniciativa donostiarra.
En La Voz de España con fecha 13 de agosto de 1947, se cita la recaudación que con motivo de “La Fiesta de la Flor” se ha recogido y como han distribuido la ayuda entre todas las entidades de Guipúzcoa:Fiesta de la Flor 338.737,20 pesetas
Tómbola 94.344,03 pesetas
Y el dinero se reparte entre los Sanatorios de Nuestra Señora de las Mercedes, el Sanatorio 18 de Julio Andazárrate, el Pabellón Doker de Tuberculosos del Hospital Civil u Hospital de San Antonio Abad, Hospital Tolosa, Dispensario de la calle Prim, el Sanatorio Nueva España de Eibar y para el sostenimiento de 140 camas. En total había 2.109 camas para enfermos de tuberculosis en toda Guipúzcoa.
Y en el Diario Vasco del 4 de Agosto de 1955 reza así: “La Fiesta de la Flor” se celebrará el próximo día 15; se celebrará en nuestra ciudad de San Sebastián. La gran labor que realiza el Servicio Antituberculoso es de sobra conocida, gracias a la generosidad del pueblo donostiarra, junto a la que aporta la nutrida colonia veraniega.
El terrible mal de la tuberculosis es preciso atajarlo por todos los medios a nuestro alcance, y para ello nada mejor que ofrecer un donativo para que los servicios montados a tal efecto, puedan desarrollar su labor a plena satisfacción.
El próximo día 15 tendremos ocasiones de poner de manifiesto nuestra preocupación por los que sufren atacados por esta peligrosa enfermedad.
Seamos generosos.
En 1.970 se celebró en San Sebastián el 3º Congreso Nacional de la Sociedad Española de Patología Torácica (SEPAR), cuya organización recayó fundamentalmente en el equipo médico del hospital. Ese mismo año se incluyó en el Plan Nacional M.I.R., con docencia en neumología.
Historia y antecedentes del Hospital de Amara San Sebastián. Antiguo Sanatorio Antituberculoso.- Manuel Solórzanohttp://www.enfersalud.com/amara/
http://www.euskonews.com/0227zbk/gaia22702es.html
Amarako Ospitalearen historia eta aurrekariak
http://www.euskonews.com/0227zbk/gaia22702eu.html
MÉDICOS QUE HAN PASADO POR EL HOSPITAL DE AMARA
Los Médicos que han pasado durante años por el hoy Edificio “Amara” del Hospital Donostia han sido:
José Luis Martínez de Salinas y Salcedo; Luis Fernando de Castro García; Germano Martínez de Salinas y Salcedo; Ángel Juan Fernández Gutiérrez; Manuel Juanes González; Eduardo Carlos Nafría Inciarte; José Francisco Javier Etura y Urruzmendi; Miguel Ángel Villameriel Meneses; Carlos Alberto Lacasa; Luis Marco Jordán; Javier Labayen Berdonces; Rosa Berdejo Lambarri; Vicente Candina; Gonzalo Vivanco; María Castillo; José Esteban Ciruelos; Javier Laparra; José Miguel Tirapu; Joaquín Lineo; Eduardo Clave; Eva Rua y Dra. Vidal, Carlos Salinas, Dr. Balenciaga; Itziar Izaguirre. Dr. Furest; Dr. Teller, Dr. Pinilla, Félix Esteban; José Eulogio Gutiérrez; Mª Asun Celaya; Fito Herrero; José Francisco Garmendia; Pedro Cosmes; Antonio Barrios; Antonio Cabarcos; Alejandro Joral; Felicitas Villas; Pedro Aranegi; Koldo Salinero; Paz Córdoba y Juan Aycart. Posteriormente vienen más facultativos. Boticario: Iñigo Aguirre Zubía. Microbiólogo: Javier Barrenetxea Maiztegi.
A.T.S Y ENFERMERAS
Remedios Ruiz Infantes; María Jesús Gorrochategui Zabarain; María Teresa Cabezas Fraile; Salustiana Nalda Gil; Sor Isabel Villanueva Erviti; Sor Gregoria Uranga Azcarreta; Sor Teresa Urteaga Iriberri; Sor Teodora Cortés Lasierra; María Rosa Besné Oliva; Ana María Ugarte Beguiristaín; María Pilar Muñoz Múgica; María Luisa Ayestarán Soroeta; Sor Josefa Fernández Pérez; Isabel Pedrosa Morillo; Sor Ana Francisca Peña Alberdi; Sor Amparo Atucha Urtizberea; María Mercedes Zapiain Atucha; María Bernarda Aguirrebengoa; María Asunción Sagredo Sanz; María Begoña Avalos Ochotorena; Pilar Baztarrica; Esperanza González; Carmen Oyón; Rosa Aguirre; Coro Alcorta; Nerea Txakartegi; Tere Beares; Emilio Casares; Cándi Cue; Charo Fernández; Ana Galán; Mª José García; Mª Ásun García; Cristina Goikoetxea; Agurtzane Insausti; Mª Jesús Inza; Isabel Izaguirre; Anunciación Jiménez; Carmen Loyarte, Pili Martín; Ana Mugika; Mª Sol Otegi; Rosa Pascual, Ana Redondo; Mª Mar Ruiz; Amparo Saldaña; Lourdes Saldaña; Mª José Santamaría; Txaro Sanz; Manuel Solórzano; Puri Tena; Ana Urresti, Mª José Zufiaurre; Nuria Durán; Elena Legorburu; Vicenta Nogales; Elena Pérez; Eugenia Garmendia; Elisabete Makazaga; Carmen González; Gurutze Arregui; Ana De Miguel; Leonor Munárriz (Directora de Enfermería). Después de estos años han trabajo muchas más enfermeras y enfermeros en dicho hospital.
Hoy en día el Edificio “Amara” del Hospital Donostia está totalmente reformado y habiendo cumplido ya sus primeros 50 años.
La apasionante historia de la medicina y la enfermería en Tolosa (Gipuzkoa). Artículo publicado el día 25 de abril de 2009http://enfeps.blogspot.com/2009/04/la-apasionante-historia-de-la-medicina.html
Libros consultadosLa Tuberculosis a través de la Historia. Jesús Sauret Valet
Historia de la Terapéutica Inhalatoria. Jesús Sauret Valet
Cien Años de Neumología. 1900 – 2000. Jesús Sauret Valet
Agradecimientos
Jesús Sauret Valet
SEPAR
Laboratorio Pfizer, S.A.
Laboratorio Ancora S.A.
Fotos: Las fotos están escaneadas de los mismos libros que cito, de Internet y de mi colección particular.
Manuel Solórzano Sánchez
Enfermero Hospital Donostia. Osakidetza /SVS
masolorzano@telefonica.net

Manuel Solórzano Sánchez
En el último tercio de siglo, todo iba a cambiar; bastaron los primeros efluvios del éter y del cloroformo, para empezar lo que se denominó “victor dolore” (la victoria sobre el dolor) reforzada años más tarde con la aparición de los anestésicos locales. La sala de operaciones dejaba de ser un centro de tortura.
Habían existido tres montañas insuperables, que habían retrasado el desarrollo de la cirugía: el dolor, la infección y la manera de evitar y resolver las pérdidas sanguíneas. Vencidos los tres escollos comienza en expresión de Jürguen Thorwald el “triunfo de la cirugía”, aunque otros prefieren el término “revolución quirúrgica”, o simplemente “cirugía científica”.
El hospital disponía de cementerio propio a un lado de la Iglesia y también en el subsuelo de la capilla. Estos hábitos se mantuvieron hasta 1808.
En 1849 se inaugura el Hospital Militar, empujado por las circunstancias bélicas asumirá desde su nacimiento un gran protagonismo. En sus primeros años de guerras carlistas, en los tiempos de Nicasio Landa, será referencia universal de comportamientos humanitarios de la guerra “La Caridad en la contienda”, también en las técnicas del traslado de los lesionados, en los primeros auxilios y en los tratamientos en los centros de internamiento.
Con ocasión de la batalla de Oroquieta, se pone por primera vez en práctica, el espíritu de neutralidad del herido, estos, sean del ejército de la nación o carlistas, son trasladados al Hospital Militar. Cuando se encuentra saturado, sin sitio, se habilitaran otros centros de la ciudad. El Hospital provincial dedica una sala entera para los heridos y la atención a los mismos es llevada directamente por Nicasio Landa y otros médicos cirujanos. Las guerras carlistas no sólo produjeron heridos, también aportaron calamidades. Las tropas carlistas cortaron el suministro de agua a Pamplona (1874), y los ciudadanos se vieron forzados a abastecerse sin control sanitario del agua del río Arga y de pozos particulares; la consecuencia fue una grave epidemia de disentería tífica y paratífica con alta mortalidad. Afortunadamente Salvador Pinaqui solucionó pronto el problema al encontrar un nuevo manantial de agua potable cerca del río, que fue bombeada a la ciudad.
El cirujano siempre había sido un obrero menor dentro de la profesión sanitaria, en los primeros años sin estudios “cirujano – barbero”, después con una titulación de menor categoría que la del médico. La figura académica del cirujano se potenciará en la segunda mitad del siglo XIX, al igualar los estudios con los médicos. En 1886 un Real Decreto del Ministerio de Fomento, unifica y simplifica los estudios de Medicina, desapareciendo las diferentes titulaciones. Con este decreto todos los licenciados en medicina, son a la vez médicos – cirujanos.
Entre 1880 y 1940 se instalaron en Navarra 54 órdenes religiosas que se dedicarán de preferencia a la enseñanza y al cuidado de los enfermos. Destacarán Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y Las Siervas de María.
Las margaritas realizaban generalmente sus actividades en los domicilios e instituciones benéficas de la ciudad como las Hermanitas de los Pobres, la Casa de Misericordia y el Hospital Provincial.
Una de las asistentes a estos cursillos nos decía: nos dieron lecciones sobre inyecciones, vendajes, curas, las principales medicinas, etc. Otras margaritas viendo como se iba complicando la situación se incorporan por propia iniciativa al cursillo de “Damas Enfermeras” que la Cruz Roja de Pamplona organizó a comienzos de 1936. “Nos preparábamos para enfermeras, cantineras, y ángeles de la caridad”, lo recordaba la activa margarita María Rosa Urraca Pastor. En diferentes Círculos Carlistas se dieron los mismos cursillos, unos más precipitados que otros. Nos decían una margarita que en su cursillo se enseñó lo indispensable para las curas de urgencia, no dio tiempo ni para darnos un título o certificado, ya que los acontecimientos se precipitaron. Otros médicos impartieron lecciones sobre vendajes y desinfección de heridas, al mismo tiempo que se adquiría un sencillo botiquín. Concluidos los apresurados cursillos, los organizadores indicaron a las margaritas asistentes que confeccionaran sus propios uniformes blancos de enfermera.
Las Margaritas se les llamaban a las militantes del carlismo, que apoyaban a los requetés y a la vez difundían “un modelo femenino en contraposición al de las sociedades liberales, republicanas o izquierdistas”, es decir “Fiel Guardiana de las Tradiciones Familiares y Valedora de la Integridad Familiar”. Eran las principales agentes movilizadotes de la sociedad nacional, acentuando el encuadramiento y movilización social de la retaguardia, ejerciendo de paso las labores tutelares de la familia, que el carlismo cree que corresponde a la mujer.
Las Enfermeras
Por todas partes flores, plantas, esmero y limpieza y en cada sala un altar donde reinaba el Sagrado Corazón entronizado y la imagen de la Santísima Virgen que a porfía embellecían los hospitalizados con ingenuas habilidades y artísticos adornos.
Y es que las enfermeras al llegarse cada mañana al Hospital, venían dispuestas a entregar el don magnífico de su corazón hecho ansias de caridad, de piedad y de sacrificio.
Así el “Alfonso Carlos” aún más que hospital, fue clínica de almas y finca de recreo del Sagrado Corazón. Por eso, al terminar sus actividades quedará siempre su recuerdo y cuando a través de la vida se encuentren los que allí convivieron, no habrá para ellos país ni condición social que los distancie, será el suyo, encuentro de Hermanos, a todos alcanzará la sombra de aquella Cruz monumental que constituyendo la fachada del Hospital, fue su signo. Y aquella Cruz que acogió miserias del cuerpo y del alma, resoluciones heroicas, abnegaciones calladas, esfuerzos cotidianos, bendecirá siempre a los soldados Cruzados y a las Enfermeras Margaritas que, ángeles de la caridad como fue su Reina, supieron cumplir su misión con fortaleza de mujer española, ternuras de madre y virtudes cristianas.
En el relato que nos hace Gloria Solé Romeo, en su trabajo “Mujeres carlistas en la república y en la guerra (1931 – 1939). Algunas notas para la historia de las Margaritas de Navarra”. En relación con las actividades que realizaban las Margaritas en la Guerra Civil, diremos que trabajaban en los Hospitales y puestos sanitarios, talleres roperos, para confeccionar uniformes, comedores y almacenes de alimentos. En Servicios sociales de atención a huérfanos, presos, organización de entierros, etc. Además de estas actividades “organizadas” había otras muchas: acompañamiento en algún caso a una partida de requetés toda la guerra, distribución de medallas y “detentes” o “detente bala”, escribir a los requetés como madrinas de guerra, almacenamiento y fabricación de armas y explosivos, servicio como “cartero” en pueblos donde había muerto éste, visitas a los tercios para darles ánimo, etc.
La Ordenanza de las Margaritas era específica para ellas, dando un modelo de mujer que toda Margarita debía realizar, concretándose los principios y aplicaciones prácticas para la vida familiar, religiosa, social y política, de acuerdo con su lema “Dios, patria, Rey”. Esta Ordenanza decía así:
Autor de la fotografía: Javier Garayalde Velaz
El Coronel de Sanidad de los Requetés era en esa época Don Benigno Oreja Elósegui, que fue su director y contaba con la plantilla de los médicos de la Clínica San Ignacio. Fue Presidente del Colegio de Médicos de Gipuzkoa en dos ocasiones, 1920 a 1924, y la segunda de 1940 a 1946, fue el primer presidente terminada la guerra.
Como Presidenta de las Margaritas de Gipuzkoa en 1936, fue Doña Inés Egoscozabal Brunet. Y los Requetés celebraban el día de su Patrona y el día de Artillería, en el Cuartel de los Requetés que estuvo ubicado en el antiguo edificio del Kursaal. Allí acudían las Margaritas concentrándose en el Hotel Kursaal dos veces al día, de 10 de la mañana a la una del mediodía y a la tarde desde las 3,30 hasta las 7 de la tarde, debiendo atender al combatiente en sus descansos en la retaguardia y actuando como punta de lanza en las movilizaciones sociales en beneficio del soldado, tales como limpieza de los locales utilizados por la tropa; provisión de comida y alojamiento o las prendas de abrigo necesarias. Las enfermeras acudían en sus turnos a trabajar al Hospital Nuestra Señora de los Dolores, que estaba enfrente del edificio, pudiendo así colaborar en los trabajos propios de la mujer en el Kursaal y los de enfermera en particular en el Hospital.
Su papel de agente social adquiere valía por momentos en los primeros meses de guerra, sobre todo con la dilatación de un conflicto que se preveía corto. Sus labores de consuelo a los veteranos pobres, el soporte económico de las familias leales, atención a los heridos y muertos por la Causa, demuestra que sus cometidos no tienen fin.
En San Sebastián se crean dos nuevos establecimientos en febrero de 1937, de la mano de los Requetés de Guipúzcoa: la Policlínica y el Sanatorio Quirúrgico, instalado en Ayete. Este centro fue posteriormente el hospital de los falangistas, que estaba situado en el Cerro de San Bartolomé, donde hoy está ubicado el cuartel de la Policía Nacional. Ambos son montados con los últimos adelantos médicos y quirúrgicos. El acto de inauguración cuenta con las máximas autoridades de la Junta de Guerra de Guipúzcoa, oficiales del Requeté y la bendición de los locales, con misa celebrada en el Sanatorio.
En abril de 1937 la Junta Nacional Carlista de Guerra inaugura un curso de enfermeras, integrado por trescientas señoras y señoritas, con una duración de dos meses y con un nivel alto de enseñanza teórico y práctico, impartido por profesionales adscritos al Requeté y con un examen final para obtener el diploma de enfermeras. En el acto inaugural se dijo de la importancia del envío de miles de hombres al frente y la importancia de la creación de múltiples organizaciones sanitarias para que no queden desatendidos. Recuerda a las futuras enfermeras, el recato y el porte que deben presentar y que se reflejará en la blancura de su uniforme, especie de hábito que representa a la Caridad, el Sacrificio, la Lealtad, la Prudencia y la Vigilancia, todas ellas virtudes que deben adornar a la enfermera en su cometido diario. Considerada como auxiliar del médico en el trabajo del hospital, tiene como misión principal curar y aliviar al enfermo en su dolor físico y espiritual, sustituyendo a la madre, guiando su conducta y el pensamiento de Dios y Patria. En diciembre de 1936 llega a Pamplona, Sevilla y San Sebastián una importante cantidad de lana con destino a la confección de calcetines destinados a las milicias y tropas regulares.
Al levantarse el Sr. Olazábal es largamente aplaudido.
La “Jefa de Sala” que debía poseer como requisito indispensable la titulación oficial de enfermería, considerando como tales los de Enfermera del Estado, de Sanidad Militar o de las Damas Enfermeras de la Cruz Roja. Su jornada era completa, de mañana y tarde, y estaba al mando y cargaba con toda la responsabilidad de la sala, teniendo a su cargo a las enfermeras, enfermeros y religiosas de sala. Su trabajo incluía todo lo referente a enfermería, organización, supervisión de la visita médica diaria, la formación del personal femenino.
El 28 de abril de 1937 se inauguraba uno de los proyectos más ambiciosos y con mayor trascendencia de la historia del Hospital Alfonso Carlos, “El Curso de Enfermeras” dirigido por los médicos pamploneses Agustín Madoz y Emilio Huarte Mendicoa y con 155 margaritas apuntadas. Las clases tendrían lugar en el aula de enseñanza del hospital en dos turnos diferentes: a las 8 de la noche para las enfermeras con servicio de tarde, y a las siete para el resto, incluyendo a las margaritas integradas en otros hospitales. Este curso duró alrededor de cuatro meses, mejorando considerablemente la formación de su cuerpo de enfermeras, obteniendo para todas ellas la titulación de diploma de “Enfermera del Requeté”, este título no llegó nunca a tener validez oficial. La Facultad de Medicina de Zaragoza ofertó un curso para oficializar con un examen teórico y práctico el titulo anteriormente expedido por los carlistas, consiguiéndolo algunas enfermeras que se presentaron.
El semanario diocesano pamplonés “La Verdad”, en un artículo titulado “La Enfermera” publicado en diciembre de 1938, se hacía eco del profundo y acelerado cambio que estaba sufriendo la composición social de la Enfermería en España:
Libros y Bibliotecas consultadas
Manuel Solórzano Sánchez